43
E l vicario me guía de vuelta por el puente hasta la primera plataforma. Nos dirigimos a la pared en la que se origina la placa, pero en vez de subir la escalera de nuevo, giramos a la derecha.
—No he tenido la oportunidad de meditar y purificar mi cuerpo.
—En cuanto la palabra «cuerpo» me sale de la boca, recuerdo lo expuesta que estoy.
Una parte de mí quiere hacerse un ovillo y esconderse.
La otra quiere ir con la cabeza más alta.
No le voy a dar la satisfacción de avergonzarme porque no hay ningún motivo por el que deba hacerlo. Soy como soy. Total e inexcusablemente.
—Eso no es algo por lo que debas preocuparte, puesto que eres Valor Reencarnado.
Pongo los ojos en blanco a sus espaldas.
A través de la bruma, aparece una escalera nueva que baja, y me trago el nudo de la garganta. Solo hay algo más profundo que esto: la Pila misma. No el área general en la que estamos ahora. Ni la neblina de Éter. Sino el manantial de la magia y la vida.
Me paro en la parte superior de la escalera, reacia a seguir. No quiero ir ahí abajo sola con él. Pero no tengo adonde huir. Y no puedo enfrentarme a él.
¿O sí? La idea hace que me caiga una gota de sudor por la frente. ¿Podría enfrentarme al vicario?
La idea es pura traición, y todo lo que me ha enseñado se rebela en su contra. Pero algo despertó a manos de este hombre en las fosas de quebranto. Algo que siente curiosidad por la idea de ese enfrentamiento.
Echa un vistazo por encima del hombro.
—¿Isola? —La impaciencia hace que mi nombre suene corto y tirante.
Si tan poderosa soy, ¿por qué te obedezco? , quiero preguntarle. En su lugar, pongo una sonrisa forzada.
—Perdone, la Luz de Éter me ha abrumado por un momento. —Y entonces empiezo a descender.
Hay representaciones de cráneos de dragones talladas en las paredes de la cueva, cientas de ellas, de todas las formas y tamaños.
Entre ellas, hay cráneos humanos apretujados, grabados en la piedra.
No tengo otra alternativa más que descansar la mano en una para mantener el equilibrio, y una sacudida me recorre el cuerpo.
La piedra brilla cuando la toco, y después se oscurece.
Me miro fijamente la palma de la mano, pero no me atrevo a quedarme atrás otra vez.
El sendero se hunde en la piedra y se convierte en un túnel que tiene tantas tallas de huesos humanos y de dragón que es casi como si estuviera construido entero con ellos. Me miran fijo con unas cuencas de los ojos vacías y huecas. Cada una es más realista que la anterior.
Tras la muerte de alguien, su cuerpo se devuelve a la Pila, para que su Luz de Éter pueda regresar a la tierra. ¿Y si estos huesos no son meros grabados en la roca? Una fascinación lúgubre no me deja apartar la mirada, incluso cuando un escalofrío de horror me baja por la espalda.
Por fin, llegamos a una puerta de hierro. Al otro lado hay una estrecha franja de roca que hace de playa para un vasto lago de oro fundido.
Sé lo que es y, sin embargo, no me lo puedo creer. Se me ha secado la garganta.
—¿Eso es…?
—La Pila. —Desbloquea la puerta y la abre, a la vez que me hace un gesto para que entre.
—Yo… —Estoy paralizada. Esto va en contra de todo lo que me han enseñado—. Yo no debería estar aquí.
—Este, Isola, es tu destino. —Habla de una manera casi amable, pero los ojos le brillan con algo que hace que me pique la piel.
Su ojo dorado es del mismo color que el líquido del estanque y, de repente, el dorado tiene sentido.
Apostaría lo que fuera a que deja caer un poquito de la Luz de Éter líquida de la Pila en un ojo de cada ciudadano de Vinguard.
Así es como los conecta con la Pila, y ese es el motivo por el que sienten mejor la corriente de Luz de Éter después; suficiente como para que aquellos que antes no podían usar la magia ni con un sello de artífice después sean capaces de hacer hazañas sencillas.
—No te detengas. —Me agarra del brazo, tira de mí hacia la puerta y me empuja delante de él hasta el umbral.
Él da un paso atrás al túnel, colocándose detrás de mí y bloqueando cualquier esperanza de escapatoria, y el tono duro de su voz se suaviza cuando añade—: Ve y comulga con la Pila.
Encuentra tu verdadero poder para matar dragones con la Luz de Éter, Isola.
Miro indecisa entre él y el camino final hasta la Pila. El vicario se inclina hacia adelante y susurra:
—No sea que yo intente arrancártelo del cuerpo otra vez usando mis métodos. —Mantiene la mirada fija en mí a medida que retrocede. Se le curva el labio con un rugido en potencia.
Intento pensar en una réplica. Alguna manera de evitar esto… Pero hay tanta Luz de Éter inundando la zona, que no me puedo concentrar. La cabeza me da vueltas. Algo en ella me llama cada vez más fuerte.
Incapaz de resistirme a su llamada, o a las órdenes del vicario, doy unos pasos tímidos a lo largo de la estrecha franja de playa rocosa que hay al borde de este vasto manantial subterráneo de magia pura, fascinada y aterrada.
Es lo último que mantiene el mundo con vida.
El poder que emana de la bruma dorada es irresistible y a la vez arrollador.
Estoy inmovilizada en el sitio, como si me hubiera chocado con una pared invisible.
—Ve, Isola —me insta desde detrás, sin cruzar la puerta, como si no se atreviese a acercarse tanto como yo. Ni siquiera ha pasado del umbral con los pies—. Muéstrame tu verdadero poder.
Sigo adelante cuando siento como si miles de manos invisibles intentaran hacerme retroceder, y me abro camino para alcanzar la orilla del oro líquido.
¿Qué pasará si continúo? ¿Si lo toco? Ya me siento como si estuviera a punto de desgarrarme, como si la magia rechinara contra mis costillas y me separara la piel del hueso para tirar de mí.
Duele, y aun así lo anhelo. Igual que la dulce presión que hay justo antes de que una articulación cruja.
— Ve —ordena.
Arrastro los pies hacia adelante y apenas los sumerjo en el Éter.
Está templado, pero no moja. En cuanto me toca la piel, el mundo entero se inclina, se sacude y tiembla.
Puedo ver los patrones de Luz de Éter en el aire.
Esculpen formas… No, líneas. Como sellos de artífice, como un lenguaje secreto.
Desde el fondo de la mente me vienen unos gritos implacables. Miles de voces que gritan de dolor tan fuerte que es como un rugido. Estoy a punto de derrumbarme.
—Continúa, Isola. —El vicario suena muy lejos.
Ven, Isola , me susurra una voz desde la misma Pila, que se abre paso entre los gritos.
Entonces la voz del vicario se eleva por encima del rugido de poder y de los gritos de mi cabeza.
— ¡ Lleva a Vinguard el poder y la victoria al fin!
Doy otro paso, y luego otro. El pie me resbala en una roca por debajo del Éter y me caigo de un borde oculto.
Ni líquida ni nebulosa, la Pila es algo diferente, algo indescriptible.
Me absorbe hacia abajo y pongo resistencia por instinto.
Encuentro sujeción con los pies en el fondo rocoso y empujo, jadeando frenéticamente cuando saco la cabeza a la superficie.
Unas olas de oro ocultan al vicario antes de volver a hacerse nítido. Ahora hay un inquisidor; no, un Caballero de la Piedad, con él.
Vuelvo a verme arrastrada hacia abajo.
La Pila me mece. Cada articulación del cuerpo me duele con un dolor distante e implacable a causa del torrente brusco y persistente de poder. Es demasiado, pero algo en mi interior quiere más, necesita más.
Por un segundo, creo que veo a alguien en las profundidades del campo infinito de oro. Hay un hombre de pie delante de otros muchos sobre un precipicio. ¿El vicario? No…, otra persona .
Otro estallido de poder me golpea y, con él, escucho los gritos de miles de personas al unísono.
El llanto de otros miles. Es como si estuviera en otro lugar completamente diferente y atrapada en mi cuerpo a la vez.
Como si estuviera a punto de descubrir algo, de aprender algo, más allá de mi entendimiento.
El corazón me late tan rápido que casi no puedo respirar. Esta magia pura va a destruirme.
Tiran más de mí, o puede que no me haya movido en absoluto. Es la única forma de salvar a la humanidad , escucho que alguien me susurra entre los oídos, más parecido a un pensamiento.
Por fin vuelvo a salir a la superficie, jadeante. Dirijo la mirada a la entrada otra vez, pero el vicario se ha ido.
Puedo irme .
Hago un esfuerzo con los dientes apretados, me agarro a una roca, me impulso con las piernas y los brazos y lucho hasta llegar a la franja rocosa que hay frente a la puerta, que sigue abierta y vacía.
A pesar de parecer ligera como el viento, la Pila es pegajosa como el alquitrán, y me absorbe como si quisiera consumirme. El mundo sigue borroso y oscilante.
No se lo digas a nadie . Los gritos lejanos continúan. ¿Qué está pasando? Ya no sé qué pensamientos son míos. Debe hacerse . Qué es real y qué es una invención de la magia. Sobreviviremos .
Me esfuerzo por recobrar el equilibro sobre la roca. Si no salgo, puede que muera aquí .
Respirando con dificultad, consigo salir a la estrecha franja de piedra que hay al borde de la Pila.
Recupero el aliento y miro hacia abajo, esperando encontrarme el cuerpo lleno de heridas, rasgado y ensangrentado bajo una capa de Luz de Éter dorada.
Sin embargo, aunque el dolor insoportable persiste, me encuentro con que estoy ilesa y limpia; solo quedan parches esparcidos de Luz de Éter.
Gimo cuando se evapora con una bruma de color rojo sangre.
Creo que voy a vomitar. Quiero arrancarme la piel.
Es como si no me encajara. Como si no fuera mía .
¿Qué me está pasando?
La Pila bulle a mis espaldas. Gime . Me obligo a encontrar la fortaleza para ponerme de pie.
Intento correr hasta la puerta, pero me resbalo y caigo con fuerza, y la piedra me corta la piel.
La sangre se evapora de la piedra, lo que me lleva a preguntarme cómo de caliente está la piedra de la Pila. Cómo es que no me estoy cocinando viva.
¿Puede que lo esté?
Consigo enderezarme un poco. Me arrastraré hasta la puerta si hace falta.
Con una mano tras la otra, arrastrando las rodillas y los pies, avanzo.
El cuerpo no está diseñado para tanta exposición a la magia pura.
No me sorprende que la humanidad perdiera la capacidad de extraer Éter por sí sola, era un mecanismo de supervivencia de nuestra especie.
Aquellos que podían hacerlo deben de haber muerto. Porque esta… agonía…
Aprieto tanto los dientes que me cruje la mandíbula.
No voy a morir aquí. La puerta está cerca y algo me dice que, si consigo llegar al otro lado del umbral, me encontraré mejor.
Tiene que haber algo allí que protege de la naturaleza avasalladora de la Pila.
Si no, ¿cómo es que no sentí esta agonía hasta que ya había cruzado del túnel a la playa rocosa?
Hay un motivo por el que el vicario no entró.
Si él pensaba que estaba a salvo allí, entonces es que debe ser así.
Ya averiguaré gracias a qué magia más adelante.
Justo cuando alcanzo la entrada, aparece una bota. La puerta se cierra de golpe con un pesado ruido metálico. Me inunda el mismo terror que me inspiran las campanas, y hace que se me enfríe la sangre incluso con la piel ardiendo.
La prelada está al otro lado. La reconozco por las marcas de sus botas.
—No creo que hayas acabado ahí dentro.
—Déjame salir. —Las palabras suenan ásperas y graves del dolor.
—Oblígame.
Le rujo como una bestia. Ella me contesta con un tarareo suave de diversión.
—El vicario tenía unos asuntos urgentes que atender, pero me ha dejado al mando; me ha dicho que me asegure de que no sales hasta que puedas manejar el Éter correctamente. —Se agacha—. Y si no puedes obligarme a abrir esta puerta, me parece, entonces, que no has acabado.
Desde este ángulo y por vez primera, puedo verle más la cara. Sigue oscurecida por la capucha, que aún lleva hasta abajo, pero la neblina y el brillo de la Pila proyectan ángulos extraños en sus mejillas y su mandíbula. No puedo distinguir detalles más precisos, pero puedo ver una ausencia notable.
—Tus ojos —digo casi sin voz. Los dos son de un color marrón oscuro.
No es un color especialmente notable por sí mismo.
Pero la prelada puede estar sin problemas a mitad de los veinte.
Es una Caballera de la Piedad. Todo eso combinado significa que es una ciudadana de pleno derecho de Vinguard y por lo tanto debería haber recibido el dorado.
El hecho de que sea un gran ausente solo tiene una explicación: no pasó por el Tribunal. Lo cual es imposible.
—No sé de qué me hablas. —Se pone de pie y, con un parpadeo, el oro aparece.
Intento darle una explicación a lo que acabo de ver.
—Qué…
Con una última mirada, tan reprobadora que podría marchitar una fruta en su tallo, me dice:
—Muéstranos de qué estás hecha en realidad. Si estás predestinada a salvar este mundo, hazlo. —Y se va, dejando la puerta cerrada tras de sí.
—No… No me dejes aquí. —Estiro los brazos entre los barrotes de la puerta, pero ya se ha ido. Paso los dedos por la cerradura vacía y dejo salir un grito.
El burbujeo y el revoloteo continúan a mis espaldas, y me llaman para que regrese.
Agarro los barrotes en un intento por tirar de mi cuerpo, pero el esfuerzo casi me supera.
Es como si el Éter me hubiera probado y ahora exigiera más.
Unos zarcillos de magia me envuelven el cuerpo como enredaderas, tirando de mí hacia el manantial.
Me agarro a los barrotes con más fuerza.
Con una inhalación profunda, gimo y me pongo de pie.
Y justo al hacerlo, la Pila explota.