La maldición del dragón 59
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N o.

— No . —La palabra se me escapa como un grito ahogado. Doy un paso adelante—. Saipha, no quería…

No consigo decir nada más.

Los ojos. Luego las manos , la voz incorpórea del vicario me zumba en la mente narrando uno de los peores momentos de mi vida.

Las manos de Saipha dejan de temblar y se ponen tan rígidas como el resto del cuerpo.

—Saipha. —Su nombre es un jadeo y una súplica.

La agarro de los hombros y la sacudo, como si pudiera sacarle esto a base de agitarla—.

Saipha, céntrate, por favor. Estaba equivocada.

Tienes razón, te lo prometí. Te lo prometí así que me quedaré contigo.

—Apenas puedo formular las palabras porque las emociones me ahogan—.

Pero no puedo hacerlo si tú no te quedas conmigo. Quédate conmigo .

—Isola. —Lucan se acerca por detrás. Estoy segura de que él también aprendió los síntomas con el Credo. Ve lo que yo veo.

—Podemos irnos juntas. —No digo adonde. No importa. Que se imagine cualquier lugar—. Iremos a algún sitio cálido y seguro.

—Isola… —susurra—. Me duele.

Empieza a tener espasmos en los dedos, las muñecas se le doblan en todas las direcciones posibles.

Deslizo las manos por sus brazos en un intento por entrelazar mis dedos con los suyos para hacer que paren.

No lo hacen, y lo único que percibo es la sensación de crujidos y chasquidos bajo las palmas.

Pero las aguanto ahí porque no quiero que nadie lo vea.

Y sin embargo, ahora mismo, parece que el mundo entero nos está mirando.

—No quiero que me duela más —susurra.

—No lo hará, te lo prometo. —Le prometeré el mundo si hace falta.

—Haz que pare, por favor.

—Haré lo que sea, todo lo que esté en mi poder para asegurarme de que deja de dolerte. Así que quédate conmigo. Por favor .

Abre la boca para hablar otra vez, pero lo único que sale es un ruido grave, como un gorgoteo.

—Isola, aléjate. —La voz de Lucan es severa—. Ya.

No tengo tiempo para oponerme. Se le contraen los brazos hacia adelante y se liberan de mis manos con una sacudida.

Deja salir un grito. Después empieza a convulsionar y su cuerpo me golpea con tanta fuerza que me tambaleo hacia atrás.

Lucan me agarra y tira de mí hacia su pecho, con los brazos alrededor de mis hombros para contenerme.

—Suéltame —le ruego.

—Ahora no puedes ayudarla; ya está muerta. —Las palabras son tan crueles, a pesar de que las dice con tanta delicadeza. Se ven enfatizadas por el doblar de las campanas sobre nosotros. Nunca había escuchado la alarma para un ataque de dragón desde dentro.

Se ha acabado el tiempo.

Saipha se tambalea hacia atrás agarrándose la cabeza.

Grita de una forma que me araña los huesos.

La conmoción aumenta en las tribunas. Los otros suplicantes se alejan tanto como pueden.

Lucan y yo nos vemos empujados para atrás por una oleada de lo que mis sentidos me dicen que es Luz de Éter sin duda, que sale haciendo espirales de ella en un tornado frío.

Se manifiesta como una bruma de escarcha.

Como si tiraran de ellos unos hilos invisibles, los brazos le salen volando a cada lado, rígidos como tablas.

Los dedos se le condensan en puños y después salen disparados hacia fuera.

Donde una vez había uñas, ahora hay garras largas que parecen haber sido talladas en hielo macizo.

Las manos ya son más grandes y se están volviendo azules.

La piel empieza a separársele y a sobresalir formando los arcos de escamas diminutas.

—¡Vaciad el estadio! —gritan los inquisidores.

—Todos los espectadores al fondo.

—¡Suplicantes por la puerta!

Las puertas que están empotradas en la pared se abren.

Los otros suplicantes no pierden el tiempo en salir corriendo por ellas a la seguridad de la ciudad más allá.

Puertas que Saipha estaba tan cerca de cruzar.

Estabas tan cerca de ser libre . El pensamiento se me queda atascado como un sollozo en la garganta. Pero sigo sin poder moverme.

—Tenemos que irnos. —Lucan tira de mí.

—No voy a dejarla. —Me tiembla la voz mientras me caen lágrimas por las mejillas, pero no la voy a dejar. Subo la voz—. Saipha, ¡no voy a dejarte! Te lo prometí. Lo siento. Tenías razón y yo estaba equivocada. Por favor, vuelve conmigo.

La oleada de Luz de Éter sigue creciendo. Quema el suelo que hay bajo Saipha y lo vuelve blanco a medida que el permafrost cruje al salir de sus dedos, y ella se eleva varios centímetros en el aire.

El resto sucede después más rápido de lo que imaginas. Concluye la voz incorpórea del vicario. Y así es.

Los huesos se quiebran y crujen. Saipha ya no grita de agonía.

No hace ningún ruido en absoluto. Tiene la boca abierta cuando la mandíbula se le desencaja y empieza a alargarse de forma antinatural.

Demasiados dientes llenan el espacio, cada uno del mismo cristal cortado reluciente que sus garras, cada uno igual de afilado que el anterior.

Otro grito inunda el aire, pero no suyo. Es un grito de dolor, de un sufrimiento tan profundo y puro que es imposible recuperarse de él. Una figura baja corriendo de las tribunas y salta al suelo del estadio. En cuanto le da la luz, reconozco al padre de Saipha.

Marius aterriza con fuerza y se tropieza. Tiene una expresión de estar totalmente destrozado por la desolación.

Quiero salvarla. Dime cómo salvarla , deseo poder decir mientras miro de él a ella.

¿De qué nos sirves si no puedes ayudarnos? ¿Por qué estás aquí? La voz de Cindel es mi respuesta, que resuena en mi cabeza. Deberías haberla salvado.

Sálvala . Pero no sé cómo. Todo este poder, todas estas respuestas, y lo único que tengo son más preguntas. Soy tan inservible como lo era cuando entré en el monasterio.

A medida que mi amiga desaparece, reemplazada escama a escama por una máquina irracional de matar, siento como si me estuvieran partiendo el corazón en dos, como si una parte de mí fuera arrancada para siempre.

Me siento como si fuera a mí a la que están destrozando y retorciendo desde dentro. Quiero gritar. Llorar. Hacer algo .

Pero no puedo. Soy incapaz.

Así que lo mínimo que puedo hacer es no irme de su lado hasta el final.

Saipha ya casi no se parece a la chica que una vez fue, la chica a la que he conocido desde que éramos niñas pequeñas.

Su cuerpo ahora es tres veces más grande.

Le crece una cola desde la base de la columna.

El hielo y la escarcha hechos realidad por magia pura esconden las partes más espantosas de la transformación cuando la piel y los músculos se desgarran, cambian y se alargan. Se hinchan.

La piel ahora le brilla con un color azul reluciente, y el color se solidifica por completo en escamas desarrolladas que resplandecen bajo la luz del estadio.

Los brazos y las piernas siguen ahí, aunque más gruesos —más poderosos—, y acabados en unas garras que podrían partir metal por la mitad con un golpe decidido.

Unas alas tan amplias que casi tocan las luces de arriba se despliegan desde su espalda, y las membranas heladas, iluminadas por detrás, proyectan sombras huesudas y venosas.

Una ráfaga escalofriante barre el estadio cuando se despliegan, obligando a los Caballeros de la Piedad que corrían hacia ella a sujetarse.

Lucan nos da la vuelta y me escuda con su cuerpo, atreviéndose a darle la espalda. Aun así, la escarcha me cubre el pelo y me forma una costra sobre los ojos. Los abro a la fuerza para mirar por encima de su hombro.

—Tenemos que alejarnos más —dice.

—No puedo dejarla. —Le agarro del chaleco y le suplico que me entienda. Tengo que salvarla. ¿De qué sirvo si no puedo hacerlo? Fui incapaz de salvar a los otros suplicantes, a la madre de Cindel, a padre… No puedo abandonar a Saipha también—. Sigue ahí dentro. Lo sé.

No se opone. Solo eso me da la esperanza de que lo entiende, puede que hasta esté de acuerdo.

Un rugido sacude los mismos cimientos del estadio, seguidos del estruendo que hace la bestia al posarse sobre las cuatro patas. Lucan y yo casi nos caemos. Estamos tan cerca que Saipha podría mordernos con facilidad si quisiera.

Hay un disparo de ballestas. Un grito se me atasca en la garganta.

Mis instintos me dicen que no me oponga.

Que lo que tengo delante ahora es un dragón.

Que deje que los caballeros hagan aquello para lo que se los ha entrenado.

Pero solo puedo ver a mi amiga. Incluso en ese rostro alargado que es aterrador y majestuoso a la vez, todavía la veo atrapada detrás de esos ojos completamente azules. Sigue gritándome para que haga algo .

El remolino de Éter que la rodea desvía los proyectiles que apuntan a sus órganos vitales mientras acaba su transformación.

—¡Cerrad filas! ¡Avanzad! —grita un líder desde alguna parte. Más Caballeros de la Piedad se condensan alrededor del borde superior de la pista del estadio.

Su padre se ha recuperado, y Marius corre hacia adelante a la vez que tira de la ballesta que lleva a la cintura.

Alza los brazos de manera automática como parte del gesto.

En un movimiento fluido, ha preparado una flecha grabada con sellos, un proyectil diseñado para causar el mayor daño posible a un dragón.

—¡No! —No puedo contenerme.

Dispara.

Le dispara a su propia hija. La flecha se desvía por una batida del ala, seguida casi de inmediato por una pasada de la garra.

Pero se detiene. La enorme cabeza de Saipha se gira hacia su padre y puedo ver que sus ojos de dragón se ensanchan.

Por un segundo, las rajas se vuelven pupilas.

Los iris azules parecen más verdes. Él también debe de verlo, porque se para, congelado en el sitio.

Tu hija sigue ahí dentro , quiero decirle. Pero Lucan habla antes de que pueda hacerlo.

—Isola, contrólate. —Me sacude medio tirando de mí. Me resisto—. Eso es un dragón.

—Esa es mi amiga .