La maldición del dragón 40
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–V amos. —Lucan me agarra la mano y tira de mí con fuerza hacia la entrada escondida en los barriles por la que vinimos, y ni siquiera nos molestamos en escondernos por la cocina.

Me suelta cuando emergemos del tonel para cerrar la pesada puerta secreta detrás de nosotros. No creo que nadie lo oiga. Incluso aquí abajo, las campanas son ensordecedoras.

Lucan se dirige hacia las escaleras y, a pesar de que me obligo a seguirle, me paro en el primer escalón. ¿Subir? ¿ Arriba, cuando hay un dragón? De nuevo, no soy más que una niña, a punto de dar un paso hacia ese tejado. Pero, esta vez, el dragón me está esperando, me llama…

Lucan se para unos pasos por delante y nuestras miradas se encuentran. La imagen del dragón en mi cabeza es reemplazada por él, tranquilizador y seguro. Extiende una mano y vuelvo por completo al presente.

—Puedes hacerlo, Isola.

Nuestros dedos se entrelazan, firmes y determinados. Por un momento, le creo, y eso es todo lo que me hace falta para empezar a subir. Casi a correr. No dejo que gane el miedo. Tengo el corazón a punto de estallar cuando estamos de vuelta en el claustro central.

Paramos un momento para recuperar el aliento.

Esperaba un caos absoluto, pero no hay nada.

El claustro central está vacío de forma alarmante.

Las campanas siguen repicando, cantando su himno frenético y siniestro a lo largo de Vinguard, y nosotros subimos las escaleras hasta el colegio mayor con recelo.

En cuanto ponemos un pie en el rellano de la cuarta planta, un rayo de luz inunda la ventana que hay al final del pasillo, seguido casi al instante por un estruendo ensordecedor.

La Luz de Éter me golpea y me estremezco.

Solo que no es tan molesto como recuerdo del último disparo de cañón.

Es como cuando el agua de la bañera está demasiado caliente.

Me pica en la piel. Es un poco doloroso, pero de una forma casi refrescante.

—¿Cañones? —Lucan corre hacia la delgada ventana al final del pasillo y mira hacia fuera. Su falta de sentido de supervivencia es sorprendente y alarmante a partes iguales.

—Debe de haber más de uno si ya están usando los cañones.

—Lo que significa que no voy a perder el tiempo.

Irrumpo en la habitación y me encuentro a Saipha ya de pie.

Sin decir nada, le lanzo un panecillo y se lo come como si su vida dependiera de ello.

Le daré el trozo de panal más tarde. Primero necesita comida más sólida, y quiero que tenga la oportunidad de saborearlo.

—Tu éxito es delicioso —me dice con dificultad entre cada bocado. Lucan entra en la habitación y cierra la puerta tras de sí, y luego vuelve a colocar la caja contra ella. Abre la tapa. Yo saco las cosas deprisa y guardo nuestro botín.

Saipha apenas ha acabado cuando las cajas cobrizas del monasterio cobran vida con un chisporroteo.

—Todos los suplicantes deben presentarse en el claustro central. —Directo, al grano y sin dejar lugar para preguntas.

—Me pregunto si nos llevarán al sótano. —Saipha se tambalea un poco todavía, pero tiene una sonrisa satisfecha en la cara que no he visto en años.

—Eso espero —le contesto mientras voy a la puerta. Lucan capta mi atención. Compartimos una mirada que sugiere que ninguno de los dos está especialmente convencido de que ese vaya a ser el caso.

Los tres nos unimos al flujo de otros suplicantes que bajan las escaleras. Solo lleva unos minutos que nos reunamos todos, y nos miramos los unos a los otros con incertidumbre.

Los inquisidores salen de la escalera que recuerdo vagamente haber bajado con Saipha la noche que pasamos fuera juntas; es la que lleva al sótano.

Se me escapa un suspiro de alivio. Estaremos a salvo ahí abajo…

siempre y cuando no usen esta oportunidad para ponernos a todos bajo los efectos del vapor de dragón verde.

Me gustaría pensar que los inquisidores tienen otras cosas de las que preocuparse, pero dada la forma en que han actuado hasta ahora, no soy optimista.

—Seguidnos, por favor. —Es la prelada. Se me hace un nudo el estómago, el ácido me corroe los tejidos y me quema el músculo. No me fío de ella… ni por un segundo.

Confirmo que mi miedo está justificado cuando se dirige hacia arriba, en vez de hacia abajo.

—¿Qué está pasando? —pregunta alguien con voz aguda.

—¿Hay una habitación fortificada por aquí? —pregunta otro suplicante a un inquisidor que está de pie a un lado, que está claro que piensa en la misma línea que yo: Ir «arriba» nunca es una buena decisión durante un ataque de dragón.

—Nada de preguntas —suelta la prelada, y su voz retumba a nuestro alrededor. Sus palabras se tensan como lazos alrededor de nuestros cuellos.

Nos guían como si fuéramos ganado. Cada paso arriba es como una marcha fúnebre. Más fuego de cañón hace vibrar las ventanas superiores. Destellos de luz se mezclan con la oscuridad.

Casi hemos llegado a la cuarta planta cuando un rugido de dragón parece sacudir los mismos cimientos de Vinguard. Algunos de los suplicantes sueltan gritos. Me flaquean las piernas y me tengo que apoyar en la pared para sostenerme. Me llevo la otra mano al pecho y respiro temblorosa.

Mis pensamientos vacilan, se han vuelto líquidos; no puedo retenerlos.

Los árboles no son reales. El azote es mi sangre en realidad.

Dale un puñetazo a Saipha en la nariz . La risa amenaza con brotar, como si fuera la idea más divertida que he tenido en siglos.

Habla como un dragón, grrr, grrr, grrr. Sss. Me río por la nariz.

—Isola. —Me coloca una mano en el hombro con firmeza, empujándome.

Niego con la cabeza y me doy cuenta de que estoy siseando. ¿Qué ha sido eso? Locura de dragón morado . La exposición a su rugido puede provocar delirios. Es la única explicación. Aunque los dragones morados son sumamente escasos.

Dado que todos los demás parecen estar saliendo de un aturdimiento, debe haber sido eso.

Los inquisidores ni siquiera nos dan un segundo para recobrar el aliento. La prelada empieza a marchar de nuevo. Arriba y más arriba…

Los suplicantes de la fila delantera empiezan a gritar protestas a la mujer. La insultan, le ruegan y negocian con ella, porque ahora ven adonde nos lleva. Los ignora a todos y abre de golpe la puerta que da al tejado en el que me interrogaron hace demasiado poco tiempo.

Un viento helado desciende por la escalera. Alguien grita como si fuera una daga que le apuñala. Otro llora.

—¡No podéis hacernos esto! —grita Mikel.

—¡Fuera! —ladra la prelada, ignorando todas las quejas.

—¡Vais a matarnos! —chilla Daisy por encima del viento.

—No podéis obligarnos a estar ahí fuera con dragones volando. —Cindel se fuerza a depositar toda su confianza inapropiada en las palabras para parecer calmada.

No puedo verle la cara a la prelada, pero puedo escuchar lo que casi suena como regocijo en sus palabras cuando anuncia:

—Se asumirá que aquellos que se nieguen a salir están ocultando la maldición.

—¿Cómo se considera una señal de la maldición el hecho de no querer salir a un tejado durante un ataque de dragón?

—pregunta Dazni, uno de los tres últimos en llegar.

Los ojos hundidos le arden en las sombras de sus cuencas.

Tiene la piel salpicada de heridas. Las otras dos últimas, las gemelas, se deslizan más cerca de él mientras otros les lanzan miradas recelosas y mantienen un paso de separación incluso en el pasillo abarrotado.

—Estar en presencia de un dragón puede forzar a que la maldición del dragón se active.

Por lo tanto, aquel que evite estar cerca de uno será considerado maldito y se le mostrará piedad.

—La prelada sigue rebosando una calma total.

Creo que obtiene algún tipo de entretenimiento sádico de esto, y espero equivocarme.

Sin otra opción, los suplicantes de delante empiezan a marchar fuera al tejado desprotegido.

Una mujer para en el umbral. Yenni, del grupo de Horowin. Por supuesto que una chica que se ha pasado la vida en la Subcorteza estaría aterrada ante la perspectiva. Hasta aquellos que hemos crecido bajo el cielo estamos aterrorizados.

—No puedo. —Le tiembla la voz.

—Sal —ordena la prelada con frialdad.

—No puedo salir ahí fuera. Me matará un dragón. De verdad que no podéis esperar que salgamos ahí fuera —apela a la compasión de la prelada, a su sentido común. Un esfuerzo inútil, por lo que he podido ver.

—Sal, o se te considerará maldita. —No hay emoción tras las palabras, es solo la declaración de un hecho.

Intento abrirme paso, pero es imposible. Estamos demasiado apretados en el pasaje estrecho. Nadie se mueve, todos estamos bloqueados por Yenni y la prelada.

—Por favor, no estoy maldita… No quiero morir. —Yenni se toquetea el final de la trenza.

—Este es tu último aviso —estalla la prelada.

Yenni intenta dar un paso adelante, pero flaquea. Niega con la cabeza y deja escapar un sollozo mientras se gira. Todos vemos cómo abre los ojos cuando la prelada le hunde su daga entre las costillas.

Está tan débil y malnutrida que apenas le queda vida para dejar salir un ruido de horror ahogado antes de colapsar sobre la prelada. El jefe de los inquisidores aparta su cuerpo a un lado, fuera de la puerta que da al tejado. Otro inquisidor se mueve para recoger el cuerpo.

—Déjalo —ordena la mujer—. La sangre fresca los atraerá.

Aprieto los puños. Desde la primera noche en el tejado, no me fío de ella. Sabía que estaba esperando a tener una excusa para golpearme con aquel bastón.

Nadie se mueve. Todos se quedan mirando en un silencio estupefacto. Alguien detrás de mí empieza a hiperventilar.

—¡Moveos! —nos grita.