31
L os dos Caballeros de la Piedad me sujetan en el suelo con facilidad. Me estrellan los brazos y la espalda contra la piedra fría. Por dentro soy todo pánico fundido. Estoy dividida entre la sumisión aprendida y la necesidad de luchar.
El agotamiento decide por mí.
—Lo juro —imploro a toda la humanidad que esté encerrada tras los ojos hambrientos del vicario—. Juro que no puedo invocar Luz de Éter ahora mismo. Deme tiempo. Por favor . —Se me quiebra la voz.
Los caballeros miran al vicario, que solo asiente y luego me rodea lentamente mientras me mira como si fuera otro trozo de un cadáver de dragón que cortar en pedacitos.
Habla mientras tanto y uno de los caballeros comienza a arrastrar una tiza a lo largo de la piedra que me rodea.
El otro está de pie, con la bota blindada sobre mi muñeca.
No aprieta tanto como para hacerme daño, pero sé que lo hará si es necesario.
—Vi los restos de lo que hiciste ahí dentro.
—La voz del vicario es baja y siniestra—.
Veo las marcas en ti. Te convertiste a ti misma en un sello de artífice.
—Se pone de cuclillas y me arrastra un dedo huesudo por la línea seca y carmesí de sangre de dragón que tengo en el hombro—.
Hubiera matado a cualquier otro. Pero a ti no, Valor mía. A ti no…
Cuando bajo la vista a las líneas que sigue trazando el caballero en la piedra de mi alrededor, me doy cuenta de que estoy dentro de otro sello. El vicario va a intentar forzarme a extraer Luz de Éter a través del cuerpo de nuevo. Incluso si antes no me mató, ahora lo hará sin duda alguna.
Me quedo mirando al vicario aterrorizada, pero no digo nada. Suplicar más solo empeorará las cosas.
—Empieza —ordena al ponerse de pie y da un paso atrás.
El caballero que estaba haciendo los trazos acaba con una floritura.
Al instante, las líneas se ponen tan frías que queman.
El caballero retrocede y dibuja un segundo símbolo al lado.
El pánico ardiente se convierte en lava en mis venas cuando el otro caballero me coloca una ficha en el centro del pecho que me produce la misma sensación que el sello sanador de Lucan; un sello que, con suerte, asegurará que sobreviva a esto.
La reacción a los tres sellos a la vez es inmediata.
Grito.
El caballero da un salto atrás a la vez que mi cuerpo queda atrapado por un peso invisible y estoy clavada en el suelo, incapaz siquiera de retorcerme mientras un dolor interminable e insoportable palpita en mi interior.
Es como si unos monstruos se hubieran arrastrado bajo mi piel y estuvieran succionándome la médula de los huesos.
Al igual que antes, se me nubla la vista y me zumba la cabeza, aunque esta vez no tengo a Lucan tocándome, compartiendo el dolor, manteniéndome firme y animándome a resistir.
—Enséñamelo. Enséñamelo . Sé que está ahí dentro. Enséñame el fruto de mi trabajo. Libérate, Isola. Usa tu poder sin un sello propio para liberarte —gruñe, pero la voz es distante.
Pongo los ojos en blanco y las venas me arden con fuego líquido.
A través de terremotos de Luz de Éter, me transformo por completo.
Algo vibrante y retorcido busca una salida, pero no la encuentra.
Voy a explotar y a convertirme en polvo si esto sigue.
La espalda se me arquea una y otra vez. Siento cómo casi se me salen las costillas de su sitio en la columna, que se me arquea hacia atrás.
Las cuerdas vocales me fallan.
—¿Su santidad? —pregunta indeciso uno de los caballeros.
No hay respuesta.
Mi mente se astilla y de pronto estoy en otro lugar; en el apartamento de madre.
En el suelo, igual que ahora. Pero sus manos son amables y su magia se filtra en mí como hojas de té en el agua.
Me da una tintura, una fórmula que dijo que ayudaría, una que los curanderos de Vinguard no tocarían.
Una que puedo pedirle a ella y que debo mantener en secreto ante los demás.
Mi única esperanza.
¿Estoy maldita, mamá? La pregunta resuena en mi cabeza. Sigue sin respuesta.
Estoy a punto…, tan cerca de pedir piedad. Cuando la piel se me agrieta y se separa del músculo. Cuando se me seca la boca y me arde la garganta por dentro. Cuando los sellos exteriores me destruyen y el del pecho me recompone de nuevo… miles de veces.
Pero no lo hago.
Hay algo en mi interior. Algo que arde con más fuerza que la sed de poder infinita del vicario. Algo que ilumina mi camino.
Furia .
Quiere que me convierta en su Valor. Su asesina.
Puede que sea una asesina, pero nunca seré suya.
Mi poder es mío.
Mis ojos vuelven a enfocarse. Encuentro al vicario en la confusión de la habitación y la cascada infinita de furia y dolor que se estrella contra mí. Y debe haber algo en mi mirada que ni siquiera él puede atestiguar, porque inspira lentamente.
—Suficiente —dice por fin.
Me mojan con agua fría. Esta borra los sellos de tiza y tira la ficha del pecho al suelo. Toso y escupo agua.
—Suficiente por ahora —aclara el vicario, y se acerca un paso a mí. Casi no puedo verle tras los párpados hinchados y las pestañas enredadas—. No me decepciones, Isola. Recuerda, controlo todo lo que amas.
Se agacha a mi lado y me coloca un mechón de pelo detrás de la oreja casi como lo haría un padre.
—He invertido mucho en ti. Vinguard te necesita. Yo te necesito —lo dice con dulzura, en contraste con la violencia de lo que acaba de hacer—. Todavía no estás lista, pero estás muy cerca. Pronto… Pronto … Este poder de tu interior debe ser liberado. El destino nos espera a ambos.
Abandonan la habitación.
Un resuello se me escapa de los labios. El cuerpo se me retuerce con temblores y me giro hacia el lado.
Quiero gritar, pero lo único que me sale son arcadas.
Nada de bilis. Apenas tengo saliva. Estoy vacía por dentro.
Vuelvo a caer al suelo e intento controlarme.
Reprimir las lágrimas solo hace que caigan más rápido. Me tiemblan los labios y las manos.
No sé cuánto tiempo paso ahí tumbada antes de que se vuelva a abrir la puerta. Esta vez es una inquisidora, y no sé si me alivia verlos a ellos en vez de a un caballero.
La inquisidora me lanza un paquete.
—Lávate. —Coloca un bol de agua en el suelo junto a una pastilla de jabón y un trapo. Y se va.
Me duelen todos los músculos. Cierro los ojos… y la oscuridad me traiciona. El dolor me inunda de nuevo y revivo cada momento de dolor e indefensión. Se me entrecorta la respiración y abro los ojos de golpe.
No me atrevo a cerrarlos más. Dormir es como rendirse, como unos grilletes que esperan para cerrarse de golpe. Si me dejo llevar, nunca seré capaz de abrirme camino entre las pesadillas que me esperan. Me las arreglo para llegar hasta el bol y lavarme. Gracias a Valor, el paquete tiene ropa limpia.
La puerta se abre con un crujido y la inquisidora vuelve a entrar cuando estoy acabando. Me obligo a levantarme, con el cuerpo tembloroso, y la sigo hasta los negros pasillos.
Rezo para que nos dejen descansar. El sello sanador salió volando mucho antes de que pudiera recomponerme entera. Un toque mal dado y me haré astillas.
Y, sin embargo, cuando pienso en los ojos del vicario centelleando con deseo, sé que el descanso nunca llegará. No mientras siga teniendo partes de mí que romper.