30
P ara mi sorpresa, los caballeros dan un paso atrás. Incluso aunque una ráfaga de nervios me obliga a contener un escalofrío, mi postura es sólida, la piel no se me eriza y tengo el pulso regular y constante.
Todos los caballeros me miran con la boca abierta. Ninguno está herido de gravedad. Hay algunas capas chamuscadas. Mejillas quemadas a las que no se les da importancia. Estos tíos están acostumbrados a cosas peores.
Encuentro a Lucan. La tensión del pecho se me aligera cuando veo que está ileso, más aún cuando capto el orgullo ardiente que hay en su mirada. El calor me sube a las mejillas y miro a otro lado antes de que un rubor se instale en ellas.
Me enderezo alejándome de la pared, aunque mis rodillas amenazan con ceder, en un intento por transmitir fuerza.
La cabeza me da vueltas. Es como si algo (o alguien) hubiera tomado el mando y hablase por mí.
Como si aquí, en esta habitación incrustada de azote, me hubiera convertido en Valor de verdad.
—La profecía… —Uno de los hombres que acababa de lanzarse contra mí cae de rodillas.
—Debe ser… De verdad lo es…
—Valor Reencarnado ha vuelto de verdad —afirma una mujer por todos.
El hombre que entró primero en la habitación nos mira a Lucan y a mí.
Entrecierra los ojos. Casi puedo sentir que quiere creerlo.
Sabe que ningún maldito por el dragón ha dominado el fuego nunca; al menos en ninguna de las historias que yo he oído antes.
Pero, a juzgar por el brillo de Luz de Éter que cubre su armadura, es de un rango mayor que el resto.
Así que no me sorprendo cuando declara:
—Hay procedimientos que seguir para lidiar con esto. Lleváoslos para que sean interrogados.
La mujer está horrorizada. Sigue hablando por aquellos que están de rodillas. Aquellos que me miran como si fuera una diosa que ha vuelto a la vida.
—Señor, es Valor Reencarnado. No podemos…
—Y se encuentra en una habitación cubierta de polvo de azote. Existen procedimientos para lo que ha ocurrido. Llevadlos a la sala de interrogatorios, ya . Solo con hacer eso ya nos estamos desviando del protocolo —ladra las órdenes.
—Llevadnos para interrogarnos —pido antes de que la mujer pueda oponerse de nuevo. Discutir solo va a alargar lo inevitable. La mujer nos mira a su líder y a mí con incertidumbre. Sonrío levemente—. No tengo miedo. Como Valor Reencarnado, defiendo las leyes de Vinguard con mucho gusto.
—Hacedlo —vuelve a ordenar el líder.
Su entrenamiento toma el control. Hacen justo lo que se les ha ordenado y me rodean. Un hombre me lleva las manos a la espalda, me agarra las muñecas y las mantiene en el sitio. Otro deja la mano en la empuñadura de su daga, pero no la saca.
Lucan está detrás de mí. No puedo verlo, pero escucho sus pasos.
Al igual que yo, no opone resistencia. Nos escoltan por los pasillos oscuros y húmedos que van en pendiente hacia arriba.
El olor disminuye a medida que dejamos las fosas de quebranto y seguimos caminando por el pasillo.
La luz del sol se cuela a través de pequeños agujeros perforados en el techo que dan a lo que debe de ser la Ciudad Alta.
Un ojo de buey similar ilumina la habitación a la que nos llevan.
No hay nada más dentro del pequeño espacio de piedra, lo cual me hace preguntarme sobre el propósito original de esta habitación.
No creo que los interrogatorios sean tan comunes en Vinguard, al menos fuera del Tribunal.
Seguro que por eso hemos tenido que caminar un rato.
Esto debe de ser parte de una torre de centinela parecida a aquella a la que nos llevaron a mamá y a mí tras el ataque del dragón, antes de la Convocatoria.
—Esperad aquí. —El comandante se va y el resto de los caballeros le siguen. Una vez más, nos cierran la puerta y le echan la llave.
Me fallan las rodillas.
Lucan está a mi lado en un segundo. Me agarra, pero de forma extraña.
Más que mantenerme recta, se las ingenia para bajarnos a ambos hasta el suelo.
Estoy encorvada y me cuelga la cabeza. Los brazos me tiemblan cuando presiono las palmas contra la piedra dura y fría que tengo debajo.
Lucan me pasa el brazo por los hombros con cuidado, y me deja una mano por encima del brazo, como si estuviera listo para atraparme si me cediesen los codos.
—¿Qué eran esas llamas? —me susurra.
—No lo sé. —Niego con la cabeza e intento reunir mis pensamientos desperdigados—. Yo… Si tuviera que adivinarlo, diría que es algo que queda de los sellos de artífice.
—No dibujaste ninguno de fuego —expone lo obvio.
—Lo sé, pero puede que uno de los símbolos que me dibujé se difuminara y formara algo nuevo. Es por eso mismo por lo que el Credo no quiere que la gente sin entrenamiento trastee con ellos. Podría pasar. Y yo… no conozco suficientes símbolos de sellos como para reconocer lo que podía haber ahí.
—Sabes tan bien como yo que los sellos deben ser precisos.
Es poco probable que «difuminaras» un sello de manera perfecta como para obtener otro.
—Hace una pausa—. Isola… ¿Acabas de extraer Luz de Éter sin un sello?
—Lucan nunca me ha venerado como los demás.
Aunque acabo de darme cuenta de ello, escuchar cómo me admira ahora, asombrado, es como tener una herida.
—Yo… —Niego con la cabeza—. No sé qué ha pasado. —Consigo levantar la mirada y me encuentro con sus ojos. La preocupación me da una excusa conveniente para reconducir el tema de conversación lejos de mí—. ¿Crees que el azote habrá afectado a otros suplicantes?
—Sabes lo que creo. — Que el vicario nos ha saboteado…, seguramente con la esperanza de obtener este resultado . Me aprieta los hombros con el brazo. Nunca antes me han sostenido así. Saipha siempre está ahí para mí. Siempre me cubre las espaldas. Pero esto es algo más. Parece como…
Como que, si fuera a apoyarme sobre él, no se retiraría. Como si fuera un descanso contra una tormenta que ni siquiera había divisado en el horizonte.
—No pasa nada —contesta en voz baja y con ternura—. No importa lo que fuera, estoy aquí contigo.
Quiero apoyarme en su aura de seguridad. En sus manos fuertes y a la vez cálidas. Desplomarme y dormir mil años solo para despertarme y que él sea lo primero que veo.
Y lo que parece más peligroso que hacer cualquiera de esas cosas es lo mucho que quiero hacerlas.
Nunca he deseado el consuelo de otra persona tan desesperadamente como quiero el suyo en este momento, y la idea…
La idea de arriesgarme de esa manera, de crear ese tipo de vulnerabilidad…
, es casi demasiado. Sobre todo cuando se trata de este chico al que siempre he visto como el hijo del vicario.
Incluso si mi corazón ahora sabe mucho más sobre él, tanto que lo cambia todo, mi cabeza tiene que llegar al mismo punto.
La puerta vuelve a abrirse y la prelada se queda en el marco.
—Lucan. Ven conmigo.
—¿Qué? —Frunce el ceño. Nunca antes lo había visto desafiar abiertamente a una autoridad. El frunce de cejas y la mandíbula firme le quedan bien. Enciende una chispa en sus ojos que le concede una madurez más allá de los dieciocho años.
—Se os interrogará por separado. Ahora, ven conmigo. —Baja la barbilla. Lucan no se mueve—. He dicho ahora .
Se levanta a regañadientes. En cuanto se va de mi lado, se me enfría el cuerpo. Vuelvo a ponerme tensa y me empujo para sentarme. Lucan me lanza una última mirada cautelosa antes de seguirla, y la puerta se cierra y se bloquea tras ellos.
No estoy sola durante mucho rato, ni me sorprende ver quién viene después.
—Así que por fin lo has hecho —dice el vicario Darius en voz baja cuando la puerta se cierra.
El destello de sus ojos me pone de los nervios al instante.
Cruza la habitación con sigilo y se para a un paso de distancia, cerniéndose sobre mí.
La luz lo envuelve en un halo, tan radiante como horrible—. Mi Valor…
—No sé lo que hice. —El terror me ahoga la voz hasta dejarla en un murmullo.
—Concentraste Luz de Éter pura sin un sello de artífice.
—En realidad dibujé uno —me apresuro a decir.
Entrecierra los ojos solo un instante.
—Ah, sí… Los que viste en el autómata. —Solo se me ocurre que los inquisidores se lo han contado. La sonrisa del vicario se ensancha—. No seas tan modesta. Sabes tan bien como yo que un sello era para extraer Luz de Éter, pero no para aplicarla, y el otro era para obtener protección.
—Mi padre siempre decía que era una gran artífice en desarrollo, lo mismo que decían de Valor. Debo de haber hecho algo nuevo por accidente. —Seguir oponiéndome a él no es una buena idea para mi bienestar, pero permitirle que piense lo que claramente está pensando parece igual de peligroso.
—No seas tan modesta, Isola. Doblegaste a la esencia de la vida misma a tu voluntad. —Mira justo a través de mí, como si estuviera retirando las cortinas para fisgar en mi alma—. Estás tan cerca de reclamar nuestro destino.
Nuestro destino. No digo nada. No puedo imaginar lo que quiere oír, así que mantengo la boca cerrada. Nunca he visto este lado del vicario, y pensaba que lo había visto todo.
Se inclina hacia adelante y la luz proyecta una sombra en las profundas arrugas de su rostro.
—Y ahora, muéstramelo.
—No… No puedo.
Se aleja.
—¿Te atreves a desafiarme?
—No —contesto. Su mirada enciende algo dentro de mí, un instinto de supervivencia. Tengo las manos pegajosas del sudor—. Claro que no. No sé lo que hice en realidad. E incluso si lo supiera, estoy demasiado cansada. Yo…
El hombre me agarra las mejillas con tanta fuerza que frunzo los labios.
Se eleva sobre mí y, en los ojos cubiertos por la sombra, veo un destello de algo que no consigo identificar.
No es malicia, pero es lo opuesto a la bondad.
Es deseo, pero no codicia. Es algo que me hace notar un sabor a bilis en la garganta.
Una expresión más dulce que el olor a rosas y el doble de podrida que la descomposición.
Corre , me susurra ese instinto primario en mi interior.
Pero no tengo donde ir. Estoy atrapada en una habitación, sola con este hombre. Una parte de mí busca una salida, visualiza una carrera hasta la puerta. La otra parte quiere echar mano de la magia que puede que acabe de descubrir y luchar .
Estoy atrapada, suspendida entre las dos opciones y el agotamiento. Lo único que sé con seguridad es que quiero que esto acabe. Quiero que este momento se termine; librarme de él y de todo lo que representa.
— Enséñamelo —gruñe el vicario entre dientes. El corazón se me acelera.
—No puedo. —Las palabras son tan ásperas como el acero arañando la piedra. Me raspan las comisuras de los labios donde me aprieta las mejillas con los dedos—. Estoy muy cansada. Lo siento. Por favor.
—Así que va a tener que ser a las malas, entonces. —Me suelta y retrocede lentamente, sereno y tranquilo.
—Vicario Darius, si pudiera, lo haría. Se lo prometo. —Ni siquiera sé si es la verdad, pero el instinto de supervivencia hace que negocie y le ruegue.
—Respondiste bien a la presión. — ¿Se refiere al azote?
¿Tenía razón Lucan y sí que saboteó nuestra habitación?
Siempre he sabido que el vicario era un hombre que haría cualquier cosa para conseguir sus propósitos.
Pero nunca pensé que de verdad haría algo que pudiera causar daño a Vinguard.
Que pudiera matarme—. Vamos a probar otra vez.
Llama a la puerta y se abre. Entran dos Caballeros de la Piedad. Llevan las capuchas puestas, igual que los inquisidores. Resisto el impulso de suplicarles algo de bondad.
La piedad es muerte.
La crueldad significa que aún respiras.
Así que respiro hondo y me preparo.