La maldición del dragón 37
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N o hay ceremonia. El cuerpo de Benj es arrastrado con la misma consideración que un saco de ropa sucia. La muerte es tan común en Vinguard, más aún entre los Caballeros de la Piedad, que ninguno de ellos le dedica un segundo más de la cuenta.

Sin embargo, para los suplicantes… Incluso aunque todos hemos visto la muerte de una forma u otra, esto se siente distinto. Sé que ahora todos nosotros estamos imaginando la facilidad con la que nos atravesarían la piel con las dagas. Lo rápido que caeríamos.

Por un segundo, el humo me golpea la nariz y veo los cuerpos en el tejado. Cierro los ojos con fuerza y respiro por la boca. Cuando los vuelvo a abrir, sigo en el monasterio, y los recuerdos menguan.

—No estaba maldito —murmura Saipha—. Solo tenía hambre.

—Pidió piedad —contesta Lucan con solemnidad.

—Y se la dieron encantados. —Niega con la cabeza y aparta la mirada.

No hay nada más imperdonable en Vinguard que tener la maldición del dragón. Pero desobedecer a los Caballeros de la Piedad, y a la voluntad del Credo, están en segundo lugar. Firmó su destino varias veces.

—Deberíamos irnos. —Lucan vuelve a dirigirse a las escaleras.

Los tres vamos a mi habitación mientras el brillo anaranjado del atardecer entra a través de la ventana que hay al final del pasillo.

Lucan cierra la puerta con resolución apoyándose en ella.

Tiene una expresión calmada y tranquila, probablemente como resultado de años de práctica bajo el techo del vicario, pero noto que está tan estresado como Saipha y yo.

—Lo saben. Todos saben que tenemos comida. —Saipha empieza a caminar de un lado a otro. Nunca la he visto tan nerviosa—. Van a venir a por nosotros.

—Saipha, no saben si es verdad o no. Benj sonaba totalmente loco; pidió piedad, por el amor de Valor. Dudo que la mayoría de ellos se crea nada de lo que ha salido de su boca —dice Lucan con calma.

Si mi amiga lo ha escuchado, no reacciona. Está en otro mundo.

—Van a venir por la noche y nos van a matar por la comida. Deberíamos deshacernos de ella.

—No vamos a deshacernos de nuestra comida, Saipha —le digo con firmeza—. Es el único motivo por el que tenemos fuerza siquiera, y la vamos a necesitar para luchar contra ellos si vienen de verdad .

—De todas formas solo nos queda un poco.

—Lucan abre la caja fuerte que hay a los pies de la cama con una mueca.

Dos rebanadas rancias de plan. Tres bolsas de setas deshidratadas.

Y quién sabe cuánto tendremos que esperar antes de la siguiente prueba…

Suponiendo que paren de matarnos de hambre después.

—¿Por qué hacen esto? ¿Por qué harían algo así? —Saipha sigue caminando.

—Para tratar de forzar que se manifieste la maldición —dice Lucan.

Se detiene y le da un escalofrío, luego se envuelve con los brazos.

Después de un momento, les hago una sugerencia:

—Vamos a dormir juntos.

Saipha para en seco.

Lucan ladea la cabeza y levanta una ceja, y me doy cuenta rápidamente de lo que he dicho y lo explico después de toser para aclararme la garganta.

—Ponemos mi colchón en la habitación de Saipha, ya que la suya es la que más lejos está de las escaleras, al menos por un pequeño margen, pero es algo que puede darnos una oportunidad mayor de escuchar si alguien viene por el pasillo.

Las puertas se abren hacia dentro, así que quizás podríamos usar su caja fuerte como barrera.

Dos pueden dormir mientras el otro hace guardia.

—Me parece bien. —Lucan asiente.

—Es probable que me sienta mejor si no estoy sola —concuerda Saipha. Es un alivio ver que se calma.

Hacemos lo que he sugerido al pie de la letra.

El colchón ocupa casi todo el suelo de la pequeña habitación, pero encaja justo entre el catre de Saipha y la pared opuesta.

Así pues, yo hago la primera guardia. Mi amiga está en su cama y Lucan en el colchón del suelo, y ambos caen en un sueño agitado.

No pasa nada. No vienen ni inquisidores ni suplicantes a por nosotros.

No durante mi turno. O el de Lucan. O el de Saipha.

—¿De verdad hemos sobrevivido a esta noche? —La sorpresa de Saipha es evidente.

—Eso parece —digo con un bostezo.

—El día también puede suponer un riesgo —señala Lucan con seriedad. Está sentado sobre la caja fuerte frente a la puerta—. Deberíamos quedarnos aquí. Tampoco es que nos vayan a dar de comer.

—¿No sería sospechoso si no salimos? —Me froto la frente en un intento por aliviar el dolor palpitante que siento entre las sienes. No he tenido tanta hambre en mi vida.

—Tienes razón. ¿Y si salimos por turnos? ¿ Uno se queda aquí mientras los otros dos salen? —sugiere Saipha.

—Entonces sabrían que aquí solo hay una persona haciendo guardia. —Lucan frunce el ceño—. Creo que no deberíamos irnos.

—Supongo que si no lo hacemos, así conservamos energía —medito—. Todos han estado durmiendo hasta tarde y echándose más la siesta… ¿Puede que no parezca tan sospechoso?

Saipha lo acepta con un suspiro y se estira hacia atrás, mirando al techo. El resto del día no hay mucha más conversación.

Al día siguiente, solo nos queda una rueda de queso para los tres.

Ninguno está convencido de que nos vayan a dar de comer incluso tras la prueba.

El miedo a los otros suplicantes ha menguado un poco cuanto más se han arrastrado los días.

Todos estás demasiado débiles como para lanzar un ataque significativo contra nosotros, incluso cuando nos aventuramos a ir al baño del final del pasillo a por agua o por otras necesidades.

Y, mientras que nosotros estamos en una posición mucho mejor que la mayoría gracias al racionamiento, está pasándonos factura en el cuerpo.

—Me siento como si alguien me hubiera vaciado por dentro —se queja Saipha. Está sentada sobre la caja fuerte frente a la puerta—. Para cuando llegue la prueba no podré mantenerme en pie.

—Todavía te quedan fuerzas, aunque no te lo parezca. —Lucan no parece optimista de verdad. Tiene más bien una expresión de determinación total basada en experiencias que aún no ha compartido con nosotras.

—No podemos hacerlo mal en las pruebas. Se fijan en ellas más que en otra cosa para determinar el acceso a la Piedad. —Saipha se presiona los ojos y niega con la cabeza antes de volverlos a abrir.

Tiene razón.

Me siento al borde de la cama.

—Tengo una idea. —He intentado evitarlo, pero creo que no puedo.

—Conozco esa mirada tuya… —Mi amiga se inclina hacia adelante—. ¿Qué tipo de idea?

—Ninguno de los dos tiene que involucrarse.

Puedo hacerlo sola. —El riesgo que esto supone solo debe recaer en mí.

Si los inquisidores tienen algún motivo para sospechar que me han dado información externa sobre el Tribunal, podrían pensar que tengo más todavía.

Puede que hasta la suficiente como para esconder la maldición.

Me acuerdo de Benj y reprimo un escalofrío.

Los inquisidores están listos para saltar a la mínima oportunidad.

— No vamos a dejarte sola. —La convicción de Lucan me sobresalta.

—Creo que sé dónde podemos conseguir comida. Quizás —les digo. Bajo la escalera roja, tras el escudo de dragón negro para comida. Repito en mi cabeza lo que me dijo Callon el Día de la Convocatoria antes de que entrara al monasterio.

—¿Cómo? —La voz de Saipha ha bajado hasta convertirse en un susurro. Conoce las implicaciones de lo que estoy diciendo. Si hay una forma de conseguir comida cuando nos están matando de hambre a propósito, eso significa romper las reglas.

—Es una corazonada, una intuición. —La miro a los ojos y le mantengo la mirada, en un intento por que entienda que no voy a decir nada más.

Se muerde el labio. Es demasiado inteligente como para no sospechar que poseo algo de información que no debería poseer si estoy siendo tan confiada y a la vez tan cautelosa.

Pero sabe que no debe hacer preguntas. Es más seguro que no sepa nada; si es así, puedo cargar con la culpa yo sola—.

Puede que no sea nada. —La información de Callon está obsoleta y sé que no debo asumir que la distribución del monasterio para el Tribunal es la misma de un año para el otro.

Está claro que, como suplicantes, nos abren y cierran distintas secciones que imagino que están abiertas para los coadjutores que suelen estar aquí.

—Pero, si existe la posibilidad, merece la pena para recuperar las fuerzas antes de lo que sea que nos tengan preparado para la siguiente prueba —Lucan dice justo lo que estaba pensando.

—Estáis pensando con el estómago los dos.

—Saipha se cruza de brazos y sube las rodillas para hacerse un ovillo—.

No vale la pena arriesgarse. —Es evidente que sabe que me han dado información ilegal sobre el Tribunal—.

Saben que todos estamos muertos de hambre…

No van a ponernos algo demasiado intenso para la siguiente prueba.

—¿De verdad lo crees? —le pregunto. No contesta, así que sigo—: Están decididos a acabar con la maldición como sea. Nadie ha mostrado síntomas, todavía, así que siguen de caza.

—No van a aflojar hasta el final —añade Lucan con seriedad—. Quedan dos pruebas más.

—Pillaron a Benj —dice Saipha débilmente.

—No estaba maldito, y todos lo sabemos. —Nos quedamos sentados en un silencio tenso hasta que añado—: Tendré cuidado, pero no se me ocurre otra manera.

Podrían usar nuestra debilidad contra cualquiera de nosotros y afirmar que es una señal de que la maldición se está manifestando.

No les demos más razones para sospechar de nosotros a los inquisidores.

Saipha suspira. Lucan no dice nada. Por fin, como si llegaran a la misma conclusión a la vez, asienten.

Tomamos la decisión de ir a la noche siguiente. Más vale pronto que tarde, mientras aún nos quedan fuerzas. Saipha sigue reticente al plan. El mero hecho de estar relacionada de cerca con algo que tiene que ver con la revelación de conocimientos secretos del Tribunal la tiene de los nervios.

El problema es que no sé a dónde «ir» aparte de a una escalera roja. La cual no he visto. Y he subido y bajado por todo este lugar en múltiples ocasiones. Aunque no he estado buscando una expresamente, creo que me habría dado cuenta.

—¿Estás segura de que quieres ir sola? —El lento arrastrar de la caja fuerte por el suelo casi tapa la voz baja de Lucan. Saipha sigue dormida.

—Voy a estar bien —le digo, un poco sorprendida por lo preocupado que parece. Casi me hace querer tocarle el brazo para tranquilizarle, pero la idea de acercarme y acortar la distancia entre nosotros me revuelve el estómago de una forma desconocida, así que no lo hago.

—Si no has vuelto para cuando haya salido el sol por completo, iré a buscarte. —Hace un gesto hacia la ventana. Los primeros rayos de luz de un amanecer gris se cuelan por los listones.

—No te preocupes. No hará falta. —Le lanzo una sonrisa radiante, más segura de lo que me siento. Y me parece ver que se inclina un poco hacia adelante, pero me voy antes de poder estar segura.

El monasterio está en silencio. Todos están dormidos, pero sigo alerta cuando empiezo mi misión de búsqueda.

La muerte de Benj todavía cuelga sobre el monasterio como un velo y una parte de mí sabe que Cindel me va a culpar por ello.

Después están las últimas incorporaciones, que son una incógnita; no tengo ni idea de lo que harán unos huérfanos que crecieron «luchando por unas migajas » cuando los presionen de esta manera.

Por no mencionar a todos los demás suplicantes…

Respiro y me sereno antes de que mis preocupaciones se descontrolen.

Anoche preparé la ruta mentalmente para poder estar ojo avizor mientras los pies me llevan donde necesito ir.

Callon dijo «bajo» la escalera roja, no encima.

Suponiendo que hablara desde la planta baja, eso reduce las opciones de forma considerable.

También se refirió claramente a la comida, lo que me lleva en dirección al refectorio.

Primero compruebo la corta escalera que lleva hacia allí por si hay algún indicio del color ojo.

Analizo las paredes en busca de fantasmas de letreros antiguos y no veo nada.

No hay obras de arte colgadas. Sí que encuentro agujeros de un tapete quitado hace tiempo y que estaría atornillado sobre la piedra, y espero que no fuera eso.

Busco cualquier tipo de cuerda o hebra caída, pero no encuentro nada.

Hago lo mismo en la escalera siguiente. Y después en la tercera. Entonces es cuando lo veo, en la esquina de una de las escaleras que acaba en un almacén que ignoré el primer día: una salpicadura de pintura roja que ha sido rascada casi por completo. Fácil de pasar por alto si no la estás buscando.

Mientras echo un vistazo a las escaleras, dudo si ir ahora o no, pero en vez de eso vuelvo con Saipha y con Lucan. Se está haciendo tarde y no quiero que se preocupen. O que Lucan venga a buscarme.

—¿Qué tal ha ido? —me pregunta él cuando entro.

—Creo que sé lo que tengo que hacer.

—Lo que tenemos que hacer. —Lucan cierra la puerta detrás de mí.

—Lucan…

—No quiero que vayas sola, Isola. Explorar es una cosa, pero hacer lo que sea que vas a hacer… Sé la cara que pones cuando estás a punto de hacer algo arriesgado.

Subo la vista para mirarlo y me doy cuenta de lo cerca que estamos. Se me hace un nudo la garganta. Tengo el cuerpo caliente. Pero la forma en que me mira es como si quisiera devorarme y saborearme al mismo tiempo.

—No vale la pena que te arriesgues tú también.

—Tú siempre vales la pena. —Ni se inmuta ni titubea. Habla de una manera tan directa que las mariposas que sentía antes en el estómago ahora están remontando el vuelo.

Saipha murmura algo en sueños y se gira.

Nos alejamos un poco de un saltito, como dos niños a los que han pillado haciendo algo que no deben. Al fin, Lucan me dice:

—Deberías dormir algo mientras puedas. Yo me encargo de la primera parte de tu guardia.

—Pero tú también necesitas descansar. — Sobre todo si vas a venir conmigo esta noche.

—Estaré bien. —Sonríe tranquilizador y ocupa su lugar sobre la caja fuerte.

Siento que me está mirando cuando me estiro en el colchón y me cubro con las mantas hasta la barbilla. Me cuesta quedarme dormida. Estoy ansiosa por lo que pueda esperarnos esta noche. Pero también… ¿entusiasmada? Estoy entusiasmada ante la idea de ir sola… con él.