La maldición del dragón 49
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M e quedo helada, en busca de una excusa convincente para explicar cómo sabía que esto estaba aquí. Mi amiga me inspecciona. Me conoce demasiado bien. Sabrá si le estoy mintiendo.

—Primero la comida. Ahora esto. ¿Te está dando ventaja el vicario? —pregunta con el labio torcido.

Estoy atrapada entre darle una excusa convincente y el deseo desesperado de que no parezca nunca que dependo de ese hombre, pero no puedo traicionar a Callon.

—Sí. —La palabra me sabe tan agria como el azote en la lengua.

—Genial. Otra cosa con la que no podías confiar en mí. —Saipha se aleja y me mira con recelo. Un destello de dolor se me enciende en el pecho.

—No es lo que crees.

Lanza una mirada a Lucan. Me ignora y le pregunta:

—¿Tú lo sabías?

Lucan niega con la cabeza.

—Tenía un mejor concepto tanto de ti como del vicario —dice con frialdad.

—¿Perdona? —le contesto. La cabeza me da vueltas.

—El Tribunal es sagrado. Así lo ha dicho el vicario mismo.

—¿Desde cuándo te importa si lo que dice o no el Credo es sagrado? —Es como si no la reconociera.

—¿Desde cuándo estás dispuesta a elegir el camino más fácil?

—me replica—. La Isola que conocía no quería que le regalaran nada, sobre todo por parte del Credo y el vicario.

Quería ganarse su rango y su título. Estaba dispuesta a mentir y a escabullirse si hacía falta para entrar en el muro ella sola y así practicar para entrar en la Piedad.

¿Ahora aceptas la ayuda del vicario para hacer trampas? —Aparta la mirada con un escalofrío.

Tengo que arreglar esto. Ahora.

—¡Eso es exactamente lo que hice! Conseguí que el vicario se hiciera un lío y dijera algo que no debía.

Eso la frena y aprovecho la oportunidad. Odio elaborar las mentiras, pero no tengo otra alternativa. No puedo soportar perder a mi amiga.

—Le tanteé y le presioné, Saipha. No es distinto a que me cuele en la biblioteca del Credo. No estaba segura de si lo que me contó sería de utilidad siquiera, o si leí bien entre líneas. Pero lo primero fue útil. Y creo que esto también lo será.

Le da vueltas y yo me esfuerzo por no contener la respiración, por no parecer más culpable todavía.

—¿Podemos hablar de esto dentro? —Lucan hace un gesto hacia la abertura en medio de la pared que ha revelado la placa con la ballesta—. ¿Antes de que alguien vea el único lugar seguro que tenemos?

Saipha me mira detenidamente y por un segundo creo de verdad que va a negarse a entrar. Sin embargo, entra con un suspiro por la abertura que hay tras el letrero. Lucan me mira a los ojos y me hace un gesto para que entre. Al menos él no parece estar enfadado conmigo…

Cerramos la puerta trucada y hacemos una inspección rápida de la habitación.

Parecer ser otro taller de algún tipo. Cuatro puertas abiertas rodean una estancia principal: dos talleres, un baño y un laboratorio que hará bien las veces de cocina.

Para alivio mío, me acerco y veo que tiene agua corriente.

Una densa capa de polvo cubre todas las superficies y les da un matiz vaporoso.

—Parece que nadie ha estado aquí en mucho tiempo —medita Lucan.

—Eso quiere decir que nadie más sabe de su existencia —contesto, y me siento confiada en esto al menos—. Un sitio perfecto para esconderse.

—Y seguramente un sitio en el que no deberíamos estar —murmura Saipha—. Quizás el vicario te estaba poniendo a prueba para ver si jugabas sucio y esto es una trampa.

—Hay muchos caminos y habitaciones ocultos en el monasterio de los que solo parecen hacer uso cuando es necesario. Puede que no la necesiten este año —digo—. No creo que el vicario supiera lo que estaba haciendo.

Saipha frunce el ceño.

—¿O puede que los inquisidores entren en mitad de la noche y nos echen la bronca por estar aquí?

—No importa adonde vayamos. Si los inquisidores quieren darnos guerra, lo harán.

—Planto los pies en el suelo y me cruzo de brazos—.

Yo me quedo aquí esta noche; y todas las noches que podamos entre ahora y la próxima prueba.

Espero que vosotros os quedéis también. Juntos somos más fuertes, y este sitio está escondido, al menos de otros suplicantes.

Podemos estar a salvo aquí y dormir bien por la noche sin tener que hacer turnos para que alguien esté vigilando.

—Yo me apunto —dice Lucan sin dudar.

Ambos miramos a Saipha, que mueve su atención de nosotros a la ventana y suspira con pesadez.

—¿Estás segura, Isola?

—Lo estoy.

—Entonces, confío en ti. —Las palabras casi me hacen llorar—. Está claro que es mejor que dormir al aire libre.

Sonrío, aliviada por que haya cambiado de opinión, pero no sorprendida: Saipha siempre ha dejado pasar las cosas con rapidez cuando las entiende.

—Todo irá bien.

—Eso espero. —Se frota los ojos—. Lo siento por ser brusca, es que estoy… cansada.

Cruzo hasta ella y le pongo la mano en el hombro.

—Ha sido un día largo, muchos días largos, para todos nosotros.

No es como si una comida decente fuera a arreglarlo.

¿Qué te parece si Lucan y yo nos vamos y hacemos una búsqueda inicial para ver si podemos encontrar uno de los alijos con provisiones que han dejado los inquisidores?

Y tú haces balance aquí, ¿quizás puedes limpiar un poco?

—Imagino que las tareas sencillas y mecánicas le ayudarán a calmarse.

Nunca me había dado cuenta de cuánto necesitaba Saipha un espacio estable y seguro hasta que no ha tenido uno.

Supongo que todos estamos aprendiendo cosas de los demás y de nosotros mismos aquí dentro.

—¿Estás segura de que no vas a necesitar mi ayuda? —Su protesta es débil. Nunca ha parecido tan frágil.

—Alguien debería quedarse para reclamar nuestro derecho sobre este lugar, por si acaso otros suplicantes consiguen encontrarlo.

—No es mala idea. —No opone mucha resistencia—. Voy a ver qué puedo hacer para limpiar por aquí.

Le lanzo una sonrisa y Lucan y yo nos dirigimos afuera, cerrando el panel tras nosotros.

Con poco más que una inclinación de cabeza, partimos.

Es el mismo plan que la última vez: ver qué podemos encontrar en los sitios obvios y después expandir nuestra búsqueda desde ahí.

Lucan se dirige a los invernaderos, pues sigue siendo nuestro experto residente con las plantas.

Busco un alijo dejado por los inquisidores por todas partes, pero se me cae el alma a los pies con cada esquina que doblo, cada estantería que miro por detrás y cada mueble que rebusco por debajo.

Los otros suplicantes con los que me encuentro tienen el mismo aspecto frustrado que yo a medida que se arrastran las horas.

Dondequiera que estén, estas cosas están bien escondidas.

Vuelvo a nuestra base arrastrando los pies, con unas provisiones escasas que decidí reunir de los talleres de artífice. Estopilla, un martillo, algo de cordel… Probablemente no será muy útil, pero no soportaba la idea de volver con las manos vacías.

Con un suspiro pesado, voy a girar la ballesta cuando escucho el roce familiar de unas botas al final del pasillo. Le reconozco por los andares . Y hay algo en ese hecho que me lleva a contener una sonrisa.

—Lucan… —Las palabras se pierden al instante. Trae una bolsa acordonada y sellada con la imagen de una espada con un dragón enrollado alrededor. El sello de la Piedad .

Me quedo en shock y luego corro hasta él.

—¿Dónde has encontrado eso?

—Estaba colgado de las vigas que hay por encima de la segunda planta de la biblioteca. Tuve que escalar las estanterías y después saltar a las vigas para conseguirla. —Eso está por encima de mis capacidades, y es algo que solo podría alcanzar una persona muy alta.

—Todas las llaves del primer día estaban escondidas en sitios relacionados con los dragones… Puede que todos los alijos estén en algún sitio alto, ¿para imitar a los Caballeros de la Piedad sobre el muro quizás? —reflexiono en voz alta.

—Algo que comprobar mañana. Deberíamos meter esto dentro y esperar durante la noche —dice, pero no paso por alto el tono de aprobación ante mi deducción.

Tiramos de la puerta oculta y nos encontramos con que Saipha ha organizado las estanterías con artículos que ha encontrado en la habitación principal y en las zonas adyacentes.

—¡Habéis conseguido una! —Salta de una de las sillas que rodean la mesa central.

—Ha sido Lucan.

—Isola ha ayudado —miente, y pone la bolsa sobre la mesa y se sienta.

Le echo un vistazo a Lucan cuando empieza a vaciar la bolsa y siento un pellizco en el pecho cuando me siento junto a él. No es la primera vez que me siento agradecida de que sea mi aliado. Nuestro aliado. Su mera presencia hace de veras que todo parezca un poco mejor.

Dentro de la bolsa de muselina, hay unas hogazas planas de pan y pastel de judías envueltos en vitela encerada. La bolsa está atada con un lazo que es casi del mismo tono rojo que las túnicas que llevan los coadjutores. Dudo que hayan gastado sangre de dragón real en cintas para el Tribunal.

Contemplo la habitación con las provisiones añadidas.

—No tiene muchas comodidades, pero está protegida, calentita y oculta. —Justo como prometió Callon y lo que Saipha quería.

—Nos quedamos aquí tanto como podamos —coincide Lucan.

—Mañana puedo salir en busca de más provisiones —se ofrece Saipha—. Dudo que vayan a reponer las bolsas, así que necesitaremos conseguir tantas como podamos desde el principio.

—Buena idea —concuerdo. Antes de poder contarle mi teoría de dónde las han escondido, Saipha sigue.

—Y puedo comprobar en algunas de las áreas centradas en dragones, ya que Isola se queda petrificada cuando los ve, y asegurarme de que no hay nada escondido en esos sitios, igual que hicieron con las llaves —dice y se levanta.

Las palabras son como un puño en el estómago, y mi teoría se desvanece.

Miro hacia la ventana del fondo de la habitación.

Aunque Saipha no pretendiera hacerme daño con el comentario, me escuecen los ojos.

He estado mejorando , quiero objetar. Después de todo, hice frente a aquel dragón en el tejado.

—Me parece bien —murmuro en su lugar. Le contaré que los alijos están en sitios elevados por la mañana.

Saipha bosteza.

—¿Alguien se opone a que me quede ese espacio? —Señala al taller interior. Lucan y yo negamos con la cabeza, se arrastra hasta la habitación y cierra la puerta tras de sí.

Nos quedamos solos, sentados uno al lado del otro ante la mesa. De repente, toda la habitación parece mucho más pequeña. Está tan cerca que puedo escuchar cómo inhala lento, reuniendo el aire como si fuera Luz de Éter. Me doy cuenta de que estoy respirando al mismo ritmo.

—No dejes que te preocupe lo que ha dicho —dice en voz baja—. Eres perfectamente capaz de buscar recursos.

—Es cierto que carezco de algunas cosas. —Arrastro una uña por el relieve del borde de la mesa y saco restos de polvo olvidado hace tiempo.

—No tanto como crees.

Vuelvo a centrarme en él y apoyo la barbilla en la palma de la mano, examinándolo.

—Ten cuidado, Lucan, o puede que alimentes mi ego.

—¿Alimentar el ego de la mujer que ha sido nombrada Valor Reencarnado? Imposible. Tu ego ya no puede ser más grande. —Le brillan los ojos con diversión a la luz de los rayos de sol que atraviesan la delgada ventana.

Me río.

—Ves, por eso estoy segura de que no sabes nada de mí. —Las palabras ahora carecen de contenido. Son más bien un eco bromista de cosas que antes decía en serio.

—Me gustaría pensar que sé mucho más de ti de lo que me reconoces. —Suena ofendido de verdad. Por algún motivo, el hecho de que no haya pillado mi broma hace que sea más encantador.

Le sigo el juego.

—¿Perdón?

—Sí —insiste.

—¿Como qué?

Se inclina hacia adelante y, de alguna manera, la habitación ya de por sí pequeña ahora parece asfixiante. La broma se desvanece y en su lugar no hay más que una tensión confusa. Ya ha estado así de cerca antes, pero ahora parece… diferente. Parece un hombre al que nunca he conocido.

Alguien de quien no estoy segura de poder fiarme.