La maldición del dragón 42
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– ¿Q ué? —exhalo.

—¿Vamos a ir a la Pila? —Alguien me roba la pregunta de los labios.

—Eso es… No podemos… —Lucan apenas es capaz de pronunciar las palabras con la mandíbula floja.

—¿No se permitía el acceso solo a aquellos que han pasado por el dorado? —Saipha nos mira a los dos, aunque está igual de familiarizada con las leyes de Vinguard que nosotros.

—Eso es solo a los manantiales que hay antes. La Pila en sí está restringida tan solo al vicario, los altos coadjutores y otros pocos escogidos a dedo por el vicario. —Lucan entrecierra los ojos como si intentara averiguar qué planea el vicario.

Pero nunca he visto nada más claro. Mantengo la voz baja al hablar:

—Sospecho que están intentando comprobar si el estar en presencia de Luz de Éter provoca que alguien se transforme. Apuesto a que tienen la teoría de que la Sombra de Éter que hay en su interior podría rechazar la presencia de la Luz tanto como para rebelarse.

Por supuesto, el Credo se equivoca por completo; ahora estoy segura de ello. Los dragones son criaturas de Luz de Éter, no de Sombra. Pero, en ese caso, estar en presencia de tanta Luz de Éter despertaría a la maldición. Obtendrán los resultados que quieren, pero por los motivos equivocados.

El vicario baja las escaleras y nos roza con la mirada como si fuera una hoja afilada.

—Por aquí.

Suplicantes e inquisidores forman una fila y pasan por la misma puerta por la que cruzamos la última vez que abandonamos el monasterio y descendimos a la Subcorteza.

La vez anterior, no salimos de los puentes que sobrevuelan el techo de la enorme cueva que hay bajo Vinguard. Esta vez, descendemos más aún.

La Subcorteza tiene forma de cono. La parte más amplia está arriba; la más cercana a la Ciudad Alta. El cono se divide en tres amplios niveles.

El primero y el más alto es la sección de la ciudad.

Este nivel cuenta con viviendas de múltiples plantas que, en vez de estar construidas desde el suelo hacia arriba, están construidas desde arriba hacia abajo en las enormes estalactitas que cuelgan de la cima rocosa de la Subcorteza.

Es casi como un reflejo de la ciudad de arriba.

Los puentes conectan las lanzas de piedras colgantes.

Hay senderos que las rodean y las atraviesan, casi todos oscuros.

La única luz que hay proviene de los faroles y del ambiente; un brillo dorado que sale de la Pila de abajo.

Horowin y su brigada parecen más cómodos aquí a medida que nos cruzamos con la gente de la Subcorteza, que nos abren paso de inmediato.

Sorprendentemente, los últimos en llegar parecen recelosos de estar aquí de nuevo.

Recorren el lugar con sus ojos hundidos y se murmuran cosas entre ellos mientras se tapan las heridas de los brazos con las manos.

Me pregunto si estarán recordando el momento en que los capturaron…

, o quizás tiene algo que ver con las pruebas de sustitución que les puso el vicario.

Niego con la cabeza y lo aparto de mi mente. Obsesionarme con todas las cosas horribles que se le pueden ocurrir al vicario no me vendrá bien.

Aquellos cuya piel no es morena de nacimiento están pálidos como un fantasma, igual que Ulven. Dudo que hayan visto el sol alguna vez. Y ellos nos miran a nosotros con la misma fascinación que imagino que mirarían al cielo.

No puedo evitar preguntarme si en algún lugar entre ellos están los padres de Yenni.

Espero que ya les hayan informado del fallecimiento de su hija y que no sea así como se enteren.

Pero todo lo relacionado con el Tribunal parece tan innecesariamente cruel que lo dudo. Aprieto los puños y la mandíbula.

La cueva empieza a estrecharse en la sección central y a iluminarse a medida que se acerca a la Pila, con las paredes que se cierran y atrapan el aire naturalmente cálido y denso que irradia con un brillo dorado desde las profundidades. Esta es la sección de cultivos.

Hay terrazas esculpidas en las paredes, que a su vez se conectan por unos pocos puentes por toda la extensión. Los cultivos y el ganado son alimentados y cuidados por la Luz de Éter. Los edificios que hay aquí no son de propiedad privada. Están bajo el control del Credo.

Por debajo de las granjas hay manantiales en vez de cultivos que forman piscinas en unas terrazas de piedra similares.

El agua se canaliza hacia arriba, hasta la Subcorteza y a la Ciudad Alta por encima.

Pero los manantiales en sí son un lugar sagrado de meditación, de conexión con la vida misma, pura y eterna, que borbotea desde lo más profundo del mundo.

Llegamos entonces a una puerta de hierro en el saliente más bajo de los que albergan los manantiales.

Está encajada en una verja que abarca el borde de la terraza en la que nos encontramos, un balcón de piedra que se estira sobre el abismo de la Pila.

La Luz de Éter se arremolina con tanta densidad que se manifiesta como una neblina, y observo con fascinación que es similar al azote.

Este es el único lugar del que he oído que la Luz de Éter sea tan potente que cualquiera puede verla.

Su brillo dorado ilumina toda la Subcorteza, aunque el nacimiento de la Pila en sí es imposible de ver.

Una escalera arqueada y tallada en la piedra se extiende lejos del saliente hasta el abismo neblinoso.

No soy la única suplicante que observa el borde al otro lado de la verja de hierro y la vasta nada que se extiende más allá. A pesar de que hemos bajado más al centro de la tierra de lo que jamás imaginé posible, seguimos bajando. Es como si fuéramos a tocar el centro mismo del mundo.

El vicario abre la puerta ante nosotros y respiro hondo cuando la atraviesa. Esto está sucediendo de verdad . Vamos a bajar al punto del cono, la parte más profunda de la Subcorteza: a la Pila en sí misma.

Al otro lado de la puerta de hierro hay otra escalera que se curva a lo largo de la pared de la Subcorteza.

Está tallada en la piedra, al igual que las de arriba.

Con la excepción de que, a diferencia de esas, esta es apenas lo bastante ancha como para que quepa una persona y no tiene barandilla. Un resbalón aquí sería el último.

Casi puedo oír el latido de los corazones de todos los suplicantes, por la proximidad a la Pila y el peligro de la caída escarpada a nuestra derecha.

Al agarrarme al muro de piedra, noto con la palma de la mano que está caliente.

Casi diría que demasiado. Descargas diminutas me atraviesan el cuerpo, como si hubiera una tormenta eléctrica en cada una de mis articulaciones.

No me puedo imaginar lo mal que estaría si mamá no hubiera sido capaz de darme una tintura.

Por favor, ten cuidado , me susurra el corazón al pensar en ella.

A medida que nos sumergimos más en la neblina arremolinada de Éter, ver más allá de la persona que tenemos delante se vuelve una tarea imposible.

Los hombros de Saipha son casi invisibles, como si los inundara el brillo dorado.

Por algún motivo, toda esta luz no es cegadora.

Más adelante, aparece una forma: otro rellano.

Me recuerda al sombrero amplio y plano de un hongo. La bruma hace que sea imposible ver si hay alguna estructura sosteniéndolo por debajo o si es una plataforma horizontal que sobresale del muro.

Cuando tocamos la piedra con los pies, todos dejamos salir un suspiro de alivio, agradecidos de haber salido de la estrecha escalera.

Es difícil decir cómo de grande es el rellano, pero es lo suficientemente grande como para que todos los suplicantes y los inquisidores puedan estar sobre él y aún quede más superficie a lo lejos, borrosa.

Con la neblina de Luz de Éter tapando la ciudad de arriba por completo, parece que hemos entrado en otro mundo.

—Bienvenidos al precipicio de la Pila. —La voz del vicario suena amortiguada, pesada por el Éter ambiente—.

Este es el lugar donde, una vez hayáis completado vuestro Tribunal con éxito, recibiréis vuestro ojo dorado.

Igual que los Caballeros de la Piedad custodian los muros de Vinguard, yo custodio el alma de Vinguard.

El Credo es la manifestación de la luz guía de la Pila que hay en todos nosotros.

—Sube una mano y se la coloca en la mejilla bajo el brillante ojo dorado.

»Venimos de este poder, y a este poder regresamos.

El dorado es un recordatorio de esto, un recordatorio de que todos estamos conectados.

Hoy no recibiréis vuestro dorado, pero sí que meditaréis ante la Pila para buscar el consejo de Valor en vuestro interior.

Pasaréis tiempo aquí y disfrutaréis del Éter, al igual que hizo él para fortalecerse antes de partir para atacar el Dragón Anciano.

La mención del Dragón Anciano tan pronto después de pensar en mamá me recuerda a algo más que dijo, algo que había olvidado casi por completo en la nube de hambre y esfuerzo por sobrevivir: el vicario está planeando una ofensiva.

¿Me ha traído aquí para asegurarse de que estaré lista?

Mamá también mencionó un arma, algo grande que extrae de la Pila.

Miro con cautela a mi alrededor en busca de cualquier cosa que pudiera ser eso, pero está claro que no hay nada.

Se me acumulan las preguntas sobre más preguntas, que me llenan el espacio vacío del estómago hasta el punto de sentir náuseas. ¿Qué se me está escapando? Me estoy perdiendo algo importante, algo que sé, a través de todo mi miedo, que tiene que ver conmigo.

—Por favor, seguid a los inquisidores hasta el manantial para purificaros —concluye.

Nos llevan a la derecha. Aparece otro puente estrecho, también sin barandillas, suspendido sobre un abismo radiante. El puente nos lleva de la plataforma a la que llegamos a otra.