Capítulo Catorce #3
—Al reflexionar sobre esas dos muertes, debemos considerar los puntos de diferencia y de similitud. Esos dos pobres hombres eran solteros y ambos tenían medios económicos independientes.
—¿Cree usted que sus muertes están conectadas por algo más que la Momia?
—Sí. ¿Acaso no sabe usted a dónde fueron a parar sus bienes?
—¿Y bien?
—A la señorita Hennessey.
Creo que me quedé mirándolo con la boca abierta. No por la información en sí, sino por el hecho de que, en esencia, había acusado de asesinato a la pobre muchacha.
Eso mismo le dije, aunque intenté mantener un tono neutro: —¿Entonces sospecha que la señorita Hennessey urdió sus muertes de alguna manera?
A Maxwell le tocó el turno de mostrarse asombrado. —¿Nora? Por supuesto que no. Saco el tema solo porque usted también es soltero, aunque no tan bien provisto de los bienes de este mundo como ellos. Además, es usted un hombre mayor.
Me reí. Era grosero y ridículo, pero no creo que se diera cuenta de ello, o que le importara.
—Me temo que es cierto en todos los puntos.
Además, soy un observador, no un participante en esta pequeña desventura suya.
Así que, si le preocupa mi seguridad, puede quedarse tranquilo.
No creo que ni la señorita Hennessey ni la Momia vengan a por mí.
—Aun así, creo que debería retirarse del caso.
Me le quedé mirando. Parecía hablar muy en serio.
—¿A qué se debe este cambio de opinión? —inquirí—. Hace cinco días no le preocupaba mi seguridad.
—Hace cinco días no estaba usted tomando el té con la señorita Hennessey ni cenando con Maundeville.
Yo…, nosotros…, no valoramos entonces el hecho de que pudiera haber un riesgo para usted.
—La nuez le subió y le bajó al tragar. Parecía auténticamente preocupado—.
Ya ha muerto bastante gente, Armiston. No me gustaría que le ocurriera algo por nuestra culpa.
—¿Usted y Perceval lo han decidido entre los dos?
—Ejem…, sí. —Era una mentira tan evidente que casi me echo a reír. Sin embargo, estaba demasiado ofendido como para que la situación me pareciera graciosa.
—Ya veo.
—No es que no se lo agradezcamos.
—No. Ha expresado usted su agradecimiento de la forma más original.
Frunció el ceño. —Nunca deberíamos haberlo involucrado en este asunto. Esa es la verdad.
—Posiblemente no. Pero lo hicieron —no diré que me involucraron , porque me uní a la expedición con bastante gusto—, me invitaron, y ya no hay vuelta atrás.
—Por supuesto que la hay.
Negué con la cabeza. —Ya les dije a ambos que no necesitaba su permiso para continuar mis investigaciones. Sean cuales sean.
Se inclinó hacia delante y dijo con una intensidad contenida: — Debe parar, Quentin.
Me sorprendió tanto que supiera mi nombre de pila que tardé un instante en ordenar mis ideas. —¿Quiere que le diga lo que creo que es esto?
—¡Le estoy diciendo lo que es!
Negué con la cabeza. —Creo que se ha enterado usted hace poco de que las cartas están a punto de ser echadas de nuevo.
Creo que está convencido de que esta vez le tocará la Sacerdotisa.
Y creo que teme que, debido a mi… —no sabía muy bien cómo expresarlo sin hacer las cosas más incómodas de lo que ya eran.
Me decidí por—: …respeto por usted, yo pueda actuar precipitadamente y salir mal parado.
Incluso bajo la luz tenue pude ver cómo se sonrojaba y luego palidecía. —No pienso nada de eso.
—Espero que no. Espero que no me crea tan necio.
—No lo hago. Por supuesto que no. —Parecía desolado.
—Por muy grande que sea mi… respeto por usted, no soy un hombre propenso a las acciones precipitadas o incautas. No soy el héroe audaz de una novela romántica. Francamente, usted encajaría mejor que yo en ese papel.
Abrió la boca, la cerró y tragó saliva. —No estaba sugiriendo…
—Demos el asunto por zanjado. Usted ha dicho lo que tenía que decir y yo le he dado mi respuesta.
—Muy bien —dijo con rigidez.
Poco después, Maxwell y yo nos separamos. Creo que no veía el momento de marcharse.
Pasé un rato esa noche repasando mis notas y añadiendo algunas más.
El resultado final parecía ser mera exasperación.
No tenía ninguna teoría digna de ese nombre, aunque consideré intrigante la idea de Maxwell de que algo más que la Momia —o incluso la Sociedad de Osiris— conectaba a las víctimas.
De su teoría deduje que él también había nombrado a la señorita Hennessey su beneficiaria, y solo eso era sin duda prueba de que yo no era ningún detective, pues había imaginado… Bueno, no importaba.
Después de mi cena con Maxwell, me inclinaba a creer que, si alguna vez descubría una pista, esta me llevaría a un callejón sin salida. Me tildé a mí mismo de viejo entrometido, con talento para interferir indebidamente en asuntos que no me concernían y para los que no tenía ninguna capacidad.
Me quedé mirando el fuego y escuché el lejano estruendo de los ronquidos de Bird. Podrían competir con la rectificadora del taller de abajo. Cómo envidiaba su impasibilidad, que al mismo tiempo era de lo más exasperante. No creo que una docena de momias pudieran robarle un minuto de sueño.
Yo, en cambio, pasé otra noche inquieta y dolorida.