36
E sa noche me cuesta dormir. Cada ruido me despierta de un salto, alerta y tratando de escuchar si el postigo de la ventana se está abriendo o si los inquisidores vienen a interrogarme —si han atrapado a mamá—, pero no sucede nada del estilo.
A pesar de que apenas consigo pegar ojo, me siento mejor de lo que me he sentido en semanas cuando me levanto por la mañana, gracias a la tintura.
Cindel no quiere saber nada de mí en el desayuno de hoy.
En vez de eso, mira con odio a los nuevos.
Está claro que se aferra al principio según el cual deberían haberles dado muerte por sospecha de que tengan la maldición.
De manera egoísta, estoy un poco contenta de que su atención no se centre en mí por un rato.
Almuerzo con Lucan y Saipha, y pasamos el día dividido entre la biblioteca y el área de entrenamiento. Los tres trabajamos bastante bien juntos; mejor de lo que habría esperado.
Pasan dos días lentos.
Todos se están poniendo un poco más nerviosos a medida que pasan las horas.
Es probable que sea porque el ambiente parece…
casi pacífico, de una forma que recuerda a la calma que precede a la tormenta.
Como si algo malo estuviera pasando, carcomiéndonos, pero no nos diéramos cuenta de qué es todavía.
—¿Qué te pasa? —me pregunta Saipha en la cuarta tarde tranquila. Estamos en una de las salas de entrenamiento solas con Lucan.
—No me pasa nada. —No es la primera vez que me lo pregunta.
Desde que vi a mamá, siento como si tuviera pegado en la frente un cartel que dice «culpable por asociación».
Me dirijo a zancadas al estante de las armas para poner espacio entre nosotras.
Nos hemos venido aquí para alejarnos de los demás más que para entrenar, por lo que me quedo mirando el despliegue de contundentes armas de práctica.
—Has estado melancólica y rara… en general —insiste siguiéndome.
—Y tú has estado más irritable que de costumbre también —le contesto. No quiero ni que me insista ni me examine.
—Quizás si no estuvieras actuando de una manera tan extraña. —Se cruza de brazos. Miro a Lucan en busca de ayuda.
Me sorprende acudiendo en mi auxilio.
— Sí que has estado más irritable, Saipha.
—Qué grosero. —Saipha entrecierra los ojos al mirarlo y elige una jabalina del estante. Por un segundo creo que considera lanzársela.
—Y tú también has estado «rara», Isola —me dice Lucan con una ceja enarcada.
—¿Y tú no? —replico.
Lo sopesa con mucho más cuidado de lo que esperaba.
—Supongo que sí… —Se queda mirando al rincón de la sala durante un largo minuto—. Todos estamos nerviosos. Vamos a seguir haciendo lo que podamos mientras esperamos la próxima prueba. Solo quedan dos y ya habremos acabado con las peores partes del Tribunal.
Más tarde, hay una pequeña tregua cuando recibimos una clase del bibliotecario jefe de Vinguard. Dirige una pequeña asociación que se dedica a mantener y registrar las historias de la ciudad en nombre del Credo; las historias que dejan que lean los ciudadanos.
Mejor que el vicario .
Es un hombre bajo y calvo que lleva una túnica que no le queda bien y que parece un intento de corte drapeado que no funciona. Prefiere pasearse por el estrado frente al atril en vez de estar de pie tras él mientras habla.
—Todos los registros históricos que poseemos hablan de la habilidad que tenía Valor con la Luz de Éter.
No solo podía identificar dónde se ubicaban las Pilas, cosa que hizo cuando estableció Vinguard sobre la más profunda y robusta que quedaba en el mundo, sino que también fue uno de los últimos humanos en poseer la habilidad de hacer uso de la Luz de Éter sin sellos para concentrar el poder.
—Exactamente, ¿ cuándo perdieron los humanos la habilidad de usar la Luz de Éter de manera directa? —pregunta Daisy.
—Es complicado dar una fecha precisa, ya que hemos perdido muchas historias registradas en conjunto con la pérdida de nuestras tierras y las vidas de nuestros ancestros por las plagas que nos atacan.
Sabemos que al principio había cuatro Pilas con ciudades construidas sobre ellas: una entre las nubes, una en un mar inmenso, una en las profundidades de la tierra y Vinguard.
Pero las historias de las otras tres se perdieron con ellas.
—Se bambolea y camina en la dirección opuesta—.
Basándonos en esta documentación limitada, hemos concluido que la conexión de los humanos a la Luz de Éter se vio interrumpida cuando el azote propagó la Sombra de Éter y extinguió las otras Pilas.
Deposita su atención en mí y me muevo incómoda en el asiento.
Lucan se mueve a mi lado y desliza la mano más cerca de la mía.
Sabe que el tema de Valor me produce desasosiego.
Lo sabía mucho antes del Tribunal. Antes consideraba lo bien que me conocía, cuánta atención me prestaba, como algo inquietante.
Pero ahora, es un bálsamo sorprendente. Casi deseo que me dé la mano porque sé lo que va a decir el orador antes de que lo haga, y sé que va a ir dirigido directamente a mí.
—Antes de que Valor se fuera para luchar contra el Dragón Anciano, juró que, si fallaba, volvería para llevar a Vinguard a una nueva y brillante era.
Que llegaría un día en que el azote sería expulsado y la Luz de Éter fluiría para empoderar a cada ciudadano dentro de nuestras murallas.
Pero Valor no regresó… No hasta hace seis años, cuando una humana hizo uso de la Luz de Éter sin un sello por primera vez en siglos para matar a un dragón.
Una humana que ahora es poseedora de dos ojos dorados, como se cuenta de Valor.
Cada par de ojos que se gira hacia mí es como una piedra. Se amontonan unas sobre otras. Cuando acaba la lección, casi no puedo caminar del peso. Me noto los hombros pesados y el estómago vacío. Como si me hubieran desgastado desde dentro, y me desmorono sobre mí misma.
La mañana siguiente no es como las demás.
Lucan nos aparta a un lado a Saipha y a mí después de desayunar. Cierra la puerta de la pequeña sala de estudio de la segunda planta de la biblioteca y espera, claramente alerta. Saipha y yo permanecemos calladas, aunque intercambiamos una mirada de cautela. Su precaución nos tiene nerviosas.
—¿Cómo os sentís vosotras dos? —nos pregunta al alejarse aliviado de la puerta. Supongo que estaba escuchando por si alguien pasaba cerca y no oyó a nadie.
—Bien. —Los miro a los dos.
—Yo estoy bien. —Asiente, pero de alguna manera suena como si quisiera pelear por eso.
—Me parece que te estás poniendo muy nervioso por si alguien escucha de casualidad que nos has preguntado cómo estamos. —Lo miro escéptica.
Le hace un favor a mi escepticismo.
—Nos están privando de comida.
—¿De qué estás hablando? Han estado dándonos las tres comidas normales por día. —Saipha ya ha adoptado un tono de molestia. Quería ir a los terrenos de entrenamiento, otra vez, para «golpear algo». Parece ser lo único que evita que nos hable mal estos días.
—La frecuencia es la misma, pero la cantidad no. Han estado reduciendo las porciones de manera gradual cada día desde el primero, para que no fuera evidente.
Saipha pone los brazos en jarra y resopla.
—Si no quieres entrenar hoy, podrías haberlo dicho.
—Deberíamos escuchar lo que nos está diciendo —replico.
—Quizás tú puedes perder el tiempo, Isola, porque eres Valor Reencarnado, pero algunos de nosotros debemos trabajar de verdad por lo que tenemos —espeta Saipha. Abro la boca y luego la cierro lentamente. No voy a dejar que la conversación llegue a su punto álgido.
La dureza de sus palabras le cala, y presiona las palmas sobre la mesa de la sala de estudio y murmura un «Lo siento» suave.
—Tiene razón. —Me doy cuenta por las dos. La inquietud. La sensación de vacío en la boca del estómago que parece no calmarse nunca. Pensaba que solo eran culpa y nerviosismo.
—Sé lo que es pasar hambre. —Lucan se apoya en la pared. Con la mirada cada vez más ausente, parece que está viendo directamente a través del presente hasta un pasado que le apaga el brillo de los ojos.
—¿Qué te hacía el vicario? —le susurro. Lo que me hizo el vicario en un intento por conseguir sus objetivos es demasiado reciente para mí como para no preguntar.
Apenas acabo de comenzar a entender el odio de Lucan por el hombre que pensaba que era como un padre para él.
Ahora sospecho que el vicario era más bien un captor.
—No importa. —Lucan se aparta de la pared y nos pasa al lado para mirar por la ventana, como si cambiar de posición pudiera ayudarle a evitar la pregunta—. Lo único que importa es que soy consciente de cuánta comida se me da. Consideradme una autoridad en el asunto.
—Está bien —digo rápidamente. Estoy dispuesta a creerle y no quiero darle vueltas al tema. Saipha parece conforme con estar de acuerdo también—. Entonces, ¿qué hacemos? ¿Empezamos a acumular comida y a racionar?
—Me parece un plan sólido —contesta Lucan.
—Nos llevaremos lo que podamos en el almuerzo. —Me muerdo las uñas al pensarlo—. Puesto que es la hora a la que la gente puede entrar y salir del refectorio, podremos hacerlo sin levantar sospechas.
—Por mí bien —afirma Saipha.
Lucan asiente y luego añade:
—Si de verdad nos están haciendo pasar hambre, buscaré plantas comestibles en el invernadero. Restringirán el acceso pronto, sin duda.
—Bien pensado. —Por lo rápido que sube y baja las cejas Saipha, es evidente que está sorprendida con la sugerencia. Un extraño sentimiento de orgullo se adueña de mí, como si de cierto modo hubiera hecho bien en introducirlo en nuestro grupo.
Ponemos el plan en marcha de inmediato. Ahora que Lucan lo ha señalado, me doy cuenta perfectamente de que mi plato en la cena es mucho más ligero que el día que llegamos.
A la mañana siguiente, nos rezagamos después del desayuno, dando vueltas y reuniendo los últimos trozos que han dejado los demás.