La maldición del dragón 61
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L a Piedad es tan brutal como sus caballeros.

Las paredes se vuelven completamente lisas, pues todas las grietas están enyesadas. Unos apliques con forma de fauces de dragón iluminan los pasillos. Las luces alimentadas por Luz de Éter proyectan un brillo inquietante sobre lo desierto que está todo.

Me llevan a una jaula que se parece a las que había en el sótano del monasterio en que es un cubo de metal hecho de barras que se encuentra en el centro de una habitación; de esta forma, los inquisidores pueden rodearme por todos los lados.

La puerta de la jaula está abierta y esperando cuando llego.

—Entra. —La prelada me empuja más fuerte de lo necesario. Ya estaba yendo hacia adelante. Cierra la puerta de un golpe tras de mí con una irreversibilidad ensordecedora. Al minuto de estar encerrada, noto el sabor de la bilis al fondo de la garganta.

No me encierres aquí. No me encierres aquí. No… Quiero rogarle, una y otra vez, pero me obligo a mantener la compostura. No voy a darles la satisfacción ni a ellos, ni al vicario indirectamente.

—¿Tengo que preocuparme porque me vayan a torturar mientras estoy dentro de esta jaula? —Me giro para estar de cara a ella, en un intento por ocultar la tensión creciente que siento en el pecho con cada respiración irregular.

Los labios se le curvan formando una sonrisita perversa.

—Afrontarás lo que te venga, traidora .

—Eso lo decidirá el vicario —contraataco sin dejar que la palabra me afecte como ella quiere—. Y, hasta donde yo sé, todavía soy «Valor Reencarnado».

La prelada ladea la cabeza. Baja la voz.

—Solo mientras le sea de utilidad.

Me recuerda a lo que dijo padre. Casi suena… ¿como una amenaza? Pero no de la prelada. Claro que no.

—No te preocupes, Isola. Pronto se ocuparán de ti. —La prelada da un paso atrás y se gira. Tres inquisidores la siguen afuera y tres se quedan.

No… Inquisidores, no. Aquí no. Estos son Caballeros de la Piedad veteranos y completamente entrenados.

La forma en que sostienen las ballestas es distinta de como lo hacen todos los inquisidores que he visto.

Su actitud solo sugiere que están relajados.

Estoy en una habitación con asesinos curtidos y parece más peligroso que estar cara a cara con un dragón.

Sentada en el centro de mi jaula, espero y me centro en controlar la respiración y los pensamientos descabellados y caóticos.

El aire es denso. Asfixiante. Lo que tenga que venir, vendrá , me recuerdo a mí misma.

El pánico no servirá de nada. En todo caso, se usará en mi contra como señal de que estoy maldita.

Tengo que esperar una noche más y entonces todo esto se habrá acabado. Entonces me considerarán una ciudadana, ya sea traidora o no. Volveré a ver a Lucan y a Saipha…

Mis pensamientos se paran en seco.

Ay, Saipha, estabas tan cerca… Su recuerdo hace que me escuezan los ojos.

Me lo prometiste, Isola , casi puedo escucharla en la distancia.

Le prometí que me quedaría con ella y le fallé. Si hubiera cruzado la puerta, quizás nunca se habría transformado. Se habría sentido segura, le habrían dado de comer, y eso nos habría ganado tiempo. Quizás podría haber encontrado una forma de mitigar la maldición, como las tinturas de mamá.

Podría haberla ayudado . Nunca he estado tan segura de algo en mi vida.

Con las investigaciones de mamá, mis propias habilidades, de alguna manera .

Podría haber adquirido más conocimiento de alguna forma sobre el poder que tengo dentro, si es que es sirve de algo en absoluto.

La idea me pesa en el pecho, tanto que casi me hunde al igual que hace que me hierva la sangre, como una bola caliente de hierro fundido.

Podría haberla ayudado si esta ciudad no me hubiera detenido .

La obligo a salir de mis pensamientos. No puedo derrumbarme. No ahora. No aquí. Algún día, lloraré por padre y por Saipha. Pero hoy no es ese día.

Así pues, en vez de eso, me concentro en vaciar la mente tanto como puedo de manera intencionada.

Todo lo demás puede esperar hasta que me haya librado de este aprieto…

Si me libro de esto alguna vez. No, céntrate, Isola.

Habrá una forma de salir . Solo necesito encontrarla.

Pero es complicado imaginarme mi salida a la libertad cuando estoy atrapada en una jaula dentro de una habitación cerrada con llave en la que montan guardia unos caballeros, con quién sabe cuántos caballeros más al otro lado de la puerta, en una torre llena de caballeros.

Un aplique que está en la pared junto a la puerta cambia de color y me distrae por un momento.

Los caballeros del perímetro de la habitación marchan hacia la puerta, todos en fila y al unísono.

La puerta se abre y tres caballeros nuevos pasan junto a ellos, y ocupan sus puestos a la vez que los anteriores se van.

Ninguno de ellos dice nada. Casi deseo que lo hagan y me saquen de estos pensamientos interminables.

Agacho la cabeza, cierro los puños y reprimo un grito.

¿Cómo hemos acabado así? Se suponía que Saipha y yo íbamos a ir a la Piedad.

Yo iba a encontrar una manera de ayudar a la gente.

Aprendería cosas fuera de los muros para mamá. Padre…

Padre aún debería estar aquí. Me cruje la mandíbula cuando aprieto los dientes.

El día se arrastra y lo único que rompe la monotonía son dos cambios más de guardias.

Mantengo la cabeza agachada y dirijo mis pensamientos a lo que vendrá después.

Sospecho que mañana convocarán a los altos coadjutores y al vicario para examinar mis acciones, probablemente aquí, en la Piedad.

Ya estoy planeando lo que podría decir. Ya estoy bosquejando mi caso en mi mente, que hablará de todas las cosas que sé que el vicario quiere escuchar.

Superaré el día de mañana y seré libre . Más o menos. La Piedad será una prisión en sí misma. Y seguiré estando en manos del vicario. Pero entonces nunca sospechará de mí. Obtendré justicia para padre y Saipha.

Estoy tan concentrada en mis intrigas que, cuando parpadean las luces de la habitación, atenuándose solo un segundo antes de volver a la normalidad, me creo que me lo he imaginado. Después, los tres caballeros se mueven y corren hacia la jaula. Me pongo de pie de un salto.

Dos caballeros se aproximan a la puerta de la jaula. Escucho el tintineo de unas llaves en una de sus manos. Retrocedo y me agacho, lista para atacar.

El tercer caballero se quita la capucha carmesí y nos miramos fijamente cuando se abre la puerta.

—¿Lucan? —susurro confundida y aliviada—. ¿Cómo…?

—Vamos a sacarte de aquí —dice con calma.

—¿ Cómo has entrado aquí? —consigo preguntar.

Incluso si los caballeros le han invitado a ser escudero, eso no empezaría hasta mañana, como muy pronto.

La hermana mayor de Saipha no empezó con sus deberes como escudera hasta cuatro días después del Tribunal.

Lo cual, en retrospectiva, debería haber sido una pista para nosotras de los extremos a los que nos podían llevar.

Pero es fácil quitarle importancia a lo malo cuando solo eres una chica con grandes sueños o miedos mayores.

—Nos hemos colado —responde Lucan.

—¿Nos? —repito. Sigue hablando en plural. Nada de esto tiene sentido .

La persona que mantiene abierta la puerta de la jaula levanta la cabeza y la reconozco como una de las gemelas que se unieron tarde al Tribunal. Algo ha cambiado en ellas. Siguen teniendo las mismas magulladuras, claro. Pero están… más altas. Más seguras. Como si todo hubiera sido una actuación.

—Soy Myla, y esta es Ember. —Hace un gesto hacia su gemela—. Me alegro de verte.

—¿Ah, sí? —le murmura Ember a su gemela, y se baja la capucha también.

No estoy segura de si estoy más sorprendida porque esas ya son más palabras de las que les he oído decir en el monasterio o por el hecho de que estén aquí. Sin duda, lo segundo. Miro entre ellos—. ¿Los tres lleváis aquí más de una hora y no ha sido hasta ahora que decís algo?

—Antes no era seguro —contesta Lucan—. Teníamos que esperar a la señal.

La señal debe haber sido el parpadeo de las luces. Alguien debe de haber manipulado el sello de artífice que las alimenta. Pero quienquiera que lo haya hecho tendría que poseer un conocimiento profundo de la Piedad y una mano segura con los sellos.

—Ni siquiera ahora es seguro. —Lucan entra en la jaula—. Tenemos que movernos rápido. Los Caballeros de la Piedad serán llamados a la oración pronto, antes de las patrullas nocturnas. Es nuestra única oportunidad.

Parece obvio que la oración es algo que se haría en la Piedad, pero su funcionamiento interno y sus horarios son un secreto para todos los que están fuera de ella. Ni siquiera Saipha sabía nada.

—¿Cómo lo sabes?

—Tenemos ayuda dentro.

«Tenemos». Ahí está otra vez. ¿Él y quién más? ¿Solo las gemelas de la Subcorteza? Niego lentamente con la cabeza.

Lucan debe confundir el movimiento con rechazo a su oferta de libertad.

—Vamos a sacarte de aquí, Isola.

—Habéis planeado esto —le susurro mientras lo miro a él y solo a él incluso cuando señalo a Myla y Ember—. ¿Cómo?

—Somos nacidas de las cenizas, de más allá del muro —contesta Myla—. Al igual que Dazni.

Vuelvo a negar con la cabeza. Esta vez con más fuerza.

No ha habido nacidos de las cenizas en Vinguard en siglos, al menos ninguno del que tengamos constancia, y sin embargo…

Miro de una chica a la otra. Se supone que los nacidos de las cenizas son monstruos.

Abominaciones medio dragones que están a un paso de ser cadáveres andantes, según los bocetos y las descripciones del Credo y el vicario.

O muertos. Pero estas chicas están muy vivas y tienen un aspecto muy normal.

Son una contradicción andante que, muy a mi pesar, no podría interesarme más.

—Tenemos que irnos ya —dice Lucan.

Lo miro fijo con los ojos muy abiertos y el corazón a toda velocidad. Lucan dijo que quedó huérfano durante el ataque del dragón. ¿Me mintió?