56
T emprano por la mañana, después de un desayuno tranquilo, los inquisidores nos guían a través de los puentes de la Subcorteza a nuestra prueba final.
Una furia fría se me ha instalado entre las costillas.
Si ocultar mi poder era lo que hizo que torturasen más a mis amigos, entonces hoy no voy a hacerlo.
Haré lo necesario para salir viva de esta y mantenerlos a salvo.
Ya no me voy a contener.
Sobreviviremos a esto y después por fin nos habremos librado del Tribunal. Podré comer bien, dormir sin tener un ojo abierto y quizás…, quizás seguir con lo que sea que pasa entre Lucan y yo.
Si él sigue queriendo.
En vez de centrarme en a dónde vamos, miro más allá de las barandillas con detenimiento, hacia la ciudad construida en las estalactitas mientras sueño despierta con todo lo que voy a hacer.
Por eso veo la procesión antes de oírla.
Ya estoy parada cuando el resto del grupo se frena ante un sonido grave y sombrío.
Hay un coadjutor sobre un balcón con un instrumento de aspecto extraño.
Nunca he visto uno de esos fuera de una vitrina.
El cuerno tiene forma de embudo, igual que la propia Subcorteza.
Sé que, dentro del instrumento, cerca de la boquilla hay un hueso diminuto proveniente de la base de la calavera de un dragón que, cuando se sopla a través de él, emite un zumbido casi siniestro.
En Vinguard, lo usamos para una cosa: honrar a los muertos.
Lucan se para a mi derecha y se asoma.
—¿Quién crees que es?
La procesión está saliendo a la vista, cruzando uno de los puentes que hay por debajo de nosotros y que conecta las estalactitas. La neblina de la Pila en las profundidades se mueve a su alrededor.
Abajo, en el mismo nivel que las granjas en terrazas, es donde los cuerpos se consignan a la tierra.
Son compostados, mezclados y labrados para que sus nutrientes puedan regresar a la tierra y su esencia a la Pila; para ayudar a sustentar todo Vinguard en los años venideros.
Todos somos parte de una tierra, una corriente de Luz de Éter, una corriente de la que nos servimos y a la que en última instancia devolvemos.
—Alguien importante. —No se usan huesos cantores para cualquiera. Eso, junto con la longitud de la procesión que marcha hacia el fondo de la Subcorteza, me lo confirma. Me inclino más para ver mejor.
La neblina de la Pila se deshace y puedo ver los elegantes bordados de las túnicas ceremoniales de colores vibrantes, obtenidos con tintes poco comunes y de los que se dice que llegaron hace tiempo de tierras lejanas.
El granate intenso de la sangre de dragón de los coadjutores está intercalado con otras galas.
Me quedo sin respiración, y me agarro a la barandilla más fuerte y me inclino más aún, casi doblada sobre mi cuerpo, como si de alguna manera pudiera ver mejor. No puede ser…
Capto cada detalle de los estandartes que lleva la gente que marcha tras los coadjutores: una ballesta enmarcada por un abanico de garras de dragón que pertenece al Gremio de los Artífices.
Los portadores llevan túnicas que solo he visto puestas a los altos coadjutores.
Colocadas sobre el cuerpo que descansa en una camilla tapado por un velo, están las fajas que solo se pone alguien de un rango alto del Credo.
Fajas que vi por última vez colgadas del armario de mi padre.
—No puede ser. —Me sorprende que me salgan las palabras. Que la conmoción no me haya silenciado por completo.
—¿Qué? —Saipha se para a mi izquierda. Entrecierra los ojos y ve lo que yo veo—. No. No puede… No .
Me tiemblan las manos en la barandilla, tengo los nudillos completamente blancos. Solo veo el cuerpo. Las fajas.
Solo había un alto coadjutor que perteneciera al Gremio de los Artífices. Los ojos no me engañan.
—No os paréis —ordena uno de los inquisidores, que cruza hasta nosotros con intenciones cuasi violentas. No somos los únicos suplicantes que hemos parado, pero estoy segura de que a nosotros nos castigarían con más dureza.
Aun así, no me muevo. Ni siquiera le miro cuando le pregunto:
—¿Quién ha muerto?
Me ignora.
—No. Os. Paréis.
—¿Quién ha muerto? —repito, peligrosamente calmada. Esa sensación desgarradora, inquieta y que te revuelve el estómago que tuve al salir del sótano vuelve en su totalidad.
—He dicho…
Algo se activa en mi interior. Me muevo más rápido de lo que puede reaccionar el inquisidor, tan rápido como me ha entrenado el vicario durante años, y está claro que el inquisidor no se lo esperaba.
Acorto la distancia entre nosotros, abro la funda de su daga de plata con una mano y la saco con un movimiento fluido.
Con la otra mano, lo agarro de la barbilla y le empujo la cara hacia arriba.
Justo cuando se le tensan los músculos y está a punto de contraatacar, presiono la hoja afilada en su garganta con precisión y se queda petrificado.
—Juro por esta hoja, desde este suspiro al último, que todos los merecedores de ella conocerán la gracia de la Piedad, aun si se me otorgara a mí —susurro recitando lo que sé que es el juramento de un Caballero de la Piedad; lo que el Credo me ha inculcado.
El mero hecho de recitar las palabras cuando no eres un caballero es semejante a la traición.
Pero dejad que me rete a ser merecedora de este juramento. Dejad que me reten todos.
Con los ojos muy abiertos, el hombre se centra solo en el cuchillo mientras el zumbido siniestro del cuerno de calavera de dragón retumba al fondo.
—Dime. Quién. Ha. Muerto. —Puedo ver en mi periferia a los otros inquisidores moviéndose hacia nosotros, pero no me tiembla el pulso. Mi atención se mantiene fija.
—El alto coadjutor Kassin Thaz.
Todo se para. Mi corazón, mi respiración, el mundo que me rodea y, por un momento, creo que me lo estoy imaginando todo.
Es resultado del vapor de dragón verde, o puede que sean los efectos de haber sido golpeada en la cabeza demasiadas veces en aquella jaula.
Pero entonces el cuerno vuelve a emitir su sonido estridente desde el cortejo fúnebre de abajo —el cortejo fúnebre de mi padre—, y la realidad me golpea con una fuerza mayor que la que podría infligir un inquisidor.
Como el inquisidor cuya vida está en mis manos.
Mátalo. Hazlo. Acaba con todo.
Nunca he tenido ni un pelo de asesina en el cuerpo. Nunca he disfrutado de la muerte o la destrucción. Siempre he querido ayudar, sin importar lo que eso signifique. Ni siquiera me deleitaba con el asesinato de los dragones que arrasan mi ciudad. Pero ¿ahora? Soy pura sed de sangre.
Separaron a mi familia.
Me quitaron mi infancia y me convirtieron en su salvadora.
Ridiculizaron, culparon y excluyeron a mi madre.
Nos han agredido a mis amigos y a mí.
Y ahora han matado a mi padre. Lo sé con la misma certeza con la que sé quién soy.
¿Qué me queda? ¿Qué permanece que no sea odio y desprecio? Podría reducir el mundo a cenizas y los historiadores lo calificarían como «justicia».
El cuchillo está totalmente quieto. Mi actitud es segura.
Los dedos de Lucan se posan con delicadeza en el dorso de mi mano, y arrastro la atención a él. Se limita a negar con la cabeza. Saipha está un par de pasos atrás, tapándose la boca con las manos, aterrada. Ni siquiera se atreve a acercarse a mí.
Despacio, bajo la hoja. La devuelvo a la funda en la cadera del hombre con movimientos decididos; hasta le cierro el broche de nuevo. Todo ese tiempo, nos miramos a los ojos, y él me mira con recelo, como si todavía tuviera el cuchillo en su cuello.
Deberías tener miedo .
—Los otros inquisidores están viniendo —le digo entre dientes—. Diles que todo va bien y no diré nada sobre cómo has dejado que una suplicante te quite la daga.
El hombre me sostiene la mirada con el ceño fruncido. Los ojos le hierven con odio. Yo le hago frente, es bienvenido. «Rétame», le digo sin palabras.
Se gira mascullando algo a los otros inquisidores mientras llegan corriendo para ver si todo va bien. El resto de los suplicantes me observan con recelo y se mantienen a unos pasos de distancia.
En vez de aplacar sus miedos, me pongo recta y sigo caminando como si no hubiera pasado nada.
De nuevo, mi cuerpo no parece mío. Se mueve, pero los movimientos son mecánicos. Miro la neblina de la ciudad a mis pies todo el tiempo que caminamos, pero la procesión de padre se ha ido.
Padre se ha ido .
Quiero gritar, pero no encuentro el sonido. Quiero llorar, pero no hay lágrimas. Solo existe la tarea que se aproxima y, por primera vez en mi vida, un odio verdadero hacia lo que es esta ciudad. Lo que me ha hecho.
—Isola… —Saipha empieza a decir algo.
—Estoy bien. —Le lanzo una mirada penetrante—. Vamos a centrarnos en sobrevivir hoy.
—No tienes que ser…
La agarro de la muñeca y tiro de ella. Lo que le digo después es duro, pero no soy capaz de suavizar las palabras.
—Esta noche, en la Aguja de la Piedad, puedes aguantarme el pelo mientras lloro hasta vomitar. Pero no voy a darles la satisfacción a ninguno de ellos de ver mi dolor ni un segundo más. ¿Quieren a su gran asesino Valor? Pues les mostraré a Valor.
Lucan me mira de reojo mientras me alejo. Creo que me va a decir algo sobre lo dura que he sido hablando con ella, pero no lo hace. Saipha asiente levemente y mira adelante. No se me pasa por alto el escalofrío que le baja por la espalda.
Debería pedirle perdón, pero no puedo. Ahora mismo, no me puedo permitir ser cariñosa. Ni siquiera con ella. Si lo hago, me haré añicos, y no me puedo dar ese lujo. Debo triunfar en esta próxima prueba. No solo por mí, también por padre.