La maldición del dragón 29
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D e alguna manera, Lucan debe de haberse llevado la mayor parte del golpe.

Siento que cae con un ruido sordo junto a mí, con las manos agarradas a mi cintura y tirando de mí.

Intento levantar las pestañas para que sepa que estoy bien, pero siento los párpados tan pesados como un dragón al posarse en un tejado.

Me duele todo el cuerpo del esfuerzo que supone intentar mantenerme con vida.

Lucan me agarra más fuerte. Su aliento caliente me da en la mejilla cuando suplica al aire ahora limpio:

—Aguanta conmigo, Isola. Te tengo. —Se incorpora y me coloca sobre sus piernas. Recuesto la cabeza en su pecho—. Te tengo .

Me invaden oleadas de agotamiento y de mareo. Estoy temblando, pues tengo todo el cuerpo helado. No me sorprendería si tuviera la piel cubierta de escarcha.

No puedo creer que haya funcionado. El vicario juró que nunca tocaría los sellos, y aseguraba que solo ralentizarían los avances que hiciera, que tenía que aprender a extraer directamente de la Pila; como Valor, igual que hice el día que me atacó el dragón cuando tenía doce años.

Pero, a medida que la presión del pecho se me alivia gracias a la victoria ante el azote, aparece arrastrándose un pensamiento más oscuro.

¿Y si nunca tuvo la intención de guiarme?

¿Y si solo quería mantenerme débil y asustada, maleable a su antojo?

No sé cuánto tiempo pasamos sentados, cada uno perdido en sus pensamientos.

Finalmente, cuando ya le he robado suficiente calor como para abrir los ojos, me separo y hago un esfuerzo por levantarme.

Me duelen todos los músculos. Un polvo rojo cubre la habitación; los restos inocuos del azote.

Ambos dirigimos la mirada a la cabeza de dragón. Ahora solo es un cráneo ennegrecido.

—Debes de haber liberado mucha Luz de Éter.

No era su intención que pasara, pero el comentario me provoca una culpa que me atormenta.

Sí que acabo de usar mucha Luz de Éter. La Pila, por muy enorme que sea, se rellena de Luz de Éter muy lentamente debido al desequilibrio del mundo.

Cada extracción que se hace, desde las armas de los Caballeros de la Piedad a reparaciones diminutas, le quita un poco más y la debilita.

Vinguard se muere poco a poco por miles de cortes pequeños.

Niego con la cabeza e ignoro la culpa. No teníamos elección .

—No he sido yo. Ya estaba calcinándose antes, en presencia del azote.

—Pensaba que los dragones son inmunes al azote porque también están hechos de Sombra de Éter. ¿No debería estar intacto en ese caso? —Suena confundido de verdad.

—Asumes que lo que el Credo te ha contado es cierto. —Yo también miro la calavera, a la vez que pienso en todo lo que me contó mi madre. Con una calavera calcinada y quebradiza, su teoría más salvaje ahora tiene pruebas: los dragones también son criaturas de Luz de Éter.

Lucan se lo queda mirando con una expresión imposible de leer.

Es demasiado listo como para no atar cabos con lo que he insinuado con tanta seriedad.

Todo lo que le han contado está demostrando ser falso.

Y, sin embargo…, no parece sorprendido u horrorizado.

Tiene una expresión sombría de aceptación, pero no el estupor que yo hubiera esperado.

No tengo tiempo de hacer interpretaciones ahora y él no tiene tiempo para estar ahí parado, perdido en sus pensamientos.

—Ayúdame a romper la calavera. Ahora debería ser fácil meterla en el barril.

Tan pronto como agarro el martillo, las rodillas me tiemblan. Estoy a punto de caerme al suelo cuando me rodea con el brazo y me pega a él con firmeza.

—Estoy aquí —dice, como si planeara que fuera cierto durante mucho más tiempo que este momento concreto, pero es absurdo. Me sacudo la idea de la cabeza—. Vamos a ponerte por aquí, que hay menos polvo, y después me encargaré de la calavera y limpiaré la habitación.

Debe de pensar lo mismo que yo sobre lo malo que sería que encontraran pruebas del azote. Cualquier cosa fuera de lo común se usará en nuestra contra.

Lucan me ayuda a llegar adonde están las herramientas, junto a la puerta.

Todavía estoy recuperando el aliento pero, curiosamente, no me siento indispuesta.

De hecho, a pesar de haber extraído directo de la Pila más de lo que lo he hecho nunca, noto todo el cuerpo en paz.

Mi corazón no está arrítmico, la piel no me pica, y los ojos y las uñas parecen… normales.

Sin previo aviso, la puerta se abre y revela a un Caballero de la Piedad, que lleva la capucha hacia atrás, cubriéndole los hombros. Se sorprende tanto que puedo verle el blanco de los ojos alrededor de los iris y se tambalea hacia atrás.

Lucan levanta la mano:

—Podemos explicarlo.

—¿Polvo de azote? —murmura. Después sube la voz—: ¡Malditos! —El hombre saca su hoja de plata en un instante y carga hacia nosotros.

Lucan lo esquiva con una velocidad de la que no pensé que fuera capaz.

No contraataca, aunque juraría que puedo ver el movimiento involuntario en sus dedos como si aplacase el impulso de desarmar al hombre.

Está claro que no he sido la única que ha recibido un entrenamiento especial por parte del vicario.

—No estamos… Por favor, yo… —Lucan esquiva otro golpe por los pelos.

La daga que blande el caballero tiene suficiente veneno dentro para derribar a un dragón con un solo corte, siempre que uno consiga atravesar su armadura escamosa. Lucan va a conseguir que lo maten.

—¡Crueldad! —Lucan retrocede a medida que el clamor de más armaduras de Caballeros de la Piedad resuena en el pasillo—. Exigimos crueldad.

Matar a un maldito es mostrar piedad. La piedad puede ser rápida e indolora, pero la crueldad al menos exige una audiencia con el vicario Darius.

—No hay segundas oportunidades para los malditos. ¡ Habéis traído el azote a nuestras murallas! —ruge el hombre, y embiste a la vez que los otros entran por la puerta. Dos van directos a por Lucan y dos más avanzan hacia mí. Sostengo las manos arriba.

—Exigimos crueldad —repito agitando la cabeza—. ¡No mostréis piedad!

Pero no me escuchan. Veo ráfagas de plata. ¿Qué sentido tenía repeler el azote si voy a morir por sus espadas?

No. Me niego.

— Por favor , dejad que lo expliquemos.

—No vamos a envenenarnos los oídos con las palabras de una maldita por el dragón —grita uno.

Todos se separan un paso y retroceden con sus hojas, preparándose para atacar. El corazón va a toda velocidad. Me tiemblan las manos. ¿Esto es todo? ¿Esto es todo lo que voy a llegar a ser? Justo cuando, por fin, he conseguido hacer algo monumental con la Luz de Éter, ¿van a matarme?

No. Toda la vida he cedido y me he dado por vencida. Ahora no me voy a rendir. Voy a demostrar que Lucan lleva razón: la muerte no está lista para recibirnos todavía.

—Soy Valor Reencarnado —afirmo con toda la convicción que puedo reunir—. No os acerquéis.

—Eres igual que cualquier otro maldito y morirás antes de que causes más daño a nuestra ciudad.

Se abalanzan sobre nosotros.

Algo se rompe en mi interior, no como una grieta, sino como un hundimiento, como una torre que acaba cayendo bajo su propio peso.

Mi vida dejó de ser mía tras el ataque cuando tenía doce años.

Han elegido todas mis comidas. Han dictado todas mis horas.

He obedecido todas las órdenes, incluso cuando el cuerpo me temblaba y suplicaba parar.

Aguanta más tiempo. Entrena más fuerte. O sufre.

Día tras día, he enterrado mi voz, la he empujado a un hueco del pecho, como unas brasas apagadas y privadas de oxígeno.

No. Más.

Me tiembla el cuerpo cuando esas brasas se encienden, robando el aire de mis pulmones al propagarse en mi interior. El Credo me ha robado seis años de vida. No se quedarán con mi muerte.

Mi corazón es como un tambor, late tan rápido que no puedo respirar. Pero no me importa. La furia aumenta de manera espontánea; una avalancha de calor y luz. Si no la libero ahora, me consumirá.

Elevo las manos. Todos los años de silencio, de ceder ante la voluntad del otro, se liberan como grilletes invisibles que se rompen. Contenerme otra vez es inútil.

El fuego traza un arco.

Los gritos perforan el aire cuando las llamas me salen disparadas de las manos hacia los caballeros, que se dispersan.

Me tambaleo y me estrello contra la pared, pero consigo mantenerme recta con nada más que una mano como apoyo. Encuentro agarre en la piedra y permanezco en pie.

—Creo que no me habéis oído. —A pesar de que me falta el aliento, mi voz suena firme. No se me quiebra con ninguna palabra—. Soy Isola Thaz, Valor Reencarnado, salvadora de Vinguard, y os lo ordeno : ¡ no mostréis piedad!