La maldición del dragón 57
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T odos los suplicantes son conducidos por una escalera y escoltados hasta un estadio enorme. No he estado aquí nunca antes, pero asumo que es un área de entrenamiento para Caballeros de la Piedad.

El suelo del estadio está hundido de forma que queda rodeado por una pared alta.

Al menos doscientas personas están encaramadas en tribunas de espectadores que se elevan por encima de los lados izquierdo y derecho del largo rectángulo.

Un mar de individuos sin rostro, bloqueados por las duras luces que tienen por encima.

En el extremo más lejano, hay un balcón en el que se sientan el vicario y los altos coadjutores.

La silla de padre está vacía.

Ha muerto de verdad…

Y no siento… nada. Debería estar llorando, ¿no? Puede que sí que tenga algún problema después de todo. Tengo las mejillas secas. El pecho vacío. Por una vez en mi vida, ni siquiera siento el latido de mi corazón.

Ha muerto…

Lo único que me mantiene en pie, que me hace seguir adelante, es saber que esto es todo.

Que esta es la última prueba y después se habrá acabado.

Entraré en la Piedad y ahí podré destapar la verdad de la muerte de padre y encontrar pistas sobre dónde se ha podido esconder mamá. Lucharé desde dentro.

Miro a Saipha y a Lucan y el pecho se me tensa con la misma punzada de culpa que sentí anoche. Me contuve y puede que hayan sufrido por ello. Hoy no cometeré el mismo error. Miro hacia adelante con resolución. Sigue las reglas del vicario y todos sobreviviremos.

—Bienvenidos, suplicantes, al último día de vuestro Tribunal.

—La voz del vicario resuena—. Las tres semanas pasadas os han empujado a crecer y a aprender.

Os marcháis de aquí más fuertes, más preparados para vivir y sacrificaros por Vinguard.

Y con la seguridad de que no portáis la maldición del dragón.

»La prueba de hoy no solo será la última hora para asegurar que la maldición no puede sacarse de vuestro cuerpo, sino también una demostración para los diversos gremios y maestros de oficio de nuestra ciudad.

—Hace una pausa para señalar a los individuos reunidos en las tribunas—.

Tras esta prueba, recibiréis vuestro dorado y sus invitaciones.

¿Estudiaréis bajo la tutela de un maestro artesano?

¿Os uniréis a uno de los gremios de la ciudad?

Eso dependerá en parte de a quién le llaméis la atención durante vuestra actuación de hoy.

Pero sin importar el camino que sigáis, os uniréis a Vinguard como ciudadanos de pleno derecho y miembros productivos de nuestra sociedad para seguir contribuyendo a la grandeza de Vinguard.

¿Qué grandeza? El comentario se me graba en los pensamientos. Ninguno de los presentes ante mí son grandes. Todos se acobardan ante el vicario Darius, como si pudiera salvarlos. Y el vicario se acobarda ante los dragones. No me necesitaría si no fuera así.

—Para esta prueba, hemos construido tres retos. Se os dará una hora para completar tantos retos como podáis. Y podéis completar cada reto tantas veces como deseéis, pues se adaptarán a medida que avancéis —prosigue.

»Por cada reto completado, se os concederá una ficha.

Con tres fichas, podréis pasar solos por las puertas de abajo y entrar a Vinguard de nuevo como ciudadanos de pleno derecho.

—Hace un gesto hacia debajo del balcón, donde se encuentra una puerta con tres ranuras.

Hay dos inquisidores a cada lado haciendo de guardias—.

Mientras que aquellos que tengan éxito al completar los tres retos dentro de la hora tendrán una calificación más favorable, nunca se trata simplemente de lo rápido que conseguís algo, sino de qué metodología usáis para llegar hasta ahí.

La forma en que resolváis cada problema indicará a los distintos gremios y artesanos aquí presentes para qué trabajo podéis ser más aptos.

Mientras él habla, fijo mi atención en el presente y evalúo el estadio. A lo largo de él, hay tres puestos.

Uno es una pared rocosa y áspera que es casi tan alta como las paredes del estadio. De la cima se extienden hileras de cuerdas hasta donde están sujetas en la base. En ella se encuentra una mesa con un surtido de engranajes de artífice, herramientas y otros suministros.

El segundo puesto tiene estanterías llenas de lo que parecen cajas plateadas cubiertas de manchas de pintura; soy incapaz de distinguir los detalles desde aquí.

El tercer puesto está bajo el nivel del suelo del estadio; una pista subterránea llena de columnas delgadas de distintos tamaños que sobresalen de entre una niebla brumosa. Cuál es su finalidad, o cuál puede ser el reto, es imposible de saber.

Luego están las tres puertas que ha mencionado con las tres ranuras.

Tres fichas por persona son todo lo que nos separa del final del Tribunal.

Ya puedo saborear la comida casera de Callon, sentir la suavidad de la piel que me regaló padre.

Puedo retar al orden mundial después de una comida caliente y una buena noche de descanso.

Un último empujón, Isola. Ya casi estás .

—Y, por último, a los suplicantes que no consigan las tres fichas dentro de la hora se les presentará un reto final para abrir las puertas. —Pues claro que tiene truco—. Os deseo a todos la mejor de las suertes. Vuestro tiempo comienza ahora .

En cuanto acaba, un reloj enorme desciende de entre las luces de arriba. Con un estruendo, la manecilla se mueve un marcador adelante. Después, hay un bang constante cada vez que los engranajes giran, indicando que ha pasado otro segundo.

—¿Nos separamos? —les sugiero a Saipha y Lucan—.

Cada uno de nosotros domina uno de los retos, consigue las tres fichas y las compartimos.

—El vicario dijo que podíamos hacerlos varias veces y no dijo nada de no poder compartir las fichas.

Y ninguno de nosotros está en estado de hacer un cuarto reto si no conseguimos las fichas a tiempo.

—¿Estás segura de que puedes…? —empieza a decir Saipha. Ya sé lo que está insinuando antes de que pueda acabar la pregunta.

Doy un paso hacia ella y bajo la voz.

—Mi padre ha muerto y llorar no lo va a traer de vuelta. Alguien le ha asesinado.

—¿Qué? ¿Cómo sabes eso? —susurra.

—No puedo explicarlo, pero lo sé. —El vicario ha metido las manos en esto; simplemente lo sé.

Sobre todo después de la última conversación que tuve con padre—.

Y pase lo que pase, no voy a llegar a la verdad a menos que tenga una capa teñida con sangre de dragón sobre los hombros.

Así que voy a hacer esto y voy a hacerlo mejor que todos los demás.

Asiente, pero no me dice nada.

—¿Qué reto queréis? —pregunta Lucan.

—Me quedo… con ese, supongo. —Saipha señala al hoyo brumoso con las columnas cuando la suelto.

—Yo me enfrentaré al precipicio, entonces —dice Lucan.

—Y yo haré lo que sea que haya en las cajas.

—La forma en que está dispuesto todo me recuerda a uno de los juegos a los que jugaba con mi padre de niña, en los que él escondía pequeñas llaves y fichas por la casa.

O me premiaba con ellas por resolver rompecabezas a lo largo de la semana para poderlas intercambiar por sorpresas especiales al final.

Ahora estoy bastante segura de que me estaba preparando para el Tribunal sin decírmelo nunca.

Me trago el nudo de la garganta. Me pregunto si participó en el diseño de este estadio y si este es el último regalo que me dará para siempre.

—¿Nos reunimos aquí en el centro en treinta minutos? —sugiero. Hacerlo cuando llevamos la mitad parece un buen momento para ver cómo vamos. Con algo de suerte, todos tendremos fichas para entonces y podremos desentendernos del Tribunal.

Ambos asienten y nos separamos. Empezamos un poco más tarde en comparación con los otros suplicantes, pero siempre he preferido moverme con un objetivo y un plan que de manera frenética.

Corro hasta las estanterías de las cajas plateadas tan rápido como me llevan las piernas.

Tengo todo el cuerpo agotado del tiempo pasado en el sótano.

Una noche inquieta en una cama y una comida decente no lo van a arreglar.

En comparación con todos los demás suplicantes, soy más lenta y más débil. Puede que Lucan nos haya sanado con su sello, pero los estragos de mi cuerpo son más que cortes y heridas. Sin embargo, lo que me falta en capacidad física, lo compenso en habilidad y determinación total.

Agarro al azar una de las cajas plateadas del estante para investigar. Todos los lados están fusionados sin una abertura evidente. Los lados están pintados con líneas que no conectan por los bordes; cada lado es distinto. Pero, cuando le doy la vuelta en mis manos, suena algo dentro.

En medio de las estanterías hay una mesa con todo tipo de herramientas.

Cindel y sus amigos no pierden el tiempo e intentan romper las cajas para ver qué es lo que repiquetea dentro.

Mikel lo logra y un hilo de gas nocivo sisea entre las uniones rotas.

Retrocede, atragantado y jadeante, con los ojos llorosos.

Empieza a sangrarle la nariz, y cae inerte al suelo.