40 #2
Volvemos a caminar. Me tiemblan las manos y tengo las rodillas flojas.
Voy a vomitar. Lo único que me mantiene en movimiento es que, cuando estiro las manos hacia atrás, los dedos de Saipha se entrelazan con los de mi mano derecha.
Y Lucan está a mi izquierda. Saipha también está temblando.
Está tan aterrada como yo. Por algún motivo, eso me hace sentir mejor.
Y luego la culpa de encontrar consuelo en su miedo hace que me sienta peor.
Pero todas las emociones desaparecen en el momento en que cruzamos el umbral. Aspiro una bocanada de aire fresco nocturno y mis ojos se ven atraídos por el cielo.
Es otra noche nublada. Esta vez, la luna está tan llena que ilumina casi por completo a las nubes que van a la deriva. Unas sombras oscuras se mueven rápidamente entre ellas. Unas alas amplias. De inmediato, veo a cuatro.
Cuatro dragones .
Un ataque de los que hay una vez cada década.
Me sigo obligando a moverme y vamos arrastrando los pies hasta donde se condensa el grupo de suplicantes en el centro del tejado.
Ulven se arrodilla junto al cuerpo de Yenni, y Horowin y los otros de la Subcorteza están cerca en estado de shock .
El viento me sopla con suavidad en los oídos como una corriente siniestra en contraste con la cacofonía creciente de una ciudad presa del pánico.
—Deberías ir a llorar a tu amiga. —Cindel empuja a Dazni, y juraría que veo a una de las gemelas frenando a la otra para que no le pegue.
Una parte de mí desea que no lo hagan; a Cindel ya le llegará su merecido.
Pero no parecen tan fuertes como para aguantar una pelea y ahora no es el momento—.
Sois todos unos cobardes de la Subcorteza.
—Cindel los fulmina con la mirada y se va.
Lucan nos aparta hasta el lado más alejado del cuerpo.
—No queremos ser un blanco fácil —nos susurra—. Ver a tanta gente indefensa junta podría atraer a un dragón.
Subo la vista para mirarlo y busco en su rostro algún tipo de miedo.
Pero tiene el ceño fruncido con intensidad.
De hecho, no parece asustado en absoluto.
En todo caso, está furioso. Está listo para rugir más fuerte que el dragón que chilla a través del cielo, que hace que la mitad de los suplicantes se pongan de rodillas, se cubran la cabeza y farfullen cuando nuestros pensamientos vuelven a dispersarse.
Parece un Caballero de la Piedad, ya examinado y listo para ir a la batalla.
Un dragón baja en picado y carga contra el muro a lo lejos.
La pálida luz de la luna puede estar jugando con mi vista, pero creo que se trata de un dragón plateado.
Los Caballeros de la Piedad disparan balistas y redes con pesos, que le cubren las alas.
Las cuerdas, a pesar de estar tejidas con metal, no aguantarán sus alas de acero mucho tiempo; cada una de sus escamas está más afilada que un cuchillo.
Los caballeros atacan a la bestia, la atosigan.
Los dragones plateados son complicados de matar desde el cielo, ya que la mayoría de los proyectiles no les hacen nada y son demasiado veloces para el fuego de los cañones.
Así que acercarse a ellos es la mejor oportunidad de meterse bajo sus escamas.
Su muerte requiere un alto coste de los caballeros.
El dragón balancea la cola y el brazo y tira a los Caballeros de la Piedad del muro como si fueran poco más que muñecos desperdigados.
Estoy demasiado lejos como para verlos golpear el suelo, pero puedo sentirlo en los huesos y me deja sin aliento.
Finalmente, derriban a la bestia.
Como si fuera en represalia por su amigo caído, otro dragón ruge (más fuerte que cualquiera de los de antes), y explota sobre el cielo de Vinguard.
Esta vez me desplomo, y toco la piedra con las rodillas.
Roba las dagas de los inquisidores. Cómete una piedra.
Besa a Lucan. Salta del tejado. Los pensamientos están dispersos, acelerados. Enloquecedores .
El dragón morado sigue vivo.
—¡Isola! —Lucan me sacude el hombro. Cuando recobro el conocimiento, estoy a punto de acatar la sugestión de la locura y besarlo. Me abstengo, y agradezco que sea de noche para esconder el rubor que me cubre el rostro. Él señala a la sombra que hay en el cielo—. Un dragón morado. Espabila.
—Lo sé. Estoy bien, estoy bien.
Conseguimos que Saipha vuelva al presente a duras penas.
No quiere parar de mecerse y de tiritar.
El resto de los suplicantes lo están pasando peor a medida que el miedo y la locura del dragón morado se apodera de ellos.
Algunos se han dispersado hasta los bordes del tejado.
Otros se tiran de los chalecos y del pelo. Algunos se ríen.
Un estruendo ensordecedor retumba detrás de nosotros. Eso devuelve a todos a la realidad.
Un rayo de luz pálida atraviesa la oscuridad a modo de respuesta.
El caballero que haya hecho el disparo seguro que será galardonado con un buen festín, porque es un tiro directo; es complicado abatirlos desde el cielo.
El dragón morado chilla agonizante. El sonido me desgarra los oídos y me sujeto los lados de la cabeza con las manos.
Es como si me estuviera destrozando la mente como acto final.
Pero su grito moribundo es efímero. El dragón cae para alegría de los otros suplicantes.
Me obligo a aplaudir yo también…, a parecer feliz.
Pero no siento alegría. Alivio, quizás. Toda la alegría en mi interior se ha podrido a base de sangre y caos.
A base de una experiencia cercana a la muerte tras otra.
A base de perder el sentido por los golpes que he recibido a manos del vicario, de ser su juguete, su experimento.
A base de pasar hambre a manos de personas que se harían llamar compatriotas.
Esta no puede ser la única forma de vivir que existe… Tiene que haber una forma mejor.
Se considera traición solo el pensarlo, pero soy incapaz de aceptar que toda esta muerte y destrucción sean buenas para nuestro mundo. Casi puedo sentir cómo cambia el flujo de Éter cuando el dragón toma su último aliento. Un vacío donde antes había vitalidad.
Mis ojos se dejan llevar hasta el perfil de Lucan.
Sigue como una estatua. No ha cambiado de expresión.
Por alguna razón… sé que piensa lo mismo que yo.
Que siente lo mismo. Como si percibiese mi atención, gira toda esa intensidad hacia mí.
Hay miles de palabras por decir. Palabras que ni siquiera comprendo, pero que ansío saber.
¿Piensas igual que yo? ¿Sientes lo mismo? ¿Quieres ver el final del azote de los dragones sin derramamiento de sangre? O dime, Lucan, ¿eres en realidad el Caballero de la Piedad del que capté un destello brillante en tus ojos?
—Lu… —Me interrumpe un chillido tan cercano que puedo sentir el calor de la respiración del dragón.
Todos nos giramos al unísono para enfrentarnos a la monstruosidad que planea hacia el tejado con las alas extendidas y un cuerpo más grande que la mayoría de las casas.
Es un dragón amarillo. El oro brilla en sus escamas lustrosas a la luz de la luna.
La Luz de Éter llena el aire de una cualidad efervescente.
La cabeza me da vueltas al invadirme esa sensación.
El dragón se posa al borde del tejado, hundiendo las garras. Unas fracturas en forma de telaraña fragmentan la piedra y los suplicantes intentan mantener el equilibrio frenéticamente. Saipha deja escapar un grito distinto de cualquier sonido que haya escuchado salir de ella jamás.
No digo nada. Ni siquiera puedo respirar. Es igual que aquel día hace seis años. Es como si yo hubiera invocado a la bestia al permitirme recordar. Siento como si el corazón se me hubiera parado por completo y me hubiera abandonado.
Pero los únicos que han abandonado a alguien son los inquisidores. Cuando busco a alguien que nos ayude, que intervenga, me doy cuenta de que no están en el tejado. Simplemente… nos han dejado aquí.
El dragón recorre el tejado con su mirada impasible, como si evaluara qué apetitoso bocado quiere ingerir primero. Nadie se mueve. Todos están demasiado aterrados como para hacer un solo ruido. Por una vez, no soy la única que tiene miedo.
Puede que ahora vean que no es tan irracional… Ahora que todos han estado cara a cara con uno de los monstruos. Es tan fácil imaginarse a uno mismo como alguien valiente cuando nunca has conocido el miedo real.
El dragón se mueve y se inclina hacia atrás. Estira el cuello largo. Relaja la mandíbula. Va a morder y a eliminar a todos los suplicantes que están apiñados juntos de una vez.
Alguien tiene que hacer algo.
Busco a los inquisidores, pero no están aquí. Miro hacia la Aguja de la Piedad, pero no veo el centelleo de un cañón. Seguro necesite acumular más Éter.
Alguien tiene que hacer algo.
Alguien…
«Tú me salvaste aquel día» . Las palabras de Lucan resuenan en mi interior, se repiten con cada latido acelerado de mi corazón.
Ser Valor Reencarnado siempre ha sido un título vacío que me fue impuesto por un hombre al que he llegado a odiar más que a nadie en el mundo.
Me parecía que no me lo había ganado y que tampoco lo merecía, sobre todo cuando nunca he sido capaz de hacer nada más que sea digno de Valor.
Pero Lucan… Él cree de verdad que le salvé aquel día. Quizás fue así.
Y luego está lo que sucedió en las fosas de quebranto cuando extraje Éter sin un sello.
Algo salvaje e indómito vibra en mí. Me lanzo hacia adelante y corro a través del tejado.
—¡Isola! —grita Saipha tras de mí, y Lucan se le une impactado.
La plata de la daga de inquisidor que sobresale del cuerpo de Yenni centellea a la luz de la luna. La prelada ha sido torpe al no enfundar su daga de nuevo. Los Caballeros de la Piedad deben guardarlas cueste lo que cueste.
La atrapo mientras corro y uso la sangre acumulada en la guarda para dibujarme un sello en el dorso de la mano con la que tengo agarrado el cuchillo.
Tomo posición extendiendo la daga. El dragón me mira y casi puedo imaginarme que eleva la frente escamada como si dijera «¿qué pretendes hacer con eso?».
El Éter se mueve tanto dentro como alrededor de mí, muy profundamente, revolviéndose en la Pila. Subiendo a través de la piedra y la argamasa. Se mueve a través de mí, hacia el dragón, y vuelve. La sensación es tan aguda y presente que es como si la magia reemplazara a mi respiración.
Los ojos del dragón brillan como oro fundido, como si también pudiera sentirlo. Como si estuviéramos teniendo una conversación solo con magia. Como si casi pudiera entender a la bestia.
Hay algo en el hecho de estar aquí parada, ahora…
No me puedo imaginar que lo mato. Puede que sea el motivo por el que, aunque el Éter empieza a acumularse a mi alrededor con chispas diminutas y remolinos nebulosos, no me atrevo a liberarlo.
Estaba preparada para que el dragón se abalanzara sobre mí y usar el sello protector para protegerme mientras le cortaba la garganta desde dentro.
El dragón se inclina hacia adelante. Su enorme cuello puede abarcar la mitad del tejado hasta llegar a mí.
Al hacerlo, adelanta los antebrazos, y los otros suplicantes se dispersan.
Uno de ellos no se quita a tiempo y en mi periferia veo una salpicadura carmesí, a la que acompaña un crujido espeluznante.
Otros gritan, pero no reacciono. No puedo. Apenas puedo respirar.
Los ojos del dragón me perforan, me consumen.
El aire que hay entre nosotros empieza a chisporrotear como si fuera polvo de estrellas.
El rostro del dragón está tan cerca que puedo sentir su respiración.
Es monstruoso, más amplio de lo que mido yo.
Pero no percibo ninguna hostilidad en él.
No embiste contra mí. No me muerde. Igual que el dragón de aquel día, me estudia con curiosidad.
Me retira el pelo de la cara con un resoplido que le sale de las fosas nasales, y el aura mágica y resplandeciente que rodea a la bestia disminuye. El acto casi parece… como si me estuviera diciendo «hola».
En cuanto baja su barrera, puedo sentir más aún de la criatura. La Luz de Éter le corre por las escamas; debe ser así como crea el aura protectora. No está usando Sombra de Éter… Está usando Luz de Éter, igual que nosotros…
Dejo caer el brazo. Se me relajan los músculos.
—Cuéntame —le susurro, perceptible solo para la bestia y para mí. Cuéntame todo sobre lo que hay más allá del muro, la verdad sobre el mundo y la magia, sobre los tuyos. Cuéntame…
Baja la barbilla, como si quisiera contestarme «ya lo sabes». Arrastra los ojos hasta mi pecho, directo a mi corazón, donde el otro dragón me atravesó la piel con su garra. Hay algo parecido al reconocimiento en ellos.
Vuelvo a abrir la boca para exigirle que me diga los secretos que alberga. Como si pudiera hablar. Como si estuviera a una respiración de volver a ser el alma desgraciada que fue una vez antes de que la persona se transformara en un dragón monstruoso.
Sin previo aviso, un estruendo ensordecedor explota desde las plantas superiores de la Aguja de la Piedad.
El rayo de luz me ciega. El flujo meditativo de Éter que nos había rodeado al dragón y a mí se ve interrumpido por lo que equivale a la sensación de un cuchillo golpeando una piedra.
El fuego del cañón acierta justo a través del centro de la bestia.
En su segundo final, sus ojos se ensanchan y me mira fijamente, como si me dijera «¿cómo has podido? ».
Una disculpa me quema la lengua de manera espontánea.
Entonces el dragón amarillo se alza hacia atrás y suelta un grito moribundo. Se tambalea, tiembla y se desploma, cayendo por el borde del monasterio hacia la noche oscura.