52 #2
Entonces dirige su mirada a la mía y casi me hundo en sus tempestuosas profundidades. El marrón y el dorado luchan tanto como parece luchar él por encontrar las palabras.
—Yo… no sé cómo hacer esto —dice por fin, y me aprieta la mano—. Nunca antes he estado con nadie. Pero sé sin duda alguna que desearte es lo único que me mantiene cuerdo en este mundo jodido.
Habla de una forma tan pausada y con una intensidad en los ojos, que perforan miles de agujeros diminutos en mí. Y, sin embargo, por alguna razón esas mismas palabras los curan a la vez.
Le agarro la mano con más fuerza y se me acelera el corazón; el cuerpo me traiciona ansiando algo que estoy segura de que me destruirá.
—¿Y tú? —Lucan le da la vuelta a la pregunta—. Debes de tener sentimientos encontrados acerca de un hombre que fue adoptado por el vicario, después de todo lo que te ha hecho.
—Quedaste huérfano. No puedo culparte por haberte aferrado a la gente esencial para tu supervivencia. Hacerlo me convertiría en un monstruo peor que los dragones.
— Peor que los dragones —repite en voz baja con un pequeño resoplido de diversión.
Continúo:
—Además, no es que sientas un amor profundo y duradero, o lealtad, por el vicario o el Credo.
—No precisamente —se mofa.
—La mayoría de mis «sentimientos encontrados» sobre ti vienen de no saber qué es esto …
Lucan me examina. Desliza el pulgar por la parte trasera de mis nudillos y no sé si el movimiento es del todo consciente.
Creo… Espero que no lo sea. Espero que se sienta tan atraído por tocarme como yo por tocarlo a él.
Doy medio paso adelante. El espacio que hay entre nosotros colapsa y deja una distancia peligrosamente pequeña.
Y aun así queda mucho espacio para que pase algo . O nada.
—Puede que no tenga experiencia, pero estoy bastante seguro de que puedo decirte lo que es esto .
—Ah, ¿sí? —pregunto en voz baja.
—Me deseas.
Trago saliva con dificultad. Dos palabras que acabo de admitirme a mí misma. Tan sencillo. Simple. Obvio.
Sigue estudiándome.
—Me deseas… y eso te asusta. —Entrecierra un poco los ojos—. ¿Por qué?
—Porque me da miedo dejar entrar a alguien. —Frunce el ceño y yo respiro profunda y lentamente. No arruines el momento —. Y yo… Yo tampoco tengo mucha experiencia en esto tampoco —admito.
Lucan relaja la expresión y una sonrisa le cruza el rostro. Se inclina hacia adelante y me pone la mano que no tiene enlazada con la mía sobre la mejilla, para que suba la cara, con un toque ligero como una pluma.
—Podemos descubrirlo juntos si quieres.
Un escalofrío me recorre el cuerpo cuando me toca.
Por la insinuación. Porque… de pronto no me siento tan asustada.
Los dos estamos perdidos. Podríamos encontrarnos el uno al otro, encontrarnos a nosotros mismos en el otro.
Hay una espiral de algo emocionante que se arremolina en mi estómago ante la idea.
—¿Estás seguro? —le susurro.
—No. —Pone una sonrisa de satisfacción que, por alguna razón, es más tranquilizadora todavía a pesar de lo que ha dicho.
No puedo evitar soltar una risita.
—Bien. Yo tampoco.
—Quiero besarte —lo dice como si nada y olvido cómo respirar.
El miedo que me atraviesa como un rayo no se parece en nada al de enfrentarse a un dragón o al vicario.
Es un tipo de miedo diferente. Uno que me impulsa hacia lo desconocido.
Lucan escudriña mis ojos, ajeno a las palpitaciones de mi corazón, como si esperase a que diga que no.
No digo que no.
Y se inclina más. Se me cierran los ojos por instinto, a pesar de que una parte de mí quiere verle.
Respiro lentamente y mi pecho se roza con el suyo.
El calor que tengo dentro es tan sobrecogedor como el que irradia su cuerpo.
Es demasiado y no el suficiente al mismo tiempo. Tanto que dejaría al sol en evidencia.
Para. Sus labios tiemblan tan cerca de los míos que puedo sentir como se mezclan nuestras respiraciones. El tiempo en sí se transforma en algo mucho más difuso. Se desvanece con el resto del mundo. Nos encontramos en el principio y en el final… ¿de qué? Todavía no lo sé.
Como la chispa que enciende un cañón, como el chasquido de una ballesta o el tañido de las campanas, acorta la distancia que queda con prisa.
Sus labios se encuentran con los míos. Tímidos al principio.
Solo un roce, un contacto casi imperceptible que es mucho más suave de lo que podía haber imaginado.
Lucan se aleja de repente y abro los ojos de golpe.
Me está examinando como si buscara algún tipo de señal de que lo que ha hecho está bien.
Respondo agarrándole los lados del chaleco, en busca de estabilidad a la vez que los cordones del mío parecen demasiado apretados de pronto, tanto que me da vueltas la cabeza, y vuelvo a atraerlo hacia mí.
Quiero más. No ha sido suficiente, ni de lejos. Tengo el cuerpo en llamas y él es la chispa… Tiene que hacerse responsable del fuego.
Este segundo beso es implacable y gloriosamente desordenado.
Hemos probado algo prohibido y nos hemos dado cuenta de que nos moríamos de hambre.
Ahora que sabemos que puede hacerse, de pronto estamos intentando encontrar todas las formas en que encajan nuestras bocas.
Los labios se deslizan y se mueven, y los dientes se chocan con torpeza, y no sé por qué eso solo lo mejora, en vez de hacer que me muera de la vergüenza.
Sabe a humo y secretos. Es fuego bajo mis manos.
El corazón me late con fuerza, pero por una vez no tiembla o se salta latidos. Siento un cosquilleo en la piel, pero no picor. Estoy sumamente calmada, mis pensamientos se centran en él y solo él.
Es como si esto fuera lo que mi cuerpo estaba esperando todo este tiempo. Respondo con un fervor que no sabía que poseía. Me muevo guiada por instintos que no sabía que tenía.
Me suelta la mano para agarrarme de la cintura como si le diera miedo de que pueda desvanecerme si no lo hace, de que todo esto sea algún tipo de delirio febril delicioso.
Acerca nuestros cuerpos más todavía, como si no tuviera suficiente con la forma de mi cuerpo pegada contra sus líneas fuertes.
La otra mano se aventura de mi mejilla a mi nuca, y enreda los dedos en mi pelo suelto.
«Entrégate a mí», parecen susurrar todos sus movimientos.
Y todo lo que se me ocurre como respuesta es sí .
Con un movimiento de su boca y la presión de su pulgar en el borde de mi mandíbula, guía a mis labios para abrirlos levemente. Su lengua tantea con delicadeza para ver si puede entrar. Le otorgo permiso y siento una descarga inmediata, parecida al Éter, cuando profundiza el beso.
Un gruñido le sube del fondo de la garganta. Primitivo. Casi salvaje. Hace que casi me cedan las rodillas y agradezco que me esté sosteniendo. Mi mandíbula se relaja más aún. Su lengua gana acceso total y Lucan me besa con ferocidad, como si tuviera la intención de devorarme.
Le agarro tan fuerte como él a mí. Mi cuerpo responde a cada toque suyo con la piel de gallina y suspiros bajos que se han convertido casi en gemidos. Sus manos empiezan a vagar, acariciando y explorando cada curva cubierta por cuero grueso mientras nuestras lenguas bailan.
Nunca he tocado ni me han tocado así y… Por los dragones en las alturas y la Pila bajo la superficie, se siente tan bien . Todo mi cuerpo está en llamas. Podría hacer esto durante horas .
Pedimos más el uno del otro. Todo. Quiero perderme en la sumisión, la entrega, en lo que sea esto. Me he pasado toda la vida siendo deseada por el mundo a mi alrededor por lo que podía ofrecer, pero esta parece la primera vez que alguien me ha necesitado por quien soy en realidad.
Es como si me matara poco a poco, y nunca me he sentido tan viva.
Entonces, tan rápido como empezó el momento, el beso llega a un final abrupto. Lucan se separa ligeramente, y tiene la respiración pesada y los ojos brillantes bajo el resplandor borroso que proyecta la luz del aplique con un deseo que no me puedo creer que haya causado yo.
—Isola. —Mi nombre es un gruñido; no, un rugido . Llama a la parte primaria de mí que nunca he reconocido siquiera antes de él. Lucan me mira a los ojos—. Quiero devorarte.
Lo dice en serio. Cada palabra. Baja el dedo por mi columna con una caricia delicada que promete lo opuesto.
—Me dejaría consumir por ti. —Reclino la cabeza hacia atrás cuando se inclina como si no pudiera evitar besarme suavemente por la mandíbula y el cuello. Se me escapa un jadeo cuando noto lo sensible que es la piel ahí, más de lo que me había dado cuenta nunca.
—No digas eso. —Me muerde la piel justo donde está el dobladillo del cuello de mi chaleco. Mi respiración se convierte en un gemido leve y lo agarro con más fuerza—. O lo haré. Encantado.
Cierro los ojos y me pego más a él. Nuestras caderas se unen y siento cada parte gloriosa de él y quiero más.
Estoy preparada para entregarme por completo, para decirle que lo tome todo y luego un poco más, aun cuando la idea me aterra y me excita.
Nada podría hacer que me separe de este hombre.
Casi nada.
—Isola Thaz y Lucan Darius. —Horror y asco luchan en el tono de la prelada.
El susto hace que nos agarremos con menos fuerza, más que una decisión consciente.
Sigo medio inclinada para atrás, con su cara junto a mi cuello.
Tengo los dedos tan enredados con los cordones de su chaleco que no caen al quedarse sin fuerzas.
Ella y otros tres inquisidores se alzan imponentes en el arco de la sala.
¿Va a contárselo a mi padre? Odio que la pregunta me salta en la mente con un pánico propio de una niña. Incluso si lo hace, lo que haga en lo que se refiere a los asuntos del corazón o el cuerpo no es asunto suyo. Según los valores de Vinguard, soy una mujer adulta.
Pero… si se lo dijera al vicario… Este considera que tiene el control sobre todo lo relacionado conmigo. ¿Qué haría él si lo descubriera? Me estremezco de solo intentar imaginármelo.
Las mejillas me arden con un odio puro ante el hecho de que su prelada haya arruinado el único momento bueno de verdad que he tenido desde que vine a este sitio atroz.
Pero no ha acabado.
—Ambos tenéis que venir con nosotros para el aislamiento.
—¿Aislamiento? —Lucan se endereza con las manos todavía en mis caderas. La forma en que me sostiene parece protectora y me apoyo un poco en él.
—En efecto. Por aquí. —Se gira a medias, esperando a que la sigamos.
Por un momento, ninguno de los dos lo hace. Intercambiamos una mirada insegura, como si buscáramos una forma de salir de esta…, pero no la hay.
Con las mejillas ardiendo, le suelto, cierro los puños y marco el camino.
Lucan me sigue de cerca; es lo único que me da fuerzas cuando descendemos por el monasterio.
Entramos en el gran sótano que sospecho que es el mismo en el que nos quedamos atrapadas Saipha y yo la segunda noche.
Solo que, esta vez, no tiene el aroma antinatural del vapor de dragón verde. Y, esta vez, está iluminado.
Está vacío, a excepción de tres jaulas.