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U n grito se me queda en la garganta. La espada corta más que la carne; es como si desgarrara una parte de mi esencia pura.
El aire me abandona los pulmones como poco más que un gorjeo. No puedo respirar. No puedo ni pensar .
En la distancia, oigo un grito amortiguado. ¿Lucan? Es tan complicado oír algo. Me siento como si me hubieran sumergido bajo agua.
La espada late con un poder que vibra contra mis entrañas. Como si estuviera viva y tirase hacia dentro de sí misma para fusionarse con mi ser. Llevo las manos a la empuñadura, pero no consigo sujetarla; está muy resbaladiza por la sangre.
Entonces el suelo que tengo debajo se enciende con luz.
Luz de Éter, dorada y pura, tan brillante y potente que ilumina toda la catedral, sale bajo mis pies a toda velocidad formando fracturas abruptas.
Se expande en redes de grietas dentadas que parecen aleatorias hasta que empiezan a conectar.
Hasta que las líneas se unen y empieza a mostrarse un patrón.
—Qué… Qué… —No tengo palabras. Sigo tratando de agarrar la empuñadura, pero no tengo fuerza en las manos. Los dedos me tiemblan violentamente al tiempo que todo mi cuerpo entero empieza a estremecerse. Lo único que me mantiene erguida es la espada.
La voz del vicario atraviesa mi miedo.
—He tardado años en reunir todas las piezas necesarias para volver a activarlo.
Pero eso he hecho. La obra más importante de Valor, el sello de artífice más magnífico que se haya concebido jamás, será la base por la que tu poder me será dado.
Nada se obtiene sin sacrificio. —Se cierne sobre mí un momento más, como si admirase una obra maestra.
Y entonces suelta la espada y se gira, paseándose despreocupado como si no me estuviera muriendo y la sala no estuviera inundada con la luz dorada del Éter.
Me caigo de rodillas. Se me nubla la visión y, cuando vuelve a enfocarse, ha subido los escalones del altar.
Allí, se tumba sobre el altar ante la estatua de Valor, y una cadena de Éter fluye directa desde la espada que me atraviesa el cuerpo hasta su figura recostada.
Debe de haber algún tipo de sello en él también, algo que lo conecta con la espada…
Lo descifraría si no estuviera a punto de morir.
Unos gritos distantes se elevan, idénticos a lo que escuché en la Pila.
Con la mano puesta todavía sobre la empuñadura ensangrentada y luchando contra el dolor, miro hacia atrás.
Uno de los Caballeros de la Piedad gime y se sujeta el ojo dorado.
El oro fundido le gotea entre los dedos y se desvanece en forma de polvo de estrellas antes de tocar el suelo.
Sería hermoso si no fuera aterrador. Más sonidos de agonía se elevan desde más allá de la entrada.
Los nacidos de las cenizas observan con horror. Todos menos Lucan. Él está totalmente quieto, mirándome, y los ojos le brillan como si estuvieran iluminados por su propio Éter. El terror puro que siento inunda su expresión.
Separo los labios y quiero gritar. Llegar hasta él. Pero no puedo moverme. Voy a morir y no quiero morir sola. ¿Así se sintió Saipha en sus últimos momentos cuando yo la aparté?
La idea me destripa con la misma violencia que la espada.
Vuelvo a mirar al vicario, pero ahora cuesta verle a través de la oleada de Luz de Éter.
El mundo se nubla y se desvanece cuando el Éter abruma mi conciencia.
Es la misma sensación que experimenté cuando explotó la Pila, pero más completa.
Como si hubieran llevado mi cuerpo a un momento y un lugar diferentes en los que el dolor se ha esfumado, al igual que mi forma física.
Por un momento, no hay principio ni final. No hay un yo. No hay Éter. Solo hay… continuidad.
Lentamente, el mundo vuelve a enfocarse, pero ya no estoy en la Gran Capilla de la Piedad.
Me encuentro en un espacio cavernoso que me recuerda a las profundas piscinas termales de la Subcorteza. El agua cristalina es una ventana que da a un arcoíris de estriaciones luminiscentes que bañan el espacio de un resplandor pálido y blanquecino.
Un hombre en la flor de la vida, de piel clara, pelo rubio, ojos azules y con el torso desnudo como el día en que nació, se hunde en el agua.
Su piel está marcada por líneas como las de un sello de artífice.
El manantial es tan transparente que puedo ver innumerables huesos de bestias de todas las formas y tamaños en el fondo.
Cuando se sumerge en el agua, hay una explosión de Luz de Éter que hace que me encoja de miedo como si una pared de fuego me atacara y me preparo como si estuviera otra vez en la Pila.
Subo las manos para protegerme, pero no siento dolor.
Cuando las bajo, estoy en la cima de una de las montañas nevadas bajo cuya sombra he crecido.
El hombre está ahí otra vez, esta vez vestido.
Los ojos ahora le brillan con un dorado resplandeciente.
Se dirige a un grupo de gente que está por debajo de él con gritos apasionados.
Para mí las palabras suenan amortiguadas y vagas, como si estuviera bajo el agua.
No consigo entender ni una. La gente que le escucha vitorea en respuesta.
El hombre que está ante mí se gira, y sus ojos dorados se encuentran con los míos como si pudiera verme.
Una mirada, y la ladera de la montaña sobre la que estoy se derrumba. Me tambaleo hacia atrás y caigo. Por un segundo, escucho el batir de miles de alas. Desaparecen elevándose con una corriente ascendente. Uno se queda.
Lucan .
Lo siento en la sangre. Está ahí mismo, junto a mi corazón, donde siempre ha estado. Extiendo la mano hacia una sombra. Mis pies llegan al borde de un muro y el mundo se retuerce. Ya no caigo, sino que estoy de pie al filo de un precipicio.
Es una torre que algún día se convertirá en el muro de Vinguard.
Pero la ciudad de dentro ha desaparecido.
Es un hoyo hueco que se extiende muy muy profundo hasta el núcleo de la tierra, hasta la última Pila que queda en el mundo.
Al borde del hoyo se elevan más torres. Entre ellas, hay un cráter lleno de…
Huesos .
Cientos de miles de huesos. Huesos de lo que debe de haber sido la mitad de la humanidad apilados en este vacío de nada, que enmarcan las profundidades de lo que será la Subcorteza.
Junto a mí, el hombre de ojos dorados supervisa el trabajo con otro, al que da órdenes y consejos.
De nuevo, las palabras se pierden; se las traga el viento.
Pero alcanzo a ver el pergamino que tienen.
Me siento atraída hacia él.
No son planos para una ciudad… Es un sello de artífice enorme. Lo que conozco como torres y las calles son todo líneas que sirven para hacer brotar Luz de Éter. Se me revuelve el estómago a pesar de mi estado incorpóreo.
La Luz de Éter fluye dentro de todos. Los humanos son su catalizador en el mundo. Si alguien apilara un montón de cadáveres y los atara juntos con alguna clase de sello…
Podría crear una Pila.
—¿Por qué? —pienso, y la pregunta resuena en voz alta. El mundo se licua ante la vibración de mis palabras como una piedra al tirarla en un estanque en calma.
—Para sobrevivir —responde una voz nueva.
Me giro y todo se mueve a mi alrededor, oscilando, y luego vuelve a su lugar en una amplia llanura.
La hierba alta se mece en un viento que no puedo sentir.
El cielo es de un color azul más brillante de lo que he visto en mi vida.
Nunca se me había ocurrido que el azote era tan denso que empañaba hasta el cielo.
El hombre vuelve a aparecer con claridad una vez más, esta vez lleva ropas sencillas que recuerdan curiosamente a lo que yo he usado durante semanas en el Tribunal.
—¿Quién eres? —pregunto sin hablar. A pesar de que, muy dentro de mí, ya lo sé.
Antes de que pueda contestar, se tambalea hacia atrás y gira el rostro hacia el cielo. Los gritos se convierten en rugidos. Un remolino de Luz de Éter le consume y empieza a transformarse. Unas alas grises enormes sobresalen de su espalda.
Doy dos pasos tambaleándome, me recupero y elevo la vista para encontrarme de pronto cara a cara con el dragón más imponente que he contemplado nunca. La estatua del monasterio no le hacía justicia.
Solo el ojo es tan grande de por sí que podría tumbarme con comodidad en su cuenca.
La tonalidad plateada me recuerda a los ojos lechosos de un bisabuelo.
Sin embargo, a pesar de no tener pupila, ni siquiera la pupila en forma de raja de un dragón, soy perfectamente consciente de que me ve.
Cuatro grandes cuernos le salen de la cabeza en espiral.
Entre abanicos de pinchos de color gris oscuro y plateado y escamas dentadas, se extienden largos bucles de pelo blanco desde su barbilla, de detrás de donde imagino que están sus orejas y por el cuello.
Tiene las alas salpicadas de agujeros de antiguas batallas.
Las heridas cruzan y delinean su cuerpo como un enrejado furioso.
Tengo la garganta tan vacía como la tierra afectada por el azote.
El remolino de Éter primitivo que irradia la criatura me golpea.
Me siento sobrecogida. Me siento humilde.
He recordado lo pequeña que soy. Lo grandioso, maravilloso y aterrador que es el mundo, todo a la vez.
A pesar de que nunca antes he contemplado a esta monstruosidad, lo sé, sin ninguna duda…
Es el Dragón Anciano .
Contemplo los ojos dorados y, sumergida en el remolino de su Luz de Éter, las visiones siguen asaltándome. Me golpean como las estrellas fugaces, demasiado calientes y brillantes. Pero forman constelaciones en mi paisaje mental. Se conectan por líneas para formar una palabra.
Miro al ojo mortecino y ciego del Dragón Anciano y susurro un nombre:
—¿Valor?
El dragón se aleja hacia atrás. El viento se levanta. El pelo de la nuca se me pone de punta al instante al haber una enorme crecida de energía.