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E l tacto del vicario hace que se me revuelva el estómago. Solo de sentir su mano sobre mí estoy a punto de vomitarle sobre los zapatos. Cada paso es como un forcejeo, y no afloja la fuerza con la que me agarra el codo.
El mundo que me rodea se emborrona hasta convertirse en una mancha de color y sombras y paredes lisas y apliques en forma de dragón.
No puedo concentrarme en nada cuando está tan cerca.
Cuando me toca. Lo único de lo que soy consciente es de su proximidad.
Su presencia asfixiante que hace que se me ponga la carne de gallina.
Respira , me digo, respira y mantén la cabeza alta.
Llegamos a una cochera que se abre a Vinguard. Es tan extraño ver la ciudad desde las calles después de semanas de observarla desde las alturas del monasterio. Dos carruajes ornamentados nos esperan; el exterior refinado está tan perfecto como siempre.
Estas cosas nunca aparecen cuando va a pasar algo bueno .
—Valor Reencarnado conmigo —indica el vicario Darius—. Mi hijo también —dice «hijo» con un tono de aversión—. Poned al resto en el carruaje de detrás.
El número de Caballeros de la Piedad que nos rodea se ha duplicado. Ahora también empuñan ballestas. El mensaje es claro: corred y moriréis.
El vicario me guía hasta la puerta del carruaje sin soltarme.
—Después de ti. —Su amabilidad es una burla.
Me subo y voy a la esquina más lejana al instante.
El alivio que siento al romper el contacto físico con él es tan sobrecogedor que prácticamente me desplomo en el asiento y me hundo tanto como puedo en el lujoso terciopelo; el carruaje es pequeño y quiero toda la distancia que pueda conseguir.
Para mi sorpresa y deleite, el vicario no entra justo después; en vez de eso, se pone a ladrar más ordenes (seguramente al conductor), por la forma en que se mueve el carruaje.
Después, un caballero empuja a Lucan para que entre.
Se desliza junto a mí y hay un único momento en el que estamos solo nosotros.
El vicario sigue al otro lado de la puerta medio cerrada, junto con un pequeño ejército de Caballeros de la Piedad.
Pero no les estoy prestando atención. Solo veo a Lucan y él me sostiene la mirada.
Se mueve un poco para estar cara a cara.
El corazón se me acelera y, de pronto, todas las cosas por las que estaba enfadada antes se evaporan. No quiero perder esto . Lo que sea que hay entre nosotros. Aunque sea complicado y confuso…, es real. Es mío. Y es una de las pocas cosas que tengo.
—Voy a sacarnos de aquí —susurra en voz tan baja que hasta a mí me cuesta escucharlo en los límites del carruaje—. Ya me salvaste una vez. Ahora me toca a mí.
—Lucan, por favor… —empiezo a decir con voz entrecortada.
—No puede hacerse con tu poder. No puede hacerse contigo . —Hay un feroz tono protector en su afirmación que me deja sin aliento.
Trago saliva con dificultad y las palabras luchan por pasar del nudo que tengo en la garganta. Solo puedo darle una respuesta:
—No quiero que te haga daño.
—¿A pesar de que te traicioné? —No se mueve. Está tan rígido que debe de estar esforzándose por no acercarse a mí. Casi puedo sentir su mano deslizándose por mi mejilla como si quisiera atenuar el tacto ofensivo del vicario.
Maldito sea el dragón, ojalá pudiera tocarme él.
—Estoy dolida, enfadada… Y podría odiarte por ello. Quizás debería. Pero eso no significa que quiera que mueras.
—¿Me odias de verdad ? —La desesperación se cuela en su pregunta.
—¿Que si te odio? Claro que no. —Registro su rostro como si fuera un sello. Quiero recordarle perfectamente el tiempo que me quede—. Lucan, yo…
Las palabras se me evaporan de la lengua.
Todas las nociones que se me ocurren son inadecuadas o incompletas o ambas.
¿Cómo puedo ponerle nombre a este sentimiento que ha brotado como la esperanza en un páramo inundado por el azote?
Es como si mi corazón hubiera salido corriendo del mapa de todo lo que conozco y hubiera entrado directo a territorio desconocido.
¿Qué palabra describe esto?
No es amor. Todavía no… El amor es algo más . Al menos así es como lo imagino.
Este sentimiento es como una floración; una posibilidad. Frágil y precioso. Podría ser amor algún día. Podría ser amor con las suficientes disculpas y explicaciones y perdón por ambas partes… Tal vez, si tuviéramos tiempo, sería amor.
—¿Tú…? —Lucan se aferra a mi pensamiento inconcluso.
Me duele el corazón. No se salta latidos o se estremece. Solo me duele de anhelarlo a él.
Pero no hay tiempo. El vicario se monta en el carruaje y Lucan se aleja y se posa en el asiento. La puerta se cierra y, con una chispa de Luz de Éter, el carruaje avanza dando tumbos; lo único que suena es el chirrido de las ruedas sobre la grava.
Finalmente, el vicario rompe el silencio con un suspiro dramático.
—Debo admitir que esto es… decepcionante. He invertido tanto en vosotros dos. —Habla con el tono de un padre cariñoso, no del monstruo que ambos sabemos que es.
Estoy a punto de abalanzarme sobre él. Me es casi imposible no pasarle las manos por ese cuello nervudo suyo y apretujárselo hasta que deje de respirar.
—Ambos teníais tanto potencial. Tú, mi Valor Reencarnado —desplaza la mirada de mí a Lucan—, y tú. Ibas a ser mi sucesor. Una vez hubiera ascendido, dirigirías el Credo, mi ejército, como mi mano mortal.
—Preferiría la muerte. —El Lucan que vi en el Tribunal está a la vista de todos. Este es el hombre que detesta al vicario. El que se ha mordido la lengua media década. El que ha desempeñado su papel una y otra vez mientras se movía en las sombras.
—Eso se organizará. —El vicario sonríe y los ojos le brillan con una brutalidad enloquecida.
El carruaje se detiene. El trayecto entre la Aguja de la Piedad y la Gran Capilla es corto. El vehículo ni siquiera ha parado de sacudirse cuando la puerta se abre.
El hombre sale y me extiende la mano.
—Ven. Es hora de enfrentarte con tu destino.
El impulso de darle un manotazo casi me arrolla.
—¿A menos de que ya no valores sus vidas? —me reta con una voz baja y siniestra.
Lanzo una mirada a Lucan, que sigue sentado impasible y con el rostro indescifrable. Hace unos minutos, estaba lleno de esperanza mientras prometía sacarnos de aquí. Ahora está tan atrapado como yo.
Le doy la mano al vicario y contengo la bilis que me sube por la garganta.
Me ayuda a bajar del carruaje, y dos filas de coadjutores a la espera nos guían hacia el interior de la Gran Capilla de la Piedad.
La cabeza me da vueltas cuando cada fibra de mi cuerpo rechaza lo que se aproxima; rechaza la noción de que estoy a merced del vicario Darius.
Por encima del nivel del suelo, la capilla tiene técnicamente solo una planta, pero el techo se eleva por encima de las cuatro plantas con osadía.
Cada chapitel puntiagudo atraviesa a un dragón esculpido; todos tienen la boca fija en un rugido agonizante.
Personas de piedra vestidas con la armadura de los Caballeros de la Piedad escalan las paredes, con las ballestas preparadas, y ensartan dragones con lanzas de rayos y acero tallados.
—Quiero dos dagas apuntando a cada uno de ellos en todo momento.
Si se atreven siquiera a mirar en la dirección equivocada, matadlos —ordena el vicario Darius a los Caballeros de la Piedad.
Sacan a Pia, Dazni, Myla y Ember del otro carruaje y nos siguen por detrás cuando me escoltan a lo largo de dos filas de coadjutores que rezan en la plaza que hay enfrente de la capilla.
La Gran Capilla nunca ha estado tan vacía. Nadie pronuncia plegarias. Ningún coadjutor celebra ritos. No hay ofrendas ante la estatua de Valor.
El sol de última hora de la tarde se cuela por las altas ventanas, proyectando sombras alargadas de color carmesí sobre los bancos.
La estatua de Valor en el altar a lo lejos está engalanada por la luz dorada y sostiene en alto una espada; aquella de la que se dice que es el arma con la que se derrotará al Dragón Anciano.
—¿Qué va a hacerme? —El terror hace que mi voz suene más débil de lo que quiero. Me estoy esforzando tanto en mantener el coraje incluso ante el hombre retorcido que tengo delante. Él me necesita y, de alguna forma, lo usaré en su contra , me recuerdo a mí misma.
—He esperado tanto tiempo a que tu poder se desarrollara…
Pero no puedo esperar más. Ahora es el momento de que te enfrentes a tu destino y no lo harás como Valor Reencarnado —contesta con delicadeza mientras me da golpecitos en la mano como si me diera el pésame.
Los Caballeros de la Piedad entran en tropel con los cinco nacidos de las cenizas.
Trato de mirar hacia atrás en dirección a Lucan, pero no encuentro el momento mientras el vicario se centra solo en mí—.
Tú eres el catalizador gracias al cual el verdadero Valor Reencarnado regresará a este mundo.
El corazón me retumba con fuerza en el pecho con cada paso que nos acerca al altar, y a la estatua de Valor. Me percato de que no es solo por la luz del sol, sino que la elegante hoja brilla de verdad con Luz de Éter. ¿Hay sellos escondidos sobre ella? ¿Dentro de ella?
La magia baila en el aire que la rodea, nudosa y retorcida. Es Luz de Éter, pero se mueve de una forma que no había visto nunca antes. Formas que no parecen naturales.
Es entonces cuando la veo. Algo más. Una magia que vibra en tensos nudos de color carmesí y que lucha contra los hilos de Luz de Éter. Una magia del mismo tono que la sangre de dragón, del mismo tono que el azote.
Sombra de Éter .
—Fuiste elegida por el destino y guiada por mí.
—Deja caer mi mano y asciende al altar. Cierra los dedos alrededor de la empuñadura del arma y tira de ella para bajarla.
El Éter parece rebelarse ante el contacto.
Casi puedo imaginar que grita—. El sacrificio no suele ser bonito. Pero siempre es necesario.
—¿Qué quiere de mí? —Me abstengo de dar un paso atrás cuando desciende con el arma en sus manos.
El vicario se limita a sonreír.
—Que mueras.
Sin previo aviso o duda, sin decir nada más, me hunde la hoja en el estómago y me atraviesa limpiamente.