La maldición del dragón 52
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E l mundo oscila entre una noche borrosa y la oscuridad total al mismo tiempo que se me hace un nudo en la garganta, bloqueando mi grito.

Un viento huracanado me rasga la ropa y me pica en los ojos.

El mundo a mi alrededor se difumina a través de las lágrimas que me brotan.

Parpadeo, pero no sirve de mucho. Una parte de mí grita: Voy a morir , pero la otra solo…

cae. Parece inevitable. Como si este fuera el momento que se le había robado al destino.

Debería haber muerto aquel día … El pensamiento retorcido que me ha atormentado durante seis años es uno de los últimos que tengo. ¿Por qué no me mataste?

La pregunta para la que nunca obtendré respuesta. Los ojos cobrizos del dragón brillan en mi mente. La calidez de su respiración me inunda y la bestia se limita a mirarme. Como si esperase. La garra. Y entonces la luz cegadora que cambió mis ojos y el curso del resto de mi vida.

Mi muerte le fue robada al dragón, al mismo destino, aquel día.

Y siempre supe que el destino me acabaría alcanzando. Pero no estoy lista para morir.

El pensamiento grita en mi cabeza como un cristal al romperse y entonces paro de repente al estrellarme contra algo .

No, no me estrello contra algo… Estoy enganchada en algo, y me doy un golpe en la cabeza sobre una superficie de piedra cuando paro en seco.

El mundo da vueltas cuando el dolor me explota en las articulaciones.

Me crujen las costillas y tengo arcadas cuando expulso todo el aire de los pulmones al doblarme.

Noto vagamente que algo circular me rodea la cintura, como si alguien me estuviera agarrando.

Me obligo a abrir los ojos, pero no veo nada. Podría tener los parpados cerrados de lo borroso y oscuro que está todo. Es como si me hubiera caído en una nube de humo negro. Lo que sea que me ha tirado Cindel sí que me ha alterado la visión .

Me arrastran a través de una ventana rota como a una muñeca de trapo.

El cristal dentado me araña los brazos, pero el dolor apenas dura.

Tengo todo el cuerpo entumecido y ausente.

El suelo me recibe con los brazos abiertos y me sostiene, y doy un grito ahogado de dolor.

Cada latido del corazón me indica que no puede aguantar mucho más.

Vagamente, escucho el aleteo pesado del viento… No, no es el viento. Es un jadeo. Una respiración entrecortada. Alguien a quien le falta el aliento más que a mí.

Siento dos manos en las mejillas.

—¿Isola?

Lucan .

—Isola, ¿estás…? —Tiene la respiración entrecortada—. Por favor, vuelve conmigo.

Quiero hacerlo. De verdad, quiero volver. Quiero ser capaz de sacarme de este estado. Pero los puntos de conexión entre mi mente y mi cuerpo estás desperdigados. Mi corazón sigue agitado, agotado.

Duerme…

—Despierta —gruñe mientras me agarra las mejillas con firmeza—. ¡Despierta! —Hay una resonancia profunda en su voz que no había escuchado antes. Algo casi salvaje. Puro. Parece hablarle a mi alma.

Tiene las manos sobre mí. Siento cómo tira de los cordones del chaleco. Me roza la clavícula con los dedos, cálidos y conocidos. Localiza mi cicatriz. Presiona la palma de la mano contra el sello grabado en mi pecho.

Consigo abrir los ojos una vez que se ha ralentizado mi corazón y el calor me ha vuelto al cuerpo. El mundo está un poco borroso todavía, pero ahora puedo verle cerniéndose sobre mí. Lucan no es más que una sombra, iluminado a contraluz por el oro reluciente del Éter. Está usando su sello sanador.

—Gracias —le digo con la voz ronca.

Deja caer la cabeza y respira tembloroso. Le observo a la luz intermitente de un único aplique.

Por un momento, creo que está a punto de llorar, pero, cuando vuelve a mirarme, los ojos casi le brillan de furia.

—Cómo. Te. Atreves.

—¿Que cómo me atrevo? —Parpadeo y el mundo vuelve a la claridad. ¿Qué he hecho yo que pudiera molestarle?

—¿En qué estabas pensando, yéndote con ellos?

—Me roza las mejillas con los pulgares a la vez que reclama el espacio que hay sobre mí.

Entre el agotamiento que siento y el peso de su presencia, tendría que esforzarme para alejarme si quisiera hacerlo.

Pero no quiero—. Sabías que lo que te tenía preparado no iba a ser bueno.

—Tú… ¿estabas allí? —La sensación de estar siendo observada todo el tiempo que caminé por el monasterio con Cindel. ¿Era él?—. ¿Por qué no dijiste nada?

—¿Y arriesgarme a que hicieran algo peor porque se sentían arrinconados?

—¿Peor que tirarme de un alféizar?

—¡No pensé que fueras a salir ahí afuera en serio! —Sube un poco la voz—. Si no hubiera… —Se pasa los dedos por el pelo, claramente frustrado.

—¿Si no hubieras qué? —insisto.

—Iba a atacarles, pero sucedió tan rápido. Cuando escuché que se regocijaba, casi me tiro por las escaleras para agarrarte desde la ventana a tiempo. —Baja la voz y se aleja para enderezarse mientras mira el cristal roto que brilla como estrellas lejanas en la luz casi imperceptible.

Ahora que no se alza sobre mí, yo también me siento. Estamos en algún tipo de sala de estudio con tres mesas y varias sillas cada una. La ventana está arrancada, el hierro retorcido, y los cristales han desaparecido por completo.

—¿Cómo has hecho eso? —susurro. Se pone tenso por una fracción de segundo y de pronto se nota una inquietud en el aire. Algo no encaja.

—Mientras corría hasta aquí, estaba planeando qué hacer —dice con calma—.

Combiné nuestros sellos. Dibujé el sello protector que encontraste y el mío sanador para crear un aura que me protegiera lo suficiente como para romper la ventana y agarrarte sin causar demasiados daños a mi propio cuerpo. Llegué justo a tiempo también.

¿Tiene sentido esa explicación? Combinar sellos es magia avanzada. Hacerlo en las fosas de quebranto casi me parte en dos. ¿Lucan puede hacer eso?

Me toco la sien en el punto en que Cindel me acertó y, cuando me miro los dedos, están mojados y manchados de un rojo carmesí.

O quizás es de cuando me golpeé la cabeza contra el exterior del edificio.

Su historia no parece encajar…, pero me duele tanto la cabeza que no pienso con claridad.

Tendrá más sentido por la mañana , me digo.

Siento las mejillas calientes cuando se aleja de mí y me vuelvo a atar el chaleco. Los dedos me tiemblan y agarro los cordones con torpeza al intentar apretarlos.

—Déjame ayudarte —dice Lucan en voz baja, y se aproxima tan lento que tengo tiempo suficiente para negarme.

No lo hago.

Hay algo tan fascinante en ver cómo sus dedos me vuelven a vestir con cuidado, delicadeza casi, que por poco me olvido del dolor que siento. Sigo su perfil con los ojos. Las líneas de concentración talladas alrededor de las cejas. La mandíbula fuerte. Cada mechón de pelo rubio oscuro.

—Ya está —murmura a la vez que me alisa la piel del cuello del chaleco con los dedos—. Ahora vamos a terminar de curarte.

La Luz de Éter se arremolina a su alrededor, creciendo como una corriente suave. Me inunda, me envuelve. Su calidez se hunde en cada corte y cada rasguño. Un leve brillo dorado nos ilumina.

Entre nosotros hay un momento de silencio.

Me quedo cautivada por el movimiento de sus manos cuando las pasa por encima de mí y me baña en magia.

Sobre todo cuando las acerca al lado de mi rostro en el que me golpeó esa cosa que me tiró Cindel.

Me mira a los ojos y se me encoge el pecho cuando la mente me devuelve al momento que hemos compartido en la ventana de nuestro escondite hace una hora o así.

Casi ha acabado y siento que esta podría ser mi única oportunidad…

—¿A qué te referías antes? —Es la cosa menos importante que le puedo preguntar ahora mismo, pero es la única que quiero que responda—.

¿Por qué no podías… conmigo ? —La pregunta está a medio formular porque no estoy muy segura de cómo expresarlo.

No estoy muy segura de lo que íbamos a hacer, de lo lejos que habrían ido las cosas.

Si tengo razón en lo más mínimo sobre lo que vi en sus ojos.

Tengo sospechas, pero lo último que quiero hacer es decirlo en voz alta y equivocarme.

No contesta. Por un segundo, creo que no va a hacerlo, que va a ignorarme otra vez.

—Eres una persona difícil —dice lentamente, como si las palabras mismas fueran difíciles de decir.

Me río.

—¿Yo? ¿Difícil?

—No puedo ser el primero que te dice algo así.

—Creo que podrías serlo.

—Mentirosa. —Sonríe y me doy cuenta de que esta expresión imita a la mía—. Eres asombrosamente difícil.

Mi sonrisa no hace más que ensancharse. Este es el Lucan al que he conocido en el Tribunal, cogido cariño incluso.

—Todavía no has contestado a mi pregunta.

—¿Ves? Difícil. —Aparta las manos y la Luz de Éter desaparece. Quiero decirle que siga, solo para poder ver los detalles de su rostro con más claridad—. ¿Cómo te sientes?

—Mucho mejor. —Ladeo la cabeza de un lado al otro. Aún noto algo de rigidez en la espina dorsal, pero nada importante—. Gracias.

—No se dan —dice con sinceridad. Lucan se levanta y me extiende la mano—. Deberíamos irnos. No creo que nadie me haya visto agarrarte, pero es difícil estar seguro. —Su voz tiene un tono preocupado. Sin duda alguna está pensando en que Cindel y sus lacayos nos localicen.

Le doy la mano y dejo que me ayude a levantarme, aunque en realidad no lo necesito.

Es una excusa para que nuestros dedos sigan entrelazados.

Casi le arde la piel. Me eleva de manera que me atrae más cerca de lo normal hacia él.

Más cerca de lo que la gente suele estar, más cerca de lo que se ponen los amigos.

Ninguno de los dos nos movemos; nuestros dedos están unidos.

— Todavía no me has contestado —le miro fijamente a los ojos y hablo con resolución. No me voy a mover hasta que se explique.

Gruñe y se pasa la mano libre por el pelo. El movimiento orienta su cuerpo de manera que la corpulencia del músculo de su brazo queda expuesta. No puedo evitar admirar cómo se le ensanchan los hombros.