La maldición del dragón 39
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–P or aquí. —Nos guío por los escalones del colegio mayor hacia el claustro central y voy directa a las escaleras en las que vi la salpicadura de color rojo.

Escudo de dragón negro. A medida que seguimos bajando, voy examinando en busca de cualquier cosa que pueda sugerir un escudo de dragón negro, y confío en que Lucan esté pendiente por si otros nos han seguido, o por si hay inquisidores.

Sospecho que estamos buscando un sitio en el que no deberíamos estar.

La escalera acaba en una habitación que tiene a cada lado una fila de enormes barriles de madera, los cuales tienen dos veces mi altura en diámetro.

Descarté esta habitación tras una breve inspección en el primer día porque parecía un remanente de una época pasada.

El alcohol es un lujo inmenso. No es necesario para sobrevivir, por lo que se destinan muy pocos recursos para su producción.

La mayoría es privada y la financian los superadinerados.

En un solo año no se produciría lo suficiente como para llenar siquiera uno de estos barriles.

Quizás hace mucho tiempo, cuando Vinguard tenía más tierra fértil alrededor de la Ciudad Alta, pero no ahora.

Entonces, ¿por qué siguen aquí? Tiene que significar algo.

—¿Qué estamos buscando? —pregunta en voz baja.

—Un dragón negro y un escudo. —Camino junto a las filas de barriles gigantes y examino las marcas que tienen al final. No hay nada que se parezca ni de lejos a un dragón o a un escudo. Todos tienen sellos de las marcas de viñedos y viticultores desaparecidos hace tiempo.

Me sigue y escudriña también los barriles.

—No veo ninguno de los dos. ¿Es posible que estemos donde no es?

—Yo… —Me callo al ver una etiqueta pequeña que había pasado por alto. El nombre ha desaparecido casi por completo: Cosechas Escudo . Está pintado con una caligrafía delicada y fluida sobre un campo de flores blancas y negras.

Me acerco para verlo con más detalle.

—Cosechas Escudo —lee Lucan en voz alta cuando se me une—. Pero no veo un dragón negro.

—No es obvio —concuerdo con él, y me sale una sonrisa. Callon sabía que lo encontraría. Lo sabía porque sabe lo mucho que aprendí de mamá sobre la tierra—. No hay un dragón «negro». Cobrizo, verde, morado, amarillo, plateado…, negro no.

—Aquí no hay ni un dragón. —Me mira de reojo, como si intentara averiguar lo que me da tanta seguridad.

—No. Pero sí que hay esto. —Presiono el dedo sobre una de las flores pintadas: aliento de dragón hecho con tinta negra—. Dragón negro… Escudo.

—Me parece exagerado.

—¿Es que tienes una idea mejor? —Le doy un golpe y está vacío, como sospechaba. Empiezo a buscar una abertura o una unión en alguna parte de los lados del barril, recordando la puerta oculta del sótano.

Lucan se mueve para cubrirme mientras busco, con la mirada fija en las escaleras.

—Quizás…

— Ajá . —Encuentro lo que estaba buscando: un corte vertical a través de las tablas curvadas, que no se ve desde delante.

Hay otro a su izquierda. El espacio que hay entre los dos barriles es reducido, por lo que asumo que la puerta se empuja hacia adelante, y compruebo que tengo la razón.

Es la misma emoción que sentía cuando encontraba una puerta nueva en el muro.

Una explosión de esperanza embriagadora.

Lucan ensancha los ojos. Se apretuja detrás de mí.

—¿Entramos?

—No he venido hasta aquí para echarme atrás ahora.

—Y tú quieres llamarte cobarde. —Noto el aliento cálido en mi cuello, y me produce escalofríos por la columna.

Por un segundo, estoy muy cerca de inclinarme hacia él.

De rendirme, de forma egoísta, a la seguridad que ofrece sin saberlo.

Ni hambre, ni Tribunal ni dragones, solo sus manos cálidas, sus ojos amables y sus palabras tranquilizadoras.

—¿Isola? —Su tono se vuelve preocupado.

—Perdona —murmuro, agacho la cabeza y entro por la puerta secreta, todavía demasiado consciente de su presencia cuando me sigue adentro.

El interior del barril es lo bastante grande como para que quepan tres personas dentro con holgura.

No tiene fondo. En su lugar, está pegado a la pared, con una abertura tallada a través de la piedra.

La capacidad de los inquisidores de crear pasadizos secretos para uso propio no deja de impresionarme.

La luz entra a raudales por el hueco. Nos miramos y vamos lentamente hacia el final, apoyados contra la franja de pared de piedra que hay a cada lado de la abertura, con las espaldas apretadas en la curva del barril, y tan encogidos como podemos mientras curioseamos la luminosa habitación que tenemos más adelante.

Se trata de una cocina bien equipada. Hay ollas y sartenes colgadas de ganchos por encima de fogones oscuros. Está impoluta y completamente vacía. No me sorprende, ya que no se le ha dado mucho uso desde hace días. El estómago me ruge y arde ante la idea.

Capto la atención de Lucan, señalo a un rincón al fondo y gesticulo con los labios: «Por allí».

Se asoma un poco más para ver a dónde estoy señalando: una puerta que tiene todo el aspecto de ser una despensa.

Vuelve a la seguridad del escondite y me mira a los ojos.

Compartimos un intercambio silencioso que solo he experimentado con Saipha antes.

Sin decir nada, sabemos exactamente lo que vamos a hacer.

Con una señal al unísono, nos ponemos en marcha, agachados mientras corremos a toda velocidad por la cocina vacía. Lucan es más rápido y abre la puerta. Por suerte, no está cerrada con llave. Igual que dos ratitas, entramos corriendo.

El aroma de la comida me golpea más fuerte que uno de los mazos de los coadjutores en los entrenamientos del vicario durante los meses previos al Tribunal.

Me quedo boquiabierta mirando la despensa abastecida.

El estómago me vuelve a sonar y se me escapa un poco de saliva por la comisura de los labios.

Hay pan de cebada denso en hogazas planas, cerdo en salazón, frutas y setas deshidratadas, ruedas de queso endurecido, e incluso col rizada y tubérculos frescos… Aquí hay de todo y más. Comida que nunca hemos visto, incluso desde el principio, como suplicantes.

Hay tanta comida, y ni siquiera podemos llevarnos nada para compartirla con el resto de los suplicantes, cuyos estómagos se retuercen con tanto dolor como el mío.

No podríamos llevar lo suficiente para todos.

E incluso si pudiéramos, nos arriesgaríamos a que los otros suplicantes pensaran que lo «hemos ocultado», igual que nos acusó Benj, y se pondrían en nuestra contra.

O peor: los inquisidores descubrirían que hemos encontrado su pasadizo secreto a la cocina.

Y quién sabe lo que nos harían en ese caso.

Aun así, no puedo evitar fruncir el ceño en dirección a los inquisidores, que ni siquiera están aquí.

Cómo se atreven a hacernos esto . La rabia arde en mi interior, tan cegadora como la que me hizo sentir el vicario cuando estaba indefensa en el suelo.

Estoy tan harta de sentirme indefensa, aplastada bajo la autoridad de gente que ni siquiera respeto.

Lucan me agarra de la mano y se inclina para susurrarme:

—Solo podemos llevarnos un poco de cada cosa, para que no se den cuenta de que falta comida, pero come lo que puedas mientras lo haces. —Sigue leyéndome la mente.

Me hago con una bolsa de arpillera vacía que está colgada de un gancho cerca de los estantes, y voy alternando entre meter puñados de champiñones deshidratados en la bolsa y en la boca.

Hago un nudo con las cuerdas de la bolsa para sujetármela a la cadera.

El chasquido de una zanahoria al morderla es enormemente satisfactorio.

—No puedes llevarte eso —me susurra cuando me pilla mirando un trozo enorme de panal.

—Lo sé. —Incluso al decirlo, pienso si habrá alguna forma de hacerlo—. Solo he probado la miel una vez. Fue el regalo de cumpleaños de Saipha y siento que significaría mucho para ella si pudiera comer un poco ahora; le daría algo de fuerzas.

Me agarra la mano al vuelo cuando me estiro para alcanzarlo.

—Sobrevivir a la siguiente prueba significará mucho más para ella, o sobresalir incluso, con comida más sustancial.

—Por supuesto. —Bajo la mano, y él se gira otra vez para meter unos guisantes deshidratados en su bolsa. Cuando no mira, corto un trozo pequeño del panal y lo envuelvo en un paño encerado que hay cerca. A veces se trata de alimentar el alma tanto como la barriga.

Paso el dedo índice por donde ha goteado la miel en el borde de la bandeja, bajo el panal, y me lo llevo a los labios.

La explosión de dulzor hace que casi me duelan los dientes.

Me pregunto si lo tienen aquí para la prelada.

Imaginarla vagueando y comiendo tostadas de miel me lleva a meter en la bolsa unos trozos de cerdo en salazón con violencia; mucho más pragmático.

Aunque tampoco pierdo la oportunidad de robar un puñado de bayas.

No he robado nada en mi vida, y después de años y años de ser la «chica buena» y de cumplir con las normas, hay algo enormemente liberador en ello. Sobre todo aquí y ahora. Y pensabais que podríais conmigo , me gustaría decirles a los inquisidores.

Se escucha un chirrido de bisagras al abrirse una puerta, seguido rápidamente por el ruido que emite al cerrarse, y Lucan y yo nos quedamos congelados a medio robar. Lo siguen unos pasos y luego voces.

—… lo malo de que las cocinas estén cerradas es que a nosotros tampoco nos dan comida caliente —dice un hombre.

—Nadie te impide cocinar —responde una mujer. No es la prelada .

Lucan y yo nos miramos. Es imposible saber de qué dirección vienen las voces, pero se están acercando.

Lucan me agarra del brazo y tira. Nos metemos a presión entre la pared y unos toneles de patatas.

Agarra una bolsa vacía de grano grande que cuelga de un gancho, y nos arrodillamos a la vez que nos la echa por encima como si fuera una manta. Justo a tiempo.

La puerta chirría al abrirse. Bien agachada, puedo ver esta sección de la despensa a través del hueco que hay entre los dos toneles tras los que nos escondemos, pero ellos siguen a la vuelta de la esquina. El corazón me late a toda velocidad en el pecho.

—Soy un cocinero de mierda —dice el hombre, cada vez más cerca. Aguanto la respiración mientras Lucan mantiene el saco en su sitio—. ¿Y si lo haces tú?

Ella resopla.

—No soy mejor cocinera que tú, y lo sabes.

Contengo la respiración cuando doblan la esquina.

Los inquisidores tienen las capuchas quitadas y es surrealista verlos como…

personas. No son sombras brutales sin rostro.

Son tan de carne y hueso como cualquiera de nosotros.

Ya lo sabía, claro, pero es tan fácil de olvidar cuando son ellos los que hacen cumplir las reglas aquí dentro con mano de hierro…

—Las cocinas abrirán después de la prueba de mañana —dice la mujer—. Come entonces.

—Está claro que lo haré. Pero tengo hambre ahora .

—El hombre se mueve en nuestra dirección.

Lucan cambia de postura, en un intento por pegarse más hacia atrás.

El inquisidor para en seco con la mirada fija en el panal.

Lucan me mira y sé que debería sentirme culpable por lo que he hecho, sobre todo si nos pillan por eso…

Pero la rabia que sentía aún está fresca en mis venas.

Estoy hambrienta, cansada y harta de sentirme asustada, y me voy a pelear a puñetazos con tal de que mi amiga pueda probar un poco de panal si hace falta.

—¿No hemos traído esto hace como una hora? —pregunta el hombre, que se acerca para observar el corte evidente que he hecho en la esquina del panal—. ¿Quién ha estado aquí?

—Nadie. Todo el mundo se está preparando para mañana. —La mujer se acerca para comprobarlo.

Se me tensa todo el cuerpo. El sentido común me grita que me quede callada y espere. Se irán para investigar. Pero esa otra parte de mí sigue lista para pelear. Si ellos…

Campanas.

Frenéticas. Agudas y graves. Es el sonido del miedo en Vinguard.

Ambos salen corriendo de la habitación y dejan atrás la comida.

Lucan y yo esperamos, pero solo un segundo. Los inquisidores no van a volver, no con las campanas repicando…

Hay un dragón atacando.