35
P arpadeo. Otra vez. Y otra más .
Mamá está sentada en la cama como si todo esto fuera completamente normal. Se levanta con una leve sonrisa.
—No soy un espejismo, o un sueño o una impostora —dice en voz baja; entiende sin problemas por qué parpadeo una y otra vez—. Aunque yo no me quedaría con la puerta abierta, eso sí. Nunca sabes quién puede estar escuchando u observando. Aquí las paredes tienen ojos, Isola.
Aunque dice que esto no es un sueño, sí que lo parece.
Tengo el cuerpo desconectado de la mente.
Mi espíritu ha salido volando. Incluso mientras cierro la puerta con cuidado y el pestillo se engrana con un leve clic, apenas soy consciente de los movimientos.
Solo escucho la sangre que me corre por las orejas con cada latido del corazón.
Esto es malo. Esto es malo. Esto es tan, tan malo , me dice cada latido.
Mamá no debería estar aquí, y me estremezco de pensar lo que le harán si la encuentran.
—¿Qué…? ¿Qué estás haciendo aquí? —Mi voz está tan tensa que casi no se escuchan las palabras.
—¿Qué voy a hacer? Estoy aquí por ti.
Parece mayor de lo que la recuerdo, cansada. Tiene las mejillas un poco hundidas y los ojos un poco lánguidos. Tiene un tono grisáceo en la piel que no ha tenido nunca. Solo hace más o menos una semana desde la última vez que la vi, por lo que debe ser un efecto de la luz.
—No puedes estar aquí —lo que digo es obvio, pero me cuesta encontrar las palabras.
—Lo sé. ¿Por qué crees que me he colado?
Lanzo una mirada a la puerta, como si los inquisidores fueran a venir corriendo en cualquier momento, y después vuelvo a mirarla a ella.
—¿Acaso estás intentando que te maten? En serio, ¿es eso?
—Isola…
—No solo estás arriesgando tu destino, sino también el mío.
—Me presiono el pecho con una mano—. Si te encuentran aquí conmigo, ¿qué crees que me harán?
—Hay una ráfaga de dolor en sus ojos, pero mantiene la compostura.
No es la primera vez que se ha controlado cuando he arremetido contra ella. Con suerte, no será la última.
—¿Y qué crees que te harán si acabas colapsando? ¿Si sale a la luz que su gran «Valor Reencarnado» no es tan legendario como todos piensan? Ya están haciendo preguntas peligrosas, Isola. ¿Quieres dar lugar a que pregunten más?
La pregunta me pica como el azote en la garganta. Da un paso hacia mí.
—Estoy aquí porque me preocupo por ti. Porque, por mucho que desearía que no fuera el caso, se te ha declarado su salvadora anunciada.
Sé cuánto hace desde que te tomaste una dosis, lo que ha pasado hoy y cuánta Luz de Éter has extraído.
Lo necesitas. —Mete la mano en el bolsillo de la túnica raída que lleva y saca un frasquito.
Es de un tono carmesí que siempre me ha parecido inquietante pero aceptable cuando considero sus beneficios.
Tomo el frasco.
—¿Me has traído una tintura…?
—Te dije que lo haría.
—¿Es la fórmula nueva? —Me atrevo a preguntar, con un destello de esperanza que vuelve a la vida en mi interior a partir de ascuas que hacía tiempo que pensaba que se habían extinguido.
—Lo es. —Solo dos palabras, aunque también podría haber dicho «puedes sobrevivir a esto».
—Gracias —susurro mientras lo agarro con firmeza.
El cansancio le suaviza la expresión del rostro ante la gratitud que hay en mi voz, pero aguza la mirada.
—Pero escúchame bien, Isola. Ya no estoy a salvo. —Traga saliva con dificultad, pero es la única señal de duda—. El vicario está tomando medidas.
—¿Qué tipo de medidas? —Miles de ideas me bailan por la mente igual que miles de cuchillas bailaron bajo mi piel a sus órdenes hace unas horas.
—Me temo que quiere que desaparezca. Para siempre.
Se me encoge el estómago.
—¿Que desaparezcas? — Ah, o sea que sí que está intentando que la maten .
Me sostiene la cara y me da un beso en la frente. Me inclino hacia ella como una niña, aunque el terror se apodera de mí.
—El vicario está luchando por conseguir el control total —susurra—. Ha estado jugando a largo plazo. Ahora que estás aquí y de camino a entrar en los Caballeros de la Piedad, no necesita que siga controlándote para que obedezcas. Tu camino ya está establecido.
—Lo sabías —suspiro—. Sabías de las amenazas que hacía sobre ti todo el tiempo.
—Claro que sí —resopla, levemente exasperada.
La verdad que he temido todo el tiempo nunca ha sido más clara. Los que eran meros monstruos en la noche ahora caminan por estos pasillos. El vicario hará cualquier cosa con tal de reforzar su control sobre mí; sobre esta ciudad. Incluso si eso implica matar a mi madre.
—Todo lo que hago, cariño mío, es para mantenerte a salvo, hasta cuando no puedes verlo. —Me aprieta los hombros con las manos, negándose a soltarme—. Era mi deber saber exactamente cómo me estaban usando en tu contra.
—Estar en los Caballeros de la Piedad, incluso como escudera, no es como estar en el Tribunal. Una vez haya acabado, tendré más libertad. Puedo…
—No va a esperar tanto tiempo —me dice con calma, a pesar de mi pánico creciente.
—¿Por qué? ¿Por qué le corre tanta prisa ahora?
—pregunto, temerosa de la verdad. Esto va más allá del hecho de que yo esté en el Tribunal e inaccesible.
Por fin he extraído de la Pila sin un sello.
Está tan cerca de conseguir todo lo que siempre ha querido.
Estaba claro que empezaría a atar cabos sueltos.
Me mantiene la mirada y luego la aparta en otra dirección medio segundo; lo suficiente como para creer que me lo va a contar. Pero no lo hace, lo que me hace suponer que tengo razón.
—Eso no importa. Lo único que importa es que estés a salvo, así que céntrate en eso.
—Merezco saber la verdad, mamá —le digo de golpe. La furia ayuda a que mis palabras ganen velocidad—. ¡Nunca me cuentas nada de lo que necesito saber!
Mira rápidamente hacia la puerta.
—Baja la voz, Isola. Por favor .
—Pues cuéntame lo que está pasando. Lo que está pasando de verdad . Hay más que no me cuentas, sé que tiene que haberlo. ¿Qué me estoy perdiendo?
Nos miramos a los ojos, pero me niego a ceder.
He estado cediendo toda la vida. Ya va siendo hora de que me mantenga firme.
Sobre todo ahora. El vicario no se parará ante nada para obligarme a que vuelva a extraer directo de la Pila, y hay algo en la expresión de mi madre que hace que se me acelere el pulso.
—Hay una fuerza poderosa extrayendo de la Pila.
—¿Qué?
Vuelve a mirar hacia la puerta y después a mí, a la vez que se pasa los dedos con nerviosismo por el pelo y se le enganchan en los rizos.
—Un arma, o lo que se convertirá en un arma como ninguna otra. Algo que tu padre ha ayudado a crear. El vicario planea usarlo para pasar a la ofensiva.
Mis pensamientos van a parar de inmediato a la espada de Valor.
En la Gran Capilla de la Piedad, la espada legendaria está sostenida por una estatua hecha a su imagen.
Pero esa espada sería antigua, no algo que padre haya ayudado a crear.
¿A menos de que la modificara? No, el vicario nunca lo permitiría.
— ¿Qué? —Por un instante, es la única palabra que me sé, contaminada de miedo y pánico—.
¿Ofensiva? —Los caballeros se aventuran a salir de caza de vez en cuando según lo permitan los recursos, pero como mucho se trata de buscar las pequeñas presas que puedan encontrar, o de matar a dragones heridos en los salientes de montañas cercanas. No una ofensiva total.
—Contra el Dragón Anciano…, y pronto —termina de decir, como si no fuera ya lo suficientemente malo.
—No estoy… Vinguard no está preparado.
—No temas. Aguanta hasta el final, Isola.
Me siento la piel tirante, la habitación parece más pequeña y la miro a los ojos, arrugados por la preocupación. Hasta el aire huele diferente; más frío y cortante, como si hubiera soplado desde los altos picos que se ciernen sobre Vinguard, emanando del mismísimo Dragón Anciano.
—Para ti es fácil decirlo —le espeto antes de pensarlo mejor—.
Es fácil decir no temas cuando no se espera de ti que tomes la espada de Valor y vayas a enfrentarte al Dragón Anciano .
—Se me quiebra la voz al decir «anciano ».
El Credo dice que el monstruo es el más viejo de todos, el líder y el núcleo de su poder.
—Vas a estar bien. —Su voz es firme (demasiado firme), como si estuviera leyendo un guion.
—No sabes cómo me siento. —Le doy un manotazo y me aparto, cruzándome de brazos con la cabeza agachada.
Mamá se queda ahí parada, como un pilar de calma a la luz titilante de la lámpara.
—Solo puedo imaginarme la presión.
—No, mamá, es más que eso. No sabes lo que siento bajo la piel. Las pesadillas que tengo de algo que intenta arrastrarse fuera de mí. —La miro a través de una cortina de pelo—. Por favor, dímelo… ¿Estoy maldita? ¿Por eso me hacías las tinturas? ¿Por eso lo arriesgaste todo para conseguirme una?
Hay un segundo de silencio.
—No dejes que pase como aquella noche. No te vayas sin decírmelo —le ruego en un susurro.
—No estás maldita. —Las palabras son delicadas, pero dejan un eco vacío en la pequeña habitación—. Pero tampoco eres como el resto de nosotros, Isola. Eres especial.
Si se tratara de otra persona, me quejaría ante ese «especial», pero con ella es distinto. Mamá no usa esa palabra igual que los demás, ella no se refiere a Valor Reencarnado.
—Las tinturas ayudan a regular tu Éter.
—¿Como la forma en que extraje de la Pila sin un sello? —pregunto. Asiente—. ¿Pero no es porque esté maldita?
—No hay nada de ti que yo llamaría maldito. —Toda la admiración del mundo le ilumina los ojos cuando me coloca un mechón de pelo rebelde detrás de la oreja—. Y ahora, debería irme.
—¿A dónde? —Mi voz suena bajo hasta para mí.
—Es mejor si no te lo digo… —Echa un vistazo a la ventana—. Pero que sepas que sigo un paso por delante del vicario, y no carezco de amigos. Encontraré una forma de liberarme de sus garras. Hasta que nos volvamos a ver, mantente a salvo y aguanta. Su crueldad solo acaba de empezar.
Asiento, pero se me cierra la garganta. Amor, ira, confusión; se me hacen un nudo bajo las costillas, tan afilados como garras. Le doy un abrazo, desesperada por sentir su calor, y me aferro a ella hasta que me duelen los dedos.
No se mueve, se limita a abrazarme hasta que estoy lista para separarme.
—Te quiero más que al Éter —le susurro.
—Te quiero más que a todo el Éter del mundo. —Me sonríe con dulzura—. Puede que mis métodos no sean convencionales, Isola, pero mi intención siempre ha sido proteger a nuestra familia. Sin embargo, lo mejor que puedo hacer por ti ahora es irme… Lo que significa que no podré darte más tinturas.
¿Irse? Niego con la cabeza, sin saber qué decir, y le agarro la túnica con más fuerza. Nadie puede «irse» de Vinguard.
—¿Dónde vas a…?
Llaman a la puerta. Ambas nos quedamos heladas.
—Isola, ¿estás dormida? —Saipha me llama en voz baja desde el otro lado de la puerta. Pensaba que se había acostado. ¿Ha oído algo? No, es imposible. Si lo hubiera hecho, estaría tirando la puerta abajo.
Abro la boca para contestar al tiempo que suelto a mamá, y llego a mitad de camino a la puerta por instinto, pero entonces me paro. ¿Debería dejar que piense que estoy dormida? No puedo explicarle esto.
Saipha decide por mí, ya que el sonido de sus pasos se atenúa, y siento una punzada de culpa. ¿Debería haberla dejado entrar? Con emociones encontradas, me giro para volver a mirar a mamá…
Pero se ha ido.
Solo entra una ligera brisa por la ventana abierta. Me quedo de pie en medio de la habitación, con el frasquito en la mano. La habitación parece más vacía que nunca, como si le hubieran sacado hasta el aire.
Tengo más preguntas haciendo eco en la cabeza. ¿A dónde se va? ¿Quiénes son sus amigos? Pero hay una que resuena más alto que las demás: ¿por qué parece que le asusta más la idea de que sea «especial» que la de que esté maldita y me convierta en un dragón?