La maldición del dragón 38 #2
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38 #2

Llego a lo más alto del tejado, entre más escombros y cuerpos —restos de una familia que disfrutaba de la tarde— y, cuando estoy buscando una forma de volver a bajar, el monstruo toma tierra.

Justo detrás de mí. El metal de las escaleras por las que subí se rompe y se separa de la piedra, que se agrieta bajo su peso, y quedo atrapada.

Tengo un nudo en la garganta. Me tiemblan las piernas. Me tambaleo y caigo, e intento arrastrarme. Los cuerpos que me rodean, chamuscados y apenas reconocibles como humanos, ahora parecen una promesa. El edificio cruje bajo el peso de la bestia.

«¿Cómo te gustaría morir?», parecen preguntarme sus ojos fundidos.

Ya sea por el derrumbamiento del edificio, por el fuego del dragón o porque me coma viva, no voy a sobrevivir.

El dragón se inclina hacia adelante y resopla, lo que despeja el polvo y el humo lo suficiente como para poder verle los detalles de la cara.

Escamas cobrizas, salpicadas de oro, que se tornan oxidadas y negras alrededor de los ojos brillantes.

Unas espirales de humo denso le salen de las fosas nasales.

Unos dientes tan grandes como mi brazo le cortan de las encías.

Estira una garra hacia adelante. Cierro los ojos con fuerza y me preparo para lo que viene.

Espero que me agarre. Que se incline y me devore con un bocado enorme y un crujido espeluznante.

Pero no lo hace. En su lugar, la garra me marca el pecho.

Quema de una forma tan intensa que estoy segura de que me ha perforado el esternón. Grito.

Y entonces… luz.

—¿Te duele? —Salgo de mis pensamientos de un salto ante la pregunta de Lucan. Está delante de mí, junto a la cama. Estaba tan distraída que ni lo he visto acercarse.

Bajo la mano del esternón y dirijo la atención a él mientras aparto los recuerdos a los recovecos de mi mente.

—No, no me duele. A veces siento como si tuviera un alambre atado alrededor del corazón, como si no pudiera latir como debería.

La cicatriz me escuece y eso me hace sentir como si tuviera insectos diminutos e invisibles por la piel.

O siento todo el cuerpo demasiado rígido.

Todo es incómodo, pero no doloroso. Y, por suerte, no es constante.

Puedo sentir la calidez de su cuerpo y me echo para atrás en la cama. Debe de tomárselo como una invitación, porque se coloca en el espacio que he dejado al borde de la cama; el colchón se hunde bajo su peso. Me resisto a inclinarme hacia él.

—¿Puedo verla?

Aunque por lo general odio enseñársela a la gente, algo en Lucan parece…

diferente. La pregunta no me molesta de inmediato.

Más que eso, me doy cuenta de que no me importa si la ve.

La cicatriz es mía, aunque una parte de ella es compartida con él; él formó parte de ese día, incluso si nunca lo he sabido.

Muevo las manos hacia los cordones del chaleco y los suelto.

Tiro hacia abajo del cuello, pero sigue cubriéndome la ropa interior sin problemas.

Aun así, estoy menos tapada de lo que he estado en años delante de otra persona, y soy incapaz de no respirar hondo.

Lucan baja la mirada a mi pecho y el calor me sube por el cuello. No me mira de forma romántica. Lo sé. Pese a ello, su atención parece diferente a la de cualquier otra persona que haya observado la marca que me convirtió en Valor Reencarnado.

La cicatriz es una red astillada de piel hecha pedazos unida por heridas blancas y retorcidas. El punto más grueso está entre mis senos, en el centro del pecho. Pero se extiende hasta justo debajo de las clavículas.

Sube la mano. No le detengo. Lucan desliza las puntas de los dedos con cuidado sobre las líneas de la clavícula. Inhalo bruscamente cuando una sacudida me atraviesa el cuerpo. Se encoge ante el gesto y retira la mano.

—¿Te he hecho daño? —Casi le agarro los dedos para volverlos a poner sobre mí.

—No. Yo… Me noto todas las cicatrices un poco extrañas. —Es cierto. También es mentira.

La piel que rodea la cicatriz está llena de puntos muertos, partes en las que no siento nada en absoluto o siento con menos intensidad. En otras áreas, el tejido sanó correctamente. Me provoca una sensación incómoda de tacto que desaparece y reaparece.

Pero también es su tacto. Me afecta. Me provoca una descarga bajo la piel. Quiero que me toque… y que siga. Que pase la mano por la cicatriz y bajo la camisa. Es un impulso que no he experimentado antes, y es tan emocionante como aterrador.

—Puedes seguir —consigo decirle, y ojalá pudiera decirle lo demás. Puede que el hambre me haga delirar. Puede que sea porque este lugar parece más desesperado cada día.

Desliza las yemas de los dedos sobre mi pecho, justo por encima de los senos, y las expande para descansar la mano. Su tacto es tan abrasador que me duelen los pulmones con cada respiración superficial y tensa.

—¿Llegaste a averiguar qué era la luz? —me pregunta con los ojos enfocados en la mano. Es difícil formular una respuesta cuando me está tocando así.

—No, no lo averigüé.

—La luz fue una de las primeras cosas que vi cuando recuperé la conciencia. La recuerdo bien —dice en voz baja, y levanta la mirada hasta la mía. Me baja un escalofrío por la espalda. Sigue sin alejarse.

—Yo también —contesto en voz baja.

—¿De verdad no sabes que dónde venía? ¿No era una mentira que le contaste al vicario?

—Yo… —Frunzo el ceño; el recuerdo de ese día está más fresco en mi cabeza de lo que ha estado en años—. El dragón se estiró para agarrarme, me arañó el pecho con la garra y luego… la luz.

Más tarde me contaron que la luz consumió a la criatura y que desapareció. Una hazaña de Luz de Éter como nadie había visto jamás, una hazaña que describieron como similar a las del legendario Valor.

—Cuando desperté después, estaba en la Gran Capilla de la Piedad y los restauradores me estaban dando puntos bajo el mando del vicario Darius.

Asiente y vuelve a dirigir la mirada hacia la cicatriz.

—Mi conciencia iba y venía, pero me llevaron contigo. Se dieron cuenta de que estaba allí después de rescatarte. —Presiona los dedos con un poco más de firmeza, casi como si estuviera intentando tocar algo en mi interior—. Me dijeron que estaba vivo gracias a ti.

—Lo dudo.

—Yo no.

Esta vez, sé que no me estoy imaginando que nos acercamos un poco. Quiero preguntarle todo lo que recuerda de ese día, todo lo que pasó mientras estaba inconsciente, pero dudo que él estuviera en la habitación en la que trabajaban los restauradores para coserme el pecho.

—Te guste o no, Isola, eres especial —susurra.

Mamá también me dijo que era especial. No que estuviera maldita, sino que era especial.

El ataque del dragón, el hecho de que desatara el fuego en las fosas de quebranto, mis ojos…

Son demasiadas cosas como para ignorarlas.

Quizás no soy Valor Reencarnado , pero quizás tengo un poder que puede ayudar a salvar este mundo.

Justo cuando abro la boca para hablar, llaman a la puerta.

—Soy yo —dice Saipha desde el otro lado.

Ambos nos ponemos de pie y me ajusto los cordones del chaleco rápidamente a la vez que Lucan abre.

Saipha se desliza dentro y me rodea para estirarse en la cama con un gemido mientras se agarra el estómago. Creo que ni siquiera es consciente del movimiento. Todos estamos muy cansados por el hambre.

—Todo está tranquilo. No he visto a nadie, ni siquiera inquisidores, durante unos quince minutos. Si vais a ir, yo iría ya.

Miro a Lucan. Asiente.

—Hagámoslo —contesto, y salimos juntos.

Siento una presión en el pecho al bajar hasta el vestíbulo silencioso y no estoy segura de qué me da más miedo ahora mismo: la forma en que no puedo parar de pensar en la calidez de su mano en mi pecho o qué sucederá si no podemos encontrar más comida antes de la próxima prueba.