La maldición del dragón 46
66%

46

D espués de unas horas más de descanso y una cena caliente, los inquisidores me dan ropa limpia y me vendan los ojos. Me llevan por pasajes traseros sin quitarme la banda de tela de los ojos hasta que estoy en una sala de oración conocida. Sola, regreso a la habitación de Saipha.

—¡Isola! —Saipha me rodea con los brazos en cuanto entro. La abrazo con fuerza, pero por encima de su hombro miro a Lucan a los ojos.

«¿Estás bien?», le pregunto moviendo los labios en silencio, pues no sé cuánto le ha contado a Saipha acerca de la Pila.

Asiente con una leve sonrisa y los ojos tan llenos de alivio como la Pila de Luz de Éter.

—Estaba muy preocupada por ti —me dice mi amiga cuando se separa.

—Y yo. —La voz de Lucan es baja y grave. A duras penas evito no moverme incómoda.

—¿Qué ha pasado? El vicario te llevó consigo y luego llamaron a Lucan. Decía que habías ido a rezar ante la Pila, ¿no? —Saipha nos mira a los dos.

—Algo así. —La pongo al corriente a grandes rasgos, y dejo fuera la forma en que Lucan me sostuvo, a pesar de que lo siento por todo el cuerpo.

También dejo fuera que hice uso de la Luz de Éter sin un sello y los detalles de la conversación con mi padre.

Aunque me fío de ellos, parece un secreto demasiado peligroso para compartirlo por ahora.

Para cuando he terminado, me desplomo en la cama.

Me pesan los huesos del agotamiento. Saipha me pone al tanto de las pruebas de los otros suplicantes mientras me quedo dormida: no descubrieron que nadie tuviera la maldición, pero Cindel parecía haber entrado en una competición con otros tres para ver quién podía rezar más tiempo, lo cual retrasó a los demás.

A la mañana siguiente, nos dirigimos juntos al claustro central con la esperanza de encontrarnos el refectorio abierto.

Para alivio nuestro, encontramos comida de sobra para todos.

Los suplicantes llenan la sala y comen en silencio como si fuera la tarea más seria del mundo y, después de lo que hemos pasado, probablemente lo es.

El silencio extraño, roto solo por el sonido de la cubertería al rozar los platos y algún susurro ocasional, se ve interrumpido cuando un coadjutor y dos Caballeros de la Piedad entran en la sala.

Los caballeros tienen las capuchas bajadas como los inquisidores.

Hace que un escalofrío me baje por la columna.

¿Qué es lo que planean hacer que justifique que se cubran la mayor parte de la cara?

Con una sonrisa compasiva, el coadjutor cruza hasta Cindel. La aparta a un lado, para su claro desconcierto. El resto no nos molestamos ni en ocultar nuestra curiosidad.

Sin previo aviso, un alarido estridente retumba en la sala, haciendo eco en las toscas paredes. Cindel se cubre la boca con dedos temblorosos, de pie y con los ojos muy abiertos. El coadjutor asiente con solemnidad.

—¡Estáis mintiendo! —Las lágrimas empiezan a caerle por el rostro.

No nos llega lo que sea que le ha dicho el coadjutor, pero sus temblores se vuelven casi violentos. El coadjutor sigue hablando en susurros, pero Cindel no dice nada más. El horror se ha apoderado de ella, una expresión que todos conocemos demasiado bien.

Creo que parte de mí entiende lo que está pasando antes incluso de que se vaya el coadjutor, escoltado por los caballeros. No digo nada, porque las palabras adecuadas están fuera de los límites de mi pensamiento consciente. Sin embargo, tengo la remota sensación de que ya lo sé.

No es hasta que Cindel se gira para mirarme que empieza a materializarse de verdad en mi cabeza. Se acerca furiosa con las lágrimas tiñéndole las mejillas enrojecidas y con los puños apretados.

—¿Cuál es tu problema? —dice Saipha. Ojalá pudiera decirle que no hable, pero ya es demasiado tarde.

—Contigo, ninguno —contesta Cindel, que la mira de pasada para mirarme a mí.

Juraría que la temperatura de la sala se desploma cuando se centra de lleno en mi cara.

Si las miradas pudieran matar, yo no respiraría.

Siempre ha estado resentida conmigo por ser Valor Reencarnado, pero esto es diferente.

Una cosa es la envidia, y la irritación otra.

Esta expresión es de hostilidad pura—. ¿Por qué estás aquí, Isola ? —Escupe mi nombre como un veneno.

—¿Perdona? —No sé lo que esperaba, pero esto no.

—¿Cuál es tu propósito? —De pronto empieza a gritar y me embiste.

Lucan se levanta y casi salta por encima de la mesa.

Incluso Saipha sale corriendo. Pero Cindel es más rápida y ya me tiene agarrada del chaleco con los puños—.

¿De qué sirves si no puedes mantener esta ciudad a salvo?

Se supone que vas a salvarnos, ¿no? ¿No es ese tu deber como Valor Reencarnado?

Pues hazlo. ¡Hazlo! —Le vuela la saliva de la boca, y me cae en la mejilla.

Casi me da una arcada, pero me controlo por miedo a su reacción.

Tiene los ojos muy abiertos y rojos, y me preocupa lo cerca que tiene las manos de mi garganta.

—Cindel, ya vale. —Saipha se mete entre nosotras en un intento por quitarme sus manos de encima.

Cindel agarra un cuchillo de la mesa y arremete contra ella. Mi amiga la esquiva por los pelos. Pero lo hace, por poco. El cuchillo se le clava en el brazo, pero Saipha apenas se inmuta.

Me quedo mirando la sangre que le empapa la manga y una furia, ardiente y aguda, me llena de los pies a la cabeza.

Cindel blande la hoja ensangrentada contra Saipha.

—No te metas. —Mi amiga permanece totalmente quieta, incluso con la sangre que le gotea por el brazo—. Esto no tiene nada que ver contigo. Solo tengo problemas con ella.

Entonces dirige el cuchillo hacia mí.

—¿Qué quieres, Cindel? —Intento sonar lo más calmada posible, cuando por dentro no lo estoy en absoluto. Ha herido a Saipha, y el odio me late en el pecho como las alas de un dragón.

A mi alrededor, veo que Lucan se acerca poco a poco. Sin duda él también está calculando un movimiento, y el grupo de Cindel lo ve. Se han levantado y ahora se acercan en formación. El aire parece la cuerda de un arco tensándose, un caos listo para ser desatado.

—Quiero que hagas lo que se espera de ti o que dejes de darnos falsas esperanzas.

Si eres la salvadora de esta ciudad, sálvanos.

—El cuchillo repiquetea cuando lo tira y se abalanza a por mí.

Saipha y Lucan se mueven casi a la vez. Alzo la mano y los detengo, pues no quiero que esta situación se agrave más.

Cindel me agarra de los hombros. No está intentando matarme.

Si así fuera, no habría dejado caer el cuchillo y toda esta situación se estaría desarrollando de una manera muy diferente—.

¿De qué nos sirves si no puedes ayudarnos? ¿Por qué estás aquí?

—Cindel, estás diciendo tonterías. —A pesar de estar herida y apretándose el brazo, Saipha no sabe cuándo parar. Es el motivo por el que va a ser una caballera excepcional… o por el que la acabarán matando.

Pero Cindel no se mueve. Yo tampoco. Me mira con tanto resentimiento, con un odio tan puro, total y arrasador . Son preguntas que yo misma me he hecho , me gustaría decirle. Seguido de: Estoy tan asustada como tú .

—Primero Benj y luego… Y luego… Deberías haberla salvado. —Las palabras que me susurra son más afiladas que un cuchillo.

—¿De qué estás hablando? —Saipha nos mira claramente confundida.

—La otra noche, en el tejado. Los dragones.

Ella murió. Ha muerto. ¡Mi madre ha muerto!

—El corazón se me rompe en pedazos al escucharlo.

Solo puedo imaginarme el dolor que me provocaría perder a mamá—.

Si hubieras hecho lo que se suponía que tenías que hacer como Valor Reencarnado, si hubieras acabado ya con estos monstruos, todavía estaría viva.

—Me sacude y sus dedos se me clavan dolorosamente.

—Lo siento. —Es todo lo que consigo decir, y sé que no es suficiente.

—¿Eso es todo? ¿Eso es todo lo que tienes que decirme? ¿A todos nosotros como respuesta por tu delito de omisión?

—El ataque del dragón no fue culpa de Isola —señala Lucan.

—Si hubiera matado al Dragón Anciano, como se supone que es su destino, no habría pasado. —Cindel me mira con los ojos entrecerrados—. Así pues, ¿vas a hacerlo?

—Voy a intentarlo. —Parece una mentira, aunque no lo es. Pondría fin a todo esto en un instante si pudiera.

—¿Intentarlo? ¿Eso es todo? Patético . —Me suelta y baja la mirada con unos ojos cansados, desesperados. No me muevo—. No eres Valor.

Acto seguido, se va.

De inmediato, se escuchan murmullos. Me muevo hacia Saipha.

—¿Estás bien?

—Sí. No es tan grave como parece. —Su atención deambula hasta el lugar por el que se ha ido Cindel, hasta donde sus lacayos le siguen el rastro.

Una cosa sí que le voy a reconocer, y es que la chica sabe cómo suscitar lealtad—.

Ella… ¿Su madre ha muerto? —Sé por el tono de su voz que se está imaginando a sus padres.

Todos los suplicantes de esta sala conocen el dolor de la pérdida de alguna manera.

No hay nadie en Vinguard que no lo conozca.

Saipha, Lucan y yo intercambiamos miradas de alarma cuando la caja cobriza de la pared cobra vida.

—Todos los suplicantes deben presentarse en la sala capitular.