51
E l monasterio parece distinto esta noche. O quizás yo soy la que está distinta.
No camino. Acecho . Me muevo sin miedo a través de los pasajes y las habitaciones oscuras, casi invitando a los inquisidores o a cualquier otro a retarme y deseando que alguien lo haga. Solo para darle una salida a toda esta frustración. Y sin embargo, nadie muerde el anzuelo.
Por alguna razón esto me perturba todavía más.
Paro en medio de la biblioteca y apenas contengo un gemido de frustración. Sé que hay otros suplicantes que se han establecido en las salas de estudio de la segunda planta. Estoy segura de que hay gente observándome ahora mismo, pero nadie se mete.
Un inquisidor me observa desde el arco que da al claustro central, pero no se mueve. Estoy segura de que este es el comienzo de algún juego nuevo que se desarrollará en los próximos días, antes del desafío final.
Un juego del que ya estoy harta.
Lanzo una mirada de odio al hombre y giro. ¿Retar a un inquisidor? No estoy pensando con claridad. Contrólate . Esto va de supervivencia, no de sentimientos heridos. Me coloco la mano sobre el esternón, no para apaciguar el picor, sino el dolor que siento en lo más profundo del pecho.
Debería volver a la seguridad de nuestra base.
— Chis .
El sonido viene del entresuelo de la biblioteca.
Cindel se inclina con los brazos en la barandilla.
Por supuesto, de todo el mundo con el que podía toparme, tenía que ser ella.
Estaba buscando a alguien que me presentara un reto.
Nos miramos a los ojos. Me hace un gesto provocativo con un giro del dedo.
A pesar de mis recelos, mi curiosidad es demasiado grande (o mi sentido de la autopreservación sigue siendo muy pequeño) como para declinar la invitación, y subo las escaleras.
Casi no se ha movido cuando llego. No es hasta que me acerco que se aleja de la barandilla y se apoya en ella con la cintura.
Puedo distinguir dos figuras más en las sombras de las estanterías que tiene detrás, así que no me acerco más.
—¿Dando un paseo? —pregunta, como si esta fuera una interacción perfectamente normal. Me encojo de hombros.
—Algo así.
—Qué casualidad. Quería hablar contigo.
—¿Ah, sí? —contesto en un tono seco e indiferente. Me cruzo de brazos y zapateo con impaciencia, en un intento por presionarla para que me diga lo que tiene que decir.
—Quería disculparme por cómo me comporté después de ir a la Pila.
—Agarra la barandilla con más fuerza, como si se estuviera mentalizando.
Veo que se inclina levemente a la vez que se echa hacia atrás, lejos de la idea de pedirme perdón.
Es solo un destello de movimientos diminutos, pero no se me pasa ninguno por alto—. No estaba en mi sano juicio.
Una punzada de compasión hace que se me relajen un poco los músculos.
—No pasa nada, lo entiendo. Considera aceptada tu disculpa. —Me giro para irme.
Pero ella se quita de la barandilla y me detiene.
—No me crees.
La observo con recelo, pero no digo nada. Cindel sonríe. Es una sonrisa tan amarga como el vinagre.
—Hay algo que quiero darte, un gesto de buena voluntad.
—Continúa. —Sigo teniendo todo el cuerpo en guardia. Aunque la pena puede cambiar a la gente. Sobre todo una pena tan profunda como la de perder a uno de tus padres.
—He descubierto un alijo. Voy a dejar que te lo quedes.
—No te creo —le suelto.
La sonrisa amarga se vuelve más fina.
—Tenía la impresión de que dirías eso. Vale, quiero la mitad de lo que hay dentro, y soy demasiado cobarde para conseguirlo. Pero tú podrías. —Cindel actuando en interés propio, creo yo. Y si mi teoría sobre dónde están colocados los alijos es correcta, sería difícil de alcanzar.
—¿Por qué haces que lo haga yo? ¿Por qué no uno de tus… amigos? —Casi digo lacayos .
Suelta un resoplido suave, como si no los viera como tal.
—Están muy asustados también. Pero pensaba que Valor Reencarnado sería lo suficientemente valiente.
Me ha ganado. O me echo atrás y parezco una cobarde, como si no fuera Valor Reencarnado —puedo sentir los ojos del inquisidor en el arco por debajo de mí—, o le sigo en lo que da mucho la impresión de ser una trampa.
Echo un vistazo al hombre en el arco. El rostro encapuchado está mirando en nuestra dirección sin duda.
Maldita sea . Sabrá si me echo atrás, y le llegará al vicario. Las advertencias de mi padre sobre complacer al vicario Darius me repican en los oídos ahora más que nunca.
Aunque… existe la pequeña posibilidad de que Cindel esté siendo honesta.
Un alijo más podría ser todo lo que necesitamos.
Así no tendríamos que buscar nada más. Podríamos atrincherarnos en nuestra habitacioncita y jugar a juegos y contar historias durante tres días.
Haría lo que fuera por volver a ver tranquila a mi mejor amiga.
Supongo que no pierdo nada por mirar , pienso antes de dejarme llevar por la fantasía de unos días fáciles antes de la prueba final.
—Enséñamelo.
—Por aquí. —Se aleja de la barandilla y gira.
Le sigo el ritmo por detrás, seguida de sus dos lacayos. Soy muy consciente de su presencia y voy sin bajar la guardia. Las sombras del monasterio nos envuelven por completo cuando abandonamos la débil luz de la biblioteca.
No hay señales de vida a nuestro alrededor, aunque sé que los suplicantes y los inquisidores están ahí. Cindel nos guía por los pasillos hasta subir a la torre del artífice. Por un momento, pienso que está yendo directa a nuestro escondite, pero gira hacia otro taller.
Cuando entramos, tengo la clara sensación de que me observan. Miro por encima del hombro, más allá de los lacayos, a las esquinas a las que se aferran las sombras. No hay nadie ahí.
—Está justo aquí fuera… —dice Cindel guiándonos alrededor de una estantería de herramientas hasta una ventana estrecha por la que sisea el viento al entrar.
La pared que rodea el marco de la ventana está marcada de hoyos hechos por clavos.
Una lona que solo puedo asumir que estaba bloqueando la abertura hace no mucho está arrugada en el suelo—.
¿Puedes verla? —Se hace a un lado y señala.
Vacilo, pero al final doy un paso adelante y pongo la mano en el marco de la ventana por si acaso se atreviera a darme un empujón.
Hay un alféizar estrecho fuera que se extiende a lo largo de lo más alto del monasterio.
Apenas es tan ancho como la longitud de mi pie.
A la derecha, en la dirección en que ha señalado Cindel, hay una bolsa de muselina colgada por unos lazos carmesí que la mantienen cerrada.
Se mece en el aire, colgando de uno de los contrafuertes que apuntalan el exterior del monasterio, y muestra el sello de la Piedad a medida que da vueltas.
Desde aquí, es cierto que tiene el mismo aspecto que lo que Lucan encontró antes, aunque es difícil estar segura en la oscuridad.
Cuelga sobre una plataforma más amplia, pero para llegar hasta ahí uno tendría que andar de lado sobre uno de los alféizares más estrechos que he visto nunca.
—¿Ves por qué nos da tanto miedo a todos?
—me susurra cerca de la oreja. Se ha acercado mientras estaba distraída.
Está más cerca de lo que me gustaría, y casi no logro resistir el impulso de alejarla de un empujón—.
Pero todos estamos de acuerdo en que, sea lo que sea, tiene que ser muy especial.
Si no, ¿por qué lo iban a poner en un sitio tan inaccesible?
—Buena pregunta —admito—. Motivo por el que volveré a por ella por la mañana. —Junto con Lucan y Saipha.
—¿Por la mañana? —Suena atónita—. ¿Por qué ibas a esperar tanto?
—No es muy seguro que salga ahí fuera en mitad de la noche.
—Los Caballeros de la Piedad prosperan en la noche. —Sonríe débilmente.
—Los Caballeros de la Piedad tienen un muro mucho más grueso que la suela de sus botas para patrullar.
—Eres Valor Reencarnado, la esperanza de Vinguard. Seguro que esto no te intimida.
Está intentando arrinconarme otra vez, pero no hay inquisidores cerca y no me importa tanto lo que Cindel piense de mí, así que no va a funcionar.
Además, cuando miro al estrecho alféizar, se me tensa todo el cuerpo en rechazo a la idea.
Pero cuando vuelvo a dirigirle la mirada, hay algo casi…
esperanzado en su mirada. Como si de verdad quisiera verme hacerlo.
Después, como si estuviera disgustada consigo misma, niega con la cabeza y retrocede.
—Bueno, si encuentras el coraje, no olvides que me debes la mitad; comisión por encontrarlo. —Me apunta con el dedo a unos pasos de la puerta, y reúne a Mikel y el otro chico cuyo nombre nunca me molesté en aprender—. Sabré si lo has conseguido.
Se van y los pasos desaparecen lentamente. Aguzo el oído y no escucho nada más.
«Sabré si lo has conseguido». Al igual que los inquisidores. Me vieron venir aquí para conseguir este alijo. ¿Irán al vicario? Y, si lo hacen, ¿dirigirá su ira hacia mí? O, peor, ¿hacia la gente a la que quiero?
Me quedo mirando la bolsa.
Saipha lo está pasando mal. Nunca lo admitiría, pero ha llegado a su límite. La conozco lo suficiente como para estar segura. Me muerdo el labio. Puede que haya algo en la bolsa que la ayude a recuperar la estabilidad. Aun así, sería más sensato volver a la habitación a por Lucan y Saipha.
Vuelvo a mirar hacia la puerta y un hormigueo me trepa por el cuello. No me cabe duda de que nos han visto entrando aquí y, como dijo Cindel, solo es cuestión de tiempo antes de que alguien más descubra la bolsa. Si no es el inquisidor que nos escuchó, entonces otro suplicante.
Maldiciendo entre dientes me acuerdo de las manos temblorosas de Saipha y me subo al alféizar de la ventana.
El viento sube a toda velocidad por las paredes escarpadas del monasterio como un aviso, sacudiéndome el pelo.
Con una mano agarrada todavía al interior del marco de la ventana, me inclino hacia afuera muy sutilmente para inspeccionar el camino.
Puede que el alféizar sea un poco más grande de lo que pensaba al principio, aunque sigue siendo demasiado estrecho para ser cómodo.
Pero hay una especie de rellano creado por un soporte del contrafuerte que se extiende por debajo de la bolsa.
Un Caballero de la Piedad lo haría . El pensamiento se me clava como una espina. No seas una cobarde. Elige no tener miedo. Tu amiga te necesita .
Me comprometo a realizar la tarea y arrastro los pies hasta el borde del alféizar. Cambio las manos de posición para agarrarme a la ventana desde fuera. Pego la espalda a la pared y me apoyo sobre ella usando las piernas para crear tensión.
La cuidad oscura bajo mis pies parece estirarse cada vez más lejos a la vez que parece que el monasterio se eleva varias plantas en el cielo con cada movimiento de los pies.
Parpadeo varias veces y me recuerdo que todo está en mi mente.
Pero, desde aquí fuera, me siento como si ya no estuviera en una cuarta planta, sino en la decimosegunda. Estoy en las nubes.
Puedes hacerlo, Isola .
Me tiemblan las puntas de los dedos, y me duelen al agarrarme a los recovecos y las grietas de la piedra. Todos los bultos de ladrillos gastados y mal colocados se me clavan en la espalda cuando intento pegarme al edificio. Un paso. Luego otro. Poco a poco…
Mantengo la concentración en la bolsa. Está casi a mi alcance. Unos pasos más y…
Deslizo el pie derecho sobre el pequeño rellano que hay bajo la bolsa y después salto prácticamente todo el espacio restante, lo que me hace perder un poco el equilibrio al girar los brazos.
Me tambaleo, intento recuperarme, y el estómago se me revuelve cuando me fijo en el suelo que está mucho más abajo.
Estoy a punto de caerme del alféizar y tengo que tragarme un grito cuando por fin me estabilizo en el último segundo.
Con una mano en la pared, resoplo suavemente y recupero el aliento antes de aflojar el lazo que ata la bolsa a un gancho que está clavado en la piedra de arriba.
Por suerte, el nudo no está muy apretado.
Los inquisidores deben de haber pensado que ya lo habían hecho bastante complicado de alcanzar de por sí…
No hay necesidad de añadir más dificultad.
El saco es más pesado de lo que esperaba. Y también más abultado. Esperaba que hubiera comida…, pero el instinto me dice que eso no es lo que tiene dentro. No con estos bordes angulosos raros y formas curvas que sobresalen de la bolsa.
Me aferro a ella y la bajo pegada a mi cuerpo, hasta ponerla en la plataforma que tengo a los pies. Con los dedos temblando de emoción, desato los lazos de la parte de arriba y la abro por completo.
—¿Pergaminos? —Respiro hondo y pongo mala cara. Esto no tiene sentido. A menos que… Empiezo a rebuscar mirando los títulos y se me encoge el corazón. Todos tienen información básica—. ¿De qué sirven unos pergaminos aleatorios?
Suena una carcajada en la ventana a la vez que mi confusión aumenta. Mis ojos se encuentran con los de Cindel. Me sonríe burlona.
—Por esto sé que no eres Valor Reencarnado. Nuestro salvador nunca sería tan estúpido.
Las mejillas me arden al instante y me enderezo. Tenía razón. Era una trampa. Soy más lista que esto y he caído de lleno.
Su expresión se oscurece, y se vuelve sumamente siniestra.
—Mi madre está muerta por culpa de tu pasividad.
Esta no es una conversación que se pueda tener estando de pie en una plataforma en la que un resbalón significaría mi muerte. Miro por encima del hombro y luego otra vez a Cindel. La única forma de entrar es por la ventana en la que se encuentra.
—Cindel…
—¡Murió por tu culpa! ¡Exijo sangre, ahora! —chilla. Se mueve tan rápido que es casi como un borrón. Casi se arroja a sí misma por la ventana para tirarme un engranaje de artífice.
Lo esquivo por los pelos y consigo mantener el equilibrio en el rellano mientras el pesado disco de metal cae y cae hacia abajo.
Alcanzo uno de los pergaminos para preparar mi propio proyectil.
Pero ha llegado otro de sus lacayos con lo que parece la pata de una silla en la mano.
Ambos estaban listos; seguro que han sido ellos los que han puesto esta maldita bolsa aquí en primer lugar.
Vuelvo a esquivar y arrastro las botas para recuperar el equilibrio.
Cindel ha vuelto, y esta vez no soy lo suficientemente rápida.
Ni siquiera veo lo que me tira, pero algo pesado y romo me golpea la sien y me tambaleo. El mundo se emborrona. Parpadeo con rapidez en un intento por volver a enfocarlo. Estiro la mano en busca de la pared, pero no la encuentro. El mundo se ladea y mis dedos tantean el aire.
Mierda .
Caigo.