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D os cosas pasan a la vez, tan rápido que casi no tengo tiempo de diferenciar cuál va primero.
Lucan me suelta y deja un aire frío en contraste total con su calor. Reconozco sus intenciones antes de que avance hacia adelante. Es la manera en que redistribuye su peso y reúne el impulso en las piernas. Sin pensarlo, lo alcanzo y consigo engancharle la muñeca.
Vuelve la mirada hacia mí y la sorpresa le cruza el rostro como si fueran las chispas de Luz de Éter que desprenden las alas de un dragón amarillo. No le suelto, ni siquiera cuando frunce el ceño y tensa la mandíbula. Forcejea como un perro con una correa, pero no llega a liberarse.
—Soltadles —le ruge al vicario. Su voz es más grave de lo que he escuchado nunca, casi gutural. Casi inhumana .
Prácticamente en el mismo segundo, siento el frío del metal bajo la barbilla. Ember ha desenfundado la daga que llevaba como parte de su disfraz de Caballera de la Piedad. El movimiento ha sido tan fluido que ni siquiera lo he visto, aunque mi concentración estaba en Lucan.
Me quedo de piedra. Respiro de modo superficial. ¿La hoja es falsa y parte de un disfraz? ¿O se han hecho con una auténtica para que el disfraz sea creíble? No me voy a arriesgar a moverme para averiguarlo.
—No eres el único que tiene gente con la que negociar. —La voz de Ember es clara y decidida—. No te muevas, o le pasará algo a tu preciado Valor Reencarnado.
Los caballeros que están frente a nosotros se ponen visiblemente tensos pues miran rápido al vicario, a la espera de su reacción, con las manos sobre las dagas. Hasta los músculos del antebrazo de Lucan se ponen rígidos bajo mis dedos. Hay un horror silencioso en su expresión cuando mira a Ember.
No sería capaz, ¿no? Siento que ambos lo pensamos a la vez.
El vicario baja la barbilla y una sombra le pasa por los ojos.
Pero en vez de fruncir el ceño, las comisuras de los labios se le curvan hacia arriba.
Sonríe como si estuviera totalmente encantado por este giro de los acontecimientos, como un hombre que acaba de descubrir un sello de artífice especialmente fascinante con el que jugar.
—Muy bien, lleguemos a un acuerdo.
—¡No le hagas caso! —insta Pia con una actitud fuerte a pesar de estar de manos atadas y con heridas por toda la cara—. No va a…
—Silenciadla —suelta el vicario, y su fachada agradable se cae como un manto.
El caballero que aguanta a Pia tira de ella hacia atrás con un brazo alrededor de su garganta. Ella jadea mientras forcejea con las manos contra las ataduras para alcanzar el antebrazo que le estrecha la garganta, y se le pone la cara colorada al costarle respirar.
—Mirad lo fuerte que es vuestro vicario, asustado por unas palabras de una nacida de las cenizas —dice Dazni bromeando a los otros caballeros.
—Una palabra más de cualquiera de vosotros y será la última. —Otro caballero empuña su daga sin tratar de ocultarlo y la apunta a los dos. Esta gente no va a dejarse influir en contra del Credo.
—Ni se te ocurra. —Ember cambia la postura en que me tiene agarrada y me presiona más la daga en la garganta, para recordarles quién está al mando de verdad aquí.
Lucan prácticamente vibra con una rabia apenas contenida.
Deja salir un gruñido grave, su boca reprime un rugido y sus ojos se mueven entre Ember y el vicario.
Si le soltara, no estoy segura de si se lanzaría a por la daga que tengo en la garganta o a por el vicario. En cualquier caso, sería nuestro fin.
—Suficiente. —La mirada del vicario regresa a mí, a pesar de que es Ember la que sostiene la daga—. Esto es entre mi Valor Reencarnado y yo. Los demás no importáis.
—¿Perdón? —Ember deja escapar una breve risa incrédula. Me acerca un poco más y siento cómo la daga me besa la piel—. Soy yo la que tiene un arma en su garganta. ¿O es que te falla la vista por la edad?
—No tienes ninguna ventaja en esto; todos sabemos que no vas a matarla.
—Tuerce los labios de forma que pasa de una sonrisa a una mueca de desprecio.
Irradia triunfo puro—. Sabes lo que es. De lo contrario, ¿por qué lo arriesgarías todo, incluidas vuestras vidas, para robármela?
Aunque me temo que he invertido demasiado en ella como para dejarla ir.
Posa su mirada febril en mí y me estremezco.
—Así que, mi negociación es contigo, Isola.
No dejes que te engañen para que creas que tienen poder.
Ni se te ocurra invocar a tus pequeñas llamas.
Mi poder aquí es absoluto, el tuyo no. No van a tocarte porque te necesitan con vida, pero ambos sabemos que los mataré sin pensármelo dos veces.
—Pasa la mirada por Lucan y las gemelas antes de volver a mí.
»Es hora de que cumplas con tu destino, tu gran vocación, tu derecho de nacimiento. —Su voz está envenenada con hambre—. Accede a hacer lo que te digo y los dejaré ir en libertad.
Casi dejo escapar una carcajada. ¿Dejarlos ir en libertad?
Ya reveló sus intenciones hace unos segundos.
Está claro que este caos lo tiene desconcertado.
Conozco demasiado bien al vicario como para saber que los matará en cuanto yo ya no le sea necesaria.
Pero mantengo la compostura. Una sola risa y están muertos.
Solo siguen vivos porque cree que tienen influencia sobre mí.
Y no se equivoca… No dejaré que mueran si puedo evitarlo. Pero eso no quiere decir que vaya a rendirme sin más y hacer lo que él diga.
Sigue pensando que soy débil. Ingenua. Maleable. Una pieza en su juego. Pero ya no soy esa chica.
—Está bien —digo, y permito que parte del miedo real que tengo a andar al filo de esta daga se refleje en mi voz para que se quiebre. Necesito sonar más humilde de lo que me siento si va a creerse esto…—. Haré lo que desee, lo juro. Por favor, no les haga daño.
Ember inhala bruscamente.
—¿Qué?
—Lucha, so cobarde —escupe Myla, con más veneno que el colmillo de un dragón verde.
—No podéis ganar. —Miro a Ember por el rabillo del ojo, y me lo juego todo con la esperanza de que leerá entre líneas.
Si consigo convencerla, Myla le seguirá—.
Os superan en número y en poder. Rendíos y rogad por vuestro perdón al Credo.
El vicario puede ser un hombre piadoso ante un corazón reformado.
—Si crees que voy a… —empieza a decir Ember con un gruñido.
Pero Lucan la interrumpe:
—Tiene razón. —Lucan se hunde un poco, y pone una postura desgarbada, como si pudiera ver la derrota. Puedo sentir su tensión, cómo se resiste bajo mi mano. Pero hace su parte—. No podemos ganar.
Ahora no. Así no.
—¿Lucan? —A Ember se le quiebra la voz al pronunciar su nombre. Está confundida y dolida a partes iguales—. ¿Qué estás diciendo?
—¿Te has vuelto loco? —añade Myla con un terror silencioso.
—Han ganado. Hemos perdido. Es así de sencillo, Ember —dice sin emoción alguna.
Entonces me mira a los ojos.
El tiempo se para por un suspiro y el silencio que hay entre nosotros retumba. Me pregunta algo que no estoy segura de poder contestar con una mirada que dura lo que un latido del corazón. ¿Confiamos el uno en el otro? Incluso después de todo lo que ha pasado, ¿podemos trabajar juntos?
No voy a dejarte morir, Lucan. Más que pensarlo, lo siento. Como si fuera mi corazón el que responde cuando mi mente y mi boca no pueden hacerlo. Te salvé una vez y lo volveré a hacer. Pero más te vale no hacer que me arrepienta.
Vuelve a posar su atención en Ember y el tiempo parece volver a acelerarse.
—Tienen más poder del que crees.
—Hazle caso —aconseja el vicario con una calma entrenada, pero no se me pasa por alto el tono de su voz.
El monstruo que tiene dentro está arañando contra la superficie—.
Después de todo, Lucan tendría un conocimiento profundo de nuestro poder.
¿No es eso cierto, hijo ? —Se gira hacia los caballeros—. Llevadlos a todos a la Gran Capilla.
—¿Señor? ¿Incluso a los nacidos de las cenizas?
—A todos —estalla el vicario. Se está quedando sin paciencia—. Su presencia garantizará que ella haga lo que se le ordene.
Nadie se atreve a cuestionarle de nuevo.
Ember baja la daga de mi garganta. Al hacerlo, murmura algo solo para mí:
—Más te vale que sepas lo que estás haciendo.
Así que sí comprendió que estaba intentando mandarle un mensaje.
No hay tiempo para contestarle nada. Los caballeros se ciernen sobre nosotros y los desarman a los tres con una eficiencia asombrosa; después les golpean para que se pongan de rodillas.
De un tirón les unen los brazos y se los atan rápidamente con una cuerda por delante.
Presiono los labios para evitar hablar en su defensa.
Cualquier cosa que pueda decir solo empeoraría las cosas.
Una vez atados, los obligan a levantarse de nuevo. Aunque tienen una expresión de rendición reticente, puedo ver a Lucan flexionando los brazos contra las ataduras, probando su fuerza. Los Caballeros de la Piedad los empujan hacia adelante y me lanzan unas miradas frías y recelosas cuando pasan.
Me dejan con el vicario, que ahora me observa como un dios vengativo que está sopesando mi destino.
Extiende una mano huesuda y me sostiene la mejilla.
El contacto es frío y seco, poco más vivo que la cabeza de dragón que había en las fosas de quebranto.
Contengo el impulso de encogerme y apartarme.
—Ven —susurra—. Vas a encontrarte con tu destino.
Me agarra del codo como lo haría un novio vil al acompañar a su novia reacia, guiándome hacia arriba y luego al exterior de la Aguja de la Piedad.