La maldición del dragón 50
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–H e aprendido que eres muy inteligente —contesta Lucan a mi pregunta.

—Eso es obvio para cualquiera que preste un mínimo de atención. —Me permito ser un poco arrogante por provocarle. Entrecierra los ojos brevemente y eso ya hace que merezca la pena.

—En realidad tienes buena puntería con la ballesta.

—Me ofende el uso de ese «en realidad». —Me inspecciono las uñas. Él se ríe bajito.

— En realidad eres un poco golosa.

—Culpable.

—Tienes una relación complicada con tu padre.

Me enderezo en la silla con los músculos en tensión, sorprendida de que se haya dado cuenta de algo tan personal.

—¿Qué te hace pensar que tengo una relación «complicada» con mi padre? —La última vez que hablamos estuvo bien. Sin embargo, antes de eso, tiene razón.

Se encoge de hombros.

—Le quieres, y él te quiere a ti. Eso no lo pongo en duda, pero creo que, más allá de eso, es complicado.

—Podrías decir eso mismo de mucha gente. —Me alejo recostándome en la silla y respirando en el espacio que he recuperado de él.

Lucan vuelve a imitar mis movimientos, se reclina y respira hondo, como para mostrar que es consciente de la tensión que ha creado.

—Pero te afecta de una forma diferente no tener esa relación con él. La quieres, algo como lo que tienes con tu madre. Pero no pareces ser capaz de encontrarla.

—¿Qué te hace estar tan seguro de eso? —Cruzo los brazos sobre el pecho. Ha dado en el clavo de manera irritante y quiero saber cómo. Bueno, en el clavo hasta antes de la última charla con mi padre , pero no les he contado todos los detalles de eso ni a él ni a Saipha.

Con los ojos todavía fijos en los míos, me dice:

—Vi la cara que pusiste cuando tu padre te entregó al vicario para que te entrenase.

La forma en que le miraste traicionada cuando te fuiste andando.

Su orgullo radiante que nunca parecía conmoverte mucho.

—Bajo la mirada a la mesa con la garganta tensa de emoción—.

También vi cómo siempre defería al vicario y cómo cada tópico te mataba por dentro.

—Las palabras de Lucan son amables, como si supiera lo delicado que es el tema.

Ese instinto suyo está en lo cierto—. Está entusiasmado con que seas Valor Reencarnado y eso crea una barrera entre vosotros.

Me siento la piel tirante por sus palabras. Me recuerdan que una sola conversación productiva y buenas intenciones no pueden borrar por completo años de sentimientos complicados. Incluso aunque quiera.

Me levanto y cruzo hasta la ventana para apoyarme en un lado de la estrecha abertura al mundo exterior. Hasta con el cristal enrejado, puedo mirar a través de ella y echar un vistazo a Vinguard y al enorme muro que siempre se cierne más allá. Mi mundo .

De pronto parece tan pequeño, y una parte de mí anhela algo más. Algo más allá… de esto .

—Te habría dicho que tenías toda la razón si me lo hubieras contado hace un par de días —murmuro pensando en la última vez que vi a mi padre. Hay tantas cosas que nunca entendí de cómo y por qué mamá y él actuaban de esa manera.

—¿Y ahora no? —Lucan se levanta también y cruza para apoyarse en el otro lado de la ventana. Es tan estrecha que estamos a escasos centímetros de distancia, lo que hace que mi cuerpo bulla de energía, como cada vez que estamos cerca.

—Me siento como si estuviera empezando a entender a mis padres —digo—. Tienen tantas facetas, igual que nuestra relación… Facetas que estoy empezando a entender.

Lo sopesa un momento.

—Es difícil cuando eres varias personas a la vez, ¿no? Cuando tienes realidades diferentes dependiendo de con quién estás.

Me quedo en silencio, estupefacta. Tiene una capacidad de entender mi situación como si la hubiera vivido él mismo. Aunque supongo que la ha vivido, al haber navegado una vida alrededor del vicario, el Credo, y por cómo su posición afecta a la imagen que Vinguard tiene de él.

—A veces me pregunto si no sería mejor simplemente… —Desplazo la mirada para fijarla en el muro más allá de la ventana, con el pecho dolorido por el deseo de algo que siempre está fuera de alcance.

—¿Simplemente qué? —me presiona.

—Simplemente vivir como queramos —susurro la confesión—. Si eso significa que el azote o los dragones acaban con nosotros, pues que así sea. Al menos no nos pasaríamos toda la vida siendo puestos a prueba, encerrados y encogidos de miedo. Al menos no estaríamos viviendo mentiras.

—¿Eso es lo que quieres? —La pregunta es tan honesta que me doy cuenta del tiempo que hace desde que alguien me ha preguntado, en serio, lo que quiero, y desde que alguien quería escuchar una respuesta sincera y no solo lo que me han enseñado a decir.

Creo que la última persona fue mamá, pero incluso ella, después de cierto momento, dejó de preguntar.

—Quiero parar el azote —le respondo.

—Yendo a la Piedad y matando dragones.

Le examino. Se me acelera el pulso a medida que me pregunto si debería decir más. Cualquier rumor de que Valor Reencarnado no quiere ser un Caballero de la Piedad y matar dragones sin pensárselo se consideraría algo absurdo y una afronta al Credo.

Me analiza como si fuera uno de los pesados pergaminos que leen los coadjutores durante horas.

—¿De verdad estarás satisfecha viviendo según sus reglas el resto de tu vida?

—Por supuesto. —Me encojo de hombros y aparto la mirada, con la esperanza de poner fin a la conversación.

No dice nada en lo que parece una eternidad, sin quitarme los ojos de encima. Me arde la piel y me esfuerzo por no moverme. Es como si estuviera mirando a través de mi piel, por debajo de las cicatrices, directo al corazón.

—Estás mintiendo —dice por fin.

Giro la barbilla bruscamente hacia él y frunzo el ceño. Me arrepiento casi al instante. Es como si estuviera a punto de hacerme añicos con una mirada suya. Apenas consigo elaborar un «¿Perdona?».

—¿Te crees que no lo veo? —Pausa—. Quieres algo más que ser una Caballera de la Piedad; que ser Valor Reencarnado.

Podría negarlo. Debería negarlo.

—Isola —me dice con una voz suave—. Confía en mí, igual que yo confío en ti.

Las palabras flotan en el aire que hay entre nosotros mientras le miro a los ojos. Quiero confiar en él, y todo mi instinto me lleva a hacerlo, pero una vida de cautela y engaño es difícil de superar.

—Nos parecemos más de lo que crees —afirma.

—No quiero matar dragones —confieso. Él ensancha los ojos—. No creo que matarlos sea la forma de parar el azote.

—Y entonces, ¿por qué entrar en la Piedad?

—Porque soy «Valor Reencarnado», y estar ahí nos mantendrá a salvo a mí y a mi familia.

—Conque no quieres matar dragones —lo repite como si intentara encontrarle el sentido.

—Si tuviera que hacerlo, supongo que lo haría.

—En cierto modo ya lo he hecho, hace seis años.

Pero no siento que cuente, como si nada de ese día fuera real—.

Pero no quiero . Estoy tan harta del derramamiento de sangre y de pelear.

Ninguno de nosotros debería tener que pasar por esto.

Tiene que haber una vida mejor que esta.

No creo que un azote de muerte se vaya a resolver con más muerte.

No creo que la solución a una maldición que ni siquiera entendemos sea matar a nuestros conciudadanos.

Le brillan los ojos en la luz tenue y habla con tono pensativo.

—Sí que me parece notable que tú, de entre todo el mundo, seas la que debía estar destinada a la Piedad… Una mujer sin interés alguno por matar dragones.

—¿Piensas que soy inferior por eso?

—Debería.

—¿Pero lo piensas? —insisto, sin estar segura del todo de por qué me es tan importante. El corazón me retumba en el pecho al tiempo que me muerdo el labio, a la espera de su respuesta.

—En lo más mínimo. En todo caso, hace que te admire más. Requiere mucha valentía ir contra lo que te han enseñado y dicho, atreverse a salir del camino que otros han establecido para ti.

Las palabras ponen fin de inmediato al malestar que siento en los hombros. Pero entonces añade:

—Aunque Vinguard no es un sitio en el que prospere la rebelión.

Y me pongo tensa. ¿Ahí me llevan mis pensamientos? ¿A la rebelión?

Mira fijamente por la ventana, a la ciudad, con la mirada perdida.

Me da una oportunidad para estudiar su perfil…

El fuerte puente de la nariz, los labios carnosos y cómo se redondean hacia la pronunciada curva de la barbilla.

La puesta de sol lo resalta todo en un naranja ardiente y, por un momento, me cuesta respirar.

Los contornos dorados me llevan a pensar en él en la Pila y casi me ceden las rodillas ante el recuerdo.

«Vinguard no es un sitio…» Siento como si el cuerpo se me hubiera encendido con Éter, cada centímetro está acalorado y vivo. ¿Qué me pasa? Nunca me he distraído tanto con… nadie.

Se gira hacia mí y sonríe —no es una sonrisita de satisfacción, una sonrisa burlona o una mirada tímida—, solo…

sonríe con un cariño puro. La misma intensidad ardiente que ilumina el cielo brilla en sus ojos.

Como si estuvieran en llamas. Como si ese fuego pudiera quemarme hasta el punto de que no queden más que cenizas.

Ese mismo calor que amenazaba con quemarme viva cuando acabábamos de salir de la Pila.

Sus manos a mi alrededor, sosteniéndome, acercándome a su calor.

Una parte de mí siente que debería estar asustada. Aterrorizada, incluso. El corazón me va a toda velocidad…, pero no por miedo.

Tócame , susurra una voz en mi interior; es única y exclusivamente mía, y sin embargo es una voz que no he oído antes.

Es tan repentina y espontánea, que me deja helada en el sitio.

Es una voz segura. La petición de una mujer adulta, con deseos y necesidades.

Quiero que me toque , y en cuanto me doy cuenta, en cuanto lo admito, lo quiero tanto que me duele todo el cuerpo.

Quiero que nuestra ropa sea tan fina que sea como si no lleváramos nada.

Quiero sentir cómo mi piel se funde con la suya de nuevo.