La maldición del dragón 54
78%

54

E l pánico tiene un sabor metálico.

Después de la conmoción inicial al ser encarcelada, las barras habían adquirido un nuevo significado: seguridad. Eran algo que, incluso de manera inconsciente, pensaba que mantenía lejos a los inquisidores.

¿Cómo han entrado? He estado en la parte delantera todo el tiempo. ¿A menos de que haya una puerta trasera en la jaula? No se me ocurrió comprobar todas las junturas. Estaba tan centrada en la prelada y después en mis amigos que casi ni miré detrás de mí.

El movimiento se acerca. Unos pasos ligeros revuelven la tierra compacta. Oigo la respiración superficial de alguien.

—Saipha, Lucan —digo más alto. ¡Despertaos! , quiero gritar. Pero no quiero alertar a la persona de detrás de que sé que está ahí. Mientras hablo, me apoyo sobre las rodillas, lista para saltar—. ¿Estáis despiertos?

—¿Qué? —murmura Saipha adormilada.

Oigo movimiento en la jaula de Lucan. Espero que sea él.

Cuando abro la boca para volverlos a llamar, me viene un golpe fuerte por la derecha en dirección a la zona lumbar y el costado. Oigo el gruñido bajo que hace el hombre al poner su peso en él.

Esquivo por instinto y balanceo la mano haciendo un arco, lo que desvía el golpe. Me raspa sin hacerme daño. Me sirvo del impulso para dar la vuelta, moverme y dar con el puño en una mandíbula. Deja escapar un sonido de sorpresa y dolor. No cedo.

Con la otra mano, lanzo el puño hacia arriba apuntando adonde debería estar su barbilla.

Solo le doy al aire. Noto movimiento a mi lado.

Esta vez me da un golpe firme, directo al estómago.

Hace brotar un dolor caliente y punzante, que se propaga por todo el cuerpo hasta los dedos de las manos y de los pies.

Jadeo y caigo contra las barras. Me agarro al metal frío, luego gruño y doy patadas al aire.

Doy con una resistencia satisfactoria y empujo más fuerte para lanzarlo lejos antes de que pueda darme otro golpe.

Llegan sonidos de lucha desde las otras jaulas, pero no puedo permitirme la distracción. Ahora mismo no puedo hacer nada por Saipha o Lucan. Debo mantenerme concentrada.

Una brisa me alerta de la presencia de alguien detrás de mí, al otro lado de las barras. Me clavan algo afilado y grito de dolor mientras me tambaleo hacia adelante. Alguien ahí afuera me está pinchando como a un animal. El hombre de la jaula me da un golpe que me hace perder el equilibrio.

La oscuridad está salpicada de estrellas, incluso con los ojos cerrados.

Me pegan hasta tumbarme con golpes precisos y rápidos a los que no puedo seguirles el ritmo.

La única forma en que hubiera conseguido mantener los míos era con el elemento inicial de sorpresa; él no esperaba que notara su presencia en absoluto.

Maldita sea… ¿Usarán en mi contra el hecho de que le he oído para intentar demostrar que estoy maldita de alguna manera?

La pregunta me atormenta al tiempo que caigo de rodillas en el suelo compacto. Me tumba otro golpe. Debe de tener un sello que detecta dónde estoy.

Apenas me resisto a sacar una llama de Luz de Éter. ¿Querría el vicario que lo haga? ¿O debería mantenerlo en secreto? ¿Será usado en mi contra? Ese último pensamiento hace que oculte mi poder. No merece la pena el riesgo para ninguno de nosotros.

Los sonidos de forcejeo de Saipha y Lucan y de las palizas finales se combinan con los míos. Se vuelve difícil saber qué le está pasando a quién; dónde acaban mis gritos de agonía y dónde empiezan los suyos.

De repente, se ha acabado. Nos dejan gimoteando en nuestras jaulas. En la oscuridad.

Las luces no vuelven en lo que parecen días y días, aunque sé que no pueden ser más de uno o dos.

La única forma en que distingo el paso del tiempo es porque, como nos prometieron, nos sacan uno a uno para atender nuestras necesidades físicas.

La prelada tiene un farol en la mano y un inquisidor se acerca a la jaula, flanqueado por otros que portan ballestas.

No puedo ver a Saipha o Lucan con claridad en la luz débil. Las barras proyectan sombras siniestras sobre ellos y por el suelo. No hablamos cuando nos sacan de las jaulas. Creo que todos tenemos miedo de lo que podrían hacernos si les damos una excusa.

Hay manchas oscuras de sangre en el suelo, prueba de lo que nos han hecho. Lo que siguen haciendo… Todo en nombre de «llevarnos al límite para asegurarse de que no estamos malditos».

La prelada me odia . Es mi única conclusión.

Hoy han usado sellos para electrificar las jaulas y han colocado nuestra comida justo por detrás de las barras.

El tiempo se ha vuelto confuso por la oscuridad absorbente de la habitación y la rotación de torturas aparentemente interminable. ¿Alguna vez ha muerto alguien por estar demasiado tiempo sin ver ningún tipo de luz?

Ahora estamos callados la mayor parte del tiempo. Después de la primera paliza, intentamos seguir comunicándonos para mantener la moral alta, pero se hizo demasiado difícil. Todo parecía empeorar cuando hablábamos.

Ha pasado tanto tiempo desde que he oído sus voces que me pregunto si siguen ahí.

Cierro los ojos y respiro hondo a la vez que mi mente me lleva al pasado.

Saipha y yo estamos sentadas en la entrada delantera de su casa al crepúsculo, a sabiendas de que pronto nos llamarán para que entremos.

La Noche del Espectáculo de las Estrellas es una de las pocas noches del año en que la gente se atreve a arriesgarse con los dragones…

, solo para ver las estrellas brillar. Intento inspirarlo todo: el aire fresco y vigorizante, el olor del asado, la calabaza horneada que se cocina lentamente. Un retrato completo de olores.

Y entonces… el aroma se vuelve acre.

Lo que una vez fue hermoso empieza a derretirse ante mis ojos como cera demasiado caliente. Los colores se emborronan ante mis sentidos. Algo se retuerce en mi lengua y corro a escupirlo. Un ciempiés largo cae al suelo. Toso y juraría que veo otro insecto largo siguiéndolo.

Dejo salir un grito, pero, en un parpadeo, desaparecen; ni siquiera eran reales.

El olor del vapor de dragón verde se ha arrastrado hasta nosotros tan despacio que ninguno nos hemos dado cuenta hasta que era muy muy tarde.

Nos sumergimos en visiones incesantes.

Y yo aprendo algo nuevo.

Hay un límite para las veces que puedes ver cuervos sacándole los ojos a tus seres queridos o sentir el calor del aliento de un dragón mientras te quema hasta reducirte a una cáscara antes de que pares de gritar.

Me despierto con la respiración temblorosa y el llanto bajo que vienen desde la jaula de Saipha. La habitación sigue sin luz. Me pongo de lado mirando adonde sé que está ella.

Ya sea por miedo o por agotamiento, no la llamo de inmediato. Y me odio al instante por ello. No puedo dejar que ganen, que me alejen de la gente que más me importa. Dejar que tomen mi corazón y mi alma y que los aplasten con sus puños y agresiones infinitas.

—Saipha. —Mi voz es poco más que un gruñido, débil y agudo. No sueno a mí misma. Intento aclararme la garganta. No mejora mucho la calidad en general, pero consigo hablar más alto—. Saipha.

El lloriqueo para.

—¿Isola?

—Sí. Estoy aquí. —Deseo cada segundo poder estar más cerca, poder darle la mano a mi amiga.

—¿Cómo sé que eres tú?

Me duele que me lo pregunte porque sé el motivo exacto. Sé exactamente cómo la han torturado sus alucinaciones. Hay una parte de mí que hasta duda si este momento es real en esta oscuridad eterna.

—Soy yo.

—¿Cómo puedo saberlo? —repite un poco más desesperada.

—Incluso… Incluso si no soy yo. Incluso si esto no es real. Hay una parte de mí, en ese caso, dentro de ti, que intenta ayudar. Hay una Isola que vive en tu mente y que intenta defenderte.

Deja salir un quejido que se convierte en gimoteo y luego en lágrimas apagadas.

—No puedo más con esto.

—Sí, sí que puedes —insisto—. No vas a dejar que ganen. Porque te van a invitar a la Piedad, conmigo, y después tú y yo patrullaremos el muro juntas.

—Vamos a ir todos juntos —Lucan se mete en la conversación. Tiene la voz áspera de gritar—. Vamos a demostrarles que no somos dragones; somos lo que deberían temer los dragones.

Estiro la mano entre las barras de la jaula, aunque sé que están demasiado lejos para tocarlos. Me los imagino estirando la mano hacia mí. No los he oído moverse, pero en mi imaginación sus dedos están justo fuera de mi alcance.

—Hace mucho frío —murmura Saipha. Ya no parece que esté asustada. Solo cansada. Por algún motivo, es peor que la alternativa.

Está entrando en estado de shock . O su mente se está aislando de la realidad. En cualquier caso…, no puedo dejar que se vaya.

—Piensa en el muro, Saipha. Piensa en caminar por las murallas conmigo —le ordeno.

—¿Se está calentito allí? —La pregunta suena tan baja.

—Seguro que sí. Es el sitio más alto de Vinguard, nunca hay nada de sombra.

—Eso suena… bien…

Creo que puedo escuchar como le castañean los dientes entre cada palabra.

—Será una de las muchas cosas que hagamos juntas. Así que tienes que aguantar, ¿vale?

No hay respuesta.

—¿Saipha?

Contengo la respiración durante una larga pausa. Finalmente, contesta:

—¿Sí?

—¿Me prometes que vas a aguantar?

—¿Sigues conmigo? —pregunta.

—Siempre —digo.

—¿Estarás siempre conmigo?

—No voy a dejarte nunca —le juro.

—Entonces, te prometo que lo haré.

Al fin, hay luz. Pasamos de lo que parece una noche interminable a una luz sin final, cegadora y fuerte. Ilumina nuestros cuerpos golpeados, los suelos manchados de las jaulas y a los inquisidores que se alinean junto a las paredes al igual que cuando apagaron las luces al principio.

Es como si todo hubiera sido una pesadilla.

La prelada entra con la capucha puesta, la cara oculta. La reconozco por los andares. Nunca olvidaré nada de ella.

Está flanqueada por otros dos inquisidores, como de costumbre. Me pregunto si le preocupa que la ataquemos cuando abra las jaulas. Si yo fuera ella, estaría preocupada.

Estoy de pie en el centro de mis confines, sin decir nada, y la miro adonde creo que están sus ojos entre las sombras de su capa.

No levanta la cabeza en absoluto ni sube la barbilla cuando gira la llave y me abre la puerta.

Me pregunto si le da miedo encontrarse con mi mirada.

Por las llamas del dragón…, espero que sí .

Después pasa a abrir la jaula de Lucan. Luego la de Saipha. Ninguno nos movemos.

—Han vuelto a abrir el colegio mayor —dice con sencillez—.

Queda registrado que ninguno de vosotros ha sucumbido a la maldición.

—Una vez más, parece decepcionada por ello—.

Habrá comida en el refectorio esta tarde y podéis regresar a vuestras habitaciones por la noche.

—Señala hacia la escalera a lo lejos—. Mañana por la mañana es la prueba final, así que os recomiendo que descanséis.

Ninguno de nosotros se mueve de inmediato aún. Da la sensación de que es otra trampa.

Soy la primera en dar un paso adelante. Salgo de la jaula y ninguno de los inquisidores viene a por mí.

—Saipha, Lucan, vámonos.

Los tres salimos juntos.

Durante todo el trayecto, examino a los inquisidores.

Puede que este sitio no solo sirva para presionarnos y extraer la maldición.

Puede que este sitio sea como un juicio, para poner a prueba nuestro coraje.

Para ver quién puede hacer frente a la presión y quién se derrumba.

Después de las fosas de quebranto, los abusos del vicario, la Pila, la prueba…

No soy la chica que era cuando entré. Soy algo más.

Algo mucho peor.

Después de todo, hacen falta monstruos para matar a otros monstruos. Y en eso me han convertido.