La maldición del dragón 34
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C uando llego al claustro, respiro hondo, en un intento por enfriar lo que arde en mi interior. Todo es tan abrumador. Siento una presión en el pecho. Mi piel llena de cicatrices es tan delicada que me duele con cada movimiento del chaleco sobre la camisa.

Quiero gritar.

En vez de eso, me obligo a mantener la calma y me dirijo al colegio mayor, parando un momento junto a la estatua central del dragón para recuperar el aliento.

Al hacerlo intento ignorar los ojos sin vida que me fulminan desde arriba y la forma en que el miedo me hormiguea bajo la piel. Sabe lo que soy.

Este poder… Puede que sea porque soy Valor Reencarnado. O porque tengo la maldición del dragón. Si los dragones son seres de Luz de Éter, entonces estaba claro que podría atraer magia. Y en ambas ocasiones surgió en forma de calor. Este calor ardiente que siento dentro, que amenaza con consumirme.

El tapiz del dragón cobrizo atrae mi mirada.

¿Soy uno de vosotros?

Un par de pasos me alcanza por detrás rápidamente y me pongo recta. Los pelos de la nuca se me erizan y el estómago se me revuelve. El vicario debe de haberme seguido.

Va a llevarme con él otra vez. Sé que lo percibió, el momento en que extraje de la Pila sin un sello otra vez en el refectorio, por muy leve que fuera.

Un hombro roza el mío cuando alguien se para junto a mí y casi rompo a llorar cuando me encuentro cara a cara con Lucan y no con el vicario.

Me mira a través de su pelo rubio oscuro despeinado. A la luz del atardecer, hay algo en él que es casi radiante, a pesar del agotamiento. Veo los hilos de oro a su alrededor, en sus ojos, en su pelo, en el aire que lo rodea al caminar.

—Lucan —digo en voz baja, para que la conversación sea solo entre nosotros y no para los posibles inquisidores que pueda haber cerca.

Por algún motivo, su nombre me alivia la tensión de los hombros, como si el cuerpo todavía recordara lo de antes; lo reconfortante que era su presencia cuando me sostenía.

La forma en que la Luz de Éter de nuestros sellos bailaba junto a nuestras respiraciones.

Apoya un brazo en la estatua del dragón, totalmente tranquilo, pero los ojos se le van hacia las esquinas de la sala.

—No dejes que te afecte.

Me obligo a sonreír.

—Voy a estar bien.

—Sí que lo vas a estar…, pero, al mismo tiempo, no.

—La expresión de Lucan no cambia lo más mínimo ante mi sonrisa vacía.

No se deja engañar por ella—. Le dirás a todo el mundo que estás bien.

Siempre lo haces. Pero, cuando piensas que nadie te está mirando, te quedas con la mirada fija como si quisieras salvarnos a todos pero sabes que no puedes.

—Baja tanto la voz que parece cortante—.

Y ese resentimiento va a hacer que quieras quemarlo todo.

Se me afloja la mandíbula. Por la Piedad, está tan cerca de descubrir la verdad.

—Nunca lo quemaría todo —le susurro, aunque se me tensa la garganta—.

Quiero salvar Vinguard. Quiero ver a los niños jugando a la luz del sol, caminar más allá de las puertas, saber que el mundo no es solo piedra y sombras y el rojo del azote.

—El vicario y su Credo, sin embargo, no serían más que ceniza si dependiera de mí—.

Pero parece que no soy capaz de encontrar la fuerza.

Da igual cuánto me entrenen, siempre me quedo corta.

—Eres más fuerte de lo que piensas, Isola. —Su voz es suave pero firme.

Suspiro. Fingir que siempre sé lo que soy, lo que se espera que sea y lo que puedo ser en realidad de pronto es demasiado.

—Quiero ser suficiente, Lucan, pero no soy quien todos piensan que soy. Tengo miedo de no llegar a serlo nunca.

Cambia de posición y se inclina más cerca aún. Tanto que puedo sentir el calor que sale de él. Tanto que podría tocarle si me inclinase solo un poco más hacia delante.

— Eres suficiente. —Me mira a los ojos con su cálida mirada color avellana.

Niego con la cabeza y hundo los hombros, a la vez que pienso en cómo el vicario pudo reducirme a un estado tan patético con tan poco esfuerzo.

—No, no lo soy. Ni de lejos.

—Lo eres —insiste—. Te conozco.

—Conoces a la idea de mí, Lucan. —Las palabras salen obligadas por la culpa, que las hace precipitadas y desordenadas—. Quiero ser suficiente para salvar a Vinguard, para salvar a todo el mundo, pero me aterran los dragones.

En cuanto la confesión sale de mi boca, quiero retirarla, pero no puedo.

—Me viste la primera noche, me quedo petrificada. Salgo corriendo. Apenas puedo tratar con ellos cuando están muertos en la calle.

—Estuviste bien en las fosas. —Intenta ganar ventaja en la conversación. No le dejo.

—Me tuve que esforzar mucho solo para estar «bien». Y eso ni siquiera es la mitad de todo.

No dice nada. Me aguanta la mirada, dándome espacio para que averigüe lo que quiero decir.

—Por fin he conseguido extraer de la Pila sin un sello, pero no ha sido intencionado ni a propósito.

Sigue sin decir nada. Así que continúo; el miedo me saca la confesión a rastras.

—Por fin sucedió, por fin lo hice y nada me ha hecho sentirme menos como Valor Reencarnado.

No me sentí como una defensora de la esperanza.

Me sentí… —Se me quiebra la voz—. Me sentí como si yo pudiese ser el monstruo.

Algo oscuro y perverso. Como si tuviera fuego en los huesos y pudiera reducir este lugar a cenizas antes de poder salvarlo.

Sigue manteniéndome la mirada con paciencia. No quiero compartir nada de esto con él, pero es como si supiera que quiero hacerlo, que necesito hacerlo. Y, maldita sea, tiene razón.

Hablo más rápido todavía, poco más que un susurro precipitado.

—No sé qué me pasa. Por qué a veces tengo este poder y a veces no.

Es como si el no saber pudiera hacerme trizas…

Si lo que sea que tengo dentro no lo hace primero.

Me pica la piel, a veces ni siquiera parece mía.

La cicatriz me quema, el corazón se me acelera, tengo calor y frío al mismo tiempo. Sin las tinturas de mi madre…

—¿Tinturas? —Su tono se endurece. Me encojo de miedo.

—Su investigación, en general, la llevó a encontrar una tintura que ayuda con… lo que sea que tengo. Algo cambió en mí el día que el dragón me atacó, y no para mejor. Puede que simplemente esté rota. —No me atrevo a decir «maldita».

Veo cómo se le tensan los músculos de la mandíbula. Es demasiado listo para no escuchar lo que estoy evitando decir.

—Eres muchas cosas, Isola, pero no estás rota.

—Puede que no esté rota —admito. Intento sacudirme el estado de ánimo patético en que me ha puesto el vicario. Es tan difícil que una ciudad entera espere más de ti de lo que es justo—. Pero tampoco soy Valor Reencarnado.

—Puede que no seas Valor —lo dice con tanta facilidad, como si no rozara la traición, como si todos los miedos y las preocupaciones que he tenido fueran innecesarios.

En un segundo, es casi como si hubiera levantado el velo de una identidad que no encajó nunca.

Puede que siga unido a mí, pero hay un susurro de libertad que apenas me había atrevido a imaginar.

Saipha es la única que se ha acercado, pero hasta ella siempre cargaba con el peso de la pregunta «pero ¿y si lo eres?

», la dijera o no. Nadie en mi vida, aparte de mamá, ha aceptado jamás que probablemente no soy Valor Reencarnado.

—Pero eso no significa que no puedas salvar este mundo —continúa—. Si alguien puede encontrar una manera, eres tú. Y si no, Isola… Tú no lo rompiste en primer lugar. Ni siquiera es responsabilidad tuya el arreglarlo.

—Eso es… liberador. —Los brincos que me da el corazón se calman por fin—. Pero quiero arreglarlo. Quiero ayudar a la humanidad y curar al mundo si puedo.

Lucan se mueve y desliza la mano por la base de la estatua. Sus dedos tocan los míos y no puedo decidir a dónde mirar: a nuestras manos o a su rostro. En la fosa de quebranto estábamos más cerca que aquí y sin embargo algo parece distinto ahora.

Es porque esto es una elección. Él, acercándose.

La forma en que parece aguantar la respiración.

Siento dolor, pero no tiene nada que ver con lo que me temo que es la maldición.

Me siento tan frágil. Y, por primera vez, quiero romperme.

Quiero ser débil, solo para que sus manos fuertes puedan recomponerme.

—¡Isola! —me llama Saipha. El momento (lo que sea en lo que se estaba convirtiendo) se evapora en cuanto llega corriendo.

Lucan se endereza, apenas perceptible para los demás, pero es lo único que veo. Sobre todo cuando cierra los dedos en un puño, lejos de los míos. ¿Por qué siempre se aleja? Cada vez que lo hace escuece más que la anterior.

—Ah, menos mal. Quería asegurarme de que no estaba pasando nada malo aquí arriba. Te has perdido a Cindel volviéndose totalmente loca, furiosa porque los nuevos de la Subcorteza se han unido al grupo. Dice que va «contra las enseñanzas del Credo», como si el vicario no pudiera dictar cuáles son.

—Justo lo que necesitamos. Una versión más cabreada de esa chica —contesto. Aunque es raro escuchar algo que no sea sumisión total al vicario por parte de Cindel.

—Sí, seguro que es mejor que le demos espacio —murmura Saipha a la vez que empieza a caminar hacia la habitación.

—Ya lo tenía en mente —coincido.

—¿Quieres planear nuestra estrategia entre ahora y la próxima prueba? Suponiendo que no sea mañana.

—Estoy agotada. ¿Podemos hacerlo por la mañana? —le pregunto mientras me dirijo hacia las escaleras que llevan a mi cuarto.

—Me sirve. —Bosteza, como si le hubiera dado permiso para estar agotada también.

—Os veo a las dos en la cuarta planta al amanecer —dice Lucan, separándose de nosotras en el rellano de la segunda planta.

Se para un segundo y me mira fijo a los ojos, expuesto.

Por primera vez, el corazón se me para por un motivo no relacionado con los dragones o la Luz de Éter.

Siento presión en el pecho y me quedo sin respiración esperando a ver qué me dice después.

Maldito sea el dragón, ¿qué me está pasando?

—Buenas noches, Isola —me dice tras una eternidad diminuta.

Un millón de palabras sin decir me bailan en la lengua. Ninguna se escapa.

—Buenas noches, Lucan. —Es todo lo que consigo decir.

—Y buenas noches, Saipha —añade apresuradamente.

Ella nos mira a los dos:

—Y a vosotros.

No puedo subir las escaleras más rápido. Como si pudiera dejar atrás a Saipha y a la pregunta que sé que le arde en la lengua. Pero, claro está, no puedo. No cuando su habitación está justo enfrente de la mía.

En los pasos pares, me regaño a mí misma: un día, un par de manos firmes y unos ojos dulces, y estoy como loca por él.

Estoy por encima de esto, de distraerme por esto.

Pero, luego, en lo pasos impares, contengo una sonrisa.

Reprimo una risita minúscula. No es como yo pensaba que era, y puede que…

¿Puede que eso me guste? Nunca había pensado mucho en lo que «me gusta» en temas del amor.

Siempre pensé que me encontraría si tenía suerte.

¿Y puede que lo haya hecho? Solo que en Lucan de entre todo el mundo… Y entonces vuelvo a regañarme otra vez…

— ¿Qué ha sido eso? —Saipha explota cuando llegamos arriba y estamos más que seguras de que Lucan no nos oye.

—¿Qué ha sido el qué? —intento hacerme la tonta.

—Ah, no sé, puede que el hecho de que haya venido a ver cómo estabas antes, porque desde luego que no ha venido por mí.

O que te haya perseguido después de que el vicario te convirtiese en su muñeca viviente.

O esa mirada que os habéis lanzado el uno al otro.

—Se acerca con los ojos brillando de la emoción—.

¿No decías que no flirteaste con él para que se aliara con nosotras?

—No lo hice. —Aparto la mirada y lucho por no sonrojarme.

—¿Él lo sabe?

—Saipha, no es nada.

—¿Él lo sabe? —repite. La fulmino con la mirada y se ríe—. Mira, ¿habría esperado que eligieras al hijo del vicario? No. Pero hay opciones peores ahí fuera. Sobre todo cuando nos demuestra cada día que no es tan malo como pensábamos.

Es un buen argumento, pero…

—No puedo centrarme en eso ahora mismo —murmuro en un intento por extinguir mis propios sentimientos—. Solo estoy tratando de sobrevivir aquí dentro.

—Ya, ya, todos estamos tratando de sobrevivir, Isola. No solo aquí dentro, sino en general. Estar vivo es sobrevivir. Por eso tienes que buscar las cosas que hacen que vivir merezca la pena.

Le lanzo una sonrisa a mi amiga. Pequeña pero sincera.

—Sabes, para estar obsesionada con ver cuál es la ballesta más grande que puedes levantar o cómo de rápido puedes escalar un muro, eres bastante profunda.

—Ah, lo sé. —Saipha se gira hacia su habitación, con un balanceo triunfal en su caminar—. Por eso lo voy a dejar estar, por ahora .

—¿Por qué tengo la sensación de que me estás amenazando?

—Porque es lo que hago. —Me guiña el ojo y se retira por esta noche.

Sonrío por ella. Por cómo puede hacer que hasta uno de los peores días de mi vida sea soportable. Divertido incluso. Al menos un segundo o dos.

Porque, en cuanto abro la puerta de mi cuarto, se me desencaja la mandíbula, me quedo helada y todos los demás pensamientos se desvanecen al encontrarme con unos ojos demasiado conocidos.

—Entra y cierra la puerta —dice mamá.