La maldición del dragón 61 #2
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—Eres uno de ellos, ¿verdad? —le pregunto, pero suena más como una afirmación. Por algún motivo, ya sé la respuesta, tan imposible como es. Lucan también ha nacido de las cenizas.

Su silencio grita la verdad.

Me río amargamente. ¿Por qué será que, de entre todo lo que ha pasado hoy, esto es lo que hace que se me inunden los ojos de lágrimas? Pero me niego a dejarlas caer. No por sus mentiras.

—Me engañaste —susurro.

La declaración es tan mordaz que se inclina hacia atrás como si le hubiera abofeteado.

—Isola, por favor…

—Está claro que has estado trabajando con ellos mucho tiempo. Me mentiste. Una y otra vez. Incluso cuando te conté mis secretos. —Mis palabras son serenas y tan frías como una daga de la Piedad.

—¿Siempre es así? —pregunta Ember sin interés.

Lucan le lanza una mirada severa.

«¿Qué?», gesticula con la boca y se encoge de hombros.

Pero yo no aparto los ojos de Lucan. Le examino durante todo el intercambio para que, cuando su mirada vuelva a la mía, pueda buscar en sus ojos los restos del hombre que pensaba que conocía. Pero hay algo… diferente. Es como si le estuviera viendo por primera vez.

—¿Qué querías que te contara? —me susurra, claramente confundido.

—Yo te lo conté todo, Lucan, todo . Mis esperanzas, mis miedos, mi traición. Y tú no podías confiarme solo uno de tus secretos realmente importantes.

Abre la boca para hablar otra vez, pero se pone rígido cuando suenan campanadas bajas en algún lugar más allá de la puerta principal de la habitación. Me imagino que es la llamada a la oración, porque Myla y Ember disparan una mirada a la puerta.

—Tenemos que irnos —insiste Lucan—. No tendremos una segunda oportunidad.

—¿Y a dónde iríamos? —pregunto—. Vinguard está controlada por el Credo, y los Caballeros de la Piedad nos matarán en cuanto nos vean.

No hay donde esconderse. —Sin embargo, incluso mientras lo digo, pienso en lo que dijo padre de que mamá había desaparecido.

Si el vicario la hubiera encontrado, se habría molestado en decírmelo.

Odio que Lucan siga conociéndome tan bien como para leerme el pensamiento, porque dice:

—Vamos a salir del muro. Tu madre está esperando.

Mamá .

—¿Está esperando? ¿Fuera del muro? —Las palabras son tan bajas que casi son un susurro.

—La sacamos para mantenerla a salvo. —Lucan da un pasito adelante y el único motivo por el que lo permito es porque pienso en mamá—. Vamos a llevarte con ella, Isola. Vamos a ponerte a salvo a ti también.

A salvo . Las palabras que he llegado a asociar con él vuelven. El nudo de desconfianza se afloja un poco.

—Si te quedas, te harán cosas mucho peores que matarte —advierte Ember. La miro con recelo, pero ella se gira hacia Lucan—. La oración no es tan larga. Tenemos que irnos.

—El vicario Darius planea quitarte tu poder… —empieza a contarme Lucan.

—Lo sé —interrumpo—. Me lo contó mi padre. Pero claramente tú también podrías haberme avisado. —El enfado vuelve a arderme por dentro con latidos acelerados.

—No podía arriesgarme a contártelo antes.

—¿Y ahora te parece un buen momento? —Señalo a las barras de hierro.

—Ahora es el único momento, nuestra única oportunidad de salir.

Puede que ahora mismo no te guste… —Reprime una mueca mientras habla, y yo el impulso de corregirle—.

Pero soy la mejor oportunidad que tienes de salir de Vinguard.

—Cuando no digo nada, continúa—: Al menos quédate con nosotros lo suficiente como para salir de este sitio.

Una vez hayamos salido, te lo contaré todo.

Puedes hablar con tu madre y tomar una decisión entonces.

Eso sí que puedo hacerlo… Mamá está fuera del muro. La verdad está fuera del muro. Y lo único que hay aquí es un vicario loco que quiere quitarme mi poder para quedárselo él.

Justo cuando abro la boca para aceptar, la puerta se abre y entra una figura encapuchada.

—¿Por qué seguís todos aquí? ¿Os está dando problemas? —La prelada. Se me enfría la sangre. Pero no se mueve ni da la alarma. Lo que significa…

Está metida en esto .

—Sí —responde Myla.

—Un poco —añade Ember.

—Todavía no —dice Lucan con firmeza por encima de ellas, con la mirada todavía fija en la mía—. Está bien.

—Vámonos, entonces. Los Caballeros de la Piedad están todos en el oficio de la oración.

Dazni está alerta por si acaba temprano o alguien se va de repente.

—El tono de la prelada ha cambiado por completo.

Se acerca lentamente y se baja la capucha.

Cuando se para junto a Lucan, me doy cuenta de algo que no había notado antes, y doy un grito ahogado.

Puede que lo haya ignorado adrede. Puede que la idea fuera demasiado disparatada como para considerarla de verdad.

Es probable que fuera que en realidad nunca le había visto el rostro completo y con la luz adecuada.

Pero tiene las mejillas hundidas de una manera que me es familiar. Una forma de las cejas casi idéntica a la del hombre que tengo delante. Un color de pelo similar. El parecido es innegable.

No puede ser … Mi mente rechaza lo que tengo justo delante de mí. Mientras la observo, su ojo dorado desaparece. Algún tipo de espejismo. No me equivocaba con lo que vi en la Pila.

—Se puede saber qué dragones está pasando… —susurro mientras los miro a ella y a Lucan.

—Lucan, ya —insiste ella—. Haz que se mueva o lo haré yo.

—Ninguno de vosotros va a «hacer» que haga nada.

—Doy un paso adelante y le lanzo una mirada penetrante a Lucan, con la que trato de expresar que estoy harta de sus secretos y confabulaciones.

Después paso a zancadas a su lado como si no me importase.

Como si una parte de mí no quisiera acercarse y agarrarle.

Vuelvo la vista hacia los cuatro con la mano en la puerta.

—Voy a salir de esta ciudad.