La maldición del dragón 65 #2
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65 #2

El Dragón Anciano abre la boca y revela tres filas de dientes como cuchillas más grandes que mi cuerpo entero. Me doy cuenta un segundo tarde de que va a atacar. Sin embargo, cuando se lanza a por mí, desaparece y se convierte en no más que un soplo de Luz de Éter.

Exhalo con la mano todavía cerrada alrededor de la espada que tengo hundida en las tripas.

He vuelto a la Gran Capilla de la Piedad. Los gritos regresan a mis oídos; un coro de agonía cantado por todos los ciudadanos de Vinguard. El suelo sigue grabado con líneas de oro. Parece como si la totalidad de la Pila hubiera sido desenterrada hasta donde estamos ahora.

Pero nada de eso importa ya. Conozco la verdad que se le ha ocultado a cada ciudadano.

El Dragón Anciano es Valor.

Valor es el Dragón Anciano.

Él creó la Pila y luego se convirtió en el Dragón Anciano con este lugar.

Vinguard no era la última defensa de la humanidad. No era la fortaleza de Valor. Nunca fue una ciudad siquiera.

Era un sello de artífice diseñado para canalizar el poder hacia un hombre. Pero ese poder… Hay algo en ese poder que fue demasiado. O perverso. Y Valor se convirtió en el Dragón Anciano.

No sé cómo ha sido capaz de mostrarme todo esto el poder de la Pila. Quizás era una parte de su artífice, que sigue atrapado en ella, como la firma de un creador en un invento. ¿O podría ser que la misma magia estaba pidiendo armonía a gritos?

Y ahora, si no detengo esto, la historia volverá a repetirse. Solo que peor.

¿Qué puedes hacer? La vocecita insegura de la chica que una vez fui aflora en la superficie. No eres Valor Reencarnado .

No lo soy . Al final, no era nada más que una herramienta dentro de un plan que nunca entendí por completo. Me creía que era tan inteligente, tan capaz. Pero nunca tuve más que la mitad de la información mientras que el destino se burlaba de mí y se guardaba el resto.

Miro la espada que sale de mi estómago. El único motivo por el que sigo viva debe de ser la Luz de Éter que fluye por mí.

Aun así, hay más cosas todavía que no entiendo.

Cierro los ojos con fuerza y deseo que cambie, que sea diferente, deseo despertar de vuelta al principio del Tribunal y encontrar una forma de arreglar todo esto.

Pero, cuando abro los ojos, la espada sigue ahí.

Al igual que la cadena de Luz de Éter que me conecta con el vicario Darius.

Los dedos se me resbalan otra vez en la empuñadura cuando me estiro para asirla, mientras que mi mirada se centra únicamente en el hombre que ha hecho de mi vida un infierno durante años.

—No. —Me fuerzo a decir entre dientes. Más allá de la agonía aplastante y la duda infinita que ha intentado hundirme los últimos seis años.

Él me lo quitó todo. Mi libertad. Mi futuro. Mis esperanzas y sueños. Mis amigos y mi familia. No dejaré que se haga con este poder.

Puede que no seas Valor. Las palabras de Lucan regresan a mí en voz baja, como si me las estuviera susurrando al oído. Casi puedo sentir su calidez en la espalda. Pero eso no significa que no puedas salvar este mundo. Si alguien puede encontrar una manera, eres tú.

Vinguard se merece un héroe, pero solo tienen a una chica de dieciocho años asustada.

Así que más me vale ser suficiente.

Agarro la empuñadura de la espada con resolución y consigo por fin cerrar los dedos a su alrededor.

Aprieto los dientes, tiro de la espada y empiezo a sacármela del estómago.

La piel se estira, se engancha y se corta con cada centímetro.

Aprieto los dientes por encima del dolor que siento, concentrada en el vicario y en lo que tengo que hacer.

Cuando está a punto de ser demasiado, es mi furia la que me sostiene.

Por algún motivo, ni siquiera esto me mata. Lo intenta (vaya si lo intenta), pero no lo consigue. No con toda esta Luz de Éter que me inunda.

La hoja que arranco no es la misma que era cuando entró en mi cuerpo.

El acero ha desaparecido y en su lugar hay una espada que parece hecha de Éter carmesí; como si mi cuerpo se hubiera condensado en un arma resplandeciente.

Descubro que mi piel se ha curado al presionarme la mano contra el estómago.

La herida ya no está ahí, solo tengo una raja empapada de sangre en la ropa.

—¡Isola! —Lucan grita a mis espaldas mientras cruzo con las piernas temblorosas hasta el estrado sobre el que descansan el altar y el vicario. El sonido de su voz me fortalece como una oleada de Éter.

Mi concentración permanece solo en el vicario.

Subo los escalones de piedra hasta el altar en el que yace tumbado.

Abre los ojos con un aleteo cuando me cierno sobre él al tiempo que elevo la espada y la sostengo casi en vertical, con el pomo hacia el techo y la punta hacia él.

La Luz de Éter ya no nos conecta. Crece solo a mi alrededor y yo lo único que siento es furia.

—Qué vas a… —Me examina con unos ojos frenéticos y muy abiertos. Horrorizado, me susurra—: Iba a ser mío.

—Nada mío ha sido tuyo nunca. —Bajo la hoja y le atravieso la garganta con la punta, hasta llegar a la piedra de abajo, y muere al instante.