La maldición del dragón 53
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L as jaulas, cubos perfectos que miden lo mismo que Lucan más la mitad, casi parecen pequeñas en el centro de esta amplia habitación.

El suelo es de roca desnuda y tierra compactada.

Las paredes son de piedra y están totalmente desprovistas de adornos, iluminadas por una lámpara que proyecta una luz fuerte y demasiado brillante.

Las entradas a las tres jaulas hacen forma de triángulo, pero las esquinas no se tocan.

—Adentro. —La prelada abre una de las jaulas y hace un gesto. Intercambiamos una mirada y ambos nos movemos—. Solo una persona por jaula.

Entro primero. Pone a Lucan en la jaula de la derecha. No se me pasa por alto cómo casi parece dudar por un momento, como si se replanteara lo que está a punto de hacer. Espero que se sienta culpable . Lucan la fulmina con la mirada, compartiendo mi odio por ella.

Cierra su puerta y luego viene a la mía.

—Se te da muy bien encerrarme tras puertas de hierro —le digo entre dientes mientras la miro fijamente.

La prelada ignora mi comentario.

—¿Isola? —La voz de Saipha hace eco en la habitación—. ¿Lucan? ¿Qué está pasando? —Dos inquisidores la escoltan, cada uno la agarra de un codo.

—Entra en la jaula. —La prelada señala la jaula del fondo.

—¿Qué? —Saipha da un paso atrás—. ¿Por qué?

—Los tres estáis bajo sospecha de tener la maldición del dragón. Estaréis en aislamiento hasta la próxima prueba.

—¿Hasta la próxima prueba? —Doy un paso adelante y agarro las barras—. Para eso quedan días.

—Somos conscientes de la duración del Tribunal.

—La prelada me lanza una mirada fulminante por encima del hombro y alza la cabeza lo suficiente como para que pueda ver bajo la capucha.

Esta vez, uno de sus ojos está dorado. ¿Lo vi mal cuando bajamos a la Subcorteza?

¿Fue un efecto de la luz? Es cierto que yo no estaba en mis cabales.

—¿Vais a darnos de comer? ¿Cómo vamos a ir al baño? —pregunta Saipha.

—Se os sacará cuando sea necesario para atender a esos asuntos. Supervisados, por supuesto.

«Cuando sea necesario» puede que no sea a menudo si no van a darnos mucha comida o agua. Me aferro con más fuerza a las barras.

—Deja ir a mis amigos. Ambas sabemos que soy yo de quien sospecháis. —Ojalá supiera qué he hecho para que me odie tanto, pero sospecho que probablemente es como Cindel y cree que en realidad no soy Valor Reencarnado.

—No. —Me sonríe con suficiencia.

Encierran a Saipha en la tercera y última jaula durante nuestro intercambio.

—Los que estáis de guardia, quedaos. El resto volved a vuestros puestos —ordena. Sigue a un grupo hacia el exterior de la habitación y suben las escaleras por las que vinimos, en vez de salir a través de la puerta secreta que encontramos Saipha y yo.

Otros cinco inquisidores se quedan y asumen puestos a lo largo del margen exterior de la pared. Sus figuras cubiertas por las capas crean siluetas austeras contra las paredes pálidas, casi blancas por la intensidad de la luz.

—Ellos no pueden… No podéis dejarnos en estas jaulas de verdad.

—Saipha está temblando como un flan. Cómo desearía poder conseguirle algo de comida .

Va a la parte trasera de su jaula, la más cercana a la pared, e intenta llamar la atención de un inquisidor—.

Esto es solo algún tipo de prueba, ¿no? Isola tiene razón: ¡no estamos malditos!

—Saipha —la llamo con firmeza.

Me ignora. Cada vez habla más alto:

—Si estuviéramos malditos, ya lo habríais visto. Entre los retos y lo que hemos pasado aquí… —Se mueve de una barra a la siguiente, como si probase para ver que todas son robustas, y sus movimientos se vuelven frenéticos. Nunca he visto tan aterrada a mi amiga, que suele ser una persona seria.

Una inquietud fría me inunda. Saipha es hija de cazadores de dragones. Está destinada a la Piedad. Siempre ha estado tranquila bajo presión. Si este lugar puede hacer que se derrumbe, ¿qué opciones tengo yo? Necesito que ella sea mi roca.

—Saipha —repito, más firme que antes.

—¡Habladnos! —Su voz sube hasta convertirse en un grito que retumba en la habitación vacía—. No somos animales. No estamos malditos. Somos personas, igual que vosotros. No podéis tratarnos así.

—¡Saipha! —Mi chillido chasquea como un látigo. Ella se encoge de miedo y dirige los ojos muy abiertos hacia mí. Relajo la expresión de inmediato ahora que me presta atención—. Todo va a ir bien.

—Pero…

—Tal como dices, si tuviéramos la maldición, ya se habría manifestado.

—Mis propias dudas se han silenciado casi por completo con las palabras tranquilizadoras de mis padres y todo lo que he soportado sin sucumbir a la maldición—.

Esto no va a ser fácil, pero no quiere decir que sea imposible. No temas lo difícil.

Traga saliva y asiente.

Voy hasta la puerta en la parte delantera de mi jaula y me siento. Ninguna de las jaulas está lo suficientemente cerca como para estirar la mano y tocarnos los unos a los otros, ni siquiera por las esquinas. Pero al menos así estoy un poco más cerca.

Lucan acepta la invitación silenciosa y se mueve también para sentarse en la parte delantera de su jaula.

Ambos miramos a Saipha con expectación. Se une a nosotros finalmente, un poco de mala gana.

Aguanto un suspiro de alivio. Mi atención vaga por encima de su hombro y vuelve hasta los inquisidores junto a la pared. Ninguno se ha movido.

El pánico no puede augurar nada bueno para ella. Cuanto antes podamos hacer que se relaje, mejor. Con suerte, si mantenemos la compostura, quizás nos dejan salir antes.

—Lucan, ¿conoces Del final al principio ? —le pregunto. Sé que Saipha lo conoce.

—¿El juego de letras al que juegan los niños? —Lucan está sorprendido. Asiento.

—¿Queréis jugar una ronda?

—¿Ahora mismo? —La sorpresa parece sacar a Saipha del terror.

—Claro. Tenemos tiempo —contesta Lucan.

Me obligo a soltar una risa divertida ante eso, en un intento por atenuar algo de tensión.

Mi amiga tenía claras dudas, pero se apunta por su entusiasmo. Le lanzo una mirada cariñosa como agradecimiento.

—¿Cuál es el tema?

—Ropa —digo. Es un tema lo suficientemente fácil como para que se nos ocurran muchas cosas, pero no es algo que pueda recordarnos a los dragones o al aprieto en el que estamos ahora—. Empiezo yo: botas.

—Sastre —añade Lucan usando la última letra de mi palabra.

—Un sastre no es un tipo de ropa —objeta Saipha.

—No ha dicho tipos de ropa, solo «ropa». Lo que significa que podría abarcar todo lo relacionado con el tema —contesta.

Ella pone los ojos en blanco y cede.

—Vale. Estera.

—Estera no está relacionado con la ropa para nada —le dice Lucan.

Saipha se da por vencida.

—Es un tipo de tejido, ¿no?

—Esa es la conexión más vaga que he escuchado jamás. —Lucan se echa para atrás—. Lo que pasa es que no se te ocurre una palabra mejor.

— Abrigo . —Saipha entorna los ojos en su dirección y parece más ella misma al instante.

—Orejeras —propongo tras un momento de reflexión.

Seguimos dando vueltas así, diciendo una palabra que empieza con la última letra de la palabra anterior hasta que a uno de nosotros no se le ocurre nada; Lucan es el primero en ser eliminado. Saipha y yo continuamos hasta que me gana, y entonces exclama un «¡Ja!» triunfante.

En la ronda siguiente, el tema es «materiales de construcción».

En la siguiente a esta, es «cosas que encontrarías en una biblioteca».

Es un buen pasatiempo. Cuando hemos agotado ese juego, pasamos al siguiente que se nos ocurre para jugar desde lejos. Y después al siguiente…

Saipha acaba dando un bostezo monumental. Yo no tardo mucho en seguirla. Es imposible decir cuánto tiempo ha pasado en el sótano. Las luces siguen siendo igual de duras que cuando entramos. Imagino que ahora será alrededor del mediodía. Tampoco es que importe.

—Creo que voy a echarme una siesta —decide Saipha.

—¿Otra ronda? —me pregunta Lucan.

Niego con la cabeza.

—Creo que yo también voy a dormir un poco.

—Pero estamos a mitad del día. —Parece verdaderamente decepcionado porque no me voy a quedar despierta para jugar con él.

—La hora perfecta para la siesta. —Tenemos que conservar la fuerza y llevamos despiertos toda la noche; está claro que los nervios no nos han dejado dormir.

Dudo que vayan a dejar que nos sentemos aquí y que juguemos durante días sin parar—.

Supongo que no podemos atenuar las luces, ¿no?

—digo en voz alta como para que me escuchen todos los inquisidores.

Ninguno se mueve o reacciona—. Ya…, eso pensaba.

—Por cierto —Saipha se despatarra en el suelo, todavía cerca de la parte delantera de su jaula—, ¿dónde estabais anoche vosotros dos?

—Salí a dar un paseo. —No es una mentira, pero tampoco es toda la verdad.

—La oí salir y, como no regresó al momento, me preocupé. —Lucan se reclina con las manos detrás de la cabeza.

Mientras me estiro frente a la puerta de mi jaula y descanso la mejilla en el bíceps, me quedo mirando a Lucan y los recuerdos de anoche regresan.

Habría muerto sin él… ¿Qué pasó de verdad cuando me caí?

Intento volver a recordar, pero todo es un borrón difuso o un vacío total en mi memoria.

Hay dos sensaciones que destacan entre el resto:

La principal es la sensación de sus brazos envolviéndome, agarrándome como si fueran las vidas de ambos las que estaban en riesgo.

La segunda es el viento extraño y lo que casi parecía un humo que ocultaba la noche.

Sigo pensando en un intento por recordar lo que pasó.

Y cuando no funciona, pienso en Lucan viéndome salir al alféizar y sintiendo miedo de lo que podría pasarme para luego correr hasta la habitación de abajo.

Me lo imagino rompiendo la ventana para entrar con un aura dorada rodeándolo.

Entonces me agarra y mi cuerpo se dobla.

Llegó justo a tiempo… Bostezo. El viento que hacía cuando me arrastraba a través del hierro retorcido y el cristal roto.

¿Todo esto tiene sentido? No tiene por qué.

Estoy a salvo, y él me salvó. ¿Qué tiene más importancia que eso?

Estoy demasiado cansada para darle muchas vueltas, sobre todo cuando los pensamientos de lo que siguió me distraen deliciosamente.

La sensación de seguridad en sus brazos me transporta a un duermevela sin sueños.

Cuando me despierto, parpadeo varias veces, pues no estoy convencida de haber abierto los ojos.

La habitación está tan oscura como si los tuviera cerrados.

No. Más oscura todavía. Si por lo menos tuviera los ojos cerrados, vería el brillo débil de la luz dura de la lámpara al otro lado de los párpados. No hay nada.

Han apagado las luces.

—Saipha. Lucan. —No sé por qué susurro sus nombres. No consigo alcanzarlos. Y los inquisidores sabrán que estamos despiertos.

Me pongo de pie y escucho un movimiento que viene de sus jaulas, pero no hay respuesta.

Es entonces cuando me doy cuenta: no estoy sola. Hay alguien en la jaula conmigo .