La Maldición del Escarabajo Azul Capítulo Quince
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Capítulo Quince

MEDITACIÓN Y LA MOMIA

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Por si conciliar el sueño no fuera ya bastante difícil, durante las tres noches que siguieron a mi cena con Maxwell, la cacofonía de ese maldito molinillo de café casi me volvió loco.

O bien me olvidaba de salir, o bien entraba demasiado pronto.

La cosa era aún más irritante por lo ridículo que resultaba.

Finalmente le comenté el asunto a Maundeville una tarde que me lo encontré en Piccadilly, y él, muy amablemente, se ocupó de la cuestión de inmediato con su energía habitual.

Fuimos a su casa y allí me demostró, por fuera y por debajo de la biblioteca y el museo, cómo se había aislado el sonido a la perfección.

Se había logrado con puertas y ventanas dobles, y con un material fibroso muy grueso, algo entre el algodón en rama y el fieltro, instalado bajo el suelo y entre los extremos opuestos de las viguetas. La patente era suya; la había ideado en un principio, según dijo, para su propia comodidad.

Hablé con mi casero y lo convencí de que la obra mejoraría su propiedad sin que le supusiera gasto alguno, y el trabajo comenzó de inmediato. Se hizo en todo el piso, habitación por habitación.

Maundeville se pasó por allí tres o cuatro veces cuando estaba de camino, para asegurarse, según sus palabras, de que el obrero británico no mancillara la reputación de su patente.

Por su reiterada invitación, hice un uso bastante libre de su biblioteca durante los ocho o diez días que mi piso estuvo en obras.

Bird mantenía una mirada vigilante, aunque impasible como la de un pez, sobre los obreros, comentando que en el pasado a menudo había hecho guardia mientras su barco cargaba carbón. Esta operación, según entendí, no era ni tan ardua ni tan sucia.

Una tarde fui a casa de Maundeville a consultar su biblioteca, más concretamente el montón de libros, siempre en aumento, que había en el museo.

Ambos estábamos interesados en una correspondencia realmente razonable y bien llevada que se había publicado por aquel entonces en revistas científicas británicas y extranjeras sobre los fenómenos de la vida y la muerte, el crecimiento y la decadencia.

Había algo nuevo de Metchnikoff que Maundeville quería que yo leyera.

Cerca de su puerta me encontré con Perceval y Maxwell, que salían. Me dijeron que no estaba en casa, y Perceval sugirió que fuéramos todos a Park Lane a tomar el té.

Después de la penosa cena con Maxwell en the Banyan, estaba decidido a mantener las distancias.

Me excusé, con el pretexto de que quería echarle un vistazo enseguida a aquel libro, pues tenía entendido que Maundeville deseaba pasárselo a uno de sus corresponsales, y acerté a mencionar el autor y el tema.

Mis jóvenes amigos no parecieron impresionados, pero, tratándose de jóvenes, era de esperar.

Maxwell dijo con sorna:

—Suena a batalla perdida. En los clubes de oficiales, los hombres con rango de oficiales superiores se sientan a beber leche agria y hablan con esperanza de no ser demasiado viejos a los ochenta. Los subalternos los observan y se toman demasiados tragos para mantener el ánimo.

—Quizá lo vea de otra manera cuando tenga mi edad —dije yo.

Para mi asombro, citó los Salmos:

—Aun en la vejez darán fruto; estarán llenos de savia y muy verdes.

—Y sin embargo, si nadie quiere recoger el fruto, todo es discutible.

Lamenté haber hablado, pues pareció confuso, y después de todo, él estaba intentando… bueno, ese era el problema. No tenía ni idea de lo que intentaba hacer. Ni él tampoco, imaginaba yo.

—Maundeville es toda una institución —observó Perceval—. Nunca envejecerá. Puede permitirse renunciar a la leche agria y el fruto verde para seguir con su whisky con soda.

—A menos que la Momia tenga otros planes para él —dijo Maxwell.

—Cierto —rió Perceval, pero aquello puso fin a la charla.

De vez en cuando podían bromear, y de hecho lo hacían, sobre la Momia.

De pie bajo el brillante sol de abril de Piccadilly, con la acera alegre por los ridículos sombreros de mujer de esa temporada, y el arroyo también absurdo, con hombres-anuncio que publicitaban la última comedia musical, uno sentía que la Momia estaba completamente pasada de moda.

¿Y qué podía haber más despreciable que eso? Aun así, la mención de ella siempre sugería recuerdos desagradables o posibilidades imprecisas, y siempre bastaba para sofocar cualquier conversación corriente.

Los saludé con un gesto y entré; mis asuntos en casa de Maundeville no se veían afectados por su ausencia.

Bates estaba en el vestíbulo. Lo saludé dando por sentado que su señor estaba fuera y fui directamente al museo.

Estuve leyendo una hora o así, pero luego empecé a sentirme inquieto.

Casi deseaba haber ido a tomar el té con Maxwell y Perceval.

Dejando todo lo demás a un lado, eran compañeros cautivadores y entretenidos, y me había acostumbrado bastante a pasar tiempo en su compañía.

Me sentía más joven cuando estaba con ellos. Esa era la verdad.

Matusalén, la tortuga, parecía casi inquieta y no paraba de moverse por la abarrotada habitación.

De vez en cuando, distraía mi atención con el leve traqueteo de su caparazón contra algo con lo que tropezaba.

Me senté a observarla un rato, preguntándome si de verdad la conmovería alguna sensación de primavera, pues aquella tarde era bastante cálida y por todo Piccadilly se vendían flores al sol.

Las andanzas de la tortuga la llevaron finalmente hasta el sarcófago, y allí se quedó quieta a los pies de la figura pintada, cuyos ojos negros me miraban fijamente, pareciendo seguirme cuando me movía, como hacen los ojos pintados.

Me preguntaba si el malévolo retrato guardaría algún ligero parecido con lo que yacía debajo.

Me preguntaba qué yacía ahora debajo, y decidí sugerirle a Maundeville un experimento con rayos X, que, por supuesto, podría repetirse cuantas veces fuera necesario antes de que la Momia quedara expuesta a la luz y al aire.

Como trío, la Momia, Matusalén y yo, evocábamos en mi mente una especie de comedia macabra.

Allí estaba yo, sentado, leyendo e investigando con la esperanza de descubrir un elixir de la vida moderno, a la vez que era plenamente consciente de que la mayor y mejor parte de mi vida ya había pasado por necesidad, y que no había hecho nada de particular en ella.

Allí estaba Matusalén, que sin duda poseía el secreto de la vida prolongada, pero que no podía cedérmelo, ni decirme si consideraba que mereciese la pena.

Y contemplándonos a los dos, se encontraba la Momia, muerta pero incorruptible.

La sabiduría de los egipcios podía conservarlo todo en el cuerpo excepto la vida. Incluso el odio parecía haber sobrevivido en aquel cascarón, y con él, una venganza mortal para quienes lo perturbaran.

Me estremecí ante estos pensamientos. Esta habitación no recibía mucha luz natural y, aunque las lámparas eléctricas eran abundantes, no me había molestado en encenderlas. Estaba sentado allí, en la penumbra, contemplando el sarcófago y considerando una vez más lo poco que sabíamos de su historia.

Según Maundeville, su nombre había sido Nefertiabet y había sido tanto princesa como Sacerdotisa. Bueno, pensé que eso probablemente era Maundeville embelleciendo la historia. Pero, por lo demás, la historia de la princesa-Sacerdotisa carecía de romance alguno.

La princesa Nefertiabet había sido una mujer de carácter difícil.

La naturaleza había compensado su falta de belleza y encanto con lo que parecía ser un cerebro muy brillante.

Había decidido emplear ese cerebro en el estudio y la devoción a un dios antiguo y bastante oscuro —incluso para su época— llamado Khepri.

Había muy poca información sobre Khepri, y la que había parecía indicar que se le asociaba tanto con la creación como con el renacimiento o, más exactamente, con la metamorfosis .

No un mero cambio. Transformación . Ser transfigurado.

La oruga se convierte en mariposa. Pero no toda transformación es para mejor. El rey se convierte en un déspota. La célula dañada se convierte en un tumor.

En el caso de Nefertiabet, la princesa se convirtió en Sacerdotisa y creó su propio y minúsculo culto basado en una deidad menor que solía representarse como un escarabajo. El culto y todos sus secretos murieron con su Sacerdotisa.

Y eso parecía ser todo. Una mujer poderosa pero extraña que había dedicado sus energías a la búsqueda de algo que nadie más entendía o por lo que se interesaba.

Bueno, había peores formas de pasar la vida. Siempre y cuando hubiera sido feliz y se hubiera sentido satisfecha con su labor... pero no. Al estudiar aquel rostro demacrado y pintado, no creía que Nefertiabet hubiera sido feliz ni se hubiera sentido satisfecha.

¿Qué había anhelado, qué había ansiado, que siguió eludiéndola hasta el día de su muerte?

¿Qué quería ahora?

Era una pregunta tonta. ¿Qué anhelamos todos al final, aparte de un merecido descanso?

Había estudiado con gran detenimiento la cuestión de si existía algún medio posible por el que la difunta pudiera asegurarse de que quienes perturbaran su descanso lo pagaran.

No consideré la posibilidad de un poder «sobrenatural», y creía que debía ser algo más que el poder de la sugestión.

Aquellos jóvenes no eran particularmente sugestionables.

En cuanto a definir una posible fuente de peligro, pensé en algo parecido a una exhalación venenosa, liberada del sarcófago o de la Momia al exponerse al aire, y que afectaba a quienes permanecían mucho tiempo cerca de ella.

Por ejemplo, se me antojaba que parte de este pacto demencial consistía en que la Momia debía estar por la noche en el dormitorio de su anfitrión.

Ahora bien, ¿podría eso afectar a la vitalidad de un hombre hasta el punto de causarle un síncope mortal?

Parecía de lo más improbable; pero tampoco se me ocurría ninguna solución más probable.

La respuesta al acertijo, de hecho, si es que había un acertijo y una respuesta, era, si se me permite expresarlo así, probable que fuera improbable.

En mi estado mental habitual, pragmático y prosaico, la Momia a menudo me parecía una quimera, un fantasma, y las muertes de sus dos anfitriones, meras coincidencias desagradables. Pero en estas tardes tranquilas y solitarias, observándola en la penumbra, adquiría de algún modo un aire de amenaza.

Absurdas tonterías. Me levanté de los libros, impaciente con mis fantasiosos pensamientos, y decidí abandonar la habitación, ya que en ella no podía usar mi ingenio para ningún fin práctico.

Parte de mi inquietud se debía, sin duda, a las cualidades de insonorización realmente superiores de la patente de Maundeville. El museo estaba tan silencioso como una tumba, salvo por el leve ruido ocasional que producían los lentos movimientos de la tortuga.

Comparé esto con mi propio piso, ahora a merced de los obreros, y se me ocurrió que subiría para determinar si la biblioteca y el estudio, ambos orientados al norte, mientras que el museo lo estaba al sur, eran igualmente silenciosos.

Holgazaneé unos minutos en la biblioteca, que estaba vacía y libre de cualquier eco, y luego pasé a la prueba convincente del éxito de Maundeville con el estudio.

Había entrado en la habitación antes de darme cuenta de que ya había otras personas allí, y antes de que ellos supieran que yo estaba cerca.

De pie en el umbral, balbuceé una torpe disculpa, tan desconcertado que no supe si esfumarme a toda prisa o esperar a oír si aceptaban mis excusas.

Había tres personas en la habitación: Maundeville, la señora Vavasour y la señorita Hennessey.