32
C uando la inquisidora me guía de vuelta a la caverna principal, veo dos o tres suplicantes menos que antes. Sospecho que no soy la única a la que han interrogado y que los traerán más tarde. Espero que su experiencia sea mejor que la mía, eso sí.
Parece que a todos les han dado ropa limpia también. Qué lujo. Saipha está aquí y sus ojos preocupados se encuentran con los míos. Se desplaza a mi lado y me siento más segura de mí misma al instante. Pero yo busco a otra persona…
Lucan se encuentra en el borde exterior del grupo.
No tiene peor aspecto que cuando lo vi por última vez, como si su interrogatorio hubiera sido poco más que una charla.
Nuestras miradas se encuentran y abro la boca para decir algo, pero me aparta la mirada bruscamente.
En su lugar, se gira para mirar a la prelada.
El pecho se me tensa ante la inesperada punzada de su rechazo.
Finalmente, nos llevan de vuelta al monasterio.
Y durante todo el camino, no puedo evitar sentir que algo en mí ha cambiado para siempre.
En cuanto ponemos un pie en la Subcorteza, casi me siento abrumada por el flujo de Luz de Éter proveniente de la Pila.
Nunca la había percibido con tanta claridad, como si pudiera extender la mano y tocarla.
Unos hilos de calor se me enredan en los dedos, como un apretón de manos con un amigo de toda la vida.
Mantengo la vista al frente y espero que nadie se dé cuenta, pero Lucan está detrás de mí y, de algún modo, sé que lo está viendo. Nunca se le pasa nada. Tenso los hombros y voy con la barbilla alta hasta que Saipha y yo por fin estamos solas otra vez en la cuarta planta del colegio mayor.
—¿Qué ha pasado ahí dentro? —Saipha casi explota con la pregunta—. Me doy cuenta con solo mirarte de que ha pasado algo . — Desde luego que esa es una forma de expresarlo .
—Tú primero —le contesto tras cerrar la puerta de su cuarto. No me arriesgo a decir nada donde puedan oírlo los inquisidores—. ¿Has…? ¿A ti también te ha atacado el azote?
— ¿Cómo? —dice con la voz entrecortada—. ¿Azote? ¿Por qué iba a…? ¿A ti sí?
Asiento, me tambaleo hasta su cama y me siento con pesadez. Saipha se sienta a mi lado.
—Te ha… ¿Había azote en tu habitación?
—Estaba inundada de azote. —Es tan raro decirlo. Por otra parte, es como si mi conciencia hubiera abandonado mi cuerpo.
—¿Cómo has sobrevivido?
Se lo cuento sin escatimar en detalles. La expresión de Saipha cambia constantemente entre la conmoción y el horror. Me interrumpe hacia el final.
—Espera un momento. —Levanta la mano—. Te defiendes de una inundación de azote convirtiéndote en un sello humano dentro de un conducto, después controlas la Luz de Éter sin extraerla a través de un sello y disparas una bola de fuego desde las manos…
Y el vicario… ¡Ni siquiera sé cómo llamarlo! ¿Experimenta contigo?
—No subas la voz. —Le coloco las manos en las rodillas a la vez que me acerco con una mirada severa.
—No creerás que alguien nos está escuchando, ¿no?
—No tengo ni idea de lo que puede estar pasando.
Las cosas parecen diferentes ahora. El vicario Darius no ha hecho algo así nunca.
—Reprimo un escalofrío. Por algún motivo, es más aterrador incluso después de haber sucedido.
Como si no hubiera empezado a asimilar lo que me ha hecho hasta ahora.
Apenas puedo comprenderlo. En retrospectiva, es como si me hubiera vuelto a enfrentar a un dragón y sobrevivido para contarlo—.
No quiero arriesgarme a que se entere de nada o que tenga motivos para pensar que soy cualquier cosa menos leal.
Niega con la cabeza y deja salir un ruido de asco.
—¿Qué crees…?
Alguien interrumpe su pregunta llamando a la puerta y nos miramos inquietas. El corazón se me acelera, me tiembla la respiración, pero aprieto la mandíbula y me obligo a levantarme y abrir la puerta. A no rendirme ante el miedo.
—¿Lucan?
Todos los músculos de su rostro parecen relajarse al oír su nombre saliendo de mis labios.
El surco entre sus cejas se suaviza, pero la preocupación que reflejan sus ojos no se reduce.
Separa los labios por un segundo, muy levemente, luego los cierra, y después habla.
Y sé que lo que dice, aunque es cierto, no es lo que quería decir en un principio.
—Quería ver cómo estás. —Parece sincero, pero es un cambio radical frente al hecho de que antes se haya empeñado por no mirarme.
—Estoy bien. ¿Y tú?
Asiente y nos miramos. Es casi incómodo. ¿También le arde la lengua con miles de palabras? ¿Sabe que todo ha cambiado de manera irrevocable?
Saipha se levanta con las manos en las caderas.
—¿Y tú qué estabas haciendo mientras a ella la torturaban?
—Saipha, ese volumen. —La hago callar. Echo una mirada más al pasillo vacío, tiro de él y cierro la puerta.
Lucan entrecierra los ojos.
—¿A qué se refiere? ¿Te han torturado?
—Solo ha sido el vicario viendo si podía hacer que usara la Luz de Éter sin extraerla a través de un sello a base de abrirme en canal y volverme a curar una y otra vez. —No soy capaz de mirar a ninguno de los dos cuando revivo el momento en mi cabeza. Aprieto los puños.
—Isola… —Mi nombre suena pesado cuando lo dice, pero también delicado. Nadie lo ha pronunciado así, lleno de tanto dolor. Tanta furia silenciosa. Como si tuviese que susurrarlo o lo gritaría.
Es suficiente para formarme un nudo en la garganta y niego con la cabeza en señal de que no necesito su compasión. Su lástima bienintencionada me hace sentir demasiado débil para lo que exige el Tribunal.
Hay un silencio largo. Vuelvo a mirarle a los ojos y veo que tiene los músculos de la cara marcados de lo fuerte que está apretando la mandíbula. El remordimiento le deforma los rasgos.
—¿Y tú qué? —pregunto, sobre todo para desviar el centro de atención de mi persona.
Baja la mirada como si se sintiera culpable. Ya tengo mi repuesta, pero respeto que no intenta mentir. Lucan se frota la nuca.
—Me interrogaron, pero no fue algo físico.
—Debes de caerle bien a la prelada —musito.
No quiero culparle por su buena suerte; por las decisiones de otros que llevaron a la brutalidad que yo he afrontado y al interrogatorio relativamente indoloro que ha obtenido él en comparación.
Pero es complicado ser madura con las cosas cuando todavía puedes sentir que la piel se te desgarra del músculo, arrancada con un cuchillo mágico bajo la piel.
Lucan me apoya la mano en el hombro. El contacto es suave y su voz es sincera:
—¿Estás bien?
—Sobreviviré. —Me encojo de hombros y evito su mirada otra vez. No quiero nada más de atención por ahora.
—Lo siento. —Frunce el ceño.
—¿De verdad? —Saipha entrecierra los ojos. Él dirige su disgusto hacia ella.
—¿A qué viene esa mirada?
—Qué extraño me parece que te asignaran con Isola para trabajar como compañeros cuando hay una inundación de azote, después te vas de su lado, y después vuelves tan brillante como el sol en un día de primavera. A ella la torturan mientras que a ti te dan una severa reprimenda.
Lucan me quita la mano del hombro y me sorprende ver que echo de menos su peso.
—Y eso es seguramente porque no les importaba lo que yo hubiera hecho o dejado de hacer, ya que ni soy Valor Reencarnado ni tampoco la persona que extrajo Luz de Éter sin un sello.
—Qué excusa más conveniente —masculla Saipha.
Lucan le lanza una mirada asesina.
—¿Por qué te comportas como si fuera tu enemigo cuando deberíamos ser aliados? No estoy ocultándote ningún secreto, no hay necesidad de que nos ocultemos nada entre nosotros.
Capto la atención de Saipha y ella enarca una ceja que me pregunta «así que al final has aceptado, ¿no?».
—Está de nuestra parte —le digo encogiéndome de hombros y después lo miro de reojo—. Al menos, estoy bastante segura después de lo que ha pasado hoy.
Hay tanto envuelto en esas palabras. Incluso cuando las pronuncio, todavía puedo sentir la sensación de sus brazos rodeándome. Sosteniéndome cuando yo casi no podía mantenerme recta. «Te tengo». Aquellas palabras están grabadas en mi cerebro, labradas en mi corazón.
—Sabes que lo estoy —contesta, como si leyera exactamente lo que estoy pensando.
—¿No más secretos? Vale. ¿Está s informando al vicario? —Saipha sigue escéptica.
—Necesitaría hablar con él para poder informarle de algo. —Deja de centrarse en mí para lanzarle una mirada de aburrimiento a mi amiga—. Estoy tan atrapado aquí dentro como tú. ¿Cuándo iba a poder «informarle»?
—A fin de cuentas, los Caballeros de la Piedad informan al vicario, y los inquisidores forman parte de los rangos de la Piedad. Podrías darles información para que ellos se la pasen a él.
—No estoy informando al vicario. —Lucan pone los ojos en blanco—. E incluso si lo estuviera haciendo, no es como si tuviera algo que contarle que no sepa. ¿Crees que los inquisidores no se lo están contando ya todo ?
Saipha abre la boca y luego la cierra, silenciando su réplica. Claramente lo está considerando.
—Pero te pidió que la vigilases.
—Sí, ¿y qué?
—¿Que sí? —pregunto en voz baja. Lucan me vuelve a mirar.
—Claro que sí.
Asiento y desearía que la confesión no me escociera. Lo había dado por hecho… Entonces, ¿por qué me duele oírle decirlo en voz alta?
Como si pudiera leer mis pensamientos, añade:
—Pero le ha pedido a todo aquel que sea leal al Credo que lo haga. Yo quería aliarme contigo por motivos propios.
Saipha habla antes de que me deje llevar pensando en cuáles son esos «motivos».
—Entonces, el vicario…
—Ya vale con el vicario. Ni siquiera me gusta . —El intenso odio que le profesa es evidente al ver cómo le tiemblan los puños—. Sí, me pidió que te «ayudara» tanto como pudiese. Sí, me pidió que te vigilase. Pero ya te he prometido que no le voy a contar tus secretos.
Niega con la cabeza y me mira directamente. Puedo sentir la pregunta aunque no me la esté haciendo. «¿Qué tengo que hacer para demostrártelo? ».
Este momento parece durar un millón de años.
¿Qué más podría esperar de él? Ha demostrado su valía una y otra vez, ¿no?
Y, sin embargo, no confío en él… ¿O es que no quiero ?
Cuanto más nos miramos a los ojos, menos segura estoy.
¿Qué siento bajo todo eso? Debajo de los traumas que me ha infligido el vicario.
¿Siento una desconfianza real hacia Lucan como persona?
Esto no debería tener tanta importancia, pero siento que lo próximo que diga me cambiará la vida para siempre. Estoy al filo de la navaja y al final no estoy segura de qué es lo que me impulsa a elegir un lado por encima del otro, pero, cuando lo hago, no miro atrás.
—Confío en él —le afirmo a Saipha, aunque sigo mirando a Lucan—. Creo que va a ser un buen aliado.
Asiente como si ya supiera lo que iba a pasar.
—Lucan, contéstame a una cosa más: ¿por qué te importa tanto ser nuestro aliado si no estás informando al vicario?
—Porque estoy cansado de estar solo —contesta sin rodeos.
Yo… le entiendo . Vuelvo a mirar a Saipha, con más confianza en lo que me dice el instinto que nunca.
—Es fuerte y competente, y puede usar sellos sin el ojo dorado.
—¿Crees que soy fuerte? Qué amable eres —se burla de modo juguetón de mí. Lo miro de reojo y pone una sonrisita. ¿ No tiene la cara un poco colorada?
—¿Estás completamente segura? —Mi amiga deposita la decisión final en mis manos, porque sabe cuántas vueltas le he dado a esto.
Asiento.
—Muy bien. Los tres somos aliados, entonces. —Saipha se pone de pie, se estira, cruza y le da una palmada en el hombro—. Y ahora, ¿podemos ir a comer? Estoy muerta de hambre.
—¿Eso es todo? —Lucan se queda evidentemente estupefacto con su personalidad. Me aguanto la risa. Después de todo lo que le he hecho pasar, comprendo que esperase más de ella.
—No podemos darle vueltas todo el día. Isola confía en ti, y eso me basta…, hasta que me des un motivo para cambiar de opinión. Entonces tendré que destruirte y ya está. —Se apretuja contra él para salir por la puerta.
Lucan parpadea y me mira confundido.
—Ya te acostumbrarás. —Le sonrío y sigo a Saipha para ir a cenar.
La mano de Lucan se roza con la mía cuando le paso al lado. No la quita y subo la vista para mirarle, pero ni siquiera reacciona. Es como si no hubiera pasado siquiera.
«Estoy cansado de estar solo», decía. ¿Es ese uno de los «motivos» que mencionaba antes?
¿O hay algo más? Algo relacionado con esta tensión que…
Detengo el hilo de pensamiento. No tengo que examinar adonde estaba yéndose mi mente para saber que es peligroso.
Con todo, aún escucho el eco de lo que me ha dicho dos veces: «Me gustas».
Podría leer tanto entre líneas en esas dos palabras que daría para una biblioteca.
Inspiro lento, con el pecho oprimido, y espero que, al confiar en él —al dejarle entrar— no esté tomando la peor decisión de mi vida.