41
N adie dice nada. Nadie respira.
Con los oídos pitando por el disparo del cañón, ninguno de nosotros oye el ruido que hacen las enormes alas del dragón que queda cuando se retira para luchar otro día.
Las campanas enmudecen, en un contraste extremo con la cacofonía que sonaba en la ciudad.
Los otros suplicantes vuelven a ponerse de pie con lentitud.
Algunos están heridos. Todos están alterados.
Nadie se atreve a mirar los cuerpos de aquellos que han perdido la vida en el ataque.
En su lugar, todas las miradas se giran hacia mí.
Sus expresiones son ilegibles. ¿Han considerado que mi actuación ha sido atrevida y valiente?
Me quedo mirando la daga que sigue en mi puño.
¿Ha sido suficiente para hacerles creer que tenía la capacidad de derribar a ese dragón y que los Caballeros de la Piedad simplemente se me han adelantado?
¿O saben todos ya, sin duda alguna, que no soy más que un fraude?
Sentí cómo se acumulaba el Éter…, pero no lo liberé.
¿Existe la posibilidad de que sepan que una parte de mí se ha contenido?
Dejo caer la mano sin fuerza y la daga repiquetea en el suelo. El movimiento activa a Saipha, que viene corriendo. Más allá de ella, veo desplazarse a Lucan, que da unos pasos adelante, se para y después retrocede. Nuestras miradas se encuentran.
¿Y tú qué piensas de mí? Quiero preguntárselo al hombre que parecía tan listo para matar a un dragón. Tan lleno de lucha justificada. Se me ha secado la garganta.
—¿Estás bien? —me pregunta Saipha cuando se detiene justo ante mí. No sé decir si está susurrando de verdad o si mi oído sigue afectado por el cañonazo y por el torrente de sangre provocado por el aumento de Luz de Éter.
—Estoy bien. —Asiento.
—¿En qué estabas pensando? —sisea.
—No estaba pensando. Estaba actuando por instinto —admito—.
Quizás ha sido la llamada de Valor en mi interior.
—Las palabras suenan vacías hasta para mí.
Pero sí que es cierto que algo me ha poseído para que diera un paso al frente.
Si no ha sido Valor, entonces, ¿qué? ¿Acaso sé quién soy a estas alturas?
Tengo la mente que parece un puré, y no creo que pueda culpar solo al dragón morado.
—¿Armada con una daga? Valor era valiente, no estúpido. —Tiembla y se contiene, controlándolo rápidamente—. Creo que me voy a poner mala. Tu imprudencia me ha puesto mala. Cómo te atreves, Isola.
—Lo siento. —Sonrío arrepentida ante el toque bromista que ha conseguido añadir en el último momento.
—Esa luz…
—Entonces, ¿tú también la has visto? —Así que, ¿no eran imaginaciones mías? Me miro la palma de la mano.
—La he visto —contesta, y un millón de preguntas me inundan la mente.
Antes de que podamos decir nada más, los inquisidores salen por la puerta del tejado. Ahora cuelga entreabierta. La prelada está rodeada por los demás.
—Que quede por escrito que ninguno de vosotros ha mostrado síntomas de la maldición del dragón —declara—. Y ahora, todos dentro.
Ninguno de los suplicantes habla cuando nos arrastran otra vez al colegio mayor.
Saipha, Lucan y yo ni siquiera hablamos entre nosotros, y caemos de inmediato en nuestra rotación normal.
Cuando me siento en la caja fuerte junto a la puerta durante mi turno, decido en ese mismo momento que les voy a contar a los otros suplicantes cómo entrar en la cocina por la mañana.
Esto ha ido demasiado lejos durante demasiado tiempo.
Que les den a los riesgos. No van a decir que todos tenemos la maldición y a matarnos.
¿Serían capaces?
La idea me atormenta y, más tarde esa misma noche, solo consigo dormir a causa del agotamiento arrollador. Incluso entonces es un sueño inquieto e interrumpido por los recuerdos de ojos como fuego helado; ojos que parecían mirarme dentro del alma con algo parecido al reconocimiento.
Por la mañana, comemos en nuestra habitación compartida en silencio. Me doy cuenta de que a Saipha todavía le tiembla la mano a veces, pero evito mencionarlo. Ninguno nos hemos recuperado del todo de la experiencia en el tejado y estamos procesando el terror persistente a nuestra manera.
—Tengo algo más para ti, Saipha. —Por fin tengo la oportunidad de darle el panal.
Lo desenvuelve y se le ilumina toda la cara. Tiene las manos estables, y se le ha relajado la expresión de la frente. No me había dado cuenta de lo mayor que parecía con el estrés hasta que se ha ido.
—¿Tenían panales? —me susurra boquiabierta.
—Sí, aunque tu barriga se lo merece mucho más que la suya. —Y mi acción está mucho más justificada después de lo que ha hecho la prelada.
—¿Quieres un poco? —Va a cortar un trozo.
—Comí un poco en la despensa.
Noto la mirada de Lucan sobre mí, pero cuando le miro no encuentro la censura que esperaba. En su lugar, parece casi… de acuerdo.
—Que lo disfrutes —le dice a Saipha con una pequeña sonrisa.
Le da un bocado y deja salir un suspiro suave.
—Es como si fuera mi cumpleaños.
—Feliz cumpleaños. —Le doy un empujoncito con el hombro. Saipha se ríe por la nariz.
—No es hasta dentro de, qué, ¿cuatro meses?
—Cumpleaños adelantado.
Compartimos una sonrisa y se acaba el panal, masticándolo con esmero. Durante un segundo silencioso y tranquilo, casi parece que no estamos en el Tribunal. Es como si pudiéramos respirar y ser simplemente tres jóvenes de dieciocho años que comparten un caprichito.
Pero es solo una ilusión y la verdad se cuela más rápido de lo que ninguno de nosotros querría.
—¿Crees que una de las personas que han muerto estaba maldita?
—A pesar de que Saipha habla en voz baja, la pregunta rompe el silencio como un cristal al hacerse añicos.
Lucan y yo nos giramos hacia ella. Se lame lo que le queda de miel en los dedos, y con eso se desvanece cualquier sensación de ligereza—.
Nadie se transformó anoche. Y si alguien tenía que hacerlo…
, seguro que habría sido así. ¿No? ¿Qué podría presionarnos más que eso?
—Puede ser… —murmuro.
—Nunca llegamos a encontrar pistas sobre el sensor, ni husmeando aquí durante semanas —dice Saipha.
—¿Sensor? —interrumpe Lucan.
Nos miramos al darnos cuenta de que no se lo llegamos a contar. Aprovecho la oportunidad para poner al día a Lucan de lo que oímos por casualidad la segunda noche. Frunce el ceño.
—¿Saben que alguien entre nosotros está maldito? Con razón están siendo tan extremos.
—Aunque ¿puede ser que el sensor no estuviera funcionando bien desde el principio? —sugiere Saipha con optimismo.
—Parecen estar convencidos de que había acertado. — Y lo construyó mi padre , me abstengo de decir. Pero hay un tono leve, casi defensivo, en ese pensamiento.
—Me gustaría creer que el suplicante maldito murió anoche. —Su tono se vuelve pensativo, casi soñador—. Y así podríamos disfrutar de verdad el resto del tiempo que nos queda aquí.
Un chasquido de Luz de Éter me hace cosquillas en la nuca. Me siento recta y reprimo un escalofrío.
—Todos los suplicantes deben presentarse en el claustro central para la siguiente prueba —anuncia un inquisidor por la caja cobriza.
Por un segundo, ninguno nos movemos. Nos miramos entre nosotros y después miramos a la nada.
Ni siquiera se van a esperar un día entero entre el horror del tejado y la siguiente prueba.
Ni siquiera nos van a dar una comida apropiada antes.
Lo que debe significar que creen que el maldito sigue entre nosotros.
—Gracias otra vez por conseguirnos la comida. —Saipha se levanta y pone fin a mi pánico momentáneo.
—Isola hizo todo el trabajo duro. Yo solo ayudé —dice Lucan, sin mencionar que casi hago que nos pillen.
—Todos hemos puesto de nuestra parte —contesto con firmeza—. Vamos a sobrevivir juntos.
—O no lo haremos —murmura Saipha entre dientes al salir por la puerta.
Lucan y yo nos miramos, pero ninguno responde. Que sea tan derrotista le choca hasta a él. Ni siquiera el panal ha conseguido que vuelva a ser la de siempre. Con suerte, después de esta prueba se sentirá un poco más relajada.
Bajamos las escaleras con pasos pesados junto con los otros suplicantes.
Ver que tienen las mejillas demacradas y que arrastran los pies me da una punzada de arrepentimiento por no haberles hablado de la despensa anoche o por no correr esta mañana a hacerlo.
Pero ha habido tan poco tiempo. Un frío antinatural llena el aire, avivado por sus expresiones lánguidas.
Lucan se desliza a mi lado y su calor me ayuda a resguardarme del frío incómodo.
Ni siquiera mira en mi dirección cuando lo hace, como si ya lo supiera.
Solo ha pasado alrededor de un minuto después de que los últimos nos reunimos en el claustro central cuando aparece el vicario. Se mueve entre los inquisidores y los suplicantes y sube a su balcón.
Me pregunto si nos ve como las cáscaras que somos ahora.
Si lo hace, no hay nada en su expresión que lo sugiera.
Una leve sonrisa le curva los labios, casi imposible de ver desde donde estamos.
El destello de sus ojos en casi siniestro.
Parece tan satisfecho para el observador ocasional.
Como si estuviera encantado con nuestro dolor.
Pero yo no soy una observadora ocasional.
Un escalofrío me baja la columna. Está molesto . Lo sé tan bien como si fuera mi padre.
—Suplicantes, habéis actuado bien para llegar hasta aquí en vuestro Tribunal.
Es un buen presagio que cada uno de vosotros hayáis llegado a este punto, pues ya hemos pasado más de la mitad y estáis mucho más cerca de ser ciudadanos de pleno derecho de Vinguard.
—Se agarra a la barandilla para inclinarse hacia adelante—.
Cada momento de este Tribunal es una prueba; una prueba para asegurar que un portador de la maldición del dragón no respire tras los muros de Vinguard.
Para saber que podéis vivir sin el miedo de transformaros algún día y de matar sin pensarlo a vuestros seres queridos.
De hecho, os convertiréis en el último baluarte contra el azote y los dragones.
Incluso aquellos de vosotros que no entréis en la Piedad seréis parte de la brigada: la familia, la fortificación, el pueblo unido que es Vinguard.
» Y sé que el camino para llegar hasta aquí es duro, pero recordad, hay Valor en el sacrificio . Lo que aquí soportáis es un dolor noble.
La forma en que habla es casi como comida para estómagos hambrientos. Los suplicantes se han puesto un poco más rectos y les brillan más los ojos, a pesar de que siguen sin sustento.
Yo tengo una reacción diferente. Siento una oleada violenta de Éter por el cuerpo ante las palabras del vicario. Pero permanezco completamente quieta.
«Ahí dentro os harán cosas…, cosas horribles que no deberían perdonarse nunca, y os dirán que es normal. No dejes que ganen» . Las palabras de mamá me vuelven a la mente una vez más.
Nos hicieron pasar hambre y después ofrecieron palabras melosas en lugar de comida.
Nos han llenado de miedo mientras se presentan a sí mismos como la única forma de protección.
Nos han mostrado el horror pero lo han envuelto en ideales nobles para que no nos atrevamos a cuestionar por qué se nos obliga a soportarlo en primer lugar.
Tengo las manos relajadas a los costados y el corazón me late constante mientras observo al vicario. Soy igual que una de las dicotomías del Tribunal: doy la impresión de ser la suplicante obediente, pero estoy llena de una rabia silenciosa y brutal.
—A pesar de que quizás no me veáis a menudo, os aseguro que estoy aquí con vosotros, para todos vosotros. Lucho vuestra lucha y siento vuestro dolor. —El vicario pasa la mano por la multitud.
—Nunca ha conocido el dolor del hambre —dice Lucan entre dientes con una cantidad estremecedora de odio.
—Somos uno, en Vinguard —continúa el vicario—. Estamos unidos por nuestra lucha y por nuestra conexión con la Pila. Y hoy, como segunda prueba del Tribunal, es precisamente ahí adonde iréis.