58
M ikel tiene el rostro morado. Las venas del cuello, abultadas. Pero respira con un silbido y abre los ojos de golpe.
Al menos está vivo.
Cindel le pasa al lado sin apenas mirarle para hacerse con la caja abierta. Se tapa la nariz con la camisa y abre lo que falta a la fuerza. Gran parte del humo se ha esfumado, y saca una pequeña ficha morada de dentro.
—¡A por el siguiente! —declara triunfal. El resto del grupo la sigue, aunque ella es la única que tiene la ficha.
Solo una integrante de la manada de Cindel se gira para mirar a Mikel en el suelo, que sigue agarrándose la camisa sobre el pecho. Finalmente, la chica lo deja atrás.
No me sorprende. A pesar de que no me cae bien, voy hacia Mikel. Me mira, confundido pero también asustado.
—Solo quiero ver si puedo ayudar —le digo aflojándole los cordones del chaleco. Respira con más facilidad y me da las gracias casi sin voz. Es probable que sobreviva. La hinchazón ya está bajando. Aunque parece que le esperan un par de horas espantosas.
Regreso a las cajas misteriosas de la estantería mientras otro empieza a esforzarse por abrirlas a la fuerza ahora que está confirmado que hay fichas dentro. Está claro que esa no es la forma pensada para resolver esto. Los artífices no construyen sus creaciones para que las rompan en pedazos.
Examino la caja que tengo en la mano y después la estantería otra vez. Tiene que haber alguna pista aquí. Algún patrón.
Una gota de sudor me baja por la nunca ante el incesante bang-bang-bang que emite la manecilla al moverse en el reloj de arriba. Lo que pensé que sería una forma reconfortante de comprobar la hora actualmente es una distracción.
Piensa, Isola , piensa. ¿Qué haría tu padre?
Mi padre era el maestro artífice. Podía sentir la Luz de Éter mejor que nadie. Haría un sello.
¿Es eso? ¿Podrían formar un sello las líneas si se colocan correctamente? No, va contra la ley permitir que se vea un sello. Pero podría haber un sello escondido dentro de las cajas, puesto que están vacías. Y si las líneas coinciden de cierta forma, ese sello estará completo.
Corro hasta la mesa y agarro los restos de la caja vacía que Mikel abandonó. Nadie me para. Todos deben de pensar que es inútil. Cuando miro dentro, veo unos grabados, justo como sospechaba.
Siento una oleada de regocijo y vuelvo a mirar a las estanterías, todas las cajas y sus líneas de distintos colores. Existe algún patrón, estoy segura. Pero no voy a gastar tiempo en eso.
Me muevo al lado y coloco una caja en el suelo y luego me hago con otra.
Sitúo la otra caja en torno a la primera, alineando cada uno de los lados.
Nada. Tomo otra y le doy la vuelta de tres formas hasta que surge una chispa de Luz de Éter entre los bordes.
Los lados no parecen alinearse perfectamente; una caja tiene líneas amarillas y la otra, azules.
Pero no importa. Sé que está bien. Puedo sentirlo.
Repito el proceso con una tercera caja, y luego una cuarta; la quinta tiene otra chispa de Luz de Éter y la caja se abre con un pequeño estallido y sin causar daños.
Otros se dan cuenta cuando recupero la ficha morada. Pero mi concentración está en el reloj. Han pasado veinte minutos. Puedo conseguir las otras dos en diez.
Tomo otra caja de líneas amarillas para empezar. Después una azul. Pero la azul no funciona esta vez. La que funciona es una roja que chisporrotea Luz de Éter. Estoy segura de que aquí hay un patrón, pero averiguarlo va a ser cosa de los otros suplicantes.
Para cuando suena el reloj indicando que llevamos la mitad del tiempo, vuelvo al centro con tres fichas en la mano. Sin embargo, ni Saipha ni Lucan están aquí.
Lucan casi ha escalado la pared. Lleva dos tercios del camino. No puedo ver más allá de la neblina del hoyo para averiguar qué está haciendo Saipha.
Antes de que pueda decidir a cuál de los dos ayudar, Cindel y sus compinches vuelven a captar mi atención.
Los inquisidores que hay a cada lado de la puerta hacen un gesto para que los otros retrocedan.
Veo cómo intercambian algunas palabras acaloradas entre ellos y Cindel, pero no escucho lo que dicen.
Cindel se encoge de hombros y se acerca a las puertas, en cuyas ranuras introduce las tres fichas.
Las enormes puertas que están al otro extremo del estadio se abren solo un poco, lo justo para que quepa una persona.
La luz del día que entra del otro lado es tan cegadora que no puedo ver qué hay ahí.
Pero me llegan a los oídos unos vítores distantes y me imagino a todas nuestras familias justo al otro lado, que esperan a que salgamos.
A vernos sanos y salvos después de tres semanas tortuosas.
Cindel cruza hacia la luz, que es tan brillante que parece la Pila.
Las puertas se cierran tras ella y sus compinches se miran los unos a los otros como abejas desconcertadas que no saben qué hacer sin su reina.
Eso es lo que pasa cuando unes tu suerte a la de alguien como ella , pienso con amargura. Nosotros tres nos iremos juntos.
Cuando me giro hacia Lucan, lo encuentro casi en la cima. Eso nos ganará una señal, pero necesitamos dos más. Puedo ayudar.
Corro hasta allí y escaneo las mesas de distintas herramientas de artífice y de restaurador alineadas frente a las cuerdas sujetas ante la pared.
Lucan ha elegido escalar, pero otros suplicantes han acertado y han hecho cabestrantes, habilidad que yo también poseo.
Aquí hay otros suplicantes peleándose con los diferentes materiales, intentando comprenderlos.
Mis manos vuelan sobre los engranajes, los muelles y el metal con confianza.
Meto la cuerda en el centro de mi artefacto acabado y me agarro a las manivelas, que al moverlas me hacen subir la pared rápidamente.
Incluso gano a Lucan y llego antes a la cima.
Algunos artífices hacen fila en la cima de la pared vertical, cada uno con una cesta de fichas verdes. La mujer más cercana a mí me da una.
—Puedes usar una de estas para descender en rapel. —Hace un movimiento en dirección a un montón de artefactos sencillos con forma de V cuando toma mi cabestrante.
—¡Hasta pronto! —digo, y me parece que la pillo sonriendo antes de girarme y usar la herramienta para deslizarme por la cuerda.
Desciendo tan rápidamente que acabo tropezándome hacia adelante cuando llego al suelo.
Me levanto de la tierra compactada del estadio, aliviada al ver que estoy ilesa, y vuelvo a correr hasta las mesas.
Sospecho que los artífices no tenían pensado que fuera a usar el artefacto de rapel con forma de V con el que me han mandado para abajo, pero lo uso igualmente.
Es una base excepcional desde la que trabajar.
Solo necesito hacer algunos ajustes para que pueda girarse manualmente.
Tengo otro cabestrante en minutos, y subo a la vez que Lucan baja a toda velocidad. Nuestras miradas se cruzan por un segundo.
—Bienvenida de nuevo. —La mujer me pasa otra ficha, toma el cabestrante y me da otra herramienta para bajar con la cuerda.
Lucan me está esperando cuando toco el suelo con los pies. Me agarra del bíceps, tira de mí y me ayuda a estabilizarme.
—¿Pensaba que yo hacía este? —dice, más confundido que acusador o molesto.
—Sí. Es solo que lo has abordado de la forma más lenta posible y yo ya he acabado el mío. —Le enseño las tres fichas moradas y las dos verdes.
—¿Te he dicho hoy que eres brillante? —Su sonrisa es casi tan radiante como la luz que hay tras las puertas. Pongo una sonrisita al ver la suya.
—No.
—No dejes que se me vuelva a olvidar.
Por un segundo, todo parece esperanzador. Hasta que vemos a Saipha saliendo del hoyo.
—Lo tengo. —Sostiene victoriosa la ficha azul. El cuerpo entero le tiembla levemente—. Ha sido confuso, y terrible, y complicado, pero lo tengo.
—Tienes uno… —Intento enmascarar la decepción y la confusión de mi voz. Lo ha hecho lo mejor que ha podido .
—Yo… Sí. ¿No era eso lo que necesitábamos?
—Saipha, necesitábamos tres; cada uno de nosotros necesita tres, uno de cada reto. —Titubeo, intentando encontrar las palabras, y la desesperación me aplasta con cada tictac del reloj.
Abre la boca y se queda mirando la ficha que tiene en la mano temblorosa. Puedo ver cómo empieza a hacer pucheros. El nudo que se le forma entre las cejas que podría desembocar en sollozos.
—Pensaba… Pensaba que… Te entendí mal, Isola. Lo siento mucho. Lo siento mucho.
Trago con dificultad y le coloco una ficha morada y una verde en la mano.
Después le doy la otra ficha morada a Lucan.
Intercambia una mirada fría conmigo y una leve inclinación de la cabeza que me asegura que lo que voy a hacer está bien.
Ambos sabemos que ella es la que peor se siente de entre nosotros.
Él y yo podemos aguantar un reto más para cruzar las puertas, si es que llegara a pasar.
Dejo la ficha azul en la mano de Saipha y le cierro los dedos rodeando las tres. Abre los ojos al darse cuenta de lo que está pasando.
—Llévatelas hasta la puerta y cruza —ordeno.
—¿Qué? ¿Qué pasa con vosotros? Quedan menos de diez minutos.
—Vamos a conseguir nuestras fichas azules —le digo con más confianza de la que siento.
—No… No. Venid conmigo. —Está claramente al borde del pánico—. Todos podemos…
—No podemos, Saipha. —Señalo a la puerta mientras otro suplicante cruza. Saipha ve a los inquisidores dar un paso adelante para garantizar que solo sea uno. Está en un estado peor de lo que pensaba como para no haberse dado cuenta—. Tienes que irte.
—Si hay alguien que debería tener esto esa eres tú. Tómalo, Isola. Yo ya sé cómo moverme por ese sitio. Puedo hacerlo más rápido. —Saipha intenta darme su ficha azul a la fuerza. Me niego a aceptarla.
—No estás en condiciones de volver ahí. —Bajo la voz hasta un susurro—. Quieres que dé buena imagen, ¿no? No puedo aceptar la limosna de otra persona siendo Valor Reencarnado.
—Por supuesto que quiero que los impresiones. —Le espanta que sugiera lo contrario. Abre y cierra la boca varias veces—. Pero si tú das mala imagen aceptando esta ficha, entonces seguro que yo quedaría mal aceptándola de ti.
—Hazlo —espeto. El reloj sigue tocando sobre nuestras cabezas—. Nos estamos quedando sin tiempo.
Intento rodearla. Me para.
—No me hagas enfrentarme sola a lo que sea que haya tras esa puerta —me ruega aferrada a mí—. Estuvimos solas en esas jaulas. No… No puedo estar sola otra vez. Dijiste que te quedarías conmigo. Me prometiste que nunca te irías de mi lado.
—El mundo exterior está ahí, Saipha —le contesto con dulzura—. Es Vinguard. Es tu hogar. Son tus hermanas y tus padres, comida buena y una cama caliente.
Los ojos se le llenan de lágrimas.
—No me lo creo.
—He visto cruzar a Cindel. He visto el otro lado .
—Es una trampa. Tiene que serlo. —Se aferra a mí con más fuerza—. Ven conmigo.
—Tengo que conseguir una ficha y necesito saber que estás a salvo para concentrarme en eso. Saldré por la puerta justo detrás de ti, te lo juro. —Le agarro la mano. Después me libero de ella.
—Isola, por favor. —Tiembla como un flan.
Nunca la he visto parecer tan asustada. Algo se ha roto en su interior estas últimas tres semanas, algo que creo que no puedo arreglar, pero, en cuanto salgamos de aquí, lo voy a intentar.
Tiene los ojos muy abiertos y le brotan las lágrimas—.
No puedo… No puedo hacerlo sin ti. No me dejes sola.
Me… Me esperaré hasta que tengas la tuya.
¿Y si tardo demasiado? ¿Y si no consigo una? No me fío de que pase sola en este estado. Necesito ver que cruza para estar segura de que lo ha hecho. No me puedo arriesgar a que se enfrente al «reto final» que tenga el vicario por no cruzar las puertas.
—Eres más fuerte que esto. Solo es una puerta, Saipha. Cruza la puerta .
—¿Y si no lo soy? Isola, me prometiste…
—Tengo que saber que estás a salvo —contesto.
—Me prometiste que no te irías de mi lado —dice con voz débil.
—¡Vete, Saipha! —le suelto, más fuerte de lo que quería. Se aleja temblando como un flan. Le cae una sola lágrima. Me acerco y le doy la mano, y luego le digo con delicadeza—: Iré justo detrás de ti, lo prometo. —Entonces la suelto.
Sin embargo…, cuando empiezo a girarme para irme, a darle la espalda y marcharme, algo me llama la atención y me quedo helada.
Sigue temblando. Está en un estado terrible: tiene varios arañazos y heridas, la ropa desgarrada y el pelo sucio y empapado. Una cantidad anormal de sudor le cubre el cuerpo y le empapa la tela de la camisa. Pero son sus ojos lo que me llama la atención…
Sus ojos suelen ser verdes. Pero ahora están de un antinatural tono azul. Las pupilas circulares se le estrechan hasta formar rajas.
La voz del vicario Darius se desliza por mi mente haciendo una pregunta de nuestros entrenamientos de hace meses. ¿Qué parte de un maldito cambia primero?
Tengo la garganta seca cuando miro a mi mejor amiga.
Los ojos .