42 #2
En este gran arco de piedra que emerge de la pared de la cueva se encuentra una masa de agua amplia pero poco profunda. Es imposible decir con exactitud lo grande que es, ya que se extiende hasta dentro de la neblina que nos rodea. Hay bancos de piedra alineados junto al borde más cercano.
—Desvestíos hasta quedaros en ropa interior —ordena la prelada.
—¿Perdón? —espeta Cindel, absolutamente horrorizada.
—La Pila os requiere igual que cuando vinisteis al mundo. Estad agradecidos de que no os exigimos más. —Cuando la prelada pronuncia la última palabra, los inquisidores dan un paso atrás hacia el borde exterior del saliente sobre el que está el manantial.
Los suplicantes se miran con recelo, pero Cindel es la primera en moverse. Cruza hasta un banco y empieza a desatarse los cordones del chaleco. Tiene una expresión de calma plácida, a pesar de su protesta de hace unos segundos. Una hija siempre obediente del Credo.
Otros siguen su ejemplo.
Bajo con Saipha y Lucan, y me muevo con ellos de manera instintiva.
Nos apiñamos en torno a un banco y empezamos por los zapatos, que colocamos debajo.
Después nos quitamos los chalecos. Saipha tiene un momento de duda antes de sacarse la camisa por encima de la cabeza.
La imito, e intento parecer más tranquila de lo que me siento cuando rozo con los nudillos el sujetador de cuero y seda que me cubre los pechos al quitarme la camisa.
No puedo evitar que los ojos se me vayan hacia Lucan cuando me desato los pantalones.
Me pongo colorada cuando su mirada y la mía se encuentran brevemente antes de quitarse la camisa.
No parece estar incómodo en lo más mínimo.
A ver, yo no lo estaría si fuera un chico con un cuerpo como el suyo…
La tela se desliza por su estómago plano y musculoso, y el rubor del rostro se me extiende por todo el cuerpo. Se gira y suelta la camisa en el banco.
La piel caliente se me hiela cuando lo miro fijo.
A mi alrededor, veo que Saipha abre la boca para decirme algo. Para reírse de mi embobamiento, seguramente. Pero entonces mira a Lucan y también se queda atascada.
Su cuerpo es una constelación de cicatrices. Incisiones largas y profundas. Cortes pálidos y finos. Retorcidos y en relieve. Algunos parecen recientes.
—¿Quién te ha hecho eso? —le pregunto en voz baja.
Lucan se queda parado, pero no nos mira a ninguna de las dos. Tiene la mirada baja y los hombros rígidos.
—Debo decir que son del ataque de dragón al que sobreviví de niño.
Sin embargo, es todo lo que no dice lo que hace que apriete tanto los puños que me clavo las uñas en las palmas hasta dejar marcas en forma de medialuna.
De repente, el dolor que me ha causado el vicario es insignificante.
Puedo aguantar por mi propio bien. Pero ¿que le haga daño a la gente que me importa?
El calor vuelve, pero es totalmente distinto.
Inspiro por la nariz con lentitud, enojada, e intento mantener la calma.
Lucan se ha quitado los pantalones y se pone a mi lado. Me toca con suavidad los nudillos blancos con la punta de los dedos.
—No lo hagas. —El dolor le inunda los ojos, pero una sonrisa débil le curva las comisuras de los labios. Se aleja y se hunde en las aguas de la piscina con otros. La neblina de Luz de Éter le consume rápido y desaparece de la vista.
—Malnacido. —Saipha se quita los pantalones y sigue a Lucan. Ambas sabemos que no se refería a él.
—Sí —murmuro a la vez que me saco los pantalones y me quedo con nada más que un par de pequeños pantalones cortos de seda. La Pila calienta la temperatura del aire a un nivel perfectamente agradable, incluso solo con la ropa interior.
—Me sorprende que estés aquí. —La voz de Cindel casi me hace saltar del susto. No la he oído ni acercarse.
—¿Dónde iba a estar si no? —Solo le echo un vistazo para mantener la atención en Lucan y Saipha. Sobre todo en Lucan. Solo puedo pensar en las cicatrices que tanto se ha esforzado por ocultar.
—Yo pensaba que el gran Valor Reencarnado iría a la Pila en sí.
No que solo disfrutaría de su brillo como el resto de nosotros.
—Cindel habla tan alto como para que los demás miren en nuestra dirección—.
Odiaría pensar que tienes una oportunidad para fortalecer tu poder y no la aprovechas. Por el bien de Vinguard.
—En efecto. —La voz del vicario se desliza por el espacio abierto. Un tercero no deseado en esta conversación.
Me quedo petrificada y giro la cabeza en su dirección, preparándome para lo que pueda venir.
O, tal vez, refrenándome de lanzarme a por él con furia.
Ahí está el vicario, apenas visible en la neblina.
Tiene las manos cruzadas en la parte baja de la espalda.
Aquí, su ojo dorado brilla tanto como el sol.
—Ven, Isola —me ordena.
Una protesta me sube por las tripas y me quema la lengua al recordar con claridad lo que pasó la última vez que estuve sola con él.
Aprieto los labios hasta formar una línea para evitar decir todo lo que quiero decir.
Desde maldecirle por todo lo que ha hecho, hasta exigirle que me diga lo que le hizo a Lucan para saber exactamente por qué le haré pagar algún día.
—Ah, parece que sí que vas a tener una oportunidad para fortalecerte. Qué bueno para ti y para todos nosotros. —Las palabras de Cindel se han agriado. Como si no pudiera decidir si está encantada de llevar la razón o eternamente molesta de que yo reciba un trato especial.
—Sí que es bueno para mí. —Intento enderezarme más cuando paso junto a ella a zancadas para seguir al vicario.
—Te crees muy fuerte, ¿no? —dice entre dientes—. No eres nada sin él, Isola Thaz.
Me quedo helada por un segundo y estoy a punto de girarme hacia ella. Tengo tantas ganas de ponerla en su lugar. De contarle que atraje Luz de Éter sin usar sellos. Pero me muerdo la lengua. No merece la pena . Y hay algo acerca de compartirlo abiertamente que me parece… peligroso.
—Isola, ya —estalla el vicario, y le sigo. No sé lo que pretende, pero el instinto me dice que no va a ser nada bueno.