Capítulo Catorce
MAXWELL
T res o cuatro días después de haber visitado a la señorita Hennessey, decidí aceptar la invitación de Maundeville. Fui a su casa de Courtenay Street, solo para encontrarme con el capitán Maxwell en el umbral de la puerta.
Me saludó con bastante cortesía, aunque creo que no le alegró del todo verme. Tenía un aspecto pálido y enfermizo.
—Me temo que Maundeville no está en casa —me informó.
—No se preocupe. Voy a encerrarme en su biblioteca esta tarde. —Como no me contestó, ni pareció siquiera oírme, añadí—: Quizá me comunique con la Momia. Seguro que podría responder a un par de preguntas si quisiera.
No me devolvió la sonrisa. —No me había dado cuenta de que se hubieran hecho tan amigos.
Supuse que se refería a Maundeville y a mí, y no a la Momia y a mí.
—Dudo que me cuente entre sus amigos íntimos. Lo que hace su generosidad aún más notable.
—Puede ser muy generoso —convino Maxwell—. También puede ser… —Se interrumpió, mordiéndose el labio y cerrando los ojos. Los nudillos de la mano con que aferraba el pomo de su bastón se pusieron blancos.
—Mi querido amigo —dije en voz baja—. ¿No me permitirá que le ayude?
Alzó las pestañas. Sus ojos parecían casi negros por la amargura. —Ya he recibido toda la ayuda que necesito de los médicos. —Se quitó el sombrero en una brusca despedida y bajó cojeando dolorosamente los escalones.
Me quedé helado por el odio manifiesto en su voz. Me quedé mirándolo y luego me di la vuelta y llamé al timbre.
Una vez instalado en la biblioteca de Maundeville, hice todo lo posible por olvidar la hostilidad tan impropia de Maxwell.
De hecho, hice todo lo posible por olvidar al propio Maxwell, que era la única opción sensata a mi alcance.
Sobre todo porque estaba bastante seguro de que Maxwell no dedicaba su tiempo a pensar en mí.
Deambulé por la habitación, intentando hacerme una idea general de los libros que había allí.
Recordando lo que Maundeville había dicho sobre el tema de la mediana edad, me divertí al ver que tenía varios libros que trataban de la prolongación de la vida.
Estaban las obras de Metchnikoff, Brown-Sequard y otros, con uno o dos álbumes de recortes de prensa relativos a centenarios.
Aquel estante en particular terminaba con obras sobre ocultismo, y me pregunté si Maundeville clasificaba ambos temas juntos, y si consideraba ambos en serio o no.
Pasé a otros estantes, ojeando un libro aquí y allá, y estaba inmerso en uno sobre Egipto, magníficamente ilustrado con dibujos y fotografías, cuando el criado de Maundeville, sin preguntar si me apetecía, trajo una bandeja de té.
El resultado fue que me quedé, sin ver a Maundeville para nada, hasta cerca de las ocho.
Al bajar las escaleras me encontré de nuevo con el sirviente, y le pregunté si podía entrar en el museo sin molestar a Maundeville.
Me dijo que su amo no estaría en casa en toda la noche y que sus órdenes eran dejarme pasar a cualquier habitación que deseara siempre que viniera.
Encendió las luces del museo para mí, y me senté allí quizás un cuarto de hora, mirando ociosamente el sarcófago y especulando vagamente sobre él y su contenido.
De vez en cuando, me llegaba el aroma a alcanfor y cedro, como el perfume tan peculiar de una mujer que estuviera justo fuera de mi campo de visión.
Observé las pinturas de escarabajo azules que recorrían el sarcófago desconchado.
¿Qué significaban? Maxwell y Perceval habían hablado de la sacerdotisa de Khepri.
Aunque no estaba muy puesto en mitología egipcia, hasta yo había oído hablar de Osiris, el gran dios de los muertos, y de su esposa y hermana Isis. ¿Quién era Khepri?
De forma intencionada, no traté de pensar en profundidad, sino que me limité a mirar el sarcófago y a dejar que mi cerebro trabajara o divagara a su antojo.
Mientras salía distraídamente de la habitación, tropecé con algo duro y casi me caí. Al recuperar el equilibrio, miré hacia abajo y vi que me había topado con una gran tortuga, que estaba medio escondida bajo una mesa.
En el vestíbulo le hablé de ello al hombre, que holgazaneaba por allí, y le dije que esperaba no haber herido al animal, pues realmente le había dado una buena patada.
Esto provocó la única sonrisa que jamás vi en el solemne rostro de Bates, pero se limitó a decir que creía que la cosa podía aguantar más que eso, y que muy probablemente lo había aguantado, ya que le había oído decir a su amo que sabía que era más vieja que cualquier hombre.
Le dije que informara a su amo de mi visita y me fui a casa a cenar.
Cené solo aquella noche, todavía preocupado por mis pensamientos sobre el museo de Maundeville y aquel sarcófago. Cuando Bird trajo el café, comentó que había dejado la mayor parte de un lenguado excepcionalmente bien cocinado y que había dejado enfriar una chuleta antes de empezarla.
Me disculpé distraídamente y encendí la pipa.
Aunque sabía que era ridículo, no podía quitarme de encima la inquietud.
No dejaba de imaginar a esa Momia esperando allí, en silencio en la oscuridad, hasta que saliera a buscar otro huésped.
El rostro pintado era sumamente maligno y, sentado a solas en mi habitación, no podía quitármelo de la cabeza, aunque sabía perfectamente que podría no ser un retrato reconocible de la mujer cuyo cuerpo cubría.
A menos que un hombre sea poeta o novelista de profesión, tener imaginación a los cincuenta años es simplemente ridículo, y así lo sentía profundamente.
Pero incluso sabiendo que hacía el ridículo, parecía no poder superar la curiosidad que me producían dos cosas tan longevas como una Momia y una tortuga conviviendo en una casa de Londres.
No dejaba de imaginar a la tortuga arrastrándose lentamente en la oscuridad del museo, y a la Momia observándola con ojos ciegos.
La verdad, no es de extrañar que aquella noche no hiciese otra cosa que fantasear con estupideces; y mi desasosiego se agravó por culpa de aquel miserable tendero que tenía debajo.
Su negocio estaba prosperando y últimamente había puesto en marcha un molinillo de café descomunal que funcionaba de noche, moliendo café para la venta del día siguiente.
Cuando la molienda comenzaba, me levantaba en vilo de la silla. Un metro subterráneo bajo el suelo no podría haber sido peor, y el ruido continuaba sin cesar durante una hora entera. Envié a Bird a quejarse.
Pero todas las puertas estaban cerradas con llave y, por supuesto, los bribones estaban envueltos en su propio estruendo.
A la mañana siguiente todavía tenía dolor de cabeza.
Entré en casa tras entrevistarme con mi miserable y completamente inútil casero, y me encontré a Maxwell paseando cojeando por mi consultorio, examinando mis estanterías.
Me alegré, aunque me sorprendió mucho verlo, sobre todo porque la tarde anterior parecía haberme despreciado profundamente a mí y a toda mi profesión. Me alegré también de ver que tenía mejor color y los ojos más límpidos. Esbozó una sonrisa rápida e insegura.
—¿Lee usted alemán? —preguntó.
Como primeras andanadas, aquello… bueno, si no lo conociera mejor, habría dicho que no tenía ni la más remota idea de qué decirme.
—Lo suficiente.
Esbozó otra de aquellas sonrisas vacilantes. —¿Encontró lo que buscaba en casa de Maundeville?
—No buscaba nada en particular.
—¿No?
Pensé que quizá le ponía nervioso ir al grano de su visita. Era un hombre orgulloso y aquello sería una confesión difícil y dolorosa para cualquiera.
Para darle tiempo, dije: —Es una biblioteca maravillosa. Podría perderme en ella durante días.
—¡Sí!
—El museo también es interesante.
—Sí —convino él, pero con menos entusiasmo.
Inquirí con delicadeza: —¿Deseaba usted consultarme sobre… algún asunto?
Hizo una mueca. —Quiero disculparme. Ayer fui terriblemente grosero.
No me lo esperaba y me conmovió de verdad. —No se preocupe. No se encontraba usted bien.
—No es excusa. Usted ha sido muy decente con todo. Lo que quería… pensé que usted podría… es decir… —Se detuvo en seco, inspiró rápidamente como para armarse de valor y se lanzó—. ¿Cenaría usted conmigo esta noche? ¿O podría invitarlo a cenar a mi casa?
—¿ Cenar con usted? —Como esperaba un motivo completamente distinto para su visita, mi sorpresa fue más que evidente.
Maxwell se sonrojó. —Sí. Lo que usted prefiera. Me da igual.
—Bueno, yo…
—Quiero hablar sobre esa dichosa Momia. Debe aparecer de nuevo pronto. ¿Ha estado pensando en ello?
Estaba acalorado y hablaba demasiado rápido, pero me di cuenta de que no era más que vergüenza. De hecho, casi me pregunté si la mención de la Momia no sería una ocurrencia de última hora. Sin duda, una ilusión por mi parte.
—Apenas podía evitarlo, dado que ayer mismo estuve mirando a la cosa —dije—. Casi me parto el cuello por culpa de una tortuga en casa de Maundeville.
—¡Ah! Matusalén. Una compañía muy animada, ¿verdad? Maundeville afirma que es más vieja que la de Santa Elena, y se sabe que aquella era casi tan grande hace un siglo y cuarto como lo es ahora.
Dije: —Supongo que eso se debe a tener una temperatura baja y una circulación lenta.
Maxwell sonrió. —¿Ah, sí? Bueno, mire el lado bueno. Matusalén no se consumirá, ¿verdad? No se deja llevar. No se entusiasma demasiado con nada, y tampoco deja que las preocupaciones le afecten. Hay que reconocer las ventajas de un ritmo constante.
¿Me estaba gastando una broma? No estaba seguro. Dije secamente: —¿Por ejemplo?
—Oh, bueno… —Adoptó un aire vago—. Podemos hablarlo durante la cena, supongo. Es decir… aún no ha aceptado. ¿Cenará conmigo?
Deseaba tanto hacerlo que me alarmó. Había disfrutado de mi cena con Maundeville, pero el pensamiento de aquella comida no me había hecho dar un vuelco el corazón ni antes ni después.
Era un hombre demasiado mayor y formal para sentirme alterado simplemente porque un muchacho veinte años menor que yo me invitara a cenar.