La maldición del dragón 44
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M e estrello contra la puerta por la fuerza de la explosión. La Luz de Éter me golpea. Por un momento, el mundo está inundado de oro. No puedo ver o sentir nada más.

Vuelvo a escuchar gritos en la distancia. ¿Habrá afectado la explosión de la Pila a los demás? No. Todo está en mi cabeza. Me tapo las orejas con las manos y los gritos se transforman en rugidos de dragones. Gritan a centenares. La misma base de Vinguard tiembla a la vez que los huesos me vibran.

Se me para el corazón por completo.

Trato de respirar hondo, pero los pulmones no se llenan de aire. Solo hay una magia infinita. Me estoy ahogando en la esencia pura de la vida misma.

El aire ha sido reemplazado totalmente con Luz de Éter y mi cuerpo no puede soportarlo. Me ceden las rodillas y me desplomo, deslizándome contra los barrotes a mi espalda.

El oro se convierte en llamas. Estoy ardiendo, por dentro y por fuera. El fuego naranja y blanco baila por mi piel. Siento que la llama se me enreda en el pelo como si fueran unos dedos peinándome los rizos oscuros. Una agonía interminable me atraviesa en olas de pura magia.

Y entonces, como si sintiera que no puedo aguantar ni un segundo más, el fuego se extingue.

Me giro al lado y devuelvo el escaso contenido de mi estómago. Salpico la piedra caliente de color rojo, que se evapora al instante. ¿Sangre? Asustada, me limpio la boca con el dorso de la mano. La mancha carmesí se desvanece de mi piel, chamuscada por la Luz de Éter.

¿Esto es todo? ¿He sobrevivido hasta ahora para morir así?

Cada vez es más difícil mantenerme erguida. En cualquier momento, mi cuerpo dejará de responder. ¿Para qué he luchado y sobrevivido hasta ahora?

Escucho unos pasos que bajan corriendo por el sendero. Peleo por girar la cabeza y mirar a través de la puerta de hierro cerrada.

—¿Lucan? —Parpadeo, segura de que la mente me engaña.

Unos ojos preocupados se encuentran con los míos. Lucan se acerca rápido y golpea la puerta, agitándola. La Luz de Éter no parece afectarle, lo que confirma mi teoría de que la seguridad está justo al otro lado.

—¿Qué estás haciendo? —jadeo—. ¿Cómo…?

—Espera. —Con un destello de un sello de artífice dibujado con descuido en la mano con tierra, la cerradura se hace añicos. Jamás ha habido un sonido más hermoso que el del metal al fracturarse.

—Lucan, no… —Veo lo que está a punto de hacer antes de que se mueva, pero lo hace igualmente. Abre la puerta y casi se cae para atrás por la fuerza del Éter.

Con los dientes apretados y todos los músculos en tensión, con un dolor tan evidente en sus ojos que casi acaba el trabajo que empezó la Pila y me desgarra en dos, me alcanza para levantarme.

Pone el brazo alrededor de mis hombros, me empuja a través de la puerta y la cierra de golpe detrás de nosotros a la vez que chocamos contra la pared.

El alivio es inmediato.

El aire, y no la Luz de Éter, me llena los pulmones.

La piel y los músculos vuelven a colocarse en su sitio, sobre los huesos.

La cabeza deja de darme vueltas lentamente, pero ahora está llena del dolor de cabeza más agudo que he experimentado jamás.

Todavía veo las motas de oro que vagan por mi visión, incluso si cierro los ojos con fuerza.

Me tiemblan los huesos, aunque no tengo frío. Por fin, abro los ojos despacio, solo para encontrarme con los de Lucan.

El color avellana de sus ojos parece brillar con más intensidad, y las motas de oro resplandecen a la luz de la Pila. O quizás solo son las chispas de mi visión.

Tiene la espalda contra la pared, lo cual debe de ser incómodo, dado que sigue sin llevar nada más que la ropa interior, que ahora es lo único en lo que puedo centrarme.

Hay tanta piel.

Cara a cara, mi cuerpo se alinea contra el suyo. Me rodea con las piernas. Tiene los dedos hundidos en mi espalda y mi cadera para sostenerme. Nos miramos a los ojos y nada más existe. El dolor se evapora, como si me estuviera mezclando con él.

—¿Cómo es que estás aquí? —Mi voz es poco más que un carraspeo patético.

—Estaba preocupado.

—Preocupado, pero… —Intento alejarme empujándome de él, los dedos extendidos sobre la gran expansión ininterrumpida que es su fuerte pecho.

Válgame el dragón , el hombre está tallado como una de las esculturas de piedra de Caballeros de la Piedad que se erigen sobre la Gran Capilla.

Doy un paso atrás, rompiendo el contacto, y el temblor regresa de inmediato, peor que antes.

—No te muevas. —Lucan aprieta los brazos a mi alrededor y me atrae a él de nuevo. Me extiende una de las manos entre los omóplatos y la otra en la parte baja de la espalda. Me tiene agarrada con tanta firmeza que casi no tengo espacio para respirar. El mundo da vueltas—. Date un momento —dice.

—Pero…

—Te estoy ayudando. —Me coloca un mechón de pelo tras la oreja y, al hacerlo, se detiene un segundo de más y me roza la mejilla con los nudillos.

Es entonces cuando me doy cuenta de que las motas de luz no son solo la neblina de la Pila o restos de lo que acabo de sufrir. Son reales y están ahí ahora mismo. La Luz de Éter fluye entre nosotros igual que lo hizo en la sala capitular.

—Ya está —murmura. Aún tiene la mano suspendida en el aire, tan cerca como para sentir su calidez—. Deja que te lleve, Isola.

Me roza suavemente la mejilla con las yemas de los dedos, aunque creo que esta vez no está apartándome el pelo.

No había ningún motivo en absoluto para que me tocara.

Pero lo hace. Baja los ojos hasta mi boca y las puntas de los dedos los siguen.

Pasa el pulgar despacio por mi labio inferior y se me traba la respiración.

Me sostiene con más fuerza por la espalda, como si necesitara estar más cerca todavía.

No queda espacio entre nosotros. Lo siento todo . Cada extensión plana de músculo, cada relieve y cada curva. Lo siento a través de la fina tela de mi ropa interior, y mi piel lo desea.

Me pregunto cómo me sentiría si rozara el pulgar más abajo. ¿Y por el cuello? ¿Y más abajo aún?

El calor que empezó como algo conocido y agradable ahora es una llama que me sube por el pecho hasta la cara.

—Lucan —digo con voz rasposa. Parece que solo sé decir su nombre. Todos los demás pensamientos se han desvanecido. Solo está él. Él en su gloria infinita.

—¿Cómo te sientes? —murmura. Está tan cerca que siento su respiración en la cara. Tanto que podría besarle si quisiera.

Y quiero.

De alguna manera, darme cuenta de ello es más aterrador que enfrentarme a un dragón.

—Me siento fatal. —Y también increíble a la vez. ¿Cómo es que esto es tan confuso? Mi cuerpo se acaba de desgarrar y de recomponerse. Sin embargo, mientras que sus manos siguen sobre mí, siento que podría hacer cualquier cosa.

Asiente.

—Hay un límite a lo que puedo hacer con un sello sanador.

—Deberías irte antes de que te atrapen.

—No voy a dejarte. —Aprieta más las manos, si es que es posible, como si quisiera demostrar algo.

—Tendrás problemas si te encuentran.

—Los tendré, entonces.

—Lucan… —Busco un indicio de duda en su rostro. Está dispuesto a quedarse aquí conmigo hasta que esté lista, pase lo que pase.

—No voy a dejarte, Isola. —Vuelve a rozarme la mejilla con los nudillos y me arde todo el cuerpo. La luz que nos rodea parece hasta más brillante.

—Porque te salvé la vida —digo en un susurro entrecortado.

—Porque eres tú —me corrige, pero no desarrolla más.

Contengo la respiración y me pongo rígida cuando unos pasos veloces e irregulares resuenan detrás de nosotros.

Me alejo de él y, en cuanto lo hago, en cuanto estoy fuera de su aura de Luz de Éter, me siento peor al instante.

El mundo se me viene encima. Me duelen las articulaciones y la piel.

Los ojos me arden como si les hubieran derramado ácido.

—Isola…

—Voy a necesitar que me hagas un favor, Lucan. —Con un gemido, consigo dar otro paso atrás. Y estoy a punto de volver a vomitar. Los síntomas son peores de lo que han sido nunca antes y solo hay una cosa que sé que aliviará esta agonía: las tinturas de mamá.

—¿Qué? —Se endereza y se aleja de la pared. La preocupación le arde en los ojos. Es probable que mi aspecto sea tan horrible como mi estado.

—Miente por mí.

Lucan no tiene oportunidad de preguntar a qué me refiero. El vicario aparece en la base de las escaleras, con los ojos muy abiertos de sorpresa, y después frunce el ceño con furia. No es una furia absoluta, al menos no todavía, pero tengo que jugar mis cartas con cuidado.

—Vicario Darius. —Me tambaleo hacia él. La mano que apoyo en la pared no es solo puro teatro—. Necesito a mi padre.

—¿Perdón? —Nos dirige miradas alternas a Lucan y a mí, y luego entorna los ojos.—. ¿Qué ha ocurrido?

—Estaba preocupado por ella y…

—Cuando Lucan llegó, yo ya me había escapado —le interrumpo y hago un gesto hacia la puerta.

Debo darle al vicario lo que quiere. Darle un poco para que sea flexible y colabore conmigo para conseguir lo que necesito; una forma de obtener una tintura antes de que este poder me parta en dos—. He usado la Luz de Éter.

—¿Sin un sello? —Inhala con lo que parece una expectación siniestra. No asiento. No afirmo. Me limito a mirarlo a los ojos y espero a que él saque sus propias conclusiones.

—Aunque el impacto en mi cuerpo ha sido grande, ahora poseo un entendimiento mejor de la Luz de Éter.

Creo… Creo que puedo ayudar a mi padre a crear un arma nueva.

Más poderosa que nunca. — Puede que incluso mejor que la espada legendaria de Valor .

No lo digo, pero dejo que lo asuma al mantenerle la vista, y me alejo lentamente de Lucan con cada palabra—.

Mi padre puede ayudarme a confeccionar un sello que me ayudará a estabilizar este poder y entonces… —Doy un paso de más.

El mundo se inclina y se queda a oscuras.