La maldición del dragón 36 #2
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36 #2

Los inquisidores nos ven haciéndolo, pero no dicen nada, igual que ven que no nos comemos el almuerzo para guardarlo para más tarde.

Nos metemos la hogaza de pan plano, la bolsa de setas deshidratadas y la cuña de queso duro que nos dan bajo las camisas, y volvemos a nuestras habitaciones para guardarlas en las cajas fuertes que tenemos a los pies de la cama.

Después vamos directos al invernadero, donde Lucan sigue impresionándonos al orientarnos con qué plantas elegir.

—Algunas se pueden deshidratar —nos dice—. Estas están mejor frescas.

También nos dice cuáles comer antes para que comamos menos en el desayuno o la cena en días en los que sea una comida que se mantendrá bien si guardamos algo.

Para cuando el resto de los suplicantes empiezan a darse cuenta de que la comida disminuye, nosotros ya tenemos apartadas unas reservas decentes.

Empiezan a reconocerlo con menciones de pasada, y lo dicen tan alto que está claro que las posibles repercusiones negativas de hablar en voz alta no se les han ocurrido. Más gente comienza a hablar. Y, justo como nosotros tres esperábamos, a partir de ahí la cosa empeora mucho más.

El almuerzo es la primera comida que dejan de ofrecer por completo. No somos los únicos que hemos tenido la idea de llevarnos los alimentos no perecederos y usarlos como raciones. Tan pronto como suficientes suplicantes empiezan a hacer eso, los inquisidores los quitan del todo.

El objetivo principal es hacernos daño. Nadie ha mostrado síntomas de la maldición todavía, y una parte de mí piensa que está empezando a preocuparles, dado que los oímos decir por casualidad que uno de nosotros está maldito.

La pregunta de quién es debe de estar cerniéndose sobre ellos más amenazadora que un dragón amarillo.

El desayuno es el siguiente en desaparecer. La gente empieza a levantarse más tarde. La inconsciencia hace que el hambre sea más soportable. Cuando la gente está despierta, está irritada por defecto.

Ya ha pasado bastante de cuando pensamos que sería la siguiente prueba más o menos, y nadie tiene ni idea de cuándo puede acabar esto. Y de alguna manera eso lo hace aún peor.

Una noche, nos presentamos en el refectorio a la hora de la cena y nos lo encontramos cerrado todavía. Nadie parece sorprenderse lo más mínimo. Todos nos quedamos mirando con miradas vacías.

Con un rugido, Benj carga contra la puerta. Es la primera vez que le he visto hacer algo que no le haya mandado Cindel directamente. Agarra el pomo con ambas manos y lo agita. Sus gritos de frustración hacen eco en el techo entre los siniestros ruidos metálicos.

—Desgraciados, ¡dejadnos entrar! No podéis matarnos de hambre. No hemos venido aquí para eso. —Ruge y muerde la cadena de la puerta como un animal.

—Ya vale, Benj —le dice Cindel, pero no se mueve de donde está con los dos chicos y las dos chicas que la rodean. Tiene la nariz ligeramente arrugada con asco, más que con preocupación, incluso cuando Benj gruñe. Grita. Casi echa espuma por la boca.

Sigue agitando la puerta.

—La voy a tirar abajo. ¡Lo voy a hacer!

—Benj, voy a dejarte si no vienes. —Hasta medio muerta de hambre, rebosa un aire de «soy mejor que tú » .

—Nosotros también deberíamos irnos —murmura Saipha—. La cosa podría ponerse fea.

Estoy de acuerdo, pero me quedo paralizada y tristemente fascinada cuando Benj empieza a dar puñetazos contra la puerta hasta dejar manchas de sangre.

—Isola. —Lucan entra en mi campo de visión—. Vámonos.

—Benj, por favor. —Horowin da un paso adelante para probar suerte. Pero, si el chico no hace caso a Cindel, está claro que no va a escuchar a Horowin.

Asiento con la cabeza y empezamos a retirarnos hacia el colegio mayor, pero un grito nos hace pararnos donde estamos.

—Vosotros tres.

Benj ha retirado su atención de la puerta. Los que se han quedado con él también han puesto su foco en nosotros. Toda la atención parece letal.

—Vosotros tenéis comida.

—¿Qué? —Frunzo el ceño.

—Tenéis comida. Puedo olerlo —gruñe.

—Ya basta. —Horowin intenta intervenir de nuevo; siempre hace de mediador amable—. Tienes que irte a tu habitación y descansar. Gastar toda esta energía es inútil.

— Tienen comida . —Benj nos señala con un dedo ensangrentado—. Lo sé. La están acumulando. Ellos son los que se la han llevado toda.

—Quizás deberíamos dejarle hablar —dice Cindel en tono casi cantarín. Me mira a los ojos con un destello depredador—. Si tienen comida, ¿no deberíamos saberlo el resto? No es muy propio de los Caballeros de la Piedad el estar acumulando recursos cuando tus camaradas lo están pasando mal.

—Vámonos —repite Lucan, que le lanza una mirada fulminante a Benj como si sus palabras fueran poco más que los delirios de un loco y fueran tremendamente erróneas.

Saipha mira a Cindel con una mirada totalmente asesina. Es obvio que la advertencia que le hizo tras la lección del vicario ha servido de poco.

—La voy a encontrar. Me la voy a llevar. Me la comeré, me la comeré toda, ¡ os comeré a vosotros si hace falta! —Los desvaríos del chico resuenan por el techo.

—Benj. —Horowin no tiene otra oportunidad de calmarlo. Los inquisidores se acercan y Horowin retrocede de inmediato, dejando espacio cuando rodean a Benj. Horowin sabe tan bien como los demás que no se puede hacer nada más.

—Esperad, no. —Cindel da un paso adelante, pero es demasiado tarde—. Solo lo ha dicho en broma. No es tan grave.

Los inquisidores la ignoran.

Benj se da cuenta de golpe de sus circunstancias y de lo que ha dicho. Se tambalea hacia atrás, pero no tiene a dónde ir. Y los demás no tenemos el poder para ayudarle cuando los inquisidores se le acercan.

—Yo no… No era…

Los inquisidores lo agarran.

—¡Soltadme! —grita—. No era… No estoy maldito. ¡No lo estoy!

—¡Parad! —chilla Cindel de manera estridente—. Solo tiene hambre. No sabe lo que dice. —A pesar de que el pánico le crece en la voz, no se mueve. Sabe que si lo hiciera estaría atando su destino al de él, y Benj ya es un caso perdido.

Comienzan a llevárselo a rastras. Los demás estamos paralizados por el horror. No podemos hacer nada. Por primera vez en mi vida, algo más aparte de un dragón me ha hecho sentir realmente indefensa; realmente aterrada.

Benj mira por toda la sala y encuentra a Cindel. Comparten una mirada larga y, por un instante, pienso que puede que hayan tenido algo real entre ellos. Al menos todo lo real que pueden ser los sentimientos de Cindel.

—Por favor, no —susurra ella a la vez que un silencio letal se apodera de él.

Benj se queda sin fuerzas bajo sus puños férreos. Entonces un sonido casi tan espeluznante como el de las campanas empieza a resonar en el claustro cavernoso: carcajadas.

Bajas y delirantes. Después más agudas, más rápidas. Emite rugidos de delirio amargo con ferocidad.

—Vale. ¡Vale! ¿Pensáis que soy una de esas bestias? ¿ Pensáis que me he aliado con el enemigo? —Vuelve a mirar en mi dirección, pero esta vez me mira solo a mí—. ¿O es que estáis protegiendo a vuestro preciado Valor Reencarnado? ¿Me tiene miedo? ¿Crees que estoy maldito? ¿Tienes miedo, Valor?

—Yo no… No tengo… —Me tropiezo con mis propias palabras.

¿Debería intervenir? ¿Debería tratar de parar esto?

Estoy tan indefensa como vosotros , quiero decirles cuando todos se giran para mirarme.

Pero no puedo decirlo porque soy Valor Reencarnado, aunque sea cierto.

Una vez más, estoy atrapada en una prisión creada por el vicario.

Los inquisidores intentan meterlo por una de las muchas puertas del claustro, pero sigue resistiéndose. Sin previo aviso, Benj muerde a uno en el brazo.

—¡Matadme, entonces! ¡Acabad ya con esto! ¡Mostradme piedad!

Lo hacen.

Un destello plateado. Una daga con un dragón enrollado, llena de veneno. Y cae, muerto.