La maldición del dragón 62 #2
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62 #2

—No me importa lo que tengas que decir, Lucan. Me mentiste, una y otra vez.

Suspira.

—Sabes que no podía contarte la verdad. Estaría confesando crímenes graves contra Vinguard.

—¿Quieres decir igual que yo te confesé mis crímenes graves a ti?

— Uuuuh —canturrea Ember.

—Ahí le ha pillado —añade Myla.

Pongo los ojos en blanco para reprimir un gruñido. No quiero tener esta conversación con público. Lucan me lanza una mirada penetrante que es más o menos igual de efectiva que una espada de entrenamiento contra un dragón plateado.

—Sé que puede que no vuelvas a creer ni una palabra mía.

No después de todas las mentiras que te he contado, que tenía que contarte para protegerme a mí mismo y a mi gente.

Pero te juro, Isola, que lo que voy a decirte es la verdad, y puede que esta sea mi única oportunidad.

Así que voy a hacerlo. Y tú puedes decidir si quieres escucharme y creerme o no.

Me cruzo de brazos y me apoyo contra la pared, arrastrando los ojos hasta él y dejando que mi silencio sea el mejor ánimo que puedo ofrecer.

—Nací fuera del muro y pasé mi niñez allí con mi madre, mi padre y mi hermana.

Tenía razón . Puede que esta sea la primera vez que he odiado de pleno estar en lo cierto.

—Decías que no recordabas nada previo al ataque. Que todo lo que sabías era tu nombre. Otra mentira.

—Una media verdad —corrige, un poco a la defensiva—. Al principio, cuando me desperté después del ataque, no recordaba nada. Lo juro. No sabía quién era o lo que había pasado. Solo había un espacio grande y vacío… Pero los recuerdos volvieron por partes con el tiempo.

¿Le creo? ¿Puedo creer en él después de todo?

—A medida que los recuerdos volvían, parecían imposibles.

Al principio no me los creía. Tenía todos estos recuerdos de gente y sitios que eran tan diferentes de todo lo que me rodeaba, de este lugar del que la gente me decía que era mi hogar.

Pensaba que todo era un sueño, de verdad. Por aquel entonces solo era un niño.

—¿Qué te hizo creer que no lo era? —pregunto, casi enfadada conmigo misma por complacerle. Casi. Pero quiero la verdad, y él me gusta lo suficiente como para ver si eso cambia mis sentimientos hacia todo esto.

—Tu madre. Me encontró mientras buscaba información del día del ataque.

—Tiene sentido. Lucan fue el único superviviente.

Mamá podría haberle interrogado para su investigación, o al menos lo habría intentado para ver si él vio algo cuando desaté la Luz de Éter—.

Y ese fue el comienzo de cómo recuperé mis recuerdos.

Después de que la expulsaran de los Guardianes de la Tierra y su investigación se detuviera, pasaron un par de años hasta que la volví a ver.

Se me afloja la mandíbula.

—Así es como siempre parecía saber lo que estaba haciendo el vicario conmigo. —Aunque yo nunca se lo contaba. Ella siempre era demasiado buena leyendo entre líneas. No estaba leyendo en absoluto. Ella lo sabía.

Asiente.

—Yo… quise contártelo todo durante años. Pero me hizo jurar que no lo haría.

—Actuaste como si no supieras ni quién era cuando te pedí que me cubrieras para poder celebrar su cumpleaños —digo en voz baja mientras miro a la nada.

—Sabía la mujer tan extraordinaria que era.

Y lo mucho que te quería y que le hubiera encantado verte.

—Se acerca medio paso y el espacio que hay entre nosotros parece lo suficientemente íntimo al instante como para que las mejillas se me pongan coloradas.

Las otras dos están demasiado cerca—. Pero ella no quería nada más que protegerte y fue mi honor ayudarle entonces, aunque supusiera delatarte para que todos siguiéramos representando nuestros papeles, igual que es mi honor ahora.

Un chico nacido de las cenizas en la ciudad. Su hermana se infiltra en los caballeros para encontrarlo, para ver cómo está. Mamá lo averigua y, cuando lo hace, naturalmente quiere hacerle preguntas sobre sus recuerdos para recabar información del mundo exterior.

Solo hay una cosa que sigue llamándome la atención.

—Si naciste fuera del muro, ¿cómo entraste ? —Sé cómo lo hizo su hermana, pero no ha mencionado a Lucan.

—Siento interrumpir —me corta Ember—, pero ha pasado un rato y Pia no ha vuelto todavía.

Lucan se pone tenso, como si le hubiera afectado físicamente el tiempo que ha pasado. Parpadea mientras mira a la puerta, como si su hermana acabara de salir.

—Nos dijo que esperáramos.

—¿Cuánto tiempo? —Myla mira a su gemela y comparten una mirada de temor silencioso.

Lucan abre la boca, la cierra y luego la vuelve a abrir.

—No hemos… No ha pasado tanto tiempo.

—Ha pasado el tiempo suficiente. —Myla se mete las manos en los bolsillos y farfulla—: Probablemente más del que piensas, ligón.

Me arden las mejillas y no sé si es de vergüenza o de fastidio.

Ember, a diferencia de su hermana, está erguida, segura y tranquila.

—¿Tenemos que esperar aquí hasta que nos pillen? Conocemos el camino del que estaba hablando Pia, la salida hacia el otro lado del muro. Es el mismo camino que usó para meternos a Dazni y a mí. Vamos vestidos como sus caballeros. Podemos escabullirnos con facilidad.

—¿Quieres que dejemos a Pia y a Dazni? —Hasta Myla está estupefacta.

—Dazni iba a reunirse con nosotros en el túnel de fuera y Pia es inteligente.

Lo comprenderá. —La confianza de Ember es inquebrantable—.

De todas formas, puede que Pia se haya ido a buscar a Dazni.

No lo sabemos, pero cuanto más esperemos, más oportunidades tendrán los caballeros de bajar hasta las plantas de más abajo.

Lucan niega con la cabeza.

—Tenemos que esperar a que todo esté despejado. No tenemos el dorado o el sello de Pia para simular el ojo dorado. — O sea que así es como lo hace —. Cualquiera sabría que no somos caballeros de verdad de un vistazo.

—Eso no importará mientras nos movamos rápido y llevemos las capuchas puestas —replica Ember con rapidez.

Lucan me señala con un giro de muñeca.

—Ella no está vestida como un caballero y es la persona más reconocible de todo Vinguard, por no mencionar el hecho de que se supone que está encerrada por simpatizar con los dragones… Ese es un problema mucho mayor que los ojos dorados.

No me encanta que me llamen un «problema mucho mayor», pero tiene toda la razón, así que mantengo la boca cerrada.

—Podemos explorar más adelante cuando haga falta o mentir y decir que la estamos escoltando a su nueva celda —dice Ember, cuyas palabras se aceleran por la impaciencia—.

Es mejor que esperar durante quién sabe cuánto.

Van a descubrir que ha desaparecido pronto, y eso los va a poner en alerta máxima.

Algo va mal… Es como si hiciera fresco; un cambio sutil que hace que se me pongan de punta los pelos de los brazos. Se me pone la carne de gallina. No tengo motivos, pero es como si un espectro malvado acabara de cruzar la habitación.

Pero tienen razón. No podemos quedarnos. Y no tengo un motivo firme para negarme.

Me preparo, reúno el coraje y les digo:

—Vámonos.

Lucan gira la cabeza bruscamente para buscarme. Me mira como si fuera la única que puede decidir lo que haremos después.

—¿Estás segura?

No me inmuto.

—Quiero… Necesito salir de aquí. Ember tiene razón. Deberíamos movernos antes de que se desplieguen más Caballeros de la Piedad por la torre o de que den la alarma.

Él duda un segundo más y después asiente una vez.

Se baja la capucha hacia adelante y las otras dos hacen lo mismo.

La acción tiene un carácter definitivo en sí misma, y el corazón me golpea contra las costillas.

Salimos al pasillo y, cuando la puerta se cierra con un leve chasquido a nuestras espaldas, de alguna forma parece sonar más alto que el siniestro tocar de las campanas cuando hay un ataque de dragón.

Ember y Myla van delante, con las cabezas agachadas y las capuchas bajadas. Lucan permanece a mi lado, tan cerca que puedo sentir su calor constante. Tan cerca que me contengo para no darle la mano en busca de consuelo.

Salimos del pasillo lateral al corazón vertical de la Aguja de la Piedad.

Es igual que dijo Pia, sube y baja con una curva ligera, como un sacacorchos, y tiene las mismas paredes lisas y enyesadas, decoradas solo con los apliques de dragón como el resto de la Aguja.

Bajamos a propósito, y cada paso parece hacer más ruido que el anterior.

Por alguna razón, el silencio es más ensordecedor todavía.

No hay señales de vida hasta que unos pasos pesados llegan desde abajo.

Myla y Ember miran hacia atrás. No hay tiempo para discutir antes de que un Caballero de la Piedad aparezca en el punto más alto del pasillo.

Cuando sube la barbilla, Lucan me agarra del brazo con firmeza.

Las gemelas saludan con la cabeza y se bajan las capuchas más todavía, lo que proyecta una sombra más profunda sobre sus rostros.

Lucan hace lo mismo al tiempo que el Caballero de la Piedad eleva la vista.

El cambio en él es inmediato. Se queda boquiabierto.

En su expresión hay reconocimiento, y luego sospecha, pero por debajo de todo esto hay algo más feo, algo que nunca he visto en un ciudadano de Vinguard: odio.

—Mira a quién hemos capturado —dice Lucan triunfal mientras se pone derecho—. No hay duda de que estaba intentando escapar de su castigo. Simpatizante con los dragones y una cobarde. —Se le da un poco demasiado bien poner un tono de odio. Casi siento que me escuece.

—Excelente. Tenemos que ponerla en algún sitio seguro antes de que consiga escapársenos de las manos otra vez. —La expresión del caballero cambia de un ceño fruncido a una amplia sonrisa.

—No podría estar más de acuerdo. —La tranquilidad con la que habla Ember no podría parecer más real.

—Seguidme. Hay una habitación con una buena cerradura justo a la vuelta en la que podemos ponerla por ahora, hasta que consigamos grilletes. —Se gira y empieza a bajar por donde vino; la dirección en la que íbamos.

Intercambian una serie de miradas cuando nos movemos.

Myla y Ember se miran a los ojos. Después Myla se gira y mira a Lucan, que asiente; mientras tanto, Ember mueve la cabeza levemente.

Todos vamos a seguirle la corriente por ahora, pero puedo percibir lo que no se está hablando: están esperando al lugar correcto para atacar.

Acabamos de doblar la esquina cuando hay un destello de plata. El caballero se lanza a por Ember y casi le da en la barbilla. Myla le embiste por el lado con un gruñido y lo empuja. El corazón se me sube a la garanta cuando veo la daga pasarle por encima de la cabeza.

El caballero se recupera y se posiciona delante de nosotros, en la pendiente. Como si supiera a dónde nos dirigimos.

—No deis ni un paso más.

—Somos cuatro contra uno. —Myla da un paso adelante y empieza a agacharse con los puños cerrados—. ¿Crees que podrás con todos antes de que te ganemos?

—Y tenemos el poder de Valor —dice Lucan confiado.

El pánico me golpea y trago saliva con dificultad, en un intento por parecer segura. Por respaldarle. Pero nunca prometí esto. Quería escapar, escapar del control del Credo. No atacar a Caballeros de la Piedad aleatorios.

En otro mundo, podría haber sido Saipha.

La idea hace que se me cierre la garganta.

—Baja la daga y no morirás —dice Ember con firmeza.

El caballero se limita a sonreír con satisfacción. Llega el eco de unos pasos más adelante. Una voz el doble de repugnante que el ácido de un dragón verde mana del pasaje.

—No creo que eso pase. —El vicario Darius aparece por la curva de la torre. Vestido de rojo sangre y con los ojos resplandecientes de triunfo.

No viene solo. Le escoltan dos Caballeros de la Piedad, que arrastran a Dazni y a Pia. Los nacidos de la ceniza están ensangrentados, heridos y apenas son capaces de sostenerse por sí solos. Ambos tienen dagas presionadas contra la garganta. Cuatro caballeros más les siguen de cerca.

—Si valoráis sus vidas, haréis lo que os diga.