38
E speramos a que caiga la noche y a que todos, con suerte, estén en sus habitaciones.
Saipha merodea por la puerta y respira hondo.
—Vas a estar bien —la tranquilizo.
—Ah, ya lo sé. —Me lanza una sonrisa confiada que no se refleja en sus ojos. No se lo digo, y en vez de eso le doy un apretón en el hombro—. Os avisaré cuando todos estén metidos en la cama para dormir.
Acto seguido, se va y yo vago hasta su cama, dejando caer todo mi peso en el borde.
—No te preocupes —dice Lucan cuando se posa en la caja fuerte—. Va a estar bien. Es probable que la mayoría ya estén dormidos.
Tan pronto como ella vuelva, nos iremos.
Miro por la ventana. De pronto, esta habitación diminuta parece demasiado grande y más pequeña que de costumbre a la vez.
Es la primera vez que estoy sola con Lucan en días.
La primera vez desde que nos paramos juntos ante la estatua del Dragón Anciano después de que llegaran los últimos admitidos de la Subcorteza.
E, incluso entonces, había inquisidores no muy lejos.
Ahora mismo, estamos solo nosotros dos, y el silencio es insoportable.
—¿Quieres ser Caballero de la Piedad? —le pregunto de repente, y Lucan da un brinco.
—Vaya, eso ha venido de la nada.
—Solo te estoy dando conversación, y nunca hemos hablado del tema. —Me encojo de hombros.
—Pues claro que quiero ser Caballero de la Piedad. Todo el mundo quiere —me contesta sin ninguna emoción.
— Pues claro . —Pongo los ojos en blanco.
—¿A qué viene ese tono? —Se ríe bajito—. ¿Qué tiene de malo querer unirse a los rangos del muro?
—Como tú has dicho, todo el mundo quiere ir a la Piedad. Es una respuesta tan aburrida. — Y tampoco ha sonado como si lo quisieras de verdad , me abstengo de decir, pues no estoy segura de si le conozco tan bien como me lo parece.
Se encoge de hombros.
—Soy un hombre aburrido.
—Eres de todo menos aburrido, Lucan. —A medida que pronuncio las palabras, me choca lo ciertas que son.
Ha sido mi sombra durante tantos años, desde que éramos solo unos críos; realmente nunca me he permitido detenerme demasiado a pensarlo.
Él era el enemigo. El perro guardián del vicario.
Pero ahora me doy cuenta de que en realidad nunca le he dado la oportunidad a Lucan de ser nada más.
Ahora que lo he hecho, estoy descubriendo que la curiosidad me está superando.
—Lo soy, te lo aseguro. Huérfano y criado por el Credo, con el deseo que entrar en la Piedad para vengar la desgracia que debe de haberle sucedido a mi familia…
Es una historia tan estándar que podrías tirar una piedra en cualquier dirección del muro y le darías a un caballero con motivaciones similares —se lamenta con sorna.
Lo es, pero eso no lo hace menos traumático .
Después, en un volumen tan bajo que casi no le escucho, añade—: Además, tú vas a estar ahí.
Algo en el timbre áspero de su voz libera mariposas en mi estómago.
—¿Porque el vicario te ha pedido que me vigiles? —le pregunto.
—Ya te lo dije una vez y te lo diré cien más: que le den al vicario. —Oírlo me saca una sonrisita, pero se desvanece rápido cuando añade—: No es para vigilarte. Aunque siempre te voy a proteger si me dejas. Y no por el vicario, o el Credo, o Valor Reencarnado, o cualquier superstición o título.
El corazón se me incendia. Esas son todas las razones por las que todos en Vinguard se han interesado alguna vez por mí, aparte de mi familia y Saipha.
—Entonces, ¿por qué?
—Porque eres tú . —Me mira fijamente.
Trago saliva y me obligo a preguntar:
—Pero ¿por qué?
Me mira como si no me hubiera mirado casi todos los días de su vida durante años.
—Hay tantas razones, pero la primera es por aquel día hace seis años… Tú me salvaste aquel día.
Espera. Esto no tiene sentido. El hambre debe de estarme afectando a la mente. Me acerco a él un poco más.
—¿De qué estás hablando?
—Yo estaba allí aquel día. En el tejado, contigo.
Las palabras me golpean el pecho con la misma fuerza con la que el cañón disparó al dragón verde.
De pronto, estoy de vuelta en aquel tejado. Los escombros. Todos esos cuerpos esparcidos alrededor, muertos.
¿Era Lucan una de las personas que pensaba que estaban muertas?
—Estabas allí —repito—. Lo que significa que sobreviviste también, ¿no?
Asiente.
—Yo… —Las palabras no me salen. Todo empieza a encajar en su sitio.
La razón por la que Lucan, a pesar de odiar al vicario, permaneció en el Credo.
La razón por la que yo le atraía, por la que quería cuidarme.
La razón por la que soportó los horrores del vicario solo para permanecer en un camino paralelo al mío.
No porque supuestamente yo fuera un héroe legendario, sino porque yo había sido su héroe.
Y por eso estaba horrorizado cuando vio mi terror ante el dragón por primera vez. Él me había visto como alguien que le había salvado la vida, y ahí estaba yo, huyendo asustada desde el primer momento en que me pusieron a prueba.
Pero ahora mismo, me mira con una admiración pura.
La he visto en él en otras ocasiones, pero siempre pensé que era un fanático del Credo.
Ahora que sé de dónde viene esa admiración, la verdad me inspira pánico.
De alguna manera, es peor que el hecho de que el resto de Vinguard me vea como su salvadora.
Yo le salvé. Y ni siquiera me acuerdo de él. Ni siquiera podría hacerlo de nuevo si lo intentase. La culpa se me desliza por las costillas y me estruja el corazón herido hasta que me duele.
—Lo siento, no lo sabía…
—Te desmayaste por las heridas y por el aumento de Éter. Y de todas formas, yo estaba inconsciente cuando me podrías haber visto. Entendía perfectamente por qué no lo habrías sabido. —Su tono deja claro que no siente rencor.
De repente, siento que me he quitado un peso del pecho. Aquel día, aquel momento que me había diferenciado, que me colocó en un podio inalcanzable para la mayoría, ahora es compartido con alguien más. No estaba sola .
—¿Por qué no me lo ha contado nadie?
—El vicario lo ordenó. —Se encoge de hombros.
—¿Por qué no me lo contaste tú ? Al fin y al cabo, que le den al vicario, ¿no?
Lucan pone una sonrisa burlona, la cual yo imito.
—Tienes razón. Fuera de aquí, nunca hablamos en realidad. Y no me parecía que fuera algo con lo que pudiera venirte de golpe cuando empezó el Tribunal. —Empuja la caja fuerte y se levanta—. Así que intenté cuidar de ti lo mejor que pude, y lo poco que fuera capaz a lo largo de los años.
Aparto la mirada y me froto la cicatriz, repitiendo ese día en la cabeza. Si no tengo cuidado, es muy fácil perderme en los recuerdos. Motivo por el que suelo evitarlos a toda costa; no quiero recordar ese día, no quiero dejar que tenga poder sobre mí.
Sin embargo, quizás por primera vez en mi vida, me permito recordar. Verlo con una lente ligeramente nueva y distinta.
Mamá tiene una reunión con algunos de los miembros del gremio.
La casa gremial es pequeña y siempre huele a tierra.
Me encanta ir porque los árboles jóvenes que cultivan son pequeñas maravillas.
Y pensar que, de la tierra, se pueden hacer crecer cosas; que, hace mucho tiempo, el mundo estaba lleno de verde y no de la piedra pálida de las calles y los edificios, o el óxido del azote, o las cicatrices de ataques de dragón.
No puedo escuchar de qué están hablando, siempre lo hacen a puerta cerrada. Pero suena… tenso. Hasta con doce años puedo darme cuenta de eso.
Sale de la puerta trasera como un torbellino. Nos vamos sin decir adiós y salimos a las calles abarrotadas de Vinguard.
El cielo está despejado.
Tan… sorprendentemente azul.
Hace que el eco del rugido del dragón sobre los tejados sea más fuerte. Como si las nubes pudieran amortiguarlo de alguna manera. No suelen atacar en días con el cielo despejado.
Pero la bestia pasa a toda velocidad sobre nuestras cabezas, deja un rastro de ceniza y humo como una estrella fugaz maldita. Da la vuelta y planea, como si me estuviera buscando.
Mamá me aparta a un lado y entramos en el hueco de una puerta.
—Quédate aquí, Isola. Aquí estarás a salvo —me dice.
¿Hay algún lugar seguro? Quiero preguntá rselo, pero se va corriendo hacia la calle antes de que pueda hacerlo.
El dragón vuelve a rugir, más cerca y más alto. El fuego ilumina el cielo y me arden las mejillas. Los postigos de los edificios que hay al final de la calle echan a arder. Me giro y golpeo la puerta cerrada.
—Dejadme entrar. Dejadme entrar —ruego. Pero la puerta no se mueve. Escucho gente dentro, pero no se atreven a abrirla.
Vuelvo a mirar a la calle y veo a gente corriendo con la ropa en llamas. Ellos… No, no gritan. Es un sonido gutural y horrible como el rugir de un dragón. Un aliento agonizante al quemárseles la piel.
Las lágrimas me brotan de los ojos. Me muevo inquieta y me agarro la camisa. El dragón vuelve a rugir y me encojo de miedo.
No quiero estar sola. Salgo a buscar a mi madre. Si estoy con ella, me mantendrá a salvo. Sabrá lo que hacer. Mamá siempre sabe qué hacer. Es así de brillante.
Hay una explosión de fuego de dragón ante mí, tan caliente que podría derretir la piedra. La mayoría de los que huyen mueren al instante. Pero escucho los gritos de aquellos que no. Los huelo. Hay tanto fuego y humo negro. Unas garras arañan las tejas y veo un coletazo de la cola del dragón.
Corro. El caos me empuja por un callejón estrecho, creo que he visto a mamá ir en esa dirección.
—¡Mamá! ¡Mamá! —grito, y toso tanto humo que casi siento náuseas.
Hay tantos gritos. Doy la vuelta y pronto me doy cuenta de que solo hay un camino hacia adelante. Detrás de mí está el fuego. Escombros ardientes enfrente. Una sola escalera de hierro que sube.
Subir significa la muerte. Pero el fuego también. ¿Quizás hay una puerta en el tejado o una trampilla?