59 #2
—Si te escuchan decir eso, estás muerta. —Las palabras son duras. Sin embargo, por algún motivo, sigo ignorándolas cuando sé que tiene toda la razón; cuando, por mi propio bien, debería dejar que me aleje de ella.
—No puedo abandonarla. —Le miro a los ojos para demostrar que no voy a echarme atrás—. No puedo. Se lo prometí, ¡se lo prometí a todo Vinguard! Se supone que soy la salvadora de todos, pero ¿de qué sirvo si ni siquiera puedo salvar a mi amiga?
—Quietos. Apunten. ¡Fuego!
Los caballeros sueltan otra descarga sobre el dragón. Saipha gruñe dando vueltas y usa las alas escarchadas para desviar los ataques. Responde con un rugido que rocía un aliento helado en la pista superior del estadio.
—¡Traed el rifle! —Es la voz del vicario.
La sangre se me enfría tanto como las ráfagas de viento que le salen del cuerpo a Saipha.
He oído hablar de esta arma a mi padre; es algo en lo que ha estado trabajando desde que tuvo la idea del cañón.
Una versión más pequeña que podía ser manejada con las dos manos por un solo caballero.
Menos potente que un cañón, pero aun así mucho más fuerte que una ballesta.
Un arma que él esperaba que pudiera cambiar el curso de la guerra y permitirnos pasar a la ofensiva por completo y adentrarnos en las montañas.
No sabía que la había terminado. ¿Por eso está muerto? ¿Dejó de ser útil?
—Saipha. —Me zafo de los brazos de Lucan y lo esquivo.
Esta vez, deja que me vaya. Tiene la mirada distante y llena de derrota.
La ignoro—. Saipha, ¡sé que estás ahí dentro!
—Elevo la voz y su enorme cabeza escamada se dirige rápidamente hacia mí.
Extiendo los brazos en un gesto que, con suerte, demuestra que no tengo armas, que no quiero hacerle daño—.
No lo hagas. Vuelve con nosotros. No queremos estar sin ti. Yo no quiero estar sin ti.
Me atrevo a extraer Luz de Éter. Chispea en el aire que nos rodea a las dos. Con razón pudo verla en el tejado… Ella misma se estaba convirtiendo en un dragón.
—Siento tanto no haberme dado cuenta antes —le susurro.
—¡Despejad la zona! —ladra un caballero desde arriba del estadio. Creo que me está hablando a mí. Pero no me muevo.
Saipha ha dejado de moverse; está centrada solo en mí. Como si admitiera que me escucha, que mi instinto es correcto.
—Lucha. —Es demasiado tarde. Lo sé. Pero, si no lo intento, me arrepentiré de este día más incluso de lo que ya lo voy a hacer—. Eres lo bastante fuerte. Si alguien puede derrotar a la maldición, eres tú.
Baja la cabeza y casi toca el suelo con la barbilla escamada. Es lo más cerca que he estado nunca del rostro de un dragón, más incluso que en el ataque de hace unas semanas. Más cerca que de la bestia que intentó sacarme el corazón.
Pero la única similitud que tiene ella con esos otros dos encuentros es su mirada. Me mira con los mismos ojos perplejos que tenían aquellos dragones. Como si fuera la primera vez que se permitían siquiera el considerar que, quizás, no tenemos que luchar y matarnos los unos a los otros.
Extiendo la mano con la palma hacia arriba con más confianza que aquella noche. Permito que se acumule más Luz de Éter. No la saco conscientemente de la Pila, la saco de mi interior.
—No pasa nada —murmuro—. No tienes que hacer esto. —Intento que mis palabras sean tan tranquilizadoras como sea posible.
El dragón parpadea lentamente. Y yo le devuelvo el parpadeo. Los ojos se cierran una vez más y, por un instante al abrirse, ya no son azules. Un tono verde familiar, una mirada de reconocimiento.
Saipha . El corazón me palpita más rápido. Mi palma casi toca la punta de su nariz. La Luz de Éter crece en mi interior y llega a su máximo. Siento que aumenta como una corriente. La luz empieza a brillar. Quizás… Quizás podría revertir la maldición.
Hay un destello de luz y un estruendo sonoro lo sucede un segundo después.
El rayo de Luz de Éter sí que es más pequeño que el de un cañón, pero se dispara justo a través del cuello de Saipha como una lanza hecha de magia pura. Después, una onda expansiva sale de él al explotar y la decapita.
Ni siquiera tiene la oportunidad de dar un último suspiro. La cabeza del dragón cae al suelo, seguida de su cuerpo. Completamente inerte.
Mis manos cuelgan en el aire. Una parte de mí todavía quiere tocarla. Abrir a la fuerza esos ojos gigantes solo para ver si me había imaginado el destello verde. Ella estaba ahí dentro. Mi amiga estaba ahí dentro. Y la han asesinado …
Me tambaleo hacia atrás temblando. Devuelvo el escaso contenido de mi estómago y lo esparzo por el suelo, cerca de donde está su cabeza. Me agarro las rodillas jadeando y respiro con dificultad.
«Soy yo». Me lo dijo anoche. Esa confesión silenciosa…
Ella lo sabía. Había sentido cómo la maldición se apoderaba de ella durante quién sabe cuánto tiempo.
Semanas, probablemente. Veo su paranoia con otros ojos, la irritabilidad, el agotamiento, los temblores.
Lo que pensaba que eran miedo y derrota ante el Tribunal en realidad era la maldición haciendo estragos en su cuerpo.
Combatió contra ella tanto tiempo.
—Fuiste tan fuerte —balbuceo, y me limpio la boca con el dorso de la mano.
Tú fuiste la fuerte, creíste en mí hasta el final, y yo te he defraudado.
Quiero rodearle el rostro enorme con los brazos y pedirle perdón por todas las formas en que le he fallado.
Llorar a la amiga que era mucho mejor de lo que me merecía.
Pero no hay tiempo. Al menos no para mí.
—¡Arrestadla! —La voz de la prelada retumba por el estadio.
Veo unas siluetas correr hacia mí en mi periferia. No me muevo. Hay un segundo en el que un instinto rebelde me dice que huya. Pero sigo mirando a Saipha.
—Lo siento. —Mis dedos se posan en la punta de su nariz escamada al fin. Se quedan ahí, solo por un segundo, pero lo suficiente como para sentir que no queda nada en su interior; ni poder ni una chispa de vida.
Entonces me derriban al suelo.