La maldición del dragón 50 #2
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El miedo sucede a la revelación de inmediato. Pero no le tengo miedo a él. Tengo miedo de mí misma y de lo que quiero. Cosas que no he querido nunca antes. Cosas para las que apenas tengo nombre.

A pesar de que esta voz mía me es desconocida, a pesar de que él no puede escucharla, es como si respondiera a ella. Mueve las manos. Me lo imagino acercándose a mí. Puedo sentir cómo tira de mis caderas, agarrándolas. Me imagino el sabor de sus labios en los míos.

Lucan se aleja de la ventana y el corazón me late más fuerte aún. Si sigue latiendo a esta velocidad, se va a parar por completo.

—Tienes miedo.

—¿Cómo lo sabes?

Eleva una mano y estoy perdida por completo.

No hay nada más en el mundo aparte de él y este único movimiento.

Sé que me va a tocar antes de que lo haga, y aun así me prende el cuerpo entero cuando solo algunos de sus dedos recorren mi mandíbula.

Sube el pulgar por la barbilla y me roza los labios con delicadeza.

Su concentración al completo la ocupo yo.

—Es por tu labio inferior. —Ahora habla en susurros, como si le costara hablar también—.

Te tiembla cuando estás insegura o asustada.

Te esfuerzas mucho en ocultarlo. Ni siquiera sé si te das cuenta de que te lo muerdes la mitad del tiempo.

—Ante la mención de que me muerdo los labios, él se lame los suyos.

Un movimiento tan pequeño nunca ha requerido tanta atención, rozando la obsesión—.

¿De qué tienes miedo ahora? —murmura con la mirada todavía fija en mi boca.

Siento que me derrito. Que podría explotar como la Pila y salpicar todo de estrellas doradas.

—De todo —respondo—. Los dragones, el Tribunal, el fracaso, la muerte.

—No me aparta la mirada ni un segundo mientras que me esfuerzo por mantener la respiración normal—.

Pero en este momento… —sigo, porque siento que si paro ahora puede que nunca lo vuelva a decir.

Las palabras se abren paso desde mi interior—.

Creo que… lo que más miedo me da eres tú.

—¿Yo? —Lucan parece verdaderamente sorprendido.

—No sé qué creer en lo que respecta a ti —admito.

Respiro de modo superficial, casi sin mover el pecho.

Es como si la piel y la tela que me rodean el pecho se hubieran estrechado más.

Tan apretadas que solo quiero liberarme.

Hasta el corazón se me acelera, pero, por una vez, me siento bien.

Emocionada. Estoy completamente perdida y no tengo ningún interés en que me encuentren.

—¿Qué quieres creer? —me susurra.

—Que, pase lo que pase, no me harás daño; que eres de fiar. —Si me traicionara, si me hiriese cuando es la primera persona con la que me he atrevido a sentirme así… No podría soportarlo.

Frunce el ceño y una sombra le pasa por los ojos.

—No puedo prometer que no te haré daño, Isola.

—Las palabras hacen que me baje un escalofrío por la espalda—.

Porque sé que ya lo he hecho. Sé qué clase de persona soy, y es alguien que te hará daño otra vez inevitablemente.

—No deja de mirarme a los ojos—. En su lugar, puedo hacerte otra promesa: nunca me cansaré de intentar ser merecedor de tu perdón.

Aunque me lleve cien años. Aunque me pidas que sea tu arma y que reduzca ciudades a cenizas y ruinas en tu nombre.

Aunque me mate. Si me pidieras mi destrucción, te daría una daga y pediría piedad.

Estoy sin aliento. Estupefacta. Atrapada por sus ojos y sus palabras y por el calor que irradia de forma constante y que me tiene enganchada.

Ambos estamos al borde del punto de no retorno. ¿Quién va a quebrarse antes? Es la pregunta que flota en el aire. ¿Quién se va a rendir? ¿Quién es más débil? O quizás no se trata de eso, sino de quién es más fuerte. ¿Y más valiente?

Se inclina hacia adelante. No me alejo. Los párpados me pesan cuando desliza la mano a mi mandíbula y me sostiene la mejilla. Me atrae hacia él con los dedos.

Hay una lucha en mi interior. Por dónde estamos.

Por quiénes somos. Sus advertencias. Lo mucho que siento todavía que no le conozco.

El hecho de que es probable que todo esto no es más que desesperación; querer ser tocada, por una vez en mi vida.

Que me hagan de carne y hueso después de años de ser venerada desde lejos por las masas.

Desesperación por sentir algo entre tanta muerte y tanto miedo.

Aunque soy capaz de ver la lógica detrás de todos mis deseos, lo suficiente como para separarme de él, me doy cuenta de que no me importa. Lo quiero a él . Quiero esto .

Quiero sentir su boca con la mía. Que me atraiga hacia él tan brusca o tan suavemente como quiera. Durante gran parte de mi vida, he tenido que hacer el papel de alguien que es fuerte y que está bajo control. Solo por esta vez, quiero saber cómo se siente rendirse.

—Isola. —Mi nombre no es más que un soplo. Me cuesta respirar, pues está tan cerca que siento su calidez en las mejillas. Tengo los ojos casi cerrados.

—Dilo otra vez.

— Isola . —Me agarra más fuerte, como si él tampoco pudiera decidir si quiere ser delicado o si quiere destruirme.

Sin previo aviso… Lucan me suelta. Me tambaleo en el sitio.

Se gira sin mirarme siquiera. Me quedo de pie en la luz débil con los brazos flojos, pesados. La opresión del pecho desaparece y recupero la respiración tan rápido que me cuesta articular las palabras.

—Qué…

—No puedo —interrumpe—. No contigo.

—¿No conmigo ? —Las palabras me alcanzan como una descarga de golpes, el cuerpo me duele como si el vicario hubiera intentado sacarme el Éter otra vez. Me sale una voz ronca y fina—. ¿Eso qué significa?

Me está dando la espalda, por lo que no le puedo ver el rostro, pero tiene los hombros tensos y los puños cerrados a los lados.

—No puedo —repite, como si eso fuera una respuesta. Como si fuera la única explicación que necesito—. Buenas noches, Isola.

Antes de poder decir otra palabra, se va dando zancadas a una habitación lateral, dejándome el taller, y cierra la puerta tras de sí. Imagino que, si tiene una cerradura, oiría si la bloquea.

Y yo me quedo aquí de pie…

No conmigo . Lo que significa que lo querría con cualquier otra persona, de cualquier otra persona. ¿Cuán intocable, indeseable, debo de ser para que ni siquiera merezca la pena besarme cuando en cualquier momento uno de nosotros podría morir?

Flexiono los dedos y los relajo, y después me froto la cicatriz del centro del pecho, que me duele intensamente. Voy hasta su puerta y estoy a punto de abrirla de golpe y de exigirle que me bese una sola vez para acabar con esto.

¡Estaba lista para darte mi primer beso! , casi le grito.

En su lugar, me retiro enojada por mi desesperación por un hombre que ha dejado claros sus sentimientos.

De vuelta en la ventana, me quedo mirando la luz tenue, pero no encuentro consuelo en ella. Nada va a calmarme. Ni aquí ni ahora.

Incapaz de soportar la atmosfera de la habitación ni un minuto más, cruzo hasta la puerta.

Con una inhalación profunda y una ola de convicción forzada, empujo la puerta para entregarme a los pasillos nocturnos del monasterio, porque nada ahí afuera puede hacerme ni la mitad de daño que lo que ha pasado justo aquí.