Capítulo Diez
DE SUEÑOS Y DESEOS
P ara entonces ya estábamos a finales de marzo, y el tiempo era tan desapacible y húmedo que hasta una aburrida velada junto a la propia chimenea resultaba más tentadora que cualquier compromiso en el exterior.
Aquella noche, mientras cenaba y escuchaba a Bird revivir sus hazañas militares mientras me servía, me sentí tentado de mandar a Maxwell, a Perceval y a toda la Sociedad de Osiris al diablo o a un manicomio.
Me pareció, al mirar el rostro pálido e inexpresivo de Bird mientras se refería con displicencia a alguna aventura sumamente improbable con una antigua mousmé , que me estaba comportando como un completo y absoluto idiota.
Era demasiado viejo para misterios, demasiado viejo para sociedades secretas y demasiado viejo y anclado en mis costumbres para…
, bueno, para aventuras inverosímiles. Sobre todo cuando las aventuras inverosímiles que yo habría escogido eran del tipo que podían enviar a un hombre a la cárcel.
O algo peor.
Tampoco existía la más mínima razón para creer que mis sentimientos —la sola palabra me inquietaba— fueran correspondidos.
No podía evitar recordar el enfado del capitán Maxwell cuando elogié a la pelirroja de la señorita Hennessey, y todos aquellos ramos de narcisos que había comprado en la pequeña floristería.
Me sorprendí de mí mismo mientras esperaba en la humedad el taxi que Bird llamó con un silbido.
Ese día me habían recordado mi edad de una forma particular, pues el correo me había traído el folleto de un nuevo plan de seguros de renta en caso de incapacidad total.
Leí el condenado papel con atención y luego descubrí, al final, que los cincuenta años eran precisamente la edad a la que la compañía se negaba a aceptar nuevos clientes.
Malditos fueran. ¡Y maldito sea yo por preocuparme por tales cosas!
Perceval vivía en una casa alta y estrecha de Park Lane con miradores, balcones verdes y una fachada pintada de blanco. Todas las jardineras de las ventanas estaban llenas de geranios de hiedra de color rosa, que se derramaban sin podar, fantasmales a la luz del fuego que provenía del interior.
Mi anfitrión me recibió en una habitación con demasiados cuadros —la mayoría de ellos con doncellas con poca ropa que huían de leones y de romanos lascivos—, demasiados cojines y un buen número de crisantemos cortados que parecían pequeños soles resplandecientes en pintorescos jarrones de cristal.
Estaba completamente solo. Sobre una alfombra blanca yacía, como si posara, un hermoso gato persa negro.
—¿Llego pronto? —inquirí.
Perceval desestimó la idea con un gesto. —La puntualidad no era un ideal de los antiguos egipcios.
—No somos antiguos egipcios —comenté—. Me sorprende que no se haya dado cuenta hasta ahora. ¿De dónde sacaron Maxwell y usted esta manía por el antiguo Egipto?
—Del colegio. Por supuesto, nuestra manía por el Imperio Antiguo, como usted la llama de forma tan pintoresca, tiene más que ver con lo que ese mundo representa.
—¿Y qué representa?
—Todo lo que este mundo no ha sabido ofrecer. —Me guiñó un ojo como si compartiéramos una broma privada, pero sospeché que la broma era a mi costa.
No había reflexionado demasiado sobre Perceval hasta entonces, pero ahora me sentía inclinado a considerarlo desde una perspectiva renovada.
Su cortesía parecía casi exagerada; su vestimenta, excesivamente esmerada; sus gustos, femeninos.
Su relación con Maxwell era evidentemente estrecha, y, sin embargo, no percibí en él a un rival. Parecían más bien hermanos.
De hecho, había sospechado que los afectos de Perceval pudieran inclinarse hacia la señorita Hennessey.
—No es algo que se vea a menudo —dije, señalando al gato— en la habitación de un hombre.
Perceval me miró con una levísima sonrisa. —¿No tiene usted gato? —preguntó—. Permítame presentarle a Bhanavar la Hermosa. —Y, agachándose, tomó al animal en brazos, donde este se quedó, ronroneando suavemente.
—Tuve perros de niño.
—¡Ah! Los perros son diferentes, y no volveré a tener uno.
Se mueren, y uno se queda abatido; o se muere uno, y ellos se quedan abatidos, y quizá también desatendidos.
Si Bhanavar la Hermosa muriera esta noche, lamentaría que una bella criatura se hubiera convertido en polvo, pero no lo lloraría en exceso.
Si yo muriera, ella no me echaría de menos.
Al ser un animal valioso, encontraría un nuevo amo o ama mañana mismo.
Ninguno de los dos sufriría en ningún caso.
—Me dedicó otra de sus leves sonrisas—. ¿Qué le parece mi filosofía?
Me pareció —al igual que él— algo simplista. Pero no lo dije.
—Parece que le gustan, vivos o muertos —dije, y señalé una magnífica piel de tigre que estaba extendida delante de un sofá—. No habrá matado usted a ese, supongo.
—Un regalo de Maxwell —dijo con indiferencia—. Debía de estar contento conmigo en aquel momento.
—¿No lo está ahora?
La risa de Perceval fue seca. —No. No lo está.
Me habría gustado saber más sobre aquello, pero los miembros de la Sociedad de Osiris empezaron a llegar y Perceval asumió al instante y con facilidad el papel de anfitrión atento.
Fui consciente de una aceleración en mi pulso. Sabía que Maxwell no tardaría en llegar y tenía ganas —¡demasiadas!— de volver a verlo.
Pero los minutos pasaron y Maxwell no apareció.
Era un grupo más reducido que en la reunión anterior, quizá unos quince o dieciséis miembros en total. Reconocí algunas caras, aunque no todas. Los últimos invitados en cruzar el umbral fueron la señorita Hennessey y el profesor Maundeville, que llegaron juntos.
Estaba de pie junto a Perceval, que me fue presentando como nuevo miembro de la Sociedad de Osiris a cada invitado a medida que entraban en la sala.
A estos dos últimos me los presentaron del mismo modo. Maundeville pareció sorprendido al encontrarme al lado de Perceval, pero dijo con alegría: —Entonces, ¿se ha comprometido con nosotros? ¡Sabía que éramos almas gemelas, doctor!
La señorita Hennessey sonrió con gran calidez. —Estoy encantada de conocerlo. He oído hablar mucho de usted, doctor Armiston.
¿Qué había oído hablar de mí? ¿De quién?
No supe muy bien qué pensar de aquello. En cualquier caso, no hizo falta que respondiera, pues se volvió hacia Perceval y dijo: —¿Ha llegado ya Hilary?
—No va a venir —dijo Perceval—. Ha enviado una nota diciendo que no se encuentra bien.
Se le demudó el rostro; supongo que a mí también.
Recordé que me habían contratado en mi calidad de profesional apenas unos días antes y, cuando la señorita Hennessey se marchó, le dije a Perceval: —¿Qué le pasa a Maxwell?
—Esa es una pregunta interesante. —Su tono era mordaz.
—¿Está realmente enfermo? ¿Necesita un médico?
Me dedicó una mirada larga e incómodamente directa. —Si lo necesita, sabe perfectamente a quién debe llamar.
La complicidad en su mirada me inquietó, pero fue la repentina hostilidad lo que me erizó el vello de la nuca. Quizá me había equivocado en mi primera valoración del vínculo entre Maxwell y su compañero de infancia.
Le devolví una sonrisa sosa y vacía, y me alejé.
No recuerdo mucho de aquella velada en particular.
Creo que la decepción por la ausencia de Maxwell lo ensombreció todo.
Como la vez anterior, hubo música y manjares exóticos —pasteles y pudines hechos de dátiles, leche de arroz y almendras, así como ingredientes que no reconocí— y hubo un intercambio franco y abierto de ideas poco ortodoxas.
En algún momento, Maundeville leyó una ponencia sobre la importancia de los sueños en la religión y la filosofía egipcias.
—Los antiguos entendían que en los sueños se nos abren los ojos a las verdades que no podemos ver a la luz del día.
Los sacerdotes y sacerdotisas que interpretaban estos sueños eran conocidos como «Maestros de los Secretos».
De hecho, la propia palabra rswt significa «estar despierto».
El jeroglífico para el sueño representa un ojo abierto.
Digo que leyó una ponencia, pero no tenía más ayuda que media hoja de notas y hablaba claramente desde una vasta sabiduría.
No eran meras patrañas, sin embargo. El profesor también habló de los sueños recurrentes, de los curiosos estímulos que en ciertos casos han sido obviamente responsables de los sueños o pesadillas, y de aquellos en los que la imaginación nos lleva a cimas de éxtasis nunca alcanzadas en la vigilia.
Miré a mi alrededor y creí ver los recuerdos de viejos sueños en los ojos de media docena de los que estaban cerca de mí. ¿Qué esperaban encontrar estas personas en su estudio de —casi obsesión por— una civilización muerta hace mucho tiempo? No podía entenderlo.
Finalmente, Maundeville terminó su charla, sonriendo ante el entusiasta aplauso que recibió. Se sentó y cogió a la gata persa negra de donde dormía sobre la alfombra blanca.
La conversación se generalizó mientras los demás miembros compartían sus ideas sobre el trance, el sonambulismo y el hipnotismo. Algunas personas ofrecieron sus propias experiencias, relatando historias conmovedoras, peculiares o divertidas.
Durante todo el tiempo, me di cuenta de que la encantadora señorita Hennessey escuchaba, a veces con evidente interés, a veces con ninguno, pero rara vez hablaba.
Sin embargo, estaba claro que estaba profundamente involucrada en la Sociedad de Osiris.
Su afiliación me pareció la más desconcertante.
Parecía demasiado mujer de su propia época y demasiado…
bueno, americana para dejarse arrastrar por esta extraña añoranza de un mundo que yo creía más fantasía que historia real.
Al poco, alguien se refirió al tema de la segunda visión y, para mi sorpresa, Maundeville se volvió hacia Perceval.
—Cuéntales —dijo— la experiencia de Maxwell en Egipto.
—No es mi historia —dijo Perceval, con una brusquedad impropia de él.
—Oh, cuéntala, Charlie —exclamó la señorita Hennessey con entusiasmo, y tras un poco más de insistencia, Perceval habló, no muy de buena gana y con escasos detalles.
Según su amigo, Maxwell había estado en una gran partida de caza durante un permiso de quince días.
Una noche, en la cena, observó una curiosa apariencia de niebla alrededor del hombre que estaba sentado enfrente.
Maxwell lo atribuyó a un problema de hígado, o a que había bebido más vino de la cuenta.
Sin embargo, no pudo evitar darse cuenta de que todos los demás en la mesa eran perfectamente visibles para él.
La noche siguiente, su «vis-à-vis» estaba más oculto. Y a la tercera noche, el hombre estaba envuelto en lo que parecía una niebla, hasta la boca.
—¿Qué pasó después? —exigió saber la señorita Hennessey.
—A la mañana siguiente, Maxwell se enteró de que el hombre había sido apuñalado por su sirviente nativo cuando entraba en su tienda tras abandonar el comedor de oficiales.
Se oyeron varias exclamaciones ahogadas, sospecho que en gran parte de deleite.
—De toda la gente posible, tenía que ser Max —añadió Perceval con ironía—. Ni siquiera cree en fantasmas. A día de hoy sigue diciendo que cree que fue una insolación.
—Algo le dio, desde luego —dijo Maundeville muy seriamente.