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E l suelo cruje y se sacude en el momento en que muere el vicario.
Es como si la tierra se estuviera rebelando.
La Luz de Éter suelta chispas y estalla, lo que resquebraja la piedra y agujerea las esculturas de la Gran Capilla.
Los gritos continúan tanto fuera como dentro; los Caballeros de la Piedad aún gritan a mis espaldas, sujetándose el rostro mientras el oro gotea.
La mayoría de ellos se han desplomado en el suelo. Algunos se han quedado callados.
Pero yo solo veo al vicario Darius. La unión de su sangre carmesí que mancha el altar y el Éter que nos rodea emite una neblina nociva similar al azote, como si todo este tiempo se hubiera estado pudriendo desde dentro. Él era la verdadera plaga que asolaba a nuestra ciudad.
Una mano se cierra sobre la mía y tira de mí para alejarme del cadáver del vicario. Me gira y me encuentro cara a cara con Lucan. Sube la otra mano y me cubre la mejilla.
—Isola… —susurra.
—Se acabó… Se acabó por fin —digo en voz baja, incluso cuando el mundo a nuestro alrededor se desmorona. Incluso cuando mis rodillas amenazan con ceder.
—No. —Tiene los ojos tan abiertos que podría abarcar todos los horrores del mundo—. Solo es el comienzo.
Abro la boca, pero no me viene ninguna palabra. El suelo sigue sacudiéndose.
—Tenemos que irnos. —Sin decir nada más, se coloca a mi lado y me envuelve la cintura con el brazo para sostenerme. Puede que me haya curado por algún milagro, pero estoy completamente agotada.
—¿Ir a dónde? —Estoy aturdida. Los otros nos esperan con unas expresiones igual de alarmadas.
—Lejos de aquí. —Lucan me arrastra rápido por la capilla y los otros nos flanquean. Los Caballeros de la Piedad luchan por mantenerse en pie y no pueden hacer nada para pararnos. El que está en el suelo sigue respirando, pero es una respiración superficial y áspera. Tiene las mejillas hundidas.
—Tenemos que ayudarlos. —Le tiro de la mano a Lucan—. No podemos irnos. Vinguard nos necesita.
En cuanto digo esto, un hombre al que no conozco grita:
—¡Ha matado al vicario!
—Ella… ¡Lo que está pasando ha salido de ella! El vicario intentó matarla para salvarnos. —Uno de los Caballeros de la Piedad se esfuerza por levantarse.
—No. No lo entendéis. Vinguard es un sello. Fue Valor quien lo hizo, fue él quien creó la Pila.
—¡Hereje! —Otro coadjutor aparece en el marco de la puerta. Deben de estar huyendo de la plaza exterior.
—Sé que lo que os digo es difícil de creer, pero…
—¡Isola Thaz se ha hecho pasar por Valor Reencarnado para matar al vicario!
El coadjutor embiste contra nosotros. Por suerte, no está armado y Lucan lo desvía empujándolo a un lado. Ember se lanza y Pia no se queda atrás. Myla y Dazni están a nuestro lado y observan a los otros coadjutores con cautela.
—Isola, sé que quieres ayudar —dice Lucan en voz baja pero deprisa mientras echa un vistazo a nuestro alrededor y valora cada amenaza que se nos viene encima al tiempo que un estruendo grave sacude el suelo a nuestros pies de manera siniestra—, pero no creo que vayan a escucharte.
—No tenemos otra opción. —Estamos acorralados. En el exterior, hay una ciudad entera que va a vernos como el enemigo—. Debemos hacer que crean.
—Sí que tenemos otra opción.
Las palabras de Lucan captan la atención de Pia. Se mueve hacia atrás con los puños todavía en alto y le mira a los ojos.
—¿Estás seguro? —Tiene la voz tensa de la preocupación.
—No estoy seguro de nada. Pero no tenemos otra opción. —Lucan adopta una expresión de determinación absoluta, con los ojos entrecerrados y la mandíbula apretada.
—¿Vamos a salir como creo que vamos a salir? —Myla mira rápidamente a los otros nacidos de las cenizas. Están que casi vibran de la emoción. Es bastante más energía de la que queda en mis huesos cansados.
—Myla, no es el momento de que hables como si fueran a darte caña de azúcar —le dice Ember con sequedad. Pia se limita a lanzarle una mirada a Myla.
—Llevo años queriendo ver esto. —Myla señala a Lucan—. Él es el elegido.
—No. Yo no. —Lucan no deja lugar a dudas cuando me mira—. Es Isola. Siempre ha sido Isola. Todo el crédito, todos los elogios y toda la esperanza están en ella.
Me froto el estómago donde debería estar la herida. Donde hay piel sana y ni un dolor. De forma instintiva, he hecho uso de una magia que ni siquiera comprendo.
Los nacidos de las cenizas nos abren un camino entre los coadjutores lo suficientemente resistente como para salir al patio que hay enfrente de la Gran Capilla.
Reparten algunos puñetazos. Pero en especial se dedican a empujar y a blandir dagas de la Piedad.
Hay un motivo por el que el Credo tiene Caballeros de la Piedad que respaldan sus enseñanzas: los coadjutores apenas dan pelea.
Es más fácil de lo que habría esperado porque la mayoría de los coadjutores están en el suelo lamentándose de dolor igual que los Caballeros de la Piedad de dentro de la capilla.
Se han arrastrado hasta las escaleras, pero uno o dos no han llegado.
Un hombre y una mujer yacen en el suelo con la mirada perdida y la piel arrugada como si les hubieran drenado la vida.
Lucan se detiene y espera hasta que recupero el equilibrio para soltarme.
—Espera aquí.
—¿Qué vas a hacer? —Estoy a punto de agarrarle para que no se aleje.
Con una sonrisa triste, me coloca un mechón de pelo tras la oreja con cuidado. Le cuesta encontrar las palabras y solo consigue elaborar una:
—Perdóname.
Cuando retrocede, intento alcanzarle.
—Lucan…
Pia me bloquea con su fuerte brazo.
—Dale espacio.
La fulmino con la mirada, pero no me muevo.
No es porque me lo haya ordenado, sino porque está claro que es lo que Lucan quiere.
Aun así, parece como si una parte de mí se viera atraída hacia él con un hilo invisible que tira desde mi corazón al suyo.
Algo mucho más poderoso que lo que fluía entre el vicario y yo.
Lucan va a zancadas hasta el extremo opuesto del patio que hay ante la Gran Capilla, lejos de todos.
Parece pequeño y casi insignificante en medio de los cimientos agrietados de Vinguard y la neblina brillante de Luz de Éter, que parece fluir en dirección contraria a la Pila que hay en las profundidades.
Cambia de posición y me mira una última vez antes de que la Luz de Éter se acumule a su alrededor girando como un torbellino.
Los labios se me separan con un grito mudo y el corazón me retumba en el pecho. Sé lo que va a pasar antes de que suceda, porque ya lo he visto antes.
—¡Lucan! —grito cuando lo envuelven un denso humo negro y un fuego ardiente.
Unas alas se despliegan desde el remolino.
Pequeñas al principio, y luego crecen hasta tener un tamaño descomunal.
El humo y las llamas vuelven a condensarse en su silueta en forma de escamas de un color naranja ardiente y negro humo.
Dos cuernos se enroscan en su cabeza junto a las sienes, justo por encima de las orejas.
Tiene los ojos completamente naranjas y chispean con llamas en los bordes.
Por un segundo, todavía puedo ver al hombre incluso estando medio cubierto de escamas y vestido de humo y llamas.
Pero entonces desaparece por completo cuando el fuego quema la piel restante.
Con chispas y ascuas, le crecen las garras, las escamas le cubren, los huesos se le quiebran, y un grito de angustia rasga el aire cuando la gran silueta de un dragón llena la plaza.
Siento como si el suelo bajo mis pies se inclinase, y estiro el brazo para apoyarme en Pia.
Es él … El dragón de hace tantos años. El que me atacó.
El horror me golpea en el fondo de la garganta como si fuera bilis. Este hombre atacó mi ciudad. Pienso en los cuerpos y las llamas. En la destrucción.
Pero entonces el dragón cobrizo baja su enorme rostro hacia nosotros y clava la mirada en mí, en mi interior .
No tiene los ojos del color naranja abrasador que recuerdo de hace seis años. Las pupilas no son rajas. Me mira con unos ojos color avellana que me son conocidos.
—¿Lucan? —susurro.
Baja el mentón. Es él. Estos no son los ojos ausentes de los dragones que atacan Vinguard. Es el hombre de dentro, solo que en una forma distinta. Es como el destello que vi de Saipha en su dragón, aunque más sólido y prolongado.
Lucan decía que no recordó nada durante mucho tiempo después del día del ataque.
¿Y si están la persona y la bestia? Sería algo en lo que el Credo ha acertado.
El dragón atrapa a las personas en su interior cuando se transforman.
Pero hay algo que puede traerlos de vuelta, algo que todavía no entiendo.
Coloco una mano sobre mi pecho, sobre las heridas que tengo contra el corazón, y la otra en su hocico.
—Eras tú. Siempre has sido tú. —La forma en que se sentía atraído a mí. La forma en que, incluso cuando me parecía insoportable, no podía evitar mirarle. La forma en que me veía obligada a confiar en él una y otra y otra vez.
La marca del pecho —el sello , como me dijo mi padre— me la hizo él. La Luz de Éter fluye entre nosotros como en un baile. Estamos unidos de formas que apenas comprendo. Respiro y él hace lo mismo, juntos, como si compartiéramos un mismo aliento y un mismo cuerpo.
—Qué. Pasada —susurra Myla, y estropea el momento.
Ember ha caído de rodillas junto a su hermana. Las lágrimas le caen por el rostro.
—Es posible. Es posible —repite una y otra vez—. Pueden volver a transformarse.
—¡Tenemos que movernos! —Dazni examina los muros—. Ahora hay un dragón en Vinguard.
Pia asiente y me agarra del codo. Dazni ayuda a las gemelas.
Lucan baja el vientre hasta el suelo y relaja un ala. Dazni comienza a subir por los anchos músculos y huesos cubiertos de escamas que conectan la membrana del ala. Pia va después, y me da la mano para que suba.
No vacilo. La agarro y empiezo a trepar por el ala. Puede que no lo sepa todo, pero sé que, aunque el cuerpo puede ser el mismo, este no es el dragón que me atacó hace seis años. Es Lucan. Mi Lucan.
Dazni, Ember y Myla ya están encima de su espalda, y Pia no está muy lejos cuando un cambio en la Luz de Éter me hace girar la cabeza en dirección a una torre.
—Lucan, ¡vamos! —grito—. ¡Ahora, vamos!
Gira su cabeza monstruosa y ve lo que yo veo. Con un poderoso batir de alas, se eleva al cielo justo cuando un cañón dispara atravesando la ciudad y no puedo hacer nada más que aferrarme a él.