La maldición del dragón 55
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L os tres dormimos juntos en la habitación de Saipha como veníamos haciendo. En parte por costumbre, y en parte porque creo que ninguno de nosotros podría soportar estar solo. Saipha duerme en su cama, hecha una bola. Yo duermo en mi colchón en el suelo.

Lucan se hace un ovillo detrás de mí, y nuestras espaldas se tocan. La mano de Saipha cuelga del borde de la cama y le agarro los dedos temblorosos. Así es como me entero cuando se va.

La puerta del baño que hay al final del pasillo se está cerrando cuando salgo de la habitación. No estoy muy por detrás de ella.

Con la mano en la puerta, me detengo al oír sus arcadas. Estoy a punto de darle privacidad, pero luego me lo pienso mejor.

Empujo la puerta y abro. Está agarrada a la letrina con los nudillos blancos. Le tiembla el cuerpo. Se está aguantando los sollozos y también la bilis; ha echado casi toda la cena.

En cuanto le apoyo las manos en los hombros, se encoge y se gira, medio cayéndose hacia atrás, para intentar golpearme. No me cuesta asirle las muñecas. Nuestras miradas se encuentran.

—Soy yo —digo.

—¿De verdad?

—Soy yo —repito, más firme que antes.

—¿Cómo lo sé? —La pregunta es tan débil y pequeña como ella ahora mismo.

—Esto es real. —La atraigo y la rodeo con los brazos, y luego entierro los dedos en su pelo. La abrazo como quería hacerlo todas esas noches que estuvimos separadas. Torturadas—. Ahora estás a salvo.

Suelta una risa amarga ante el comentario y me devuelve el abrazo.

—Sabes que eso no es verdad. Son los dueños de este lugar. Ellos lo dirigen. Y pueden hacernos lo que quieran.

Tiene razón . Me hizo falta venir aquí para verlo, a pesar de las advertencias de mi madre.

Todo, literalmente todo, es perdonado, o justificado, o permitido en Vinguard si se puede reivindicar que es una enseñanza del Credo, en defensa de la ciudad o un acto contra los dragones.

Cometen atrocidades contra nosotros y nos enseñan que es normal.

Nos dicen que hagamos la vista gorda porque la gente que está en el poder lo tiene bajo control.

Mamá, todo este tiempo tenías razón…

—No debería ser así —murmuro. Mi amiga, fuerte y segura, reducida a algo tembloroso, como una hoja. Tiene la piel sudada y fría—. Voy a ponerle solución.

—De-demasiado rota… Algunas cosas no pueden arreglarse.

No sé si estamos hablando de lo mismo. Yo estoy hablando del mundo…, pero creo que ella está hablando de sí misma.

—Vamos a lavarte y a llevarte a la cama. Mañana tenemos la última prueba y deberías dormir algo antes. —Estoy segura de que va a negarse, pero me sorprende y no lo hace.

La ayudo a levantarse y preparo un baño. Gracias a las fuentes termales, el agua caliente es común en Vinguard, pero después del tiempo pasado en las jaulas, es como un lujo. Espero fuera mientras se limpia. Después la sigo hasta la habitación.

Lucan no se despierta. O, si lo hace, le da su privacidad a Saipha. Ayudo a mi amiga a meterse en la cama, la arropo hasta la barbilla y le paso una mano por el pelo.

—No tienes que arroparme como a una niña, sabes. —Sin embargo, mientras lo dice, le empiezan a pesar los párpados.

—Te estoy cuidando como a una amiga, no una niña.

—Estoy haciendo todo lo que me habría gustado que alguien hubiera hecho por mí cada noche mientras crecía, cuando la piel se me erizaba y tenía miedo de que la maldición me desfigurase el cuerpo.

Eso ya no me asusta. Quizás es algo bueno que me llevo del Tribunal.

—Me siento tan débil y patética. —Se ríe. Es un sonido vacío y roto lleno de autocrítica y odio—. Pensaba que este lugar iba a ser fácil. Puede que «fácil» no, pero sí que no iba a ser así de duro, al menos no para mí.

Me siento en el borde de la cama e intento pensar en las palabras adecuadas que decir. Creo que, diga lo que diga después, siempre echaré la vista atrás hasta este momento y desearé haber dicho algo más. Algo diferente. Mejor .

—Tienes razón, es más duro de lo que nos pensábamos.

—Hago énfasis en el «nos» para que no se sienta sola—.

Piensa lo fuertes que vamos a ser al otro lado.

Ya nos hemos enfrentado a un dragón. Eso es algo que los Caballeros de la Piedad no suelen conseguir hasta el final de su primer año de entrenamiento.

Vamos a desmoronarnos aquí abajo para que no nos pase allí arriba.

—Eso si llegamos allí arriba.

—Saipha…

—Los oí hablando —me interrumpe y abre los ojos.

El fuego helado de su mirada me frena de decir lo que iba a decir después.

Las palabras son poco más que un soplo, apenas perceptible por encima de los ronquidos de Lucan—.

Los inquisidores. Cuando me llevaron al baño para lavarme, los oí hablando por casualidad cuando pensaban que no los estaba escuchando.

Decían que nos habían apartado porque tu padre hizo algo con el sensor y habían conseguido reducir las opciones a que uno de nosotros está maldito.

La sangre se me hiela. Mi padre no haría eso, a menos que le obligaran. La idea de lo que pueda haberle hecho o dicho el Credo para ponernos a mis amigos y a mí en riesgo de sospecha hace que me den ganas de ir al claustro central y exigir respuestas.

Tiene que haber un plan . Confío en mis padres. Detrás de esto hay un plan.

—Algo que siempre me ha dicho mi padre es que un invento es tan bueno como el artífice que está detrás de él o los materiales que lo componen, y ni siquiera él es perfecto.

—La miro a los ojos—. Si tuvieran una solución perfecta, un test claro para identificar a un maldito, entonces no necesitarían presionarnos tanto.

Ni siquiera habría un Tribunal. Sabrían quién es, le administrarían la piedad y se acabó.

El sistema que sea que están usando no es perfecto ni infalible.

Aparta la mirada, evitando la mía. Se rodea con los brazos, tiembla, y después niega con la cabeza.

—Soy yo. —Las palabras suenan tan flojas y pequeñas como las que yo me decía siempre a mí misma. Como una confesión escondida. No…, más como una condena.

—No digas eso. —La agarro de las manos.

Me mira con puro terror y susurra:

—Pero lo siento… moviéndose bajo la piel. Me sacude los huesos. Como una guerra en mi interior. Va a hacerme pedazos con sus garras y dientes, Isola.

Al instante, vuelvo a estar en el suelo de las fosas de quebranto, con el vicario forzándome a usar la magia. Esa sensación de que algo, algo bajo mi piel, está intentando salir.

—Hemos pasado por todos los círculos ardientes del infierno ahí abajo. Todo lo que hicieron fue con el único propósito de vencernos. Pero aquí estamos. Somos más fuertes que ellos; tú eres más fuerte.

—¿Y si no lo soy? —La voz, diminuta, le tiembla con un miedo profundo que ambas sentimos.

Le estoy agarrando las manos con tanta fuerza que tengo los nudillos blancos.

—Si tienes que romperte en pedazos, hazlo. Pero después, toma uno de esos fragmentos rotos y dentados de lo que fuiste una vez y se lo clavas tan hondo en las gargantas que nunca encontrarán la voz para volver a dudar de ti.

Me mira como si no me hubiera visto nunca antes.

—Vas a hacer cosas increíbles en la Piedad.

— Nosotras las haremos —vuelvo a insistir. Una sonrisa frágil le curva la comisura de los labios y asiente. Es lo máximo que voy a sacar de ella y lo sé—. Ahora, intenta dormir.

—Lo intentaré.

No le suelto los dedos. Me limito a recostarme y le doy la mano el resto de la noche.

Por mucho que sepa que debería usar este tiempo para dormir, no puedo apartar la culpa de que este nivel de tortura es mucho mucho peor este año por mi culpa.

Que el vicario ha mentido a los inquisidores para justificar estos retos más brutales.

¿Y si ninguno de los que estamos aquí tiene la maldición y es una mentira? Se forma una teoría alternativa. Así lo dijo, cuando obligó a mi padre a ponerme una diana en la espalda con su sensor para justificar presionarme. Para hacer que extrajera Luz de Éter sin un sello.

¿Fue tanto peor la tortura en las jaulas porque me negué?

¿Era todo una prueba para ver lo que podía hacer?

Si lo era, entonces mi amiga se está viniendo abajo porque me abstuve.

Estaba intentando evitar que la tortura empeorara, pero ¿y si al haberme contenido los he convencido para que nos golpearan más fuerte?

Mi padre me dijo que le diera al vicario lo que quería, pero ¿cómo se supone que voy a saber lo que es si apenas conozco las reglas del juego del vicario?

Me estremezco. Cada reto ha sido peor que el anterior, y nos queda uno. El vicario no parará ante nada para romper todas las partes de mí que pueda, hasta que no me quede voluntad para luchar cuando venga finalmente a por mi poder.

Y todo será culpa mía si el próximo nos rompe a todos.