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E stá claro que las fosas de quebranto nos han dejado hechos pedazos a todos los suplicantes. Todos están hambrientos y comen tanto como pueden. El bufé se queda pelado en la primera ronda de esta noche; no sobra nada para repetir.
Se escucha poca conversación, aunque yo aguzo el oído por si alguien menciona el azote. Nadie dice nada. Deben de haberlo aislado solo a la habitación que nos tocó a Lucan y a mí, lo que le da más credibilidad a su teoría del sabotaje. ¿Lo saben los otros acaso?
Los demás nos lanzan algunas miradas recelosas, puede que tomando nota de que Saipha y yo ahora nos sentamos con Lucan. Sobre todo porque no hemos elegido la mesa con los de la Subcorteza como hemos estado haciendo la mayoría de los días. Pero nadie nos dice nada, por ahora.
—No llegué a preguntarte cómo estabas —le digo con cierta culpa a Saipha—. ¿Qué tal fue el resto del tiempo en tu habitación? ¿Fue bien? ¿Te interrogaron? —le pregunté sobre el azote en su habitación y luego la conversación se centró solo en mí… y en Lucan.
¿Por qué me resulta tan difícil y extraño de repente el no pensar en él durante más de unos pocos minutos?
—No, a mí no. —Niega con la cabeza—. Fue… En realidad no puedo decir que fuera « bien » porque me pasé todo el día mirando un tercio de muslo de dragón mayormente podrido.
—Estás un poco pálida. —Le doy un bocado a la comida, aunque me cuesta un poco más que antes con las imágenes del cadáver de dragón frescas en mi mente.
—A ver, era asqueroso .
—Eso es quedarse corto —murmura Lucan.
—Por lo menos no parece haberte arruinado el apetito —digo a la vez que Saipha se traga otro gran trozo de patata.
—Tengo tanta hambre que me comería un barril de patatas entero. —Va a dar otro bocado y se mueve tan rápido que casi se le resbala el tenedor de los dedos—. Fue mucho peor porque estaba atrapada haciendo todo eso con Mikel.
Miro en dirección a la mesa de Cindel, aunque solo un segundo.
Mikel forma parte de su grupo. Es un chico de aspecto tímido con el pelo castaño corto y los ojos marrones oscuros que contrastan con la piel clara de un tono parecido al de Saipha.
Solo le he visto de pasada y nunca le he oído hablar.
Solo me sé su nombre porque he oído a Cindel ladrándole órdenes.
Por suerte, no me pillan mirando.
—Déjame adivinar, ¿se pasó todo el rato contándote lo increíble que es Cindel? —susurro.
—Ojalá solo fuera eso. No paraba de hacer preguntas sobre ti. —Me lanza una mirada cargada de preocupación sincera.
—¿Yo? ¿Por qué? —Trato de desprender una calma que no siento del todo.
—Apostaría a que estaba espiando para Cindel.
—Se inclina hacia adelante mientras habla con una voz que es poco más que un susurro—.
Da igual de lo que intentara hablar, el tema siempre volvía a ti: cómo estabas llevando el Tribunal, cómo era ser amiga de Valor Reencarnado, lo que podías conseguir de verdad.
La comida me sabe a cenizas en la boca, pero parar de comer daría la victoria a Cindel. Y, si el vicario no puede romperme, no voy a dejar que lo haga ella .
—Sea lo que sea, podremos con ello.
—Cindel no será también una especie de topo del vicario, ¿no? —Saipha lanza una mirada en dirección a Lucan. Cuando baja el tenedor al plato para clavar el siguiente bocado, casi se le cae. El cubierto le tiembla en el puño, que tiene los nudillos blancos.
Hablo antes de que Lucan pueda contestar.
—Saipha, ¿estás segura de que estás bien?
—¿Qué…? Ah. —Se mira la mano y después pincha un trozo de patata con violencia.
Cuando lo levanta, no le tiembla la mano—.
Aparte de estar trastornada con imágenes que probablemente me atormentarán toda la vida, estoy bien.
Solo tengo las manos cansadas de usar las sierras para cortar hueso y los mazos. Ahora, céntrate. ¿Cindel y el vicario?
—Lo dudo —contesta Lucan—. El vicario está en deuda con su padre. Como maestro restaurador de Vinguard, ha hecho muchas reparaciones en la capilla después de los ataques, porque es especialista en eso, pero no creo que se aprecien el uno al otro.
—¿Acaso aprecia el vicario otra cosa aparte de sí mismo?
—digo entre dientes. Creo que Saipha no lo oye, pero Lucan me lanza una mirada rápida en la que hay miles de cosas sin decir.
El odio lucha con la preocupación, que compite con una parte defensiva que quiero fingir que no existe porque sería mucho más sencillo que fuera así.
El momento se evapora a la vez que ese mismo hombre entra, como si se hubiera materializado ante la mera mención de su persona, como una pesadilla de la que no puedo escapar.
Se me enfría todo el cuerpo cuando baja las escaleras con la prelada a su lado. Tras ellos, hay tres rostros que no he visto antes: un chico y dos chicas, todos con uniformes de suplicante. Detrás hay dos inquisidores más, como un muro que evita que salgan corriendo.
Por extraño que sea ver a tres suplicantes desconocidos, no puedo apartar la vista del vicario. Todavía lo veo cerniéndose sobre mí. Todavía siento la magia desgarrándome como si fuera poco más que un papel.
La rodilla de Lucan se presiona contra la mía bajo la mesa tan firmemente que nuestros muslos se tocan. El contacto cálido y seguro me trae de vuelta al presente y lo miro. Pero él está mirando hacia adelante, con los ojos en la prelada.
—Suplicantes, hay tres incorporaciones tardías que contar entre vuestros rangos.
—La prelada da un paso al lado y hace un gesto a los inquisidores de detrás.
Empujan hacia adelante a las tres nuevas incorporaciones de manera agresiva—.
Encontramos a estos tres escondidos en la Subcorteza, eludiendo su asistencia al Tribunal.
Todas las miradas se mueven con rapidez entre la mesa de Horowin y estas nuevas incorporaciones. Horowin y su grupo parecen tan perplejos como los demás. ¿Esconderse del Tribunal? Parece imposible. E incluso si fuera posible… ¿Existe una vergüenza mayor en Vinguard?
Me sorprende que sigan vivos. Que no los hayan asesinado directamente por sospechas. Pero Vinguard necesita a todos los ciudadanos que pueda conseguir y, si todavía no los han puesto a prueba, no tienen motivos para recibir piedad.
—Algún Caballero de la Piedad va a recibir una reprimenda por esto —murmura Saipha.
La miro y levanto las cejas. Se inclina hacia adelante y susurra muy rápido—: Hace dos años, había dos hermanos en la Subcorteza que no se presentaron.
Enviaron a algunos Caballeros de la Piedad, mi padre era uno de ellos.
Según me dijo, se hizo tal ejemplo de ellos en el Tribunal, que nadie lo volvería a intentar.
Aunque eso no les ha impedido a los Caballeros de la Piedad que hagan batidas.
Me estremezco de pensar en qué consiste hacer ejemplo de alguien aquí, teniendo en cuenta por lo que hemos pasado ya.
—No nos estábamos escondiendo —le grita el chico a la prelada—. Ni siquiera sabíamos de la existencia del Tribunal. No es que tengamos un hogar o padres que nos enseñen.
—Excusas —se mofa la prelada, incrédula.
El vicario alza una mano.
—Unos pilluelos de la calle, escondidos en las cuevas de la Subcorteza.
Luchando por unas migajas. El Credo os ha fallado —dice con tono solemne.
Como si le importase—. Es por eso que os mostraremos perdón y os permitiremos uniros tarde.
Pero tened en cuenta que ya os habéis perdido la primera prueba, algo a lo que debemos poner remedio esta noche.
Inspiro lentamente. El corazón se me empieza a acelerar como si fuera yo la que está a punto de ir a otra prueba. No tengo ni idea de lo que los inquisidores pueden hacerles, pero estoy segura de que el vicario los castigará a su manera por esto.
El brillo perverso de sus ojos se dirige hacia mí, como si supiera lo consciente que soy de sus peores inclinaciones.
—También os perdisteis la bendición de la Convocatoria. Quizás a Valor Reencarnado le gustaría ayudarme a bendeciros.
Voy a vomitar.
Si no fuera por el sólido banco en el que estoy sentada, habría colapsado aquí y ahora. La verdad es que me sorprende no derretirme bajo la mesa. Lo que sea con tal de que no me mire.
—Mi Valor Reencarnado, ven. Tu vicario lo ordena.
El cuerpo me traiciona. Se mueve por instinto y sin pensar. Se mueve porque él lo ha ordenado y a mí me han entrenado durante seis años para que salte cuando me lo diga.
Todo parece suceder a media velocidad, en un lugar lejano. Estoy al lado del vicario. Descansa una mano en mi hombro, y lo único que soy capaz de hacer ahora mismo es mantenerme en pie.
—Que Valor os bendiga —recita.
—Que Valor os bendiga —repito como una marioneta.
Pero dentro… Dentro de mí, la bola de furia intensa está ardiendo. Tanto que está buscando cualquier salida. Si el vicario me cortara ahora mismo, solo saldría lava fundida.
Él sigue hablando y yo repito sus palabras. Me da una oportunidad de echar un primer vistazo a los nuevos suplicantes, lo que sea con tal de apartar la mente de otra oración del Credo.
El más alto es un chico de hombros anchos. Tiene la piel morena y el pelo corto y castaño oscuro, afeitado por los lados y más largo por arriba, recogido en un moño. Me analiza con unos ojos oscuros como uno analizaría un pergamino.
Las dos chicas tienen la piel clara y el pelo castaño claro con mechones dorados.
Una tiene el pelo corto y despeinado, no le llega ni a las orejas.
La otra tiene el pelo largo hasta la cintura; una cortina brillante y continua.
Sus rasgos son idénticos, desde la nariz chata a los ojos turquesas.
Gemelas, sin duda. Una rareza incomparable.
La oración llega a su fin y el vicario declara:
—Así lo dice el Credo, guía y guardián de Vinguard.
—Así lo dice el Credo… —Se me quiebra la voz. ¿Guía y guardián? ¿La gente que me ha torturado? ¿ La que ha dictado la vida de una joven?
—¿Isola? —casi gruñe por lo bajo, aunque su rostro permanece pasivo.
Levanto la vista hasta él y siento que un rayo de ese calor se me escapa. Se desenrolla como un hilo dorado que golpea las mejillas del vicario sin causar daños. Es idéntico a la Luz de Éter que he visto otras veces.
Nadie más debe de verlo, porque no hay reacción. Pero el hombre debe sentirlo. Se echa hacia atrás abriendo los ojos.
—Guía y guardián de Vinguard —termino rápidamente y, sin pensármelo dos veces, me muevo, dejo ahí al vicario y me abro paso entre los inquisidores. En cuanto estoy fuera de la vista, subo las escaleras corriendo con el corazón palpitándome en la garganta. Ardiendo con cada latido.
He estado a punto de liberar Luz de Éter otra vez; más que solo un pequeño bucle. Lo siento en los huesos.
¿Qué me está pasando?