60
M is mejillas chocan con la tierra compactada del suelo del estadio; menos mal que no es donde he vomitado.
Sigo mirando a Saipha con el ojo que no está cerrado a la fuerza por el peso de los cuerpos y las botas que tengo encima.
Me rodean unos Caballeros de la Piedad, seguidos de los chasquidos que hacen las flechas al tensarlas.
Marius se tambalea hasta su hija. Se desploma de rodillas junto al dragón y, cabizbajo, se agarra de los muslos. Los hombros se le sacuden de contener los sollozos. Ahora que la muerte por piedad se ha completado, tiene permitido llorar la muerte de su hija.
Se aseguró de que pudieran dispararle.
Mientras que yo me acerqué a ella cuando vivía. Les dije a todos que pararan. Cometí un pecado capital de Vinguard: sentir compasión por un dragón.
—Dejad que se levante —ordena el vicario, y la bilis me sube por la garganta. Preferiría estar en manos de los Caballeros de la Piedad que aceptar su ayuda—. Llevadla a una habitación para interrogarla.
—Por aquí. —El alto coadjutor de la Piedad marca el camino.
Me despegan del suelo entre al menos tres personas. Dos manos en cada axila y una persona agarrándome cada brazo. Me levantan con tanta violencia que no me llegan los pies al suelo. Hay diez ballestas apuntadas a mi cara.
El vicario me mira con un desprecio apenas disimulado mientras seguimos al alto coadjutor de la Piedad. Nunca he visto al vicario mirarme con tal desdén de manera tan abierta. Aunque alguna persona pueda confundir su expresión con preocupación, yo soy más lista. Yo le conozco.
Apenas escondo mi propia rabia como respuesta.
Lucan viene para caminar junto a él, con la cabeza un poco inclinada en su habitual postura de estatua estoica. Pero, por primera vez, no me molesta verla. Por primera vez, verle junto al vicario es como un bálsamo. Lucan mira en mi dirección.
Nuestras miradas se encuentran y respiro; contengo la respiración y, con ella, la sensación de seguridad que me dieron sus brazos la otra noche. Es la esperanza de una necia, lo sé, pero tengo la noción errada de que, mientras Lucan esté cerca, me ayudará. Me mantendrá a salvo.
Mamá no está. Padre no está. Saipha no está…
Por mucho cariño que les tenga a Marie y a Callon y ellos a mí, no esperaría que se alzaran en mi defensa y arriesgaran el pellejo. No después de lo que ha pasado. No los culparía lo más mínimo si ahora decidieran centrarse en sobrevivir.
El alto coadjutor abre una puerta oculta que está al ras de las altas paredes del estadio. Se desgozna con un empujón y un silbido de los engranajes, y luego se abre hacia un lado. Nos lleva adentro. Los inquisidores son duros conmigo todo el tiempo, pero no me molesto en luchar.
El pequeño espacio es poco más que un almacén y con rapidez está abarrotado de gente.
Me obligan a entrar en una jaula después de liberarme, con las ballestas todavía fijas en mi dirección.
Lanzo una mirada apagada a los inquisidores.
Estoy anestesiada, no solo físicamente de toda la escarcha y los vientos glaciales de invierno, sino también emocionalmente de la conmoción por la muerte de mi amiga.
—¿Debería traer a los otros altos coadjutores? —pregunta el hombre que estaba liderando tras cerrar la puerta.
—No. Como Valor Reencarnado, la decisión final recae sobre mí.
—Estaba desviando nuestros ataques. —Por supuesto que lo primero que hace la prelada es intentar condenarme.
—Vuestros ataques no estaban acertando. —El vicario la mira con recelo por el rabillo del ojo.
Da la impresión de sentirse traicionado, como si esperase más de ella—.
No se puede detener a un dragón recién transformado con unos medios tan rudimentarios.
La barrera de Luz de Éter es demasiado gruesa.
Solo alguien con poderes como Valor Reencarnado podría atacar de manera efectiva en ese momento, pero ninguno de vosotros le hizo caso.
Odio que estén hablando de mí como si no estuviera aquí. Pero sé que cualquier cosa que diga no ayudaría a mi causa. Por ahora, es mejor dejar que el vicario cuente sus mentiras.
La prelada frunce los labios.
—Muy bien, pero no podemos ponerla en libertad en la ciudad, dadas las circunstancias. ¿Por qué no la llevamos a la Piedad para observarla una última noche por lo menos?
—¿Pretendes decirme lo que hacer? —dice el vicario con frialdad.
—Te has pasado de la raya. —El alto coadjutor de la Piedad reprende a la prelada.
Ella eleva las manos en un gesto de obediencia.
—Solo estaba haciendo una sugerencia, nada más. La ciudadanía se enterará de esto. ¿No se sentirán más seguros si saben que al menos estuvo en la Aguja de la Piedad durante la noche siguiente? ¿No podríais decir que es para discutir estrategias para los ataques de dragones con Valor?
El vicario se pasa la mano por la barbilla pensativo.
—Muy bien —cede—. Pero antes de que os la llevéis, me gustaría tener un momento a solas con Valor Reencarnado, para poder darle la bendición que la acompañe en la noche que se aproxima.
Parece que la prelada quiere oponerse, pero no lo hace.
—Estaremos fuera —dice el alto coadjutor.
La prelada y los otros inquisidores se van a regañadientes. Hasta Lucan se sale con ellos.
—Eres Valor Reencarnado —comienza. Dice las palabras como si pudiera obligarlas a ser ciertas con su fuerza de voluntad—. Irás a la Piedad y les demostrarás que es ahí donde debes estar, no como prisionera, sino como nuestro héroe.
—Dudo que vayan a permitirlo mientras esté enjaulada —digo sin entusiasmo.
—Eso déjamelo a mí. —Junta las yemas de los dedos—. Lo único que necesitas saber es que, de aquí en adelante, lo último que quieres hacer es decepcionarme.
—¿O qué? —El Tribunal me ha cambiado; puede que no para bien, ya que parece que mi sentido de supervivencia se ha agotado.
El vicario me evalúa como si fuera un rompecabezas que ha cambiado de forma.
Está viendo la nueva imagen de la persona en que me estoy convirtiendo a la vez que yo misma me doy cuenta.
Ya no soy la mujer tímida e indefensa de antes.
Tan asustada. Tan decidida a hacer que todos los que me rodean estén orgullosos.
Tan desesperada por sentirme normal. No soy normal.
Soy especial, y eso te asusta . Una sonrisa se desliza por mis labios—.
Lo he perdido todo. Mi madre se ha ido, padre está muerto —ensancha los ojos; no pensaba que ya lo supiera—, mi mejor amiga tenía la maldición del dragón y se le ha mostrado piedad. ¿Qué más queda para mí?
—Eres Valor Reencarnado —repite con más firmeza—. La salvadora de Vinguard.
—¿Y si no lo soy? ¿Y si se ha equivocado?
Abre más los ojos con estupor, lo cual es gratificante y desconcertante a la vez. Seguro que sabía que tenía mis dudas. ¿Por qué parece tan asustado y desesperado?
¿De verdad se creyó sus propias mentiras de que la chica del tejado podría cambiar el mundo?
O quizás se creyó la mentira de que sería el dueño de esa niña pequeña para siempre.
Sin previo aviso, me agarra de la mejilla y me tira de la cara, y en el proceso casi me saca de la jaula. Yo ni me inmuto. Estrecha los ojos y con un gruñido me dice:
—Seas o no Valor, no importa. Tienes lo que necesito. Tu poder será mío . Yo seré el salvador de este mundo.
«Yo». No tú. No nosotros. Yo.
—Está resentido conmigo, ¿verdad? —susurro y pienso en lo que me contó mi padre.
Me presiona las mejillas con el pulgar y los dedos, lo que me dificulta hablar—.
Todas esas conspiraciones, todo ese poder que consolidó durante años mientras expandía el Credo, y sigue sin ser nada comparado con una niñita asustada.
Suelta una risita grave y áspera, como dagas arañando piedra.
—Te crees que tienes las respuestas. Pero apenas sabes las preguntas.
—La quietud se apodera de mí y el terreno que pensaba que estaba ganando resbala bajo mis pies.
El vicario sigue un paso por delante, sigue siendo más poderoso con conocimientos que aún no tengo—.
Ni siquiera sabes qué poder posees, y es por eso por lo que no se te puede confiar que lo tengas.
Me libera y va a zancadas hasta la puerta, desde donde llama antes de que pueda decir nada más.
—Lleváosla.
La prelada y los otros inquisidores entran con impaciencia.
Me pongo de pie, tranquila y sosegada por fuera, pero agitada por dentro a causa de las palabras del vicario.
Desesperada, escaneo discretamente la habitación en busca de una persona: Lucan.
Pero no está en ninguna parte. Una punzada de dolor me golpea el pecho como la flecha de una ballesta.
No le culpo por irse. Seguro que lo han liberado. Pero quería verle una última vez…
Me sacan de la habitación a través de pasillos traseros antiguos y en mal estado, pero que claramente siguen bien cuidados por las infinitas reparaciones. No tardo mucho en confirmar mi sospecha inicial sobre este lugar: el estadio conecta con la Aguja de la Piedad misma.
Lo conseguí , pienso con indiferencia mientras marcho adelante. Conseguí entrar en la Piedad después de todo .