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– ¿ Y qué te hace pensar que puedes estar al mando? —La prelada no se ha movido a pesar de que tengo la mano en el pomo de la puerta. Los otros tres la miran a la espera de órdenes.
Dejo escapar un suspiro bajo y digo:
—Veinte minutos, ahora más bien dieciocho.
—¿Veinte minutos para qué? —pregunta Ember.
—Las oraciones. Está la purificación, los ruegos a la Pila para que nos dé fuerzas, la adoración de Valor y luego las veinte expresiones de Piedad.
Puede que no haya sido Caballera de la Piedad, pero conozco las oraciones del Credo.
—Miro por encima del hombro, directa a la prelada.
Hay algo en el hecho de poder mirarla a los ojos, por fin, que la hace menos aterradora.
No es una entidad inquebrantable. Solo es una mujer—. Pero eso ya lo sabías, ¿no?
Aprieta los labios hasta formar una línea y camina a zancadas hacia mí. Me empuja la mano a un lado y abre la puerta.
—Por aquí.
Salimos a un pasillo insulso, las mismas paredes lisas y lúgubres de la Piedad que vi al entrar, interrumpidas solo por los apliques de dragón que crepitan con Luz de Éter.
Estoy justo detrás de la prelada. Lucan está casi a mi lado, pero me esfuerzo por ir medio paso por delante.
No voy a caminar codo a codo con él como si estuviéramos bien.
Sé que, una vez haya comido, descansado y me haya bañado, y podamos tener una buena y larga charla para obtener respuestas reales, podríamos reconciliarnos. Pero ahora mismo no pienso con claridad y no estoy dispuesta a ser la persona más madura de los dos.
Las gemelas ocupan el fondo y murmuran entre ellas.
—¿Hay patrullas, Pia? —pregunta Lucan a la prelada. Pia.
—Durante la oración no. Todos entran; por lo menos todos los que están en la aguja en ese momento. Los que están en el muro se quedan allí. Lo mismo que los que están fuera de caza —contesta—. Así que todos por los que nos tenemos que preocupar están ocupados.
—¿Cómo te convertiste en Caballera de la Piedad sin el dorado? —dirijo la pregunta a Pia. No es de Vinguard si no tiene el dorado y eso significa, al igual que los otros…, igual que Lucan, que es una nacida de las cenizas.
Se gira para lanzarme una mirada con una expresión ilegible, sin perder el ritmo mientras nos damos prisa en bajar el pasillo.
—Una partida pequeña de Caballeros de la Piedad salió de caza por las montañas. Solo una consiguió sobrevivir…, o eso pensaban. Una mujer más joven, lo suficientemente nueva como para que la gente no conociera muy bien su cara.
Se ha hecho con el puesto de alguien…
—¿La mataste?
—¿A ti qué te importa? ¿Vas a entregarme, Valor Reencarnado? —Pia me fulmina con la mirada cuando doblamos una esquina y pasamos rápidamente por un depósito de armas vacío.
—Quiero saber con qué tipo de persona estoy trabajando. Porque lo único que he aprendido de ti hasta ahora es que no vas a dudar cuando se trata de darme una paliza. —Mi tono es cortante.
—¿De verdad te estás preocupando por cosas tan insignificantes como las mentiras o las palizas o el asesinato? El azote está infestando el mundo entero; ese es el problema.
—¡Me encerraste con la Pila!
—Fue mejor para ti. —Se encoge de hombros. Apenas puedo resistir el impulso de abofetearla.
—Pia. —Lucan suspira.
—Es ridícula, hermano —suelta Pia a la defensiva.
Hermanos, entonces . Ella es mayor, sin duda—.
Preocupada por si he matado a alguien; ¿sabes qué?
—Mueve los ojos en mi dirección—. En realidad, no lo hice.
No la maté. El frío se la estaba llevando para cuando los l ocalicé.
Pero tampoco la salvé. ¿Le vale eso al gran Valor Reencarnado para trabajar conmigo?
¿Qué problema tienes conmigo? , estoy a punto de preguntarle cuando cruzamos otra puerta. Pero vamos a paso ligero y me estoy guardando el aliento para lo importante de verdad.
Además, probablemente puedo adivinar parte del problema que tiene conmigo, dado que me pilló con la lengua de su hermano en la boca hace poco.
Cruzamos otra puerta y bajamos unas escaleras que se extienden más allá de donde llega la luz.
El aire de abajo está notablemente más frío.
El tiempo ha hecho que se vicie. Aquí abajo hasta las luces brillan menos, como si no esperasen que venga gente tan a menudo como para gastar demasiado Éter en iluminar el sitio.
—Nos quedan menos de diez minutos —estimo—. Si el objetivo es escapar, ¿por qué estamos bajando?
Las gemelas intercambian una mirada recelosa.
—Demasiado hablar y poco moverse —dice Pia, que se agacha para pasar por un arco que da a un rellano antiguo y derruido.
Es evidente que estamos en una parte del edificio que no se usa.
Al cruzar el arco hay un largo corredor que tiene la luz justa para ver algo.
Cada vez que pasamos por un aplique encendido, la luz me tranquiliza, más o menos.
Pero entonces volvemos a sumergirnos en la oscuridad mientras seguimos bajando con prisas por el largo corredor.
Oigo el tictac de los segundos en el fondo de mi mente como si fueran los engranajes del reloj del estadio. A pesar de que todos estamos en plena forma, nos cuesta respirar.
—Pia, no vamos a salir a tiempo… —Justo cuando Lucan empieza a hablar, suena una campanada baja, la misma de antes. Me equivocaba. Las oraciones son más cortas en la Piedad que las de fuera de la aguja.
Todos nos paramos y arrastramos la vista hacia arriba. En alguna parte de la aguja, sobre nosotros, está el sitio en el que se han reunido los caballeros para orar. El sitio del que esos mismos caballeros salen de su distracción.
—Lo sé. No esperaba que lo consiguiéramos.
Por suerte, no hacía falta; la salida está en esta planta.
Tenemos tiempo antes de que alguien se desvíe de la capilla de dentro de la Aguja de la Piedad hasta aquí abajo.
—Pia se despega de la pared en la que estaba apoyada, todavía sin aliento, y continúa.
El corredor da paso a una antigua herrería, dirigida más bien a la creación de armas más grandes y sencillas que los talleres de artífice a los que estoy acostumbrada.
—¿La salida es subterránea? —Me obligo a evitar las distracciones y la sigo de cerca.
Odio preguntarle a Pia de entre todo el mundo, pero sigo ignorando a Lucan mayormente, aunque soy muy consciente de lo cerca que está.
De la frecuencia con la que mira en mi dirección, como si intentara captar mi mirada.
—Si estás dentro de Vinguard, es subterránea. Pero la salida está a nivel del suelo al otro lado del muro —contesta Pia de mala gana. Aunque a mí no me importa mucho si le gusto o no siempre y cuando conteste a mis preguntas.
Nunca pensé que el suelo que hay al otro lado del mucho fuera más bajo que el nivel del suelo de Vinguard. Pero tiene sentido dado lo mucho que se ha construido en Vinguard a lo largo de los años.
—Conectaremos con el pasaje central de la Aguja de la Piedad; imagínatelo como un sacacorchos.
Sirve como ruta principal para subir y bajar.
Y su base es la salida —prosigue mientras cruzamos otro almacén, que conecta con otro taller anodino ocupado por dos largas mesas y varias herramientas para renovar todo tipo de objetos—.
Dazni se reunirá con nosotros allí. Ya estamos cerca.
—Parece ser que esto está yendo bien —dice Myla cuando salimos del taller a través de una puerta trasera y bajamos hasta otro pasillo. Al fondo, puedo ver un pasaje inclinado que doy por hecho que es el «sacacorchos» que mencionaba Pia.
—Myla, no… —Ember se ve interrumpida por el estridente sonido metálico de una campana, que seguramente marca la transición del cambio de guardia.
Todos paramos en seco cuando nos llega el eco de unos pasos pesados desde el pasaje inclinado de enfrente—.
No tientes a la suerte —concluye, y mira a su hermana con los ojos entrecerrados.
—No pasa nada, manteneos concentrados. —Pia habla con calma, pero los hombros le llegan casi a las orejas—. Como ya os dije, estamos más abajo de lo que va la mayoría. La única gente que vendría hasta aquí sería una partida de caza y no hay ninguna programada.
—¿Estás segura, Pia? —Lucan dispara una mirada al pasaje que tenemos delante. Los pasos parecen sonar más fuerte.
Suspira de una forma que me recuerda dolorosamente a la hermana mayor de Saipha.
Pero diré a su favor que ella sí que parece tomarse el asunto en serio.
Pia para y abre una de las últimas puertas que hay antes del pasaje en espiral.
Se trata de un pequeño almacén que alberga una mezcla polvorienta de suministros como odres y petates, que imagino que necesitaría un Caballero de la Piedad en una misión de caza, y que está iluminado por un solo aplique titilante.
—Muy bien, vosotros cuatro esperad aquí; yo seguiré adelante para asegurarme de que no viene nadie en esta dirección.
—Pia. —Lucan da un paso hacia ella. Tiene el ceño fruncido de la preocupación.
—Voy a estar bien. No han sospechado de mí en todos estos años.
No lo van a hacer ahora. —Sonríe, pero parece forzado, incluso para mí—.
Mantened la puerta cerrada y no le abráis a nadie que no sea yo.
Si alguien intenta abrirla, pensará que está cerrada con llave o bloqueada.
Muchas partes de este sitio están en mal estado y no se usan.
—Ten cuidado. —Consigue decirle Lucan a duras penas antes de que se vaya.
En cuanto la puerta está cerrada, Ember se apoya en ella de espaldas. Myla se inclina junto a su hermana y agarra el pomo. Eso nos deja a Lucan y a mí el uno frente al otro hacia el fondo de un armario muy estrecho.
—Es probable que tengas muchas preguntas que hacerme. —Se frota la nuca cuando hace el patético intento de empezar una conversación.
—No te creas —contesto bruscamente y le miro. Ambos bajamos la voz hasta poco más que un susurro para evitar que nos escuche alguien al otro lado de la puerta.
—Isola…