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C uando entramos en la sala capitular, hay un Caballero de la Piedad apoyado contra el facistol de brazos cruzados.
Su imponente presencia atrae la atención de todos los suplicantes a medida que entran en fila.
El temor hace que se me cierre la garganta cuando me agacho para sentarme en el banco entre Saipha y Lucan.
Saipha se me acerca y susurra un poco embelesada:
—Es el comandante Anton Salvis. Es uno de los francotiradores de balista. Su índice de precisión es de siete sobre diez… desde el aire.
Dejo escapar un silbido bajo.
—¿Eso es lo que quieres hacer cuando entres en la Piedad? —le pregunta Lucan conmigo en medio. Saipha niega con la cabeza.
—Quiero estar de patrulla. Encima del muro. En todo el meollo, con nada más que mi ingenio, una ballesta cargada de sellos y mi daga de plata.
—Soy el comandante Salvis —anuncia el caballero, llamando nuestra atención. Unos pocos susurros entusiasmados sugieren que Saipha no es la única que está al tanto de su reputación—. Soy Caballero de la Piedad desde hace dos décadas, en las que he servido a esta ciudad y he defendido el Credo.
Mientras habla, las cicatrices de su cara se estiran y se contraen.
Sospecho que, en esos veinte años de servicio, ha pasado tiempo en el muro, lo mismo con lo que sueña Saipha.
Uno no se hace esas heridas posado tras una balista en una torre o en la Aguja de la Piedad.
Los demás suplicantes están pendientes de todo lo que dice.
Miro por el rabillo del ojo y veo que Lucan lo mira inexpresivo, como si estuviera asistiendo a un sermón del Credo.
—¿Quién puede decirme por qué se nos llama Caballeros de la Piedad?
—Matar a un dragón es mostrar piedad al hombre o la mujer que sucumbió a la maldición —responde Nelly. Me doy cuenta de que está sentade con Horowin y su grupo. Daisy está quieta a su lado. Bien, me alegro de que haya encontrado a alguien con quien quedarse.
A diferencia de los otros de la Subcorteza.
Se me van los ojos hacia ellos por un segundo.
Nunca llegaron a asentarse aquí y se nota; están apiñados entre ellos, demacrados.
Horowin no los invitó a entrar en su grupo.
No le culpo. Dar la bienvenida a unos cobardes confirmados que eludieron las reglas del Credo es un riesgo para todos los que estamos intentando demostrar que estamos respetando esas mismas reglas.
Aun así, es duro de ver. Los invitaría para que estuvieran con Saipha y Lucan si no estuviera tan preocupada solo con mantenernos vivos a nosotros tres.
Anton asiente con sequedad.
—La humanidad está encaramada de manera precaria a un precipicio.
Fuera de nuestros muros, el azote se expande.
En las montañas que hay sobre nosotros, los dragones se elevan, en busca de más Luz de Éter que absorber en sus cuerpos, para quitársela al mundo y así poder propagar mejor la Sombra de Éter.
Saipha está embelesada. Lucan sigue concentrado en lo que tiene delante con estoicismo, pero me roza la mano con la suya y casi me muero del susto.
Nuestras miradas se encuentran. Por un instante, somos los únicos que no están prestando atención al sermón. Estamos solos en la sala.
«Lo sé. Estoy contigo», parece decirme su expresión.
Abro un poco la boca. Recuerdo la última vez que estuvimos aquí, centrados con tanta intensidad el uno en el otro.
Casi puedo ver las motas de Éter acumularse en el aire entre nosotros.
Y después el tiempo que pasamos solos en la Pila.
La sensación de su piel con la mía. Se me contrae la mano, y me imagino que la extiendo y entrelazo los dedos con los suyos.
En vez de eso, coloco las palmas en el regazo con cuidado.
El caballero sigue hablando y el mundo entero sigue moviéndose, ajeno a los segundos que hemos robado.
—En Vinguard, es esencial que todos cumplan su función.
Todos tienen un lugar en este último baluarte de la humanidad, y todos están conectados a la Pila.
—Las palabras son tan duras como el acero.
La mirada, resuelta—. Los comandantes de la Piedad estarán en el desafío final. ¿Qué pensáis que estarán buscando?
—Valentía —dice Saipha.
—Audacia.
—Competencia con una ballesta.
Hay más conjeturas, todas en la misma línea. El caballero sube las manos y los suplicantes guardan silencio.
—A todas esas cosas: sí. Pero un Caballero de la Piedad también es alguien con el ingenio y el conocimiento de la Luz de Éter parecidos a los de un artífice, alguien que puede encontrar soluciones inusuales para los problemas.
Una persona que siente una veneración tan profunda por nuestra fe y nuestra historia como un coadjutor del Credo.
Una que se preocupa por la gente y los lugares de su alrededor con la atención de un restaurador, pues se dan muchas roturas en el muro.
Que veneran nuestro mundo como un Guardián de la Tierra.
Y sí, por encima de todo lo demás, alguien que posee el deseo infinito de cazar dragones sin compasión.
Anton deja caer las manos a los costados y se endereza un poco.
—Con este fin, la Piedad os ofrece una oportunidad para pulir estas habilidades.
» Al igual que en el muro, donde hay puestos de avanzada con provisiones en las varias torres y torrecillas, mientras yo estoy aquí y ahora con vosotros, los inquisidores están escondiendo alijos de provisiones por el monasterio —continúa—.
Estos alijos tienen herramientas, armas y otros recursos que os ayudarán a sobrevivir desde este momento hasta la prueba final.
Sobrevivir . Se me tensa el pecho ante la palabra.
—Encontrar estos alijos y usar las armas que tienen dentro seguro que impresiona a los Caballeros de la Piedad que están sirviendo como inquisidores vuestros.
Pero recordad que, al ser un regalo y una prueba de la Piedad, no será fácil.
El muro exige pagar un precio elevado, al igual que lo harán los alijos.
—Anton se baja de la tarima y se pasea entre los bancos mientras acaba—: E incluso con las herramientas adecuadas a vuestra disposición, la supervivencia nunca está garantizada.
Aprieto los dientes ante esta implicación.
En cuanto se va, la sala bulle de emoción. Saipha se levanta de un salto y da una palmada.
—Vamos a encontrar tantos como podamos.
—Desafío aceptado —dice Lucan con mucho menos entusiasmo.
—Estoy de acuerdo —contesto y me pongo de pie.
Salimos de la sala capitular y entramos al pasaje que conecta con el claustro central. Estamos a punto de irnos para empezar con la búsqueda cuando escuchamos un grito que resuena hasta donde estamos.
—¿Qué significa esto?
—¿Esa era Cindel? —murmura Saipha.
—Si lo es, no puede ser nada bueno —respondo.
—Vamos a ver qué es —sugiere Lucan.
—Si tenemos que ver a Cindel, tendremos que verla…
Pero es mejor ignorarla. —Saipha nos lanza una sonrisita conspiratoria y yo se la devuelvo.
Sienta bien sonreír; parece que ha pasado una vida desde la última vez que bromeamos juntas.
Incluso cuando las cosas se ponían serias, Saipha solía encontrar una forma de tomárselas con calma.
Desde que entramos en el monasterio, ha cargado con un peso cada vez mayor.
Una seriedad desesperada. O quizás soy yo la que ha cambiado.
Quizás hemos cambiado las dos. Este lugar no es precisamente amable.
Nunca imaginé que la Piedad sería el lugar en el que tendríamos una oportunidad para relajarnos, pero tampoco que el Tribunal sería esta pesadilla.
Solo puedo esperar que las cosas vuelvan a ser más como eran antes entre nosotras una vez haya acabado.
Salimos al claustro y nos encontramos con un pequeño grupo de suplicantes agrupados alrededor de la entrada al colegio mayor, que ahora está tapiada. La atmósfera en la sala ha cambiado por completo frente al entusiasmo posterior al sermón.
—¿Y ahora qué? —pregunta Saipha entre dientes, y sus palabras están cargadas de pavor.